sábado, 5 de mayo de 2007

A los Mártires españoles. Paul Claudel

Paul Claudel escribió un largo poema, cargado de admiración a los Mártires que dieron su vida por la Fe católica durante la sangrienta persecución religiosa en la España de la Cruzada. Recogemos algunos de los versos de ese espléndido poema:

«Siempre es lo mismo o parecido, es lo que ha ocurrido desde los tiempos de Enrique VIII, desde los de Nerón y Diocleciano.

¿El cáliz que bebieron nuestros padres no lo vamos a beber también nosotros?

La sal que entonces nos pusieron en la lengua, tenía el mismo sabor que este nuevo Bautismo.

Es posible, Dios mío, que por fin nos regales el honor supremo de darte algo, también nosotros, pobres gentes... y de decir la verdad: que Tú eres el Hijo de Dios y tienes nuestra propia sangre.

La maravilla de que existas es verdad, y no se puede pagar de otro modo que con sangre.

No es verdad que se pueda creer impunemente.

Robespierre, Lenin y los otros, Calvino no agotaron la rabia del odio. Voltaire, Renan y Marx tampoco tocaron el fondo de la necedad humana.

Este millón de Mártires ante nuestros ojos, todos estos inocentes llenos de gloria… tampoco ellos han acabado de darse.

Santa España, cuadrilátero al extremo de Europa, concentración de Fe, macizo duro, trinchera de la Virgen Madre, y última zancada de Santiago, que no acaba más que donde acaba la tierra, Patria de Domingo y de Juan, y de Francisco el Conquistador y de Teresa, arsenal de Salamanca, Pilar de Zaragoza y cepa ardiente de Manresa.

Inconmovible España, rechazo de medias tintas jamás aceptadas, espaldar contra el hereje, razonadora de la plegaria y colonizadora de otro mundo, en esta hora de tu crucifixión, Santa España, hermana España, con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas, te envío mi admiración y mi amor.

Cuando todos los cobardes traicionaban, tú, una vez más, no aceptaste; como en tiempos de Pelayo y del Cid, una vez más, tú desenvainaste tu Espada.

Se nos pone el cielo y el infierno en la mano, y tenemos cuarenta segundos para elegir; cuarenta segundos es demasiado, hermana España, santa España. Tú has elegido: once obispos, miles de sacerdotes masacrados, y ¡ni una sola apostasía!

¡Ah! ¡Ojalá pudiera yo, como tú, testimoniar un día en alta voz en el esplendor del mediodía!

Se había dicho que estabas dormida, hermana España y, de repente, ¡miles de Mártires!

Las puertas del cielo no bastan ya, ni de grado ni por fuerza, para tan densa Legión; lo que se llamaba desierto, mirad, ¿esto era el desierto?, ¡pues he aquí el manantial y la palmera!

¡Miles de sacerdotes!, un Ejército de un solo golpe, y el cielo, y una sola llamarada.

¡Ya está! Todo se ha consumado, el cielo ha bebido, es la Misa de los Mártires.

Una vez más, todo se ha consumado y en el cielo se ha hecho un silencio de una media hora, y nosotros también, en silencio, con la cabeza descubierta, alma mía, guardemos silencio ante la tierra en sementera.

La tierra ha concebido en lo más hondo de sus entrañas, y ya se ha iniciado la reiniciación.

El tiempo de cultivo ha terminado, ahora es ya el momento de la semilla; brota por todas partes la represalia inmensa del amor».

Paul Claudel

Baranques, 10 mayo 1937