jueves, 31 de mayo de 2007

Poderosa oración en caracteres rúnicos


ORATIO DOMINICA: «PATER NOSTER»

Pater noster qui es in caelis:
sanctificetur Nomen Tuum;
adveniat Regnum Tuum;
fiat voluntas Tua, sicut in caelo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a Malo. Amen.

LA ORACIÓN DEL SEÑOR: «PADRE NUESTRO»

«Podemos invocar a Dios como Padre porque nos lo ha revelado el Hijo de Dios hecho hombre, en Quien, por el Bautismo, somos incorporados y adoptados como hijos de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2798).

«Al decir Padre Nuestro, invocamos la nueva Alianza en Jesucristo, la comunión con la Santísima Trinidad y la caridad divina que se extiende por medio de la Iglesia a lo largo del mundo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2801).

«Que estás en el cielo no designa un lugar sino la majestad de Dios y Su presencia en el corazón de los justos. El cielo, la Casa del Padre, constituye la verdadera patria hacia donde tendemos y a la que ya pertenecemos» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2802).

Santo Tomás de Aquino, Suma Teólogica, II-II qu. 83 a. 9:

La oración dominical es perfectísima, porque, como escribe San Agustín, Ad Probam, si oramos digna y convenientemente, no podemos decir otra cosa que lo que en la oración dominical se nos propuso. Y puesto que la oración es, en cierto modo, intérprete de nuestros deseos ante Dios, sólo aquello lícitamente pedimos que lícitamente podemos desear. Pero en la oración dominical no sólo se piden las cosas lícitamente deseables, sino que se suceden en ella las peticiones según el orden en que debemos desearlas, de suerte que la oración dominical no sólo regula, según esto, nuestras peticiones, sino que sirve de norma a todos nuestros afectos.

Ahora bien: es cosa manifiesta que lo primero que deseamos es el fin, y en segundo lugar, los medios para alcanzarlo. Pero nuestro fin es Dios. Y nuestra voluntad tiende hacia Él de dos maneras: en cuanto que deseamos Su gloria y en cuanto que queremos gozar de ella. La primera de estas dos maneras se refiere al amor con que amamos a Dios en Sí mismo; la segunda, al amor con que nos amamos a nosotros en Dios.

Por esta razón decimos en la primera de las peticiones Santificado sea Tu Nombre, con lo que pedimos la gloria de Dios.

La segunda de las peticiones es: Venga a nosotros Tu Reino. Con ella pedimos llegar a la gloria de Su Reino.

Los medios nos ordenan a dicho fin de dos maneras: por sí mismos o accidentalmente. Nos ordena por sí mismo al fin el bien que es útil para conseguirlo. Y una cosa es útil para conseguir el fin de la bienaventuranza de dos modos:

1.° Directa y principalmente, por razón del mérito con que nos hacemos dignos de la bienaventuranza obedeciendo a Dios. Es por lo que aquí pedimos: Hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo;

2.° Instrumentalmente, como algo de que nos servimos para merecerla. A esto se refiere lo que aquí decimos: El pan nuestro de cada día dánoslo hoy,
• ya se trate del pan sacramental, cuyo uso cotidiano es saludable a los hombres, y en el que se sobrentiende que están incluidos todos los demás sacramentos;
• ya se trate del pan corporal, de tal suerte que por pan se entienda toda clase de alimentos, conforme a las palabras de San Agustín: «pues lo mismo que la Eucaristía es el principal entre los sacramentos, también es el pan el alimento principal» (Ad Probam). De ahí el que en el Evangelio de San Mateo se lo llame «supersubstancial» (Mt 6,11), o sea, «principal», como expone San Jerónimo.

De cada día. La palabra griega, epiousios, no tiene otro sentido en el Nuevo Testamento.
• Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de “hoy” (cf. Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza “sin reserva”.
• Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (cf 1 Tm 6, 8).
• Tomada al pie de la letra [epiousios: “lo más esencial”], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, “remedio de inmortalidad” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephesios, 20, 2) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (cf. Io 6, 53-56)
• Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este “día” es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre “cada día”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2837)].

De manera accidental nos conduce a la bienaventuranza la eliminación de obstáculos. Y son tres los obstáculos que nos cierran el paso hacia la bienaventuranza.

En primer lugar, el pecado, que excluye directamente del Reino, según aquello de: «Ni los fornicarios, ni los idólatras, etc., poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6,9-10). Y a esto se refiere lo que aquí se dice: Perdónanos nuestras deudas.

En segundo lugar, la tentación, que pone trabas al cumplimiento de la voluntad divina. Y a este propósito decimos: Y no nos dejes caer en la tentación; con lo cual no pedimos vernos libres de tentaciones, sino que no seamos vencidos por la tentación, lo que equivaldría a caer en ella.

En tercer lugar, las penalidades de la vida presente, que impiden el que tengamos lo suficiente para vivir. Es por lo que aquí pedimos: Líbranos del Mal.

«En esta petición, el Mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” [dia-bolos] es aquél que “se atraviesa” en el designio de Dios y Su obra de salvación cumplida en Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2851).

«Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2854).

«“Después, terminada la oración, dices: Amén, refrendando por medio de este Amén, que significa “Así sea” (cf. Lc 1, 38), lo que contiene la oración que Dios nos enseñó” (San Cirilo de Jerusalén, Catecheses mystagogicae, 5, 18)» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2856).