sábado, 5 de mayo de 2007

Historia de los heterodoxos españoles. Epílogo

Marcelino Menéndez y Pelayo (Santander, 1856-1912)

Heredero directo de la tradición hispánica de la filosofía del sentido común de sus maestros de Cataluña, crea toda una escuela de pensamiento y erudición que transformada vive hasta nuestros días. Destacó como niño prodigio en Santander y se licenció en filosofía y letras en Barcelona estudiando más tarde en Madrid, Portugal Francia e Italia. Con tan sólo 25 años fue miembro de la Real Academia Española y, un año más tarde, ingresó en la Academia de la Historia. Ocupó diversos cargos de gran responsabilidad en el mundo político, como el de diputado conservador por Mallorca en 1884 o el de senador por la Universidad de Oviedo en 1892. Fue elegido director de la Biblioteca Nacional en 1898. Tras haber escrito un sinnúmero de obras que tocaron todas las áreas de la cultura de España, murió en Santander en 1912. Legó a la ciudad toda su biblioteca, compuesta por más de 40.000 volúmenes. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas publicó sus Obras completas en 1940, en 65 volúmenes, sin tener en cuenta sus epistolarios y notas.

«Historia de los heterodoxos españoles»

Epílogo

«Ni por la naturaleza del suelo que habitamos, ni por la raza, ni por el carácter, parecíamos destinados a formar una gran nación. Sin unidad de clima y producciones, sin unidad de costumbres, sin unidad de culto, sin unidad de ritos, sin unidad de familia, sin conciencia de nuestra hermandad ni sentimiento de nación, sucumbimos ante Roma tribu a tribu, ciudad a ciudad, hombre a hombre, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta, pero mostrándose impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe o más bien regocijándose de ella. Fuera de algunos rasgos nativos de selvática y feroz independencia, el carácter español no comienza a acentuarse sino bajo la denominación romana.

Roma, sin anular del todo las viejas costumbres, nos lleva a la unidad legislativa, ata los extremos de nuestro suelo con una red de vías militares, siembra en las mallas de esa red colonias y municipios, reorganiza la propiedad y la familia sobre fundamentos tan robustos, que en lo esencial aún persisten; nos da la unidad de lengua, mezcla la sangre latina con la nuestra, confunde nuestros dioses con los suyos y pone en los labios de nuestros oradores y de nuestros poetas el rotundo hablar de Marco Tulio y los hexámetros virgilianos. España debe su primer elemento de unidad en la lengua, en el arte, en el derecho, al latinismo, al romanismo.

Pero faltaba otra unidad más profunda: la unidad de la creencia. Sólo por ella adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime, sólo en ella se legitiman y arraigan sus instituciones, sólo por ella corre la savia de la vida hasta las últimas ramas del tronco social.

Sin un mismo Dios, sin un mismo altar, sin unos mismos sacrificios;
sin juzgarse todos hijos del mismo Padre y regenerados por un sacramento común;
sin ver visible sobre sus cabezas la protección de lo alto;
sin sentirla cada día en su hijos, en su casa, en el circuito de su heredad, en la plaza del municipio nativo;
sin creer que este mismo favor del cielo, que vierte el tesoro de la lluvia sobre sus campos, bendice también el lazo jurídico que él establece con sus hermanos y consagra con el óleo de la justicia la potestad que él delega para el bien de la comunidad; y rodea con el cíngulo de la fortaleza al guerrero que lidia contra el enemigo de la fe o el invasor extraño,

¿Qué pueblo habrá grande y fuerte? ¿Qué pueblo osará arrojarse con fe y aliento de juventud al torrente de los siglos?

Esta unidad se la dio a España el cristianismo. La Iglesia nos educó a sus pechos con sus mártires y confesores, con sus Padres, con el régimen admirable de sus concilios. Por ella fuimos nación, y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso.

No elaboraron nuestra unidad el hierro de la conquista ni la sabiduría de los legisladores;

la hicieron los dos apóstoles y los siete varones apostólicos;
la regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos;
la escribieron en su draconiano código los Padres de Ilíberis: brilló en Nicea y en Sardis sobre la frente de Osio, y en Roma sobre la frente de San Dámaso;
la cantó Prudencio en versos de hierro celtibérico:
triunfó del maniqueísmo y del gnosticismo oriental, del arrianismo de los bárbaros y del donatismo africano:
civilizó a los suevos,
hizo de los visigodos la primera nación del Occidente;
escribió en las Etimologías la primera enciclopedia;
inundó de escuelas los atrios de nuestros templos;
comenzó a levantar, entre los despojos de la antigua doctrina, el alcázar de la ciencia escolástica por manos de Liciano, de Tajón y de San Isidoro;
borró en el Fuero juzgo la inicua ley de razas;
llamó al pueblo a asentir a las deliberaciones conciliares;
dio el jugo de sus pechos, que infunden eterna y santa fortaleza, a los restauradores del Norte y a los mártires del Mediodía, a San Eulogio y Álvaro Cordobés, a Pelayo y a Omar-ben-Hafsun;
mandó a Teodulfo, a Claudio y a Prudencio a civilizar la Francia carlovingia;
dio maestros a Gerberto;
amparó bajo el manto prelaticio del arzobispo D. Raimundo y bajo la púrpura del emperador Alfonso VII la ciencia semítico-española...

¿Quién contará todos los beneficios de vida social que a esa unidad debimos, si no hay, en España piedra ni monte que no nos hable de ella con la elocuente voz de algún santuario en ruinas?

Si en la Edad Media nunca dejamos de considerarnos unos, fue por el sentimiento cristiano, la sola cosa que nos juntaba, a pesar de aberraciones parciales, a pesar de nuestras luchas más que civiles, a pesar de los renegados y de los muladíes.

El sentimiento de patria es moderno; no hay patria en aquellos siglos, no la hay en rigor hasta el Renacimiento; pero hay una fe, un bautismo, una grey, un pastor, una Iglesia, una liturgia, una cruzada eterna y una legión de santos que combaten por nosotros desde Causegadia hasta Almería, desde el Muradal hasta la Higuera.

Dios nos conservó la victoria, y premió el esfuerzo perseverante dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la historia humana: el de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo.

Un ramal de nuestra Raza forzó el cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas de Ceilán y las perlas que adornaban la cuna del sol y el tálamo de la aurora. Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aun de caricias humanas, donde los ríos eran como mares, y los montes, veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Ptolomeo ni por Hiparco.

¡Dichosa edad aquélla, de prestigios y maravillas, edad de juventud y de robusta vida! España era o se creía el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas o para atajar al sol en su carrera. Nada aparecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe, que mueve de su lugar las montañas.

Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado

el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades;
el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa occidental del segundo y postrer amago del islamismo;
el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cinta y
el entregar a la Iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebataba la herejía.

España, evangelizadora de la mitad del orbe; España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra. El día en que acabe de perderse, España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vectores o de los reyes de taifas».

M. MENÉNDEZ PELAYO

7 de junio de 1882.

PROTESTACIÓN DEL AUTOR

Todo lo contenido en estos libros, desde la primera palabra hasta la última, se somete al juicio y corrección de la santa Iglesia católica, apostólica, romana y de los superiores de ella con respeto filial y obediencia rendida.