martes, 8 de mayo de 2007

El Santo Sacrificio de la Misa


VALOR Y EFECTOS DE LA MISA

[Fuente: Página oficial de la Congregación del Clero]

La Santa Misa tiene por sí misma un valor tan grande que no hay nada en la creación que valga tanto.

Una sola gota de la Preciosa Sangre contenida en el cáliz podría bastar para salvar millones de mundos más culpables que el nuestro. Esto es así porque siendo la Misa substancialmente el mismo sacrificio de la cruz, aunque incruento, es el mismo Jesucristo, Hijo de Dios, el que como Sacerdote eterno Se inmola a Sí mismo como Víctima inmaculada y santa a Su Padre por la redención del mundo. Por lo tanto, el sacrificio del Calvario tiene un valor infinito en razón de la infinita dignidad de Jesucristo.

En el Sacrificio del Altar es donde, unidos a Cristo sacerdote y víctima, podemos cumplir nuestro deber de adoración y gratitud, donde ofrecemos un sacrificio expiatorio suficiente, donde podemos obtener las gracias que necesitamos.

Es el más perfecto acto de adoración. Nada puede glorificar a Dios tanto y de tan perfecta manera como la Misa.

Es también el más perfecto acto de reparación del pecado, de todos los pecados, la más perfecta expiación de las ofensas hechas a Dios.

Es más agradable a Dios que todo lo que le desagradan todos los pecados juntos.

La Pasión de Cristo es satisfacción suficiente por todos los pecados de todos los hombres, y si le amamos debemos procurar, en la medida de nuestra debilidad, buscar la expiación uniéndonos en la Santa Misa a Cristo, Sacerdote y Víctima: siempre será Él Quien cargue con el peso imponente de las infidelidades de las criaturas, ya que lo que nosotros hagamos es insuficiente.

Por la Misa no sólo podemos ofrecer a Dios un sacrificio digno de Él, sino además conseguir para nuestros humildes y pobres sacrificios una nueva calidad que los hace gratos y aceptables a Dios cuando se los ofrecemos –y a nosotros mismos con ellos– en unión a la Víctima que Se ofrece en la Misa, ya que entonces quedan incorporados a Su sacrificio.

De este modo quedamos incorporados a la Redención.

Todas las obras buenas juntas ni pueden compararse con el sacrificio de la Misa, pues son obras de hombres, mientras que la Misa es obra de Dios.

La Misa tiene un valor de impetración, es decir, nos consigue de Dios tales gracias que sólo el desconocimiento de lo que se puede alcanzar con la Misa explica el poco empeño que tantos católicos ponemos en aprovecharnos de ellas.

En cuanto alabanza y acción de gracias tiene un valor infinito, pues tienen a Dios como referencia y ahí no hay límite para la acción de Cristo; pero no ocurre igual con la satisfacción y la impetración. Es cierto que Cristo no pone límites a Su acción, pero el hombre si pone obstáculos que la impidan o la coarten.

Puesto que en todo pecado hay culpa que merece una pena, la Misa, en lo que tiene de sacrificio que satisface por el pecado, afecta en su aplicación a la culpa y a la pena, a saber, expiando la culpa y satisfaciendo por la pena, pero no absolutamente, sino en la medida que lo permite la capacidad de recepción que existe. Su efecto depende de la disposición que tenga el fiel.

Cuando participamos de la Eucaristía experimentamos la espiritualización deificante del Espíritu Santo, que no sólo nos conforta con Cristo, sino que nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo.

Mientras que el Sacramento Eucarístico sólo aprovecha a quien lo recibe, pues un alimento (y la Eucaristía lo es para el alma) sólo aprovecha a quien lo toma, la Misa es un sacrificio, una Víctima que Se ofrece a Dios, y que puede ofrecerse por otros para beneficio de otros.

La participación en la Misa nos obtiene las gracias espirituales y temporales que nos son necesarias, o simplemente convenientes, para nuestra salvación.

La Misa no es un acto puramente personal del sacerdote o de cada fiel, sino eminentemente social, pues es la Iglesia quien lo ofrece, y la Iglesia es un Cuerpo en el que todos sus miembros son solidarios, el cristiano que se beneficia de la Santa Misa no se debe beneficiar sólo para él, sino también para otros.

Debemos preguntarnos el lugar que ocupa la Santa Misa en nuestra vida de cristianos.

MARÍA EN LA LITURGIA DE LA MISA

[Fuente: Página oficial de la Congregación del Clero]

Todos los días, durante la celebración del divino Sacrificio de la Misa, centro y culminación del culto cristiano, se hace mención de María Santísima:

a) En el Canon (desde principios del siglo VI): «Conmemorando ante todo la memoria de la gloriosa y siempre Virgen María, Madre de Dios y Señor Nuestro Jesucristo»;

b) En la Confesión o «Yo pecador» («a la bienaventurada siempre Virgen María»);

c) En la llamada «Apología» (Suscipe Sancta Trinitas), oración que antecede al «Orad, hermanos», y que se remonta al siglo XI o XII: «Recibe, oh Santa Trinidad esta ofrenda que te dedicamos en honor de Nuestro Señor Jesucristo, y de la Bienaventurada Virgen María y de todos los Santos, para que a ellos redunde en honor y a nosotros en provecho, etc».

d) En la oración llamada «Embolismo» entre el Padre nuestro y la fracción del pan, en la que se dice: «... y por la intercesión de la santa y gloriosa Madre de Dios, siempre Virgen María... concédenos la paz en nuestros días...».

e) En la oración al pie del altar de las «Preces leoninas», en las que, en honor de la Virgen, se repite tres veces el Ave María y luego se dice la Salve.

El nombre de María se encuentra, pues, en todas las partes de la Misa, tanto en la Misa de los Catecúmenos [innovadoramente denominada «Liturgia de la Palabra»] como en la Misa de los Fieles [«Liturgia de la Eucaristía»], y en los momentos más solemnes y esenciales de ella, cuales son el Ofertorio, la Consagración y la Comunión.

Además de las partes fijas de la Misa, encontramos en las partes variables o «propios» innumerables «Misas» en honor de la Virgen Santísima, bien sea en sus festividades universales o particulares, o bien como «Misas votivas», entre las cuales la principal es indudablemente la Misa «de Santa María en Sábado».

PARTES DE LA SANTA MISA (Sanctus Thomas Aquinas, Summa theologiæ, III, q. 83, a. 5, ad 3)

I. PRIMERA PARTE: PREPARACIÓN AL MISTERIO

1. Introito [“canto de entrada”]
2. Kyrie
3. Gloria
4. «Oración» [“colecta”] del sacerdote

II. SEGUNDA PARTE: INSTRUCCIÓN DEL PUEBLO FIEL

1. Doctrina de los Profetas y de los Apóstoles
2. Gradual y aleluya o tracto
3. Evangelio
4. Símbolo de la fe

III. TERCERA PARTE: CELEBRACIÓN DEL MISTERIO

A. OBLACIÓN DEL SACRAMENTO

1. Ofertorio
2. Oración «secreta» [“super oblata”] del sacerdote

B. CONSAGRACIÓN DEL SACRAMENTO

1. Prefacio
2. Sanctus
3. Intercesiones
4. Consagración

C. CONSUMACIÓN DEL SACRAMENTO

1. Preparación de la recepción del Sacramento

1.1. El «Padrenuestro» y el «Líbranos, Señor»
1.2. La paz y el «Cordero de Dios»

2. Recepción del Sacramento

3. Acción de gracias por la recepción del Sacramento

3.1. Canto después de la comunión
3.2. Oración del sacerdote

SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, III, q. 83, a. 4:

¿Están debidamente establecidas las palabras que acompañan al sacramento [de la Eucaristía]?

[Se presentan] objeciones por las que parece que las palabras que acompañan a este sacramento no están debidamente establecidas. [El Doctor Común de la Iglesia] responde:

Puesto que en este sacramento se compendia todo el misterio de nuestra salvación, por eso se celebra con mayor solemnidad que ninguno.

I. PRIMERA PARTE: PREPARACIÓN AL MISTERIO

Y porque está escrito: «Guarda tus pasos cuando vas a la casa de Dios» (Eccle IV,17), y: «Antes de la oración prepara tu alma» (Eccli XVIII,23), por eso, en primer lugar, antes de celebrar este misterio, se antepone una preparación que disponga a hacer dignamente lo que sigue.

1. Introito [“canto de entrada”]

La primera parte de esta preparación es la alabanza divina, contenida en el Introito, según aquello de: «El que me ofrece sacrificios de alabanza me honra, al hombre recto le mostraré la salvación de Dios» (Ps 49,23). Las más de las veces, el introito se toma de los salmos, o al menos se canta intercalando en él un salmo, ya que, como observa Dionisio: «En los salmos se contiene en forma de alabanza todo lo que hay en la Sagrada Escritura» (De Eccl. Hier., III).

2. Kyrie

La segunda parte recuerda la miseria presente al pedir misericordia, diciendo Kyrie eleison «Señor, ten piedad de nosotros» tres veces dirigiéndose al Padre; tres dirigiéndose al Hijo, cuando se dice: Christe eleison «Cristo, ten piedad de nosotros», y tres dirigiéndose al Espíritu Santo, al decir de nuevo Kyrie eleison «Señor, ten piedad de nosotros». Se dice tres veces contra la triple miseria de la ignorancia, de la culpa y de la pena; o también para significar que las tres personas están presentes la una en la otra.

3. Gloria

La tercera parte recuerda la gloria celestial, a la cual estamos destinados después de la presente miseria, diciendo: Gloria in excelsis Deo «Gloria a Dios en el cielo». Se canta en las fiestas porque en ellas se recuerda la gloria celestial, y se omite en los oficios de luto, que recuerdan nuestra miseria.

4. «Oración» [“colecta”] del sacerdote

La cuarta parte contiene la Oración que hace el sacerdote por el pueblo, para que todos sean dignos de tan grandes misterios.

II. SEGUNDA PARTE: INSTRUCCIÓN DEL PUEBLO FIEL

En segundo lugar, sigue la instrucción del pueblo fiel, porque este sacramento es misterio de fe, como se ha dicho más arriba (q.78 a.3 ad 5).

1. Doctrina de los Profetas y de los Apóstoles

Esta enseñanza tiene lugar inicialmente con la doctrina de los Profetas y de los Apóstoles, que viene proclamada en la Iglesia por los lectores y los subdiáconos.

2. Gradual y aleluya o tracto

[2.1] Después de esta lectura, el coro canta el gradual, que significa el progreso de la vida,
[2.2] y el aleluya, que significa la alegría espiritual,
[2.3] o el tracto, en los oficios luctuosos, que significa el llanto espiritual.

Estos son, en efecto, los frutos que debe producir en los fieles la doctrina indicada.

3. Evangelio

Ahora bien, al pueblo se le instruye de modo perfecto con la doctrina de Cristo, contenida en el Evangelio, leído por los ministros más importantes, o sea, por los diáconos.

4. Símbolo de la fe

Y puesto que creemos a Cristo como a la Verdad divina, según aquello de: «Si Os digo la verdad, ¿por qué no me creéis?» (Io 8,46), una vez leído el Evangelio, se canta el símbolo de la fe con el que el pueblo manifiesta su asentimiento a la doctrina de Cristo por la fe. El símbolo, sin embargo, se canta en las fiestas de quienes se hace alguna mención en Él, como son las fiestas de Cristo, de la Santísima Virgen y de los Apóstoles, que fundamentaron nuestra fe, y en otras semejantes.

III. TERCERA PARTE: CELEBRACIÓN DEL MISTERIO

Y, una vez que el pueblo ha sido preparado e instruido de esta manera, se pasa a la celebración del misterio. Un misterio que se ofrece como sacrificio, y se consagra y se toma como sacramento. Porque primero se hace la oblación, después se consagra la materia ofrecida y, finalmente, se recibe esta ofrenda.

A. OBLACIÓN DEL SACRAMENTO

En la oblación hay que distinguir dos momentos:

1. Ofertorio

La alabanza del pueblo con el canto del ofertorio, que significa la alegría de los oferentes,

2. Oración «secreta» [“super oblata”] del sacerdote

y la oración del sacerdote, que pide que la oblación del pueblo sea agradable a Dios.

Por eso dice David: «Con sencillez de corazón te he ofrecido todas estas cosas, y ahora veo que tu pueblo, aquí reunido, te ofrece espontáneamente tus dones» (1 Par 29,17). Y después ora diciendo: «Señor, Dios, mantén siempre en ellos esta disposición de ánimo» (1 Par 29,18).

B. CONSAGRACIÓN DEL SACRAMENTO

En lo que se refiere después a la consagración, que se realiza por virtud sobrenatural,

1. Prefacio

primeramente se suscita la devoción del pueblo en el prefacio con el que se invita a levantar el corazón al Señor.

2. Sanctus

Y, por eso, una vez terminado el prefacio, el pueblo alaba devotamente tanto la divinidad de Cristo, diciendo con los ángeles: Sanctus, sanctus, sanctus «Santo, santo, santo» (Is 6,3), como Su humanidad, cantando con los niños: Benedictus qui venit «Bendito el que viene» (Mt 21,9).

3. Intercesiones

Posteriormente, el sacerdote recuerda secretamente

[3.1] en primer lugar a aquellos por quienes se ofrece este sacrificio, o sea:

[a] la Iglesia universal,
[b] a los que están constituidos en autoridad (1 Tim 2,2),
[c] y especialmente a quienes ofrecen o por quienes se ofrece este sacrificio.

[3.2] En segundo lugar recuerda a los santos, cuyo patrocinio implora sobre las personas ya recordadas diciendo: Communicantes et memoriam venerantes, etc. «Unidos en la misma comunión, veneramos la memoria, etc».

[3.3] Finalmente, concluye la petición con las palabras: Hanc igitur oblationem etc. «Acepta, pues, esta oblación, etc.», para que esta oblación sea salutífera para aquellos por quienes se ofrece.

4. Consagración

Y, seguidamente, llega el sacerdote a la consagración misma.

[4.1.] Y pide primeramente que la consagración obtenga su efecto diciendo: Quam oblationem tu Deus «Santifica plenamente esta ofrenda».

[4.2.] En segundo lugar, realiza la consagración con las palabras del Salvador diciendo: Qui pridie, etc. «El cual, la víspera de Su pasión, etc».

[4.3.] En tercer lugar, el sacerdote se excusa de esta audacia declarando haber obedecido al mandato de Cristo, con las palabras: Unde et memores «Por tanto, nosotros tus siervos, recordando Tu pasión».

[4.4.] En cuarto lugar, suplica que el sacrificio realizado sea acepto a Dios, cuando dice: Supra quæ propitio, etc. «Dígnate, Señor, mirar propicio, etc».

[4.5.] Y, finalmente, invoca el efecto de este sacrificio y sacramento:

[a] para los mismos que lo toman al decir: Supplices te rogamus «Humildemente te rogamos»;
[b] para los muertos, que ya no lo pueden recibir, cuando dice: Memento etiam, Domine, etc. «Acuérdate también, Señor, etc.»;
[c] y especialmente para los mismos sacerdotes que lo ofrecen, diciendo: Nobis quoque peccatoribus etc. «También a nosotros, pecadores, etc».

C. CONSUMACIÓN DEL SACRAMENTO

Y así se pasa a la consumación de este sacramento.

1. Preparación de la recepción del Sacramento

Primeramente se prepara al pueblo para recibirlo.

1.1. El «Padrenuestro» y el «Líbranos, Señor»

Primero, por la oración común de todo el pueblo, que es el Pater Noster «Padrenuestro», en la que pedimos que nos dé nuestro pan de cada día; y también por la oración privada, que el sacerdote presenta especialmente por el pueblo cuando dice: Libera nos, quæsumus, Domine «Líbranos, Señor».

1.2. La paz y el «Cordero de Dios»

Segundo, se le prepara al pueblo con la paz, que se le da cuando se dice Agnus Dei «Cordero de Dios». Este sacramento es, efectivamente, sacramento de unidad y de paz, como más arriba se dijo. Ahora bien, en las misas de difuntos, en las que este sacrificio se ofrece no por la paz presente, sino por el descanso de los muertos, la paz se omite.

2. Recepción del Sacramento

Seguidamente viene la recepción del sacramento. Primeramente lo recibe el sacerdote, y después se lo da a los demás. Porque, como dice Dionisio, «quien entrega las cosas divinas a los demás, debe participar de ellas primeramente él» (De Eccl. Hier., III).

3. Acción de gracias por la recepción del Sacramento

Y, finalmente, toda la celebración de la misa termina con la acción de gracias.

3.1. Canto después de la comunión

El pueblo exulta de alegría por haber participado en el misterio, y ése es el significado del canto después de la comunión;

3.2. Oración del sacerdote

y el sacerdote da gracias con la oración, de la misma manera que Cristo, una vez celebrada la cena con Sus discípulos, recitó el himno, como se narra en Mt 26,30.

ETAPAS DE LA PASIÓN DE CRISTO (Sanctus Thomas Aquinas, Summa theologiæ, III, q. 83, a. 5, ad 3)

El sacerdote hace la señal de la cruz en la celebración de la misa para representar la pasión de Cristo, que terminó en la cruz. Ahora bien, la pasión de Cristo fue desarrollándose como a través de etapas.

1ª. Etapa

La primera, efectivamente, fue la entrega de Cristo, que fue hecha por Dios, por Judas y por los judíos. Esto es lo que se significa con el triple signo de la cruz al decir las palabras: Hæc dona, hæc munera, hæc sancta sacrificia illibata «Estos dones, estas ofrendas, estos santos e inmaculados sacrificios».

2ª. Etapa

La segunda etapa fue la venta de Cristo. Pero fue vendido por los sacerdotes, por los escribas y por los fariseos.

[1] Para significar lo cual se repite de nuevo la triple señal de la cruz a las palabras: Benedictam, adscriptam, ratam «Bendita, adscrita, ratificada».
[2] Estos tres signos pueden significar también el precio de la venta, o sea, treinta monedas.
[3] Y se añade una doble señal de la cruz a las palabras: Ut nobis corpus et sanguis «Y que se convierta para nosotros en cuerpo y sangre», para designar la persona de Judas que le vendió, y la persona de Cristo que fue el vendido.

3ª. Etapa

La tercera etapa fue el anuncio de la pasión de Cristo, hecho en la cena. Para designar el cual se hacen por tercera vez dos cruces, una en la consagración del cuerpo, y otra en la consagración de la sangre, cuando en ambos casos se dice: Benedixit «Bendijo».

4ª. Etapa

La cuarta etapa fue la misma pasión de Cristo. Y aquí, para representar las cinco llagas, se hace por cuarta vez una quíntuple señal de la cruz al pronunciar las palabras: Hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam, panem sanctum vitæ æternæ, et calicem salutis perpetuæ «Hostia pura, hostia santa, hostia inmaculada, pan santo de vida eterna y cáliz de eterna salvación».

5ª. Etapa

En la quinta etapa se representa la extensión del cuerpo de Cristo sobre la cruz, la efusión de Su sangre y el fruto de la pasión por la triple señal de la cruz que se hace al decir: Corpus et sanguinem sumpserimus, omni benedictione etc. «Que cuantos tomemos el cuerpo y la sangre seamos llenos de toda bendición».

6ª. Etapa

En la sexta etapa se representa la triple oración que hizo en la cruz:

[1] una por los que le perseguían, cuando dijo: Pater, ignosce illis «Padre, perdónalos».
[2] La segunda, por la liberación de su propia muerte, cuando dijo: Deus, Deus meus, ut quid dereliquisti me? «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
[3] La tercera, para conseguir la gloria, con la invocación: Pater, in manus tuas commendo spiritum meum «Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu».

Y para significar esta triple oración se hace tres veces la señal de la cruz al decir las palabras: sanctificas, vivificas, benedicis, etc. «santificas, vivificas, bendices, etc».

7ª. Etapa

En la séptima etapa se representan las tres horas que pendió de la cruz, o sea, desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde. Y para significar estas horas se hace la señal de la cruz con las palabras: Per ipsum, et cum ipso, et in ipso «Por Él, con Él y en Él».

8ª. Etapa

A la octava etapa corresponde la separación del alma y del cuerpo, significada por las dos cruces siguientes, hechas fuera del cáliz.

9ª. Etapa

En la novena etapa se representa la resurrección al tercer día por las tres cruces que se hacen a las palabras: Pax Domini sit semper vobiscum «La paz del Señor esté siempre con vosotros».

BENEDICTO XVI

Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis (22 de febrero de 2007)

La fe eucarística de la Iglesia

6.
[...] En efecto, la Eucaristía es «misterio de la fe» por excelencia: «es el compendio y la suma de nuestra fe». La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía. La fe y los sacramentos son dos aspectos complementarios de la vida eclesial. La fe que suscita el anuncio de la Palabra de Dios se alimenta y crece en el encuentro de gracia con el Señor resucitado que se produce en los sacramentos: «La fe se expresa en el rito y el rito refuerza y fortalece la fe». Por eso, el Sacramento del altar está siempre en el centro de la vida eclesial; «gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo». Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, tanto más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos. La historia misma de la Iglesia es testigo de ello. Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo.

In persona Christi capitis

22.
[...] La doctrina de la Iglesia considera la ordenación sacerdotal condición imprescindible para la celebración válida de la Eucaristía. En efecto, «en el servicio eclesial del ministerio ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote del sacrificio redentor». Ciertamente, el ministro ordenado «actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando presenta a Dios la oración de la Iglesia y sobre todo cuando ofrece el sacrificio eucarístico». Es necesario, por tanto, que los sacerdotes sean conscientes de que nunca deben ponerse ellos mismos o sus opiniones en el primer plano de su ministerio, sino a Jesucristo. Todo intento de ponerse a sí mismos como protagonistas de la acción litúrgica contradice la identidad sacerdotal. Antes que nada, el sacerdote es servidor y tiene que esforzarse continuamente en ser signo que, como dócil instrumento en sus manos, se refiere a Cristo. Esto se expresa particularmente en la humildad con la que el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y correspondiendo con el corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar precisamente la sensación de un protagonismo suyo inoportuno. Recomiendo, por tanto, al clero que profundice cada vez más en la conciencia de su propio ministerio eucarístico como un humilde servicio a Cristo y a su Iglesia. El sacerdocio, como decía san Agustín, es amoris officium, es el oficio del buen pastor, que da la vida por las ovejas (cf. Jn 10,14-15).

El canto litúrgico

42.
En el ars celebrandi desempeña un papel importante el canto litúrgico. Con razón afirma san Agustín en un famoso sermón: «El hombre nuevo conoce el cántico nuevo. El cantar es expresión de alegría y, si lo consideramos atentamente, expresión de amor». El Pueblo de Dios reunido para la celebración canta las alabanzas de Dios. La Iglesia, en su historia bimilenaria, ha compuesto y sigue componiendo música y cantos que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este respecto, se ha de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración. Por consiguiente, todo —el texto, la melodía, la ejecución— ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos litúrgicos. Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones muy loables, deseo, como han pedido los Padres sinodales, que se valore adecuadamente el canto gregoriano como canto propio de la liturgia romana.

Lengua latina

62.
Lo dicho anteriormente, sin embargo, no debe ofuscar el valor de estas grandes liturgias. En particular, pienso en las celebraciones que tienen lugar durante encuentros internacionales, hoy cada vez más frecuentes. Se las debe valorar debidamente. Para expresar mejor la unidad y universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: exceptuadas las lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones más conocidas de la tradición de la Iglesia y, eventualmente, cantar algunas partes en canto gregoriano. Más en general, pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; y se ha de procurar que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia.

En Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del Apóstol san Pedro, del año 2007, segundo de mi Pontificado.