lunes, 19 de febrero de 2007

Porqué somos Neoborbónicos

Escudo del Reino de las Dos Sicilias

En la fría tarde del 27 de diciembre de 1894, en la ciudad de Arco, provincia de Trento, Francisco II de Borbón, último Rey de las Dos Sicilias, murió. La Dinastía Borbón dejó de gobernar el Sur de Italia después de 126 años. Cien años después de la muerte del Rey Francisco, nadie recuerda a los Borbones salvo como un símbolo negativo del pasado. Nunca ha sido la historia tan manipulada como lo ha sido con este Rey y esta Dinastía. 126 años de prestigio y gloria, de arte y cultura, de teatros e industrias, de leyes y éxitos, de obras públicas y excavaciones arqueológicas, de orden, de seguridad, de riquezas y de generosidad han sido borradas de nuestra memoria colectiva.

Los piamonteses, con la interesada complicidad de los ingleses y los franceses, invadieron el tranquilo Reino de las Dos Sicilias que se extendía desde el Lacio a Sicilia por todo el Sur de Italia. Francisco II, a los 24 años de edad, se encontró luchando en una inesperada e indeseada guerra contra sus «hermanos italianos».

A pesar de la traición y la corrupción de muchos en las grandes ciudades, el Ejército napolitano luchó valientemente junto a su Rey y su heroica Reina, María Sofía, que apenas tenía 19 años. Se rindieron después de 93 días de asedio en la fortaleza de Gaeta, al amanecer del 14 de febrero de 1861. Miles de heroicos ciudadanos del Reino de las Dos Sicilias murieron en el campo de batalla.

De la misma manera, miles de hombres, mujeres y niños fueron fusilados en la campaña contra el Sur de Italia – les llamaban «bandidos» o brigadistas, pero en realidad eran los últimos Soldados y defensores de una historia, una tradición y una cultura que moriría con ellos para siempre. Pero ¿cómo era antes de esta nefasta unificación de Italia?

Desde luego, no todo era perfecto, pero vale la pena tener en cuenta que Nápoles fue la capital de un Reino nacido siete siglos antes. Junto a Londres, París y Viena, Nápoles fue un punto de referencia esencial y respetable en asuntos políticos y culturales en Italia y Europa. Entonces, de repente, se convierte en una provincia sin importancia de un lejano reino enemigo.

Es un hecho que las reservas del Sur de Italia tenían el doble de oro y plata que todos los demás estados italianos juntos.

Es un hecho que Piamonte se llevó 80 millones de ducados de nuestros bancos (más de 1.000 millones de dólares).

Es un hecho que teníamos más de 5000 industrias (estábamos entre las grandes naciones del mundo).

Es un hecho que las calles de nuestras hermosas ciudades estaban llenas de turistas venidos de todas partes del mundo.

Es un hecho que los piamonteses nos hicieron pagar más del doble de impuestos de los que pagábamos antes de la unificación.

Sólo después de la unificación, debido a la hambruna general, más de cinco millones de emigrantes dejaron sus familias y hogares que nunca volverían a ver su tierra natal.

En las calles de nuestras ciudades no se volvieron a ver turistas.

Nuestras fábricas, tarde o temprano, fueron cerradas y todavía hoy compramos, comemos, bebemos, llevamos y usamos sólo productos que vienen del Norte de Italia.

Uno no puede decir que a día de hoy los italianos sureños viven bien; el ingreso medio de un italiano del norte es el doble que el de un sureño, las diez ciudades más pobres de Italia están todas en el sur. Con el desempleo, los pobres servicios, crisis gubernamentales y el colapso de un sistema mediocre, parece improbable que a nuestros hijos les espere un gran futuro. Todavía, en los textos de la escuela básica que usan los estudiantes, oímos una leyenda muy diferente a la verdad.

En 140 años, han hecho que nos sintamos avergonzados de ser sureños. Han dicho que nuestros dialectos eran «vulgares», que nuestras tradiciones eran bárbaras e incultas, que ser un «sureño» o un «borbónico» significaba ser un reaccionario, nostálgico, ignorante o paleto. Entonces empezamos, como escribió Tácito hace dos mil años, a «admirar su modo de vida, de vestir y de hablar, olvidándonos de nosotros mismos pensando que lo suyo era civilización cuando no era más que una estratagema para dominarnos».

Hasta 1860, los ciudadanos del Reino de las Dos Sicilias eran respetados y estimados en todo el mundo porque eran ciudadanos de un antiguo y prestigioso Reino – el Reino de los normandos, los suevos, los angevinos y los aragoneses. Éramos respetados y estimados porque éramos súbditos de un Rey que pertenecía a la Dinastía borbónica – una antigua Dinastía pero capaz de gobernar con sabiduría y aprecio. En todo esto consiste el insoportable ataque para destruir nuestra conciencia histórica, nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestra identidad – el dolor de la destrucción de nuestras Banderas blancas con sus doradas flores de lis, nuestro Himno nacional, y todos los símbolos que fueron respetados por la antigua y gloriosa nación napolitana.

Los Borbones mostraron a todos el orgullo y la dignidad de ser sureños hasta el final, cuando, en los terraplenes de Gaeta, se comportaron como héroes y lucharon noche y día bajo el violento e incesante bombardeo de los invasores piamonteses.

Foto più rare di Francesco II, in divisa militare, del 1861

Quisieron defender, hasta el final, 126 años de gloriosa y espléndida historia – 126 años de civilización borbónica. Francisco II abandonó Nápoles entre lágrimas y abrazos para evitar una masacre de su gente – una gente a la que conocía muy bien, cuya lengua era la suya. Mucha gente se hizo rica con la unificación, pero no los Borbones. Francisco II – el pequeño Francisco o Franceschiello como era afectuosamente llamado – abandonó su Reino llevando consigo una moneda de 10 centavos de su propio dinero. El gobierno italiano nunca devolvió lo que le correspondía a su familia, y a día de hoy sigue sin hacerlo. Francisco II nunca volvió a Nápoles.

Murió a los 58 años de edad en una habitación de un hotel de Arco, en Trento, reconfortado solamente por su gran Fe en Dios y por un profundo sentimiento cristiano de aceptación, pero sin olvidar jamás, incluso en los últimos días de su vida, el país de su padre y de su abuelo – su propia tierra. Sólo desde 1984 descansa junto a su esposa y su pequeña hija María Cristina en la Capilla Borbónica de la Iglesia de Santa Clara y pocos son los que le recuerdan – él que fue un símbolo de un risorgimento que podía haber sido diferente; un símbolo culpable sólo de haber estado a nuestro lado, entre los vencidos.

¿Porqué entonces ser borbónico a día de hoy? Por que ha llegado la hora de comprender quiénes fuimos y quiénes podemos ser. Ha llegado el momento de descubrir nuestras raíces perdidas y de dar a nuestros hijos las raíces que nunca han conocido – de darles, al menos, un sentido del orgullo por ser italianos sureños.

Ser un borbónico significa entender la historia. Ser un neoborbónico significa entender la historia con el deseo de llegar a construir una nueva historia basada en lo antiguo para toda la gente del sur de Italia. Ciertamente el período borbónico no fue una «Edad Dorada» y nadie puede decir que habríamos entrado en una «Edad Dorada» si los Borbones hubieran continuado reinando, pero nadie puede negar que, durante ese frío invierno hace 144 años, la gente del sur de Italia dejó de ser un pueblo. Hace 144 años, el sur de Italia dejó de ser una nación.

La memoria y la conciencia históricas, ya sea griega o latina, normanda o sueva, angevina o aragonesa, empezaron a extinguirse en los campos de batalla de Gaeta. Algunos nos llaman «nostálgicos», pero ¿cómo puede uno no serlo cuando camina por las calles de nuestras paralizadas y degradadas ciudades o pasa delante de nuestras antiguas edificios, iglesias y monumentos, ahora perdidos u olvidados? Sí, somos nostálgicos y orgullosos de serlo, solo que nuestra mirada al pasado sirve a un propósito. Ahora, más que nunca, es necesario entender cuáles son las verdaderas causas de los problemas actuales en el Sur de Italia y cómo podemos encontrar el camino hacia un futuro mejor.

El sistema y la ideología que han gobernado nuestra política y nuestra cultura durante más de un siglo han demostrado que están basados en una deliberada mentira. Los políticos sureños y los intelectuales del último siglo, los han encubierto al público e aislado del mundo, han manchado la memoria de la Casa de Borbón y de las Dos Sicilias, pero también demostrado su incapacidad de representar o amar su propio país. Honestidad, dignidad, lealtad, coraje, Fe religiosa, sabiduría, respeto por la historia, amor al arte, afecto por la tierra y la gente de las Dos Sicilias – estas eran las principales características de todos los Reyes Borbones de Nápoles.

Fortalecidos por estos ejemplos y símbolos, pero nuevas ideas y valores, podemos y debemos liberarnos de los sistemas e ideologías que se están quedando en ruinas y que son responsables de haber destruido el pasado y el presente de todo un pueblo y de poner su futuro en peligro.

Permitidnos reconstruir nuestra memoria histórica –reconstruir el orgullo de ser un italiano sureño– y empecemos a caminar juntos en el largo camino hacia la salvación de nuestra antigua nación y nuestra antigua dignidad.

Tomado de la página web del Movimento Neoborbonico - L’orgoglio di essere meridionali