martes, 10 de julio de 2007

Amar a la Iglesia


S. Josemaría Escrivá celebrando la Misa de San Pío V en 1971 (fuente)

Homilía «El fin sobrenatural de la Iglesia», 28-V-72, Fiesta de la Santísima Trinidad

1 Para comenzar, quiero recordaros las palabras que nos propone San Cipriano: «Se nos presenta la Iglesia universal como un pueblo que obtiene su unidad a partir de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (De oratione dominica 23; PL 4, 553). No os extrañe, por eso, que en esta Fiesta de la Santísima Trinidad la homilía pueda tratar de la Iglesia; porque la Iglesia se enraíza en el misterio fundamental de nuestra fe católica: el de Dios uno en esencia y trino en personas.

La Iglesia centrada en la Trinidad: así la han visto siempre los Padres. Mirad qué claras las palabras de San Agustín: «Dios, pues, habita en Su templo; no sólo el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo... Por tanto, la santa Iglesia es el templo de Dios, esto es, de la Trinidad entera» (San Agustín, Enchiridion 56, 15; PL 40, 259).

Cuando el próximo domingo nos reunamos de nuevo, nos detendremos sobre otro de los aspectos maravillosos de la Santa Iglesia: esas notas que dentro de poco recitaremos en el Credo, después de cantar nuestra fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. «Et in Spiritum Sanctum» decimos. Y, a continuación, «et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam» (Credo de la Santa Misa), confesamos que hay Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica.

Todos los que han amado de verdad a la Iglesia han sabido poner en relación esas cuatro notas con el más inefable misterio de nuestra santa religión: la Trinidad Beatísima. «Nosotros creemos en la Iglesia de Dios, Una, Santa, Católica y Apostólica, en la que recibimos la doctrina; conocemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y somos bautizados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (San Juan Damasceno, Adversum Icon 12; PG 96, 1358, D).

Momentos difíciles

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Hace falta que meditemos con frecuencia, para que no se vaya de la cabeza, que la Iglesia es un misterio grande, profundo. No puede ser nunca abarcado en esta tierra. Si la razón intentara explicarlo por sí sola, vería únicamente la reunión de gentes que cumplen ciertos preceptos, que piensan de forma parecida. Pero eso no sería la Santa Iglesia.

En la Santa Iglesia los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio –Iglesia purgante–, o con los que gozan ya –Iglesia triunfante– de la visión beatífica, amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí y, al mismo tiempo, transciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el manto de Santa María, y continúa –en la tierra y en el cielo– alabándola como Madre.

Afirmémonos en el carácter sobrenatural de la Iglesia; confesémosle a gritos, si es preciso, porque en estos momentos son muchos los que –dentro físicamente de la Iglesia, y aun arriba– se han olvidado de estas verdades capitales y pretenden proponer un imagen de la Iglesia que no es Santa, que no es Una, que no puede ser Apostólica porque no se apoya en la roca de Pedro, que no es Católica porque está surcada de particularismos ilegítimos, de caprichos de hombres.

No es algo nuevo. Desde que Jesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia, esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia.

Os repetiré una vez más que, ni por temperamento ni por hábito, soy pesimista. ¿Cómo se puede ser pesimista, si Nuestro Señor ha prometido que estará con nosotros hasta el fin de los siglos? (cf. Mt XXVIII, 20). La efusión del Espíritu Santo plasmó, en la reunión de los discípulos en el Cenáculo, la primera manifestación pública de la Iglesia (Ecclesia, quae iam concepta, ex latere ipso secundi Adami velut in cruce dormientis orta erat, sese in lucem hominum insigni modo primitus dedit die celeberrima Pentecostes. Ipsaque die beneficia sua Spiritus Sanctus in mystico Christi Corpore prodere coepit León XIII, Enc. Divinum illud munus ASS 29, p. 648).

Nuestro Padre Dios –ese Padre amoroso, que nos cuida como «a la niña de Sus ojos» (Deut XXXII, 10), según recoge la Escritura con expresión gráfica para que lo entendamos– no cesa de santificar, por el Espíritu Santo, a la Iglesia fundada por Su Hijo amadísimo. Pero la Iglesia vive actualmente días difíciles: son años de gran desconcierto para las almas. El clamor de la confusión se levanta por todas partes, y con estruendo renacen todos los errores que ha habido a lo largo de los siglos.

3 Fe. Necesitamos fe. Si se mira con ojos de fe, se descubre que «la Iglesia lleva en sí misma y difunde a su alrededor su propia apología. Quien la contempla, quien la estudia con ojos de amor a la verdad, debe reconocer que Ella, independientemente de los hombres que la componen y de las modalidades prácticas con que se presenta, lleva en sí un mensaje de luz universal y único, liberador y necesario, divino» (Paulo VI, Alocución el 23-VI-1966).

Cuando oímos voces de herejía –porque eso son, no me han gustado nunca los eufemismos–, cuando observamos que se ataca impunemente la santidad del matrimonio, y la del sacerdocio; la concepción inmaculada de Nuestra Madre Santa María y su virginidad perpetua, con todos los demás privilegios y excelencias con que Dios la adornó; el milagro perenne de la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, el primado de Pedro, la misma Resurrección de Nuestro Señor, ¿cómo no sentir toda el alma llena de tristeza? Pero tened confianza: la Santa Iglesia es incorruptible. «La Iglesia vacilará si su fundamento vacila, pero ¿podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos» (San Agustín, Enarrationes in Psalmos 103, 2, 5; PL 37, 1353).

Lo humano y lo divino en la Iglesia

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Como en Cristo hay dos naturalezas –la humana y la divina–, así, analógicamente, podemos referirnos a la existencia en la Iglesia de un elemento humano y un elemento divino. A nadie se le oculta la evidencia de esa parte humana. La Iglesia, en este mundo, está compuesta de hombres y para hombres, y decir hombre es hablar de la libertad, de la posibilidad de grandezas y de mezquindades, de heroísmos y de claudicaciones.

Si admitiésemos sólo esa parte humana de la Iglesia, no la entenderíamos nunca, porque no habríamos llegado a la puerta del misterio. La Sagrada Escritura utiliza muchos términos –sacados de la experiencia terrena– para aplicarlos al Reino de Dios y a su presencia entre nosotros, en la Iglesia. La compara al redil, al rebaño, a la casa, a la semilla, a la viña, al campo en el que Dios planta o edifica. Pero resalta una expresión que compendia todo: la Iglesia es el Cuerpo de Cristo.

«Y así el mismo Cristo a unos ha constituido apóstoles, a otros profetas, y a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores, a fin de que trabajen en la edificación de los santos, en las funciones de su ministerio, en la edificación del Cuerpo de Jesucristo» (Eph IV, 11-12). San Pablo escribe también que «todos nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos recíprocamente miembros los unos de los otros» (Rom XII, 5). ¡Qué luminosa es nuestra fe! Todos somos en Cristo, porque «Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia» (Col I, 18).

5 Es la fe que han confesado siempre los cristianos. Escuchad conmigo estas palabras de San Agustín: «Y desde entonces Cristo entero está formado por la cabeza y el cuerpo, verdad que no dudo que conocéis bien. La cabeza es nuestro mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de entre los muertos, está sentado a la diestra del Padre. Y Su cuerpo es la Iglesia. No esta o aquella iglesia, sino la que se halla extendida por todo el mundo. Ni es tampoco solamente la que existe entre los hombres actuales, ya que también pertenecen a ella los que vivieron antes de nosotros y los que han de existir después, hasta el fin del mundo. Pues toda la Iglesia, formada por la reunión de los fieles –porque todos los fieles son miembros de Cristo–, posee a Cristo por Cabeza, que gobierna Su cuerpo desde el Cielo. Y, aunque esta Cabeza se halle fuera de la vista del cuerpo, sin embargo, está unida por el amor» (San Agustín, Enarrationes in Psalmos 56, 1; PL 36, 662).

6 Comprendéis ahora por qué no se puede separar la Iglesia visible de la Iglesia invisible. La Iglesia es, a la vez, cuerpo místico y cuerpo jurídico. «Por el hecho mismo de que es cuerpo, la Iglesia se discierne con los ojos» (León XIII, Enc. Satis cognitum ASS 28, p. 724), enseñó León XIII. En el cuerpo visible de la Iglesia –en el comportamiento de los hombres que la componemos aquí en la tierra– aparecen miserias, vacilaciones, traiciones. Pero no se agota ahí la Iglesia, ni se confunde con esas conductas equivocadas: en cambio, no faltan, aquí y ahora, generosidades, afirmaciones heroicas, vidas de santidad que no producen ruido, que se consumen con alegría en el servicio de los hermanos en la fe y de todas las almas.

Considerad además que, si las claudicaciones superasen numéricamente las valentías, quedaría aún esa realidad mística –clara, innegable, aunque no la percibamos con los sentidos– que es el Cuerpo de Cristo, el mismo Señor Nuestro, la acción del Espíritu Santo, la presencia amorosa del Padre.

La Iglesia es, por tanto, inseparablemente humana y divina. «Es sociedad divina por su origen, sobrenatural por su fin y por los medios que próximamente se ordenan a ese fin; pero, en cuanto se compone de hombres, es una comunidad humana» (León XIII, Enc. Satis cognitum ASS 28, 710). Vive y actúa en el mundo, pero su fin y su fuerza no están en la tierra, sino en el Cielo.

Se equivocarían gravemente los que intentaran separar una Iglesia «carismática» –que sería la verdaderamente fundada por Cristo–, de otra jurídica o «institucional» que sería obra de los hombres y simple efecto de contingencias históricas. Sólo hay una Iglesia. Cristo fundó una sola Iglesia: visible e invisible, con un cuerpo jerárquico y organizado, con una estructura fundamental de derecho divino, y una íntima vida sobrenatural que la anima, sostiene y vivifica.

Y no es posible dejar de recordar que, cuando el Señor instituyó su Iglesia, «no la concibió ni formó de modo que comprendiera una pluralidad de comunidades semejantes en su género, pero distintas, y no ligadas por aquellos vínculos que hacen a la Iglesia indivisible y única... Y así, cuando Jesucristo habló de este místico edificio, recuerda sólo a una Iglesia a la que llama Suya: “edificaré Mi Iglesia” (Matt. XVI, 18). Cualquier otra que fuera de ésta se imagine, al no haber sido fundada por Él, no puede ser Su verdadera Iglesia» (León XIII, Enc. Satis cognitum ASS 28, pp. 712 y 713).

Fe, repito; aumentemos nuestra fe, pidiéndola a la Trinidad Beatísima, cuya fiesta celebramos hoy. Podrá ocurrir todo, menos que el Dios tres veces Santo abandone a Su Esposa.

El fin de la Iglesia

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San Pablo, en el primer capítulo de la epístola a los Efesios, afirma que el misterio de Dios, anunciado por Cristo, se realiza en la Iglesia. Dios Padre «ha puesto todas las cosas bajo los pies de Cristo y le ha constituido cabeza de toda la Iglesia, que es Su cuerpo, y en la cual Aquel que lo completa todo en todos halla el complemento» (Eph I, 22-23). El misterio de Dios es «restaurar en Cristo, cumplidos los tiempos prescritos, todas las cosas de los cielos y las de la tierra» (Eph I, 10).

Un misterio insondable, de pura gratuidad de amor: porque «nos escogió antes de la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en Su presencia, por la caridad» (Eph I, 4). No tiene límites el Amor de Dios: el mismo San Pablo anuncia que el Salvador Nuestro «quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad» (1 Tim II, 4).

Este, y no otro, es el fin de la Iglesia: la salvación de las almas, una a una. Para eso el Padre envió al Hijo, «y Yo os envió también a vosotros» (Ioan XX, 21). De ahí el mandato de dar a conocer la doctrina y de bautizar, para que en el alma habite, por la gracia, la Trinidad Beatísima: «A Mí se me ha otorgado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, e instruid a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñando a observar todas las cosas que Yo os he mandado. Y estad ciertos de que Yo permaneceré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos» (Mt XXVIII, 18-20).

Son las palabras sencillas y sublimes del final del Evangelio de San Mateo: ahí está señalada la obligación de predicar las verdades de fe, la urgencia de la vida sacramental, la promesa de la continua asistencia de Cristo a Su Iglesia. No se es fiel al Señor si se desatienden esas realidades sobrenaturales: la instrucción en la fe y en la moral cristianas, la práctica de los Sacramentos. Con este mandato Cristo funda Su Iglesia. Todo lo demás es secundario.

En la Iglesia está nuestra salvación

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No podemos olvidar que la Iglesia es mucho más que un camino de salvación: es el único camino. Y esto no lo han inventado los hombres, lo ha dispuesto Cristo: «El que creyere y se bautizare, se salvará; pero el que no creyere, será condenado» (Mc XVI, 16). Por eso se afirma que la Iglesia es necesaria, con necesidad de medio, para salvarse. Ya en el siglo II escribía Orígenes: «Si alguno quiere salvarse, venga a esta casa, para que pueda conseguirlo... Ninguno se engañe a sí mismo: fuera de esta casa, esto es, fuera de la Iglesia, nadie se salva» (Orígenes, In Iesu nave hom., 5, 3; PG 12, 841). Y San Cipriano: «Si alguno hubiera escapado [del diluvio] fuera del arca de Noé, entonces admitiríamos que quien abandona la Iglesia puede escapar de la condena» (San Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate 6; PL 4, 503).

«Extra Ecclesiam, nulla salus». Es el aviso continuo de los Padres: «Fuera de la Iglesia católica se puede encontrar todo –admite San Agustín– menos la salvación. Se puede tener honor, se pueden tener sacramentos, se puede cantar “aleluya”, se puede responder “amén”, se puede sostener el Evangelio, se puede tener fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y predicarla; pero nunca, si no es en la Iglesia católica, se puede encontrar la salvación» (San Agustín, Sermo ad Caesariensis ecclesiae plebem 6; PL 43, 456).

Sin embargo, como se lamentaba hace poco más de veinte años Pío XII, «algunos reducen a una fórmula vana la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera para alcanzar la salvación eterna» (Pío XII, Enc. Humani generis ASS 42, p. 570). Este dogma de fe integra la base de la actividad corredentora de la Iglesia, es el fundamento de la grave responsabilidad apostólica de los cristianos. Entre los mandatos expresos de Cristo se determina categóricamente el de incorporarnos a Su Cuerpo Místico por el Bautismo. «Y nuestro Salvador no sólo dio el mandamiento de que todos entraran en la Iglesia, sino que estableció también que la Iglesia fuese medio de salvación, sin el cual nadie puede llegar al Reino de la gloria celestial» (Pío XII, Carta del S. O. al Arzobispo de Boston Denzinger-Schön. 3868).

Es de fe que quien no pertenece a la Iglesia, no se salva; y que quien no se bautiza, no ingresa en la Iglesia. «La justificación, después de la promulgación del Evangelio, no puede verificarse sin el lavatorio de la regeneración o su deseo establece el Concilio de Trento» (Decreto de iustificatione cap. 4, Denzinger-Schön. 1524).

9 Es ésta una continua exigencia de la Iglesia, que si –por una parte– pone en nuestra alma el aguijón del celo apostólico, por otra, manifiesta también claramente la misericordia infinita de Dios con las criaturas.

Ved cómo lo explica Santo Tomás: «El sacramento del bautismo puede faltar de dos modos. De una manera, cuando no se recibió ni de hecho ni con el deseo; es el caso de quien ni se bautizó ni quiere bautizarse. Esta actitud, en los que tienen uso de razón, implica desprecio del sacramento. Y en consecuencia, aquellos a quienes de esta forma les falta el bautismo, no pueden entrar en el Reino de los cielos: ya que ni sacramental ni espiritualmente se incorporan a Cristo, y únicamente de Él procede la salvación. De otra manera, le puede faltar a una persona el sacramento del bautismo, pero no su deseo: como es el caso de aquel que, deseando bautizarse, le sorprende la muerte antes de recibir el sacramento. A quien esto sucede, puede salvarse, aun sin el bautismo actual, por el solo deseo del sacramento, deseo que procede de la fe que obra por la caridad, por la que Dios, que no ligó Su poder a los sacramentos visibles, santifica interiormente al hombre» (Santo Tomás, S. Th. III, q.68, a.2).

Aun siendo completamente gratuita, a nadie debida por ningún título –y menos aún, después del pecado–, Dios Nuestro Señor no rehúsa a nadie la felicidad eterna y sobrenatural: Su generosidad es infinita. «Es cosa notoria que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos, y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan una vida honesta y recta, pueden conseguir la eterna, por la acción operante de la luz divina y de la gracia» ([Beato] Pío IX, Enc. Quanto conficiamur moerore 10-VIII-1863, Denzinger-Schön. 1677 [2866]). Sólo Dios sabe lo que sucede en el corazón de cada hombre, y Él no trata a las almas en masa, sino una a una. A nadie corresponde juzgar en esta tierra sobre la salvación o condenación eternas en un caso concreto.

10 Pero no olvidemos que la conciencia puede culpablemente deformarse, endurecerse en el pecado y resistir a la acción salvadora de Dios. De ahí la necesidad de predicar la doctrina de Cristo, las verdades de fe y las normas morales; y de ahí también la necesidad de los Sacramentos, instituidos todos por Jesucristo como causas instrumentales de Su gracia (cf. Santo Tomás, S. Th. III, q.62, a.1) y remedios para las miserias consiguientes a nuestro estado de naturaleza caída (cf. ibidem q.61, a.2). De ahí se deduce además que conviene acudir frecuentemente a la Penitencia y a la Comunión Eucarística.

Queda, por tanto, bien concretada la tremenda responsabilidad de todos en la Iglesia y especialmente de los pastores, con los consejos de San Pablo: «Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, al tiempo de Su venida y de Su Reino: predica la palabra de Dios, insiste, con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en el que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas acomodadas a sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios, para satisfacer sus deseos, y cerrarán los oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas» (2 Tim IV, 14).

Tiempo de prueba

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Yo no sabría decir cuántas veces se han cumplido estas palabras proféticas del Apóstol. Pero sólo un ciego dejaría de ver cómo actualmente se están verificando casi a la letra. Se rechaza la doctrina de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, se tergiversa el contenido de las bienaventuranzas poniéndolo en clave político-social: y el que se esfuerza por ser humilde, manso, limpio de corazón, es tratado como un ignorante o un atávico sostenedor de cosas pasadas. No se soporta el yugo de la castidad, y se inventan mil maneras de burlar los preceptos divinos de Cristo.

Hay un síntoma que los engloba a todos: el intento de cambiar los fines sobrenaturales de la Iglesia. Por «justicia» algunos no entienden ya la vida de santidad, sino una lucha política determinada, más o menos teñida de marxismo, que es inconciliable con la fe cristiana. Por «liberación» no admiten la batalla personal por huir del pecado, sino una tarea humana, que puede ser noble y justa en sí misma, pero que carece de sentido para el cristiano, si implica una desvirtuación de lo único necesario (cf. Luc X, 42), la salvación eterna de las almas, una a una.

12 Con una ceguera que proviene de apartarse de Dios –«este pueblo me honra con los labios, pero su corazón se encuentra lejos de Mí» (Mt XV, 8)–, se «fabrica» una imagen de la Iglesia, que no guarda relación alguna con la que fundó Cristo. Hasta el Santo Sacramento del Altar –la renovación del Sacrificio del Calvario– es profanado, o reducido a un mero símbolo de la que llaman comunión de los hombres entre sí. ¡Qué sería de las almas, si Nuestro Señor no hubiese entregado por nosotros hasta la última gota de Su Sangre preciosa! ¿Cómo es posible que se desprecie ese milagro perpetuo de la presencia real de Cristo en el Sagrario? Se ha quedado para que lo tratemos, para que lo adoremos, para que, prenda de la gloria futura, nos decidamos a seguir Sus huellas.

Estos tiempos son tiempos de prueba y hemos de pedir al Señor, con un clamor que no cese (cf. Is LVIII, 1), que los acorte, que mire con misericordia a Su Iglesia y conceda nuevamente la luz sobrenatural a las almas de los pastores y a las de todos los fieles. La Iglesia no tiene por qué empeñarse en agradar a los hombres, ya que los hombres –ni solos, ni en comunidad– darán nunca la salvación eterna: el que salva es Dios.

Amor filial a la Iglesia

13
Hace falta hoy repetir, en voz muy alta, aquellas palabras de San Pedro ante los personajes importantes de Jerusalén: «Este Jesús es aquella piedra que vosotros desechasteis al edificar, que ha venido a ser la principal piedra del ángulo; fuera de Él no hay que buscar la salvación en ningún otro: pues no se ha dado a los hombres otro Nombre debajo del cielo, por el cual podamos salvarnos» (Act IV, 11-12).

Así hablaba el primer Papa, la roca sobre la que Cristo edificó Su Iglesia, llevado de su filial devoción al Señor y de su solicitud hacia el pequeño rebaño que le había sido confiado. De él y de los demás Apóstoles, aprendieron los primeros cristianos a amar entrañablemente a la Iglesia.

¿Habéis visto, en cambio, con qué poca piedad se habla a diario de nuestra Santa Madre la Iglesia? ¡Cómo consuela leer, en los Padres antiguos, esos piropos de amor encendido a la Iglesia de Cristo! «Amemos al Señor, Nuestro Dios; amemos a Su Iglesia» escribe San Agustín. «A Él como a un Padre; a Ella, como a una madre. Que nadie diga: “sí, voy todavía a los ídolos, consulto a los poseídos y a los hechiceros, pero no dejo la Iglesia de Dios, soy católico”. Permanecéis adheridos a la Madre, pero ofendéis al Padre. Otro dice, poco más o menos: “Dios no lo permita; yo no consulto a los hechiceros, no interrogo a los poseídos, no practico adivinaciones sacrílegas, no voy a adorar a los demonios, no sirvo a los dioses de piedra, pero soy del partido de Donato”. ¿De qué sirve no ofender al Padre si Él vengará a la Madre, a quien ofendéis?» (San Agustín, Enarrationes in Psalmos 88, 2, 14; PL 37, 1140). Y San Cipriano había declarado brevemente: «No puede tener a Dios como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre» (San Cipriano, o.c.; PL 4, 502).

En estos momentos muchos se niegan a oír la verdadera doctrina sobre la Santa Madre Iglesia. Algunos desean «reinventar» la institución, con la locura de implantar en el Cuerpo Místico de Cristo una democracia al estilo de la que se concibe en la sociedad civil o, mejor dicho, al estilo de la que se pretende que se promueva: todos iguales en todo. Y no se convencen de que, por institución divina, la Iglesia está constituida por el Papa, con los obispos, los presbíteros, los diáconos y los laicos, los seglares. Eso lo ha querido Jesús.

14 La Iglesia, por voluntad divina, es una institución jerárquica. «Sociedad jerárquicamente organizada» la llama el Concilio Vaticano II (Concilio Vaticano II, Const. Lumen gentium n. 8), donde «los ministros tienen un poder sagrado» (ibidem, n. 18). La jerarquía no sólo es compatible con la libertad, sino que está al servicio de la libertad de los hijos de Dios (cf. Rom VIII, 21).

El término democracia carece de sentido en la Iglesia, que –insisto– es jerárquica por voluntad divina. Pero «jerarquía» significa gobierno santo y orden sagrado, y de ningún modo arbitrariedad humana o despotismo infrahumano. En la Iglesia el Señor dispuso un orden jerárquico, que no ha de transformarse en tiranía: porque la autoridad misma es un servicio, como lo es la obediencia.

En la Iglesia hay igualdad: una vez bautizados, todos somos iguales, porque somos hijos del mismo Dios, Nuestro Padre. En cuanto cristianos, no media diferencia alguna entre el Papa y el último que se incorpora a la Iglesia. Pero esa igualdad radical no entraña la posibilidad de cambiar la constitución de la Iglesia, en aquello que ha sido establecido por Cristo. Por expresa voluntad divina tenemos una diversidad de funciones, que comporta también una capacitación diversa, un «carácter» indeleble conferido por el Sacramento del Orden para los ministros sagrados. En el vértice de esa ordenación está el sucesor de Pedro y, con él y bajo él, todos los obispos: con su triple misión de santificar, de gobernar y de enseñar.

15 Permitidme esta insistencia machacona, las verdades de fe y de moral no se determinan por mayoría de votos: componen el depósito –«depositum fidei»– entregado por Cristo a todos los fieles y confiado, en su exposición y enseñanza autorizada, al Magisterio de la Iglesia.

Sería un error pensar que, como los hombres han adquirido quizá más conciencia de los lazos de solidaridad que los unen mutuamente, se deba modificar la constitución de la Iglesia, para ponerla de acuerdo con los tiempos. Los tiempos no son de los hombres, sean o no eclesiásticos; los tiempos son de Dios, que es el Señor de la historia. Y la Iglesia puede dar la salvación a las almas, sólo si permanece fiel a Cristo en su constitución, en sus dogmas, en su moral.

Rechacemos, por tanto, el pensamiento de que la Iglesia –olvidando el sermón de la montaña– busca la felicidad humana en la tierra, porque sabemos que su única tarea consiste en llevar las almas a la gloria eterna del paraíso; rechacemos cualquier solución naturalista, que no aprecie el papel primordial de la gracia divina; rechacemos las opiniones materialistas, que tratan de hacer perder su importancia a los valores espirituales en la vida del hombre; rechacemos de igual modo las teorías secularizantes, que pretenden identificar los fines de la Iglesia de Dios con los de los estados terrenos: confundiendo la esencia, las instituciones, la actividad, con características similares a las de la sociedad temporal.

El abismo de la sabiduría de Dios

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Recordad las consideraciones de San Pablo que hemos leído en la Epístola: «¡Oh profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensible son Sus juicios y cuán inapelables Sus caminos! Porque, ¿quién ha conocido los designios del Señor? o ¿quién fue Su consejero? ¿Quién es el que le dio primero a Él alguna cosa, para que pretenda ser por esto recompensado? Todas las cosas son de Él, y todas son por Él y todas existen en Él: a Él sea la gloria por siempre jamás. Así sea» (Rom XI, 33-36). A la luz de las palabras de Dios, ¡qué pequeños resultan los designios humanos cuando intentan alterar lo que Nuestro Señor ha establecido! Pero no os debo ocultar que ahora se comprueba, por todas partes, una extraña capacidad del hombre: no logrando nada contra Dios, se ensaña contra los demás, siendo instrumento tremendo del mal, ocasión e inductor de pecado, sembrador de esa confusión que lleva a que se cometan acciones intrínsecamente malas, presentándolas como buenas.

Siempre ha habido ignorancia: pero en estos momentos la ignorancia más brutal en materias de fe y de moral se disfraza, a veces, con altisonantes nombres aparentemente teológicos.
Por eso el mandato de Cristo a Sus Apóstoles –lo acabamos de escuchar en el Evangelio– cobra, si cabe, una apremiante actualidad: «Id y enseñad a todas las gentes» (Mt XXVIII, 19). No podemos desentendernos, no podemos cruzarnos de brazos, no podemos encerrarnos en nosotros mismos. Acudamos a combatir, por Dios, una gran batalla de paz, de serenidad, de doctrina.

17 Hemos de ser comprensivos, cubrir todo con el manto entrañable de la caridad. Una caridad que nos afiance en la fe, aumente nuestra esperanza y nos haga fuertes, para decir bien alto que la Iglesia no es esa imagen que algunos proponen. La Iglesia es de Dios, y pretende un solo fin: la salvación de las almas. Acerquémonos al Señor, hablemos con Él en la oración cara a cara, pidámosle perdón por nuestras miserias personales y reparemos por nuestros pecados y por los de los demás hombres, que quizá –en este clima de confusión– no aciertan a advertir con cuánta gravedad están ofendiendo a Dios.

En la Santa Misa, este domingo, en la renovación incruenta del sacrificio cruento del Calvario, Jesús Se inmolará –Sacerdote y Víctima– por los pecados de los hombres. Que no lo dejemos solo, que surja en nuestro pecho un deseo ardiente de estar con Él, junto a la Cruz; que crezca nuestro clamor al Padre, Dios misericordioso, para que devuelva la paz al mundo, la paz a la Iglesia, la paz a las conciencias.

Si nos comportamos así, encontraremos –junto a la Cruz– a María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra. De su mano bendita llegaremos a Jesús y, por Él, al Padre, en el Espíritu Santo.

Homilía «Lealtad a la Iglesia», 4-VI-72, Domingo segundo después de Pentecostés.

18
Los textos de la liturgia de este domingo forman una cadena de invocaciones al Señor. Le decimos que es nuestro apoyo, nuestra roca, nuestra defensa (cf. Ps XVII, 19-20. 2-3. Introito de la Misa). La oración recoge también ese motivo del introito: «Tú no privas nunca de Tu luz a aquellos que se establecen en la solidez de Tu amor» (Oración del Domingo segundo después de Pentecostés).

En el gradual, seguimos recurriendo a Él: «En los momentos de angustia he invocado al Señor... Libra, oh Señor, mi alma de los labios mentirosos, de las lenguas que engañan. ¡Señor!, me refugio en Ti» (Ps CXIX, 1 y 2; Ps VII, 2. Gradual de la Misa). Conmueve esta insistencia de Dios, nuestro Padre, empeñado en recordarnos que debemos acudir a Su misericordia pase lo que pase, siempre. También ahora: en estos momentos, en los que voces confusas surcan la Iglesia; son tiempos de extravío, porque tantas almas no dan con buenos pastores, otros Cristos, que los guíen al Amor del Señor; y encuentran en cambio «ladrones y salteadores» que vienen «para robar, matar y destruir» (Ioh X, 8 y 10).

No temamos. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, habrá de ser indefectiblemente el camino y el ovil del Buen Pastor, el fundamento robusto y la vía abierta a todos los hombres. Lo acabamos de leer en el Santo Evangelio: «Sal a los caminos y cercados e impele a los que halles a que vengan, para que se llene Mi casa» (Lc XIV, 23).

19 Pero, ¿qué es la Iglesia? ¿dónde está la Iglesia? Muchos cristianos, aturdidos y desorientados, no reciben respuesta segura a estas preguntas, y llegan quizá a pensar que aquellas que el Magisterio ha formulado por siglos –y que los buenos Catecismos proponían con esencial precisión y sencillez– han quedado «superadas» y han de ser substituidas por otras nuevas. Una serie de hechos y de dificultades parecen haberse dado cita, para ensombrecer el rostro limpio de la Iglesia. Unos sostienen: la Iglesia está aquí, en el afán por acomodarse a lo que llaman «tiempos modernos». Otros gritan: la Iglesia no es más que el ansia de solidaridad de los hombres; debemos cambiarla de acuerdo con las circunstancias actuales.

Se equivocan. La Iglesia, hoy, es la misma que fundó Cristo, y no puede ser otra. «Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios para el régimen de la Iglesia, fundamentada en la fe y en los Sacramentos de la fe. Y así como no les es lícito establecer otra Iglesia, tampoco pueden transmitir otra Fe ni instituir otros Sacramentos; sino que, por los Sacramentos que brotaron del costado de Cristo pendiente en la Cruz, ha sido construida la Iglesia» (Santo Tomás, S. Th. III, q.64, a.2 ad 3). La Iglesia ha de ser reconocida por aquellas cuatro notas, que se expresan en la confesión de fe de uno de los primeros Concilios, como las rezamos en el Credo de la Misa: «Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica» (Símbolo constantinopolitano, Denzinger-Schön. 150 [86]). Esas son las propiedades esenciales de la Iglesia, que derivan de su naturaleza, tal como la quiso Cristo. Y, al ser esenciales, son también notas, signos que la distinguen de cualquier otro tipo de reunión humana, aunque en estas otras se oiga pronunciar también el Nombre de Cristo.

Hace poco más de un siglo, el Papa [Beato] Pío IX resumió brevemente esta enseñanza tradicional: «La verdadera Iglesia de Cristo se constituye y reconoce, por autoridad divina, en las cuatro notas que en el Símbolo afirmamos que deben creerse; y cada una de esas notas, de tal modo está unida con las restantes, que no puede ser separada de las demás. De ahí que la que verdaderamente es y se llama Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, de la santidad y de la sucesión apostólica» ([Beato] Pío IX, Carta del Santo Oficio a los obispos de Inglaterra 16-IX-1864, Denzinger-Schön. 2888 [1686]). Es –insisto– la enseñanza tradicional de la Iglesia, que ha repetido nuevamente –aunque en estos últimos años algunos lo olviden, llevados por un falso ecumenismo– el Concilio Vaticano II: «Ésta es la única Iglesia de Cristo –que profesamos en el Símbolo Una, Santa, Católica y Apostólica–, la que nuestro Salvador, después de Su resurrección, entregó a Pedro para que la apacentara, encargándole a él y a los otros Apóstoles que la difundieran y la gobernaran, y que erigió para siempre como columna y fundamento de la verdad» (Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium n. 8).

La Iglesia es Una

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«Que sean una sola cosa, así como Nosotros lo somos» (Ioh XVII, 11), clama Cristo a Su Padre; «que todos sean una misma cosa y que, como Tú, ¡oh Padre!, estás en Mí y Yo en Ti, así sean ellos una misma cosa en Nosotros» (Ioh XVII, 21). Brota constante de los labios de Jesucristo esta exhortación a la unidad, porque «todo reino dividido en facciones contrarias será desolado; y cualquier ciudad o casa, dividida en bandos, no subsistirá» (Mt XII, 25). Una predicación que se convierte en deseo vehemente: «Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco, a las que debo recoger; y oirán Mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor» (Ioh X, 16).

¡Con qué acentos maravillosos ha hablado Nuestro Señor de esta doctrina! Multiplica las palabras y las imágenes, para que lo entendamos, para que quede grabada en nuestra alma esa pasión por la unidad. «Yo soy la verdadera vid y Mi Padre es el labrador. Todo sarmiento que en Mí no lleva fruto, lo cortará; y a todo aquel que diere fruto, lo podará para que dé más fruto... Permaneced en Mí, que Yo permaneceré en vosotros. Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir fruto si no está unido con la vid, así tampoco vosotros, si no estáis unidos Conmigo. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; quien está unido Conmigo y Yo con él, ése da mucho fruto, porque sin Mí nada podéis hacer» (Ioh XV, 1-5).

¿No veis cómo los que se separan de la Iglesia, a veces estando llenos de frondosidad, no tardan en secarse y sus mismos frutos se convierten en gusanera viviente? Amad a la Iglesia Santa, Apostólica, Romana, ¡Una! Porque, como escribe San Cipriano, «quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa la Iglesia de Cristo» (San Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate 6; PL 4, 503). Y San Juan Crisóstomo insiste: «No te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra; no envejece jamás, su vigor es eterno» (San Juan Crisóstomo, Homilía de capto Eutropio 6).

Defender la unidad de la Iglesia se traduce en vivir muy unidos a Jesucristo, que es nuestra vid. ¿Cómo? Aumentando nuestra fidelidad al Magisterio perenne de la Iglesia: «Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe» (Concilio Vaticano, Const. dogm. Pastor Aeternus, Denzinger-Schön. 3070 [1836]). Así conservaremos la unidad: venerando a esta Madre Nuestra sin mancha; amando al Romano Pontífice.

21 Algunos afirman que quedamos pocos en la Iglesia; yo les contestaría que, si todos custodiásemos con lealtad la doctrina de Cristo, pronto crecería considerablemente el número, porque Dios quiere que se llene Su casa. En la Iglesia descubrimos a Cristo, que es el Amor de nuestros amores. Y hemos de desear para todos esta vocación, este gozo íntimo que nos embriaga el alma, la dulzura clara del Corazón misericordioso de Jesús.

Debemos ser ecuménicos, se oye repetir. Sea. Sin embargo, me temo que, detrás de algunas iniciativas autodenominadas ecuménicas, se cele un fraude: pues son actividades que no conducen al amor de Cristo, a la verdadera vid. Por eso carecen de fruto. Yo pido al Señor cada día que agrande mi corazón, para que siga convirtiendo en sobrenatural este amor que ha puesto en mi alma hacia todos los hombres, sin distinción de raza, de pueblo, de condiciones culturales o de fortuna. Estimo sinceramente a todos, católicos y no católicos, a los que creen en algo y a los que no creen, que me causan tristeza. Pero Cristo fundó una sola Iglesia, tiene una sola Esposa.

¿La unión de los cristianos? Sí. Más aún: la unión de todos los que creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que reconstruirla con trozos dispersos por todo el mundo. Y no necesita pasar por ningún tipo de purificación, para luego encontrarse finalmente limpia. «La Esposa de Cristo no puede ser adúltera, porque es incorruptible y pura. Sólo una casa conoce, guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de la Iglesia: y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo» (San Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate 6; PL 4, 503).

La Iglesia es Santa

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Ahora entenderemos mejor cómo la unidad de la Iglesia lleva a la santidad, y cómo uno de los aspectos capitales de su santidad es esa unidad centrada en el misterio del Dios Uno y Trino: «Un cuerpo y un espíritu, así como fuisteis llamados a una misma esperanza de vuestra vocación; uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo; uno el Dios y Padre todos, el que está sobre todos y gobierna todas las cosas y habita en todos nosotros» (Eph IV, 4-6).

Santidad no significa exactamente otra cosa mas que unión con Dios; a mayor intimidad con el Señor, más santidad. La Iglesia ha sido querida y fundada por Cristo, que cumple así la voluntad del Padre; la Esposa del Hijo está asistida por el Espíritu Santo. La Iglesia es la obra de la Trinidad Santísima; es Santa y Madre, Nuestra Santa Madre Iglesia. Podemos admirar en la Iglesia una perfección que llamaríamos original y otra final, escatológica. A las dos se refiere San Pablo en la Epístola a los Efesios: «Cristo amó a Su Iglesia y Se sacrificó por Ella, para santificarla, limpiándola en el bautismo de agua, a fin de hacerla comparecer delante de Él llena de gloria, sin arruga, ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada» (Eph V, 25-27).

La santidad original y constitutiva de la Iglesia puede quedar velada –pero nunca destruida, porque es indefectible: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt XVI, 18)–, puede quedar encubierta a los ojos humanos, decía, en ciertos momentos de oscuridad poco menos que colectiva. Pero San Pedro aplica a los cristianos el título de «gens sancta» (I Pet II, 9), pueblo santo. Y siendo miembros de un pueblo santo, todos los fieles han recibido esa vocación a la santidad, y han de esforzarse por corresponder a la gracia y ser personalmente santos. A lo largo de toda la historia, también en la actualidad, ha habido tantos católicos que se han santificado efectivamente: jóvenes y viejos, solteros y casados, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres.

Pero sucede que la santidad personal de tantos fieles –antes y ahora– no es algo aparatoso. Con frecuencia no reconocemos a la gente común, corriente y santa, que trabaja y convive en medio de nosotros. Ante la mirada terrena, se destacan más el pecado y las faltas de fidelidad: son más llamativos.

23 «Gens sancta», pueblo santo, compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia. La Iglesia, que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: «Omnes homines terra et cinis» (Ecclo XVII, 31), todos somos polvo y ceniza.

Nuestro Señor Jesucristo, que funda la Iglesia Santa, espera que los miembros de este pueblo se empeñen continuamente en adquirir la santidad. No todos responden con lealtad a su llamada. Y en la Esposa de Cristo se perciben, al mismo tiempo, la maravilla del camino de salvación y las miserias de los que lo atraviesan.

«El Divino Redentor dispuso que la comunidad, por Él fundada, fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales, para perpetuar en este mundo la obra de la Redención... Si en la Iglesia se descubre algo que arguya la debilidad de nuestra condición humana, no debe atribuirse a su constitución jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal; inclinación que su Divino Fundador permite aun en los más altos miembros del Cuerpo Místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los pastores, y para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana» (Pío XII, Enc. Mystici Corporis 29-VI-1943).

Esa es la realidad de la Iglesia ahora, aquí. Por eso, resulta compatible la santidad de la Esposa de Cristo con la existencia en su seno de personas con defectos. «Cristo no excluyó a los pecadores de la sociedad por Él fundada. Si, por tanto, algunos miembros están aquejados de enfermedades espirituales, no por eso debe disminuir nuestro amor a la Iglesia; al contrario, ha de aumentar nuestra compasión hacia sus miembros» (Pío XII, Enc. Mystici Corporis 29-VI-1943).

24 Demostraría poca madurez el que, ante la presencia de defectos y de miserias, en cualquiera de los que pertenecen a la Iglesia –por alto que esté colocado en virtud de su función–, sintiese disminuida su fe en la Iglesia y en Cristo. La Iglesia no está gobernada ni por Pedro ni por Juan ni por Pablo; está gobernada por el Espíritu Santo, y el Señor ha prometido que permanecerá a su lado «todos los días hasta la consumación de los siglos» (Mt XXVIII, 20).

Escuchad lo que dice Santo Tomás, abundando en este punto, sobre la recepción de los Sacramentos, que son causa y signo de la gracia santificante: «El que se acerca a los Sacramentos, los recibe ciertamente del ministro de la Iglesia, pero no en cuanto es tal persona, sino en cuanto ministro de la Iglesia. Por eso, mientras la Iglesia le permita ejercer su ministerio, el que reciba de sus manos el Sacramento, no participa del pecado del ministro indigno, sino que comunica con la Iglesia, que lo tiene por ministro» (Santo Tomás, S. Th. III, q.64, a.6 ad 2). Cuando el Señor permita que la flaqueza humana aparezca, nuestra reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas e interiores de cariño.

Si amamos a la Iglesia no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos. La Iglesia, Esposa de Cristo, no tiene por qué entonar ningún «mea culpa». Nosotros sí: «mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa!». Este es el verdadero «meaculpismo», el personal, y no el que ataca a la Iglesia, señalando y exagerando los defectos humanos que, en esta Madre Santa, resultan de la acción en Ella de los hombres hasta donde los hombres pueden, pero que no llegarán nunca a destruir –ni a tocar, siquiera– aquello que llamábamos la santidad original y constitutiva de la Iglesia.

Dios Nuestro Señor ha comparado, ciertamente, la Iglesia a la era donde se amontona la paja con el trigo, del que saldrá pan para la mesa y pan para el altar; ha comparado la Iglesia a una red barredera «ex omni genere piscium congreganti» (Mt XIII, 47): que recoge peces buenos y peces malos, que después se tirarán.

25 El misterio de la santidad de la Iglesia –esa luz original, que puede quedar oculta por las sombras de las bajezas humanas– rechaza hasta el más mínimo pensamiento de sospecha o de duda sobre la belleza de nuestra Madre. Ni cabe tolerar, sin protesta, que otros la insulten. No busquemos en la Iglesia los lados vulnerables para la crítica, como algunos que no demuestran su fe ni su amor. No concibo que se viva un cariño verdadero a la propia madre, y que se hable de esa madre con despego.

Nuestra Madre es Santa, porque ha nacido pura y continuará sin mácula por la eternidad. Si en ocasiones no sabemos descubrir su rostro hermoso, limpiémonos nosotros los ojos; si notamos que su voz no nos agrada, quitemos de nuestros oídos la dureza que nos impide oír, en su tono, los silbidos del Pastor amoroso. Nuestra Madre es Santa, con la santidad de Cristo, a la que está unidad en el cuerpo –que somos todos nosotros– y en el espíritu, que es el Espíritu Santo, asentado también en el corazón de cada uno de nosotros, si nos conservamos en gracia de Dios.

¡Santa, Santa, Santa!, nos atrevemos a cantar a la Iglesia, evocando el himno en honor de la Trinidad Beatísima. Tú eres Santa, Iglesia, Madre mía, porque te fundó el Hijo de Dios, Santo: eres Santa, porque así lo dispuso el Padre, fuente de toda santidad; eres Santa, porque te asiste el Espíritu Santo, que mora en el alma de los fieles, para ir reuniendo a los hijos del Padre, que habitarán en el Iglesia del Cielo, la Jerusalén eterna.

La Iglesia es Católica

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Dios «quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, y uno es también el mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Hombre, que Se dio a Sí mismo en rescate por todos, y para testimonio en los tiempos oportunos» (I Tim II, 4-6). Jesucristo instituye una sola Iglesia, Su Iglesia: por eso la Esposa de Cristo es Una Católica: universal, para todos los hombres.

Desde hace siglos la Iglesia está extendida por todo el mundo; y cuenta con personas de todas las razas y condiciones sociales. Pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible y un motivo de credibilidad. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón llagado de Jesús, como un fuego que el Espíritu Santo inflama.

En el siglo II, los cristianos definían Católica a la Iglesia, para distinguirla de las sectas que, utilizando el Nombre de Cristo, traicionaban en algún punto su doctrina. «La llamamos Católica», escribe San Cirilo, «no sólo porque se halla difundida por todo el orbe de la tierra, de uno a otro confín, sino porque de modo universal y sin defecto enseña todos los dogmas que deben conocer los hombres, de lo visible y de lo invisible, de lo celestial y de lo terreno. También porque somete al recto culto a toda clase de hombres, gobernantes y ciudadanos, doctos e ignorantes. Y, finalmente, porque cura y sana todo género de pecados, sean del alma o del cuerpo, poseyendo además –con cualquier nombre que se le designe– todas las formas de virtud, en hechos y en palabras y en cualquier especie de dones espirituales» (San Cirilo, Catechesis 18, 23).

La catolicidad de la Iglesia tampoco depende de que los no católicos la aclamen y la consideren; ni guarda relación con el hecho de que, en asuntos no espirituales, las opiniones de algunas personas, dotadas de autoridad en la Iglesia, sean consideradas –y a veces instrumentalizadas– por medio de opinión pública de corrientes afines a su pensamiento. Sucederá con frecuencia que la parte de verdad que se defiende en cualquier ideología humana, encuentre en la enseñanza perenne de la Iglesia un eco o un fundamento; y eso es, en cierta medida, una señal de la divinidad de la Revelación que ese Magisterio custodia. Pero la Esposa de Cristo es Católica aun cuando sea deliberadamente ignorada por muchos, e incluso ultrajada y perseguida, como ocurre hoy por desgracia en tantos lugares.

27 La Iglesia no es un partido político, ni una ideología social, ni una organización mundial de concordia o de progreso material, aun reconociendo la nobleza de esas y de otras actividades. La Iglesia ha desarrollado siempre y desarrolla una inmensa labor en beneficio de los necesitados, de los que sufren, de todos cuantos padecen de alguna manera las consecuencias del único verdadero mal, que es el pecado. Y a todos –a aquellos de cualquier forma menesterosos, y a los que piensan gozar de la plenitud de los bienes de la tierra– la Iglesia viene a confirmar una sola cosa esencial, definitiva: que nuestro destino es eterno y sobrenatural, que sólo en Jesucristo nos salvamos para siempre, y que sólo en Él alcanzaremos ya de algún modo en esta vida la paz y la felicidad verdaderas.

Pedid conmigo ahora a Dios Nuestro Señor que los católicos no olvidemos nunca estas verdades, y que nos decidamos a ponerlas en práctica. La Iglesia Católica no precisa el visto bueno de los hombres, porque es obra de Dios.

Católicos nos mostraremos por los frutos de santidad que demos, porque la santidad no admite fronteras ni es patrimonio de ningún particularismo humano. Católicos nos mostraremos si rezamos, si procuramos dirigirnos a Dios de continuo, si nos esforzamos siempre y en todo por ser justos –en el más amplio alcance del término justicia, utilizado en estos tiempos raramente con un matiz materialista y erróneo–, si amamos y defendemos la libertad personal de los demás hombres.

Os recuerdo también otro signo claro de la catolicidad de la Iglesia: la fiel conservación y administración de los Sacramentos tal como han sido instituidos por Jesucristo, sin tergiversaciones humanas ni malos intentos de condicionarlos psicológica o sociológicamente. Porque «nadie puede determinar lo que está bajo la potestad de otro, sino sólo lo que está dentro de su poder. Y como la santificación del hombre queda bajo la potestad de Dios santificante, no le corresponde al hombre establecer según su juicio qué cosas le han de santificar, sino que ésto ha de ser determinado por institución divina» (Santo Tomás, S. Th. III, q.60, a.5). Aquellos intentos de quitar universalidad a la esencia de los Sacramentos, tendrían quizá justificación si se tratase sólo de «signos», de símbolos, que operasen por leyes naturales de comprensión y entendimiento. Pero «los Sacramentos de la Nueva Ley son a la vez causas y signos. Por eso se enseña comúnmente que causan lo que significan. De ahí que conserven perfectamente la razón de Sacramento en cuanto se ordenan a algo sagrado, no sólo a modo de signo, sino también como causas» (Santo Tomás, S. Th. III, q.62, a.1 ad 1).

28 Esta Iglesia Católica es romana. Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a querer tiernamente al Papa, «il dolce Cristo in terra» como gustaba repetir Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima.

«Desde este centro católico romano» –subrayó Paulo VI en el discurso de clausura del Concilio Vaticano II– «ninguno es, en teoría, inalcanzable; todos pueden y deben ser alcanzados. Para la Iglesia Católica nadie resulta extraño, nadie está excluido, nadie se considera lejano» (Sacrosanctum Oecumenicum Concilium Vaticanum II, Constitutiones, Decreta, Declarationes Vaticano 1966, p. 1079). Venero con todas mis fuerzas la Roma de Pedro y de Pablo, bañada por la sangre de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo entero la palabra salvadora de Cristo. Ser romano no entraña ninguna muestra de particularismo, sino de ecumenismo auténtico; supone el deseo de agrandar el corazón, de abrirlo a todos con las ansias redentoras de Cristo, que a todos busca y a todos acoge, porque a todos ha amado primero.

San Ambrosio escribió unas palabras breves, que componen como un canto de gozo: «Donde está Pedro, allí está la Iglesia; y donde está la Iglesia no reina la muerte, sino la vida eterna» (San Ambrosio, In XII Ps Enarratio 40, 30). Porque donde están Pedro y la Iglesia está Cristo: y Él es la salvación, el único camino.

La Iglesia es Apostólica

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Nuestro Señor funda Su Iglesia sobre la debilidad –pero también sobre la fidelidad– de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo. Leamos otra vez el texto conocido, que es siempre nuevo y actual: «A Mí se me ha dado toda potestad en el Cielo y en la tierra; id, pues, e instruid a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todas las cosas que Yo os he mandado. Y estad ciertos que Yo estaré continuamente con vosotros hasta la consumación de los siglos» (Mt XXVIII, 18-20).

La predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos fervorosos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No contaban nada en su tiempo; no eran ni ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano. Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. «No me elegisteis vosotros a Mí, sino que soy Yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidiereis al Padre en Mi Nombre, Os la conceda» (Ioh XV, 16).

A través de dos mil años de historia, en la Iglesia se conserva la sucesión apostólica. «Los obispos», declara el Concilio de Trento, «han sucedido en el lugar de los Apóstoles y están puestos, como dice el mismo Apóstol [Pablo], por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios (Act XX, 28)» (Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento del Orden, Denzinger-Schön. 1768 [960]). Y, entre los Apóstoles, el mismo Cristo hizo objeto a Simón de una elección especial: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia» (Mt XVI, 18). «Yo he rezado por ti» añade también, «para que tu fe no perezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos» (Lc XXII, 32).

Pedro se traslada a Roma y fija allí la sede del primado, del Vicario de Cristo. Por eso es en Roma donde mejor se advierte la sucesión apostólica, y por eso es llamada la sede apostólica por antonomasia. Ha proclamado el Concilio Vaticano I, con palabras de un Concilio anterior, el de Florencia, que «todos los fieles de Cristo deben creer que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero vicario de Jesucristo, y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos los cristianos; y que a él le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo, en la persona del bienaventurado Pedro, plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal» (Concilio Vaticano, Const. dogm. Pastor Aeternus Denzinger-Schön. 3059 [1826]).

30 La suprema potestad del Romano Pontífice y su infalibilidad, cuando habla «ex cathedra» no son una invención humana: se basan en la explícita voluntad fundacional de Cristo. ¡Qué poco sentido tiene entonces enfrentar el gobierno del Papa con el de los obispos, o reducir la validez del Magisterio pontificio al consentimiento de los fieles! Nada más ajeno que el equilibrio de poderes; no nos sirven los esquemas humanos, por atractivos o funcionales que sean. Nadie en la Iglesia goza por sí mismo de potestad absoluta, en cuanto hombre; en la Iglesia no hay más jefe que Cristo; y Cristo ha querido constituir a un Vicario Suyo –el Romano Pontífice– para Su Esposa peregrina en esta tierra.

La Iglesia es Apostólica por constitución: «La que verdaderamente es y se llama Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, la santidad y la sucesión apostólica. Así, la Iglesia es Una, con unidad esclarecida y perfecta de toda la tierra y de todas las naciones, con aquella unidad de la que es principio, raíz y origen indefectible la suprema autoridad y más excelente primacía del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y de sus sucesores en la cátedra romana. Y no existe otra Iglesia Católica, sino la que, edificada sobre el único Pedro, se levanta por la unidad de la fe y por la caridad en un solo cuerpo conexo y compacto» ([Beato] Pío IX, o.c.).

Contribuimos a hacer más evidente esa apostolicidad, a los ojos de todos, manifestando con exquisita fidelidad la unión con el Papa, que es unión con Pedro. El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo. Si tratamos al Señor en la oración, caminaremos con la mirada despejada que nos permita distinguir, también en los acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor, la acción del Espíritu Santo.

La misión apostólica de todos los católicos

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La Iglesia nos santifica, después de entrar en su seno por el Bautismo. Recién nacidos a la vida natural, ya podemos acogernos a la gracia santificadora. «La fe de uno, más aún, la fe de toda la Iglesia, beneficia al niño por la acción del Espíritu Santo, que da unidad a la Iglesia y comunica los bienes de uno a otro» (Santo Tomás, S. Th. III, q.68, a.9 ad 2). Es una maravilla esa maternidad sobrenatural de la Iglesia, que el Espíritu Santo le confiere. «La regeneración espiritual, que se opera por el Bautismo, de alguna manera es semejante al nacimiento corporal: así como los niños que se hallan en el seno de su madre no se alimentan por sí mismos, sino que se nutren del sustento de la madre; así también los pequeñuelos que no tienen uso de razón y están como niños en el seno de su Madre la Iglesia, por la acción de la Iglesia y no por sí mismos reciben la salvación» (Santo Tomás, S. Th. III, q.68, a.9 ad 1).

Resalta con toda su grandeza el poder sacerdotal de la Iglesia, que procede directamente de Cristo. «Cristo es la fuente de todo sacerdocio: pues el sacerdote legal era como su figura; pero el sacerdote de la Nueva Ley obra en la persona de Cristo, según lo que se dice en II Cor 2, 10: pues lo que yo perdono, si perdono, por amor vuestro lo perdono en la persona de Cristo» (Santo Tomás, S. Th. III, q.22, a.4).

La mediación salvadora entre Dios y los hombres se perpetúa en la Iglesia por medio del Sacramento del Orden, que capacita –por el carácter y la gracia consiguientes– para obrar como ministros de Jesucristo en favor de todas las almas. «Que uno pueda realizar un acto que otro no puede, no proviene de diversidad en la bondad o en la malicia, sino de la potestad adquirida, que uno posee y otro no. Por eso, como el laico no recibe la potestad de consagrar, no puede operar la consagración cualquiera que sea su bondad personal» (Santo Tomás, In IV Sent. d.13, q.1, a.1).

32 En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la Iglesia, que es la misión de Cristo. El que no tiene celo por la salvación de las almas, el que no procura con todas sus fuerzas que el Nombre y la doctrina de Cristo sean conocidos y amables, no comprenderá la apostolicidad de la Iglesia.

Un cristiano pasivo no ha acabado de entender lo que Cristo quiere de todos nosotros. Un cristiano que vaya «a lo suyo», despreocupándose de la salvación de los demás, no ama con el Corazón de Jesús. El apostolado no es misión exclusiva de la Jerarquía, ni de los sacerdotes o religiosos. A todos nos llama el Señor para ser instrumentos, con el ejemplo y la palabra, de esa corriente de gracia que salta hasta la vida eterna.

Siempre que leemos los Hechos de los Apóstoles, nos emocionan la audacia, la confianza en su misión y la sacrificada alegría de los discípulos de Cristo. No piden multitudes. Aunque las multitudes vengan, ellos se dirigen a cada alma en concreto, a cada hombre, uno a uno: Felipe, al etíope (cf. Act VIII, 26-40); Pedro, al Centurión Cornelio (cf. Act X, 1-48); Pablo, a Sergio Paulo (cf. Act XIII, 6-12)...

Habían aprendido del Maestro. Recordad aquella parábola de los obreros que esperaban trabajo, en medio de la plaza de la aldea. Cuando el dueño de la viña fue, ya bien entrado el día, descubrió aún que había peones mano sobre mano: «¿Cómo estáis aquí ociosos toda la jornada? Porque nadie nos contratado» (Mt XX, 6-7), respondieron. No ha de suceder esto en la vida del cristiano; no debe encontrarse a su alrededor quien pueda asegurar que no ha oído hablar de Cristo, porque ninguno se lo ha anunciado.

Piensan con frecuencia los hombres que nada les impide prescindir de Dios. Se engañan. Aunque no lo sepan, yacen como el paralítico de la piscina probática: incapaces de moverse hacia las aguas que salvan, hacia la doctrina que pone alegría en el alma. La culpa es, tantas veces, de los cristianos; esas personas podrían repetir «hominem non habeo» (Ioh V, 7), no tengo ni siquiera uno que me ayude. Todo cristiano debe ser apóstol, porque Dios, que no necesita a nadie, sin embargo nos necesita. Cuenta con nosotros para que nos dediquemos a propagar Su doctrina salvadora.

33 Estamos contemplando el misterio de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica. Es hora de preguntarnos: ¿comparto con Cristo Su afán de almas? ¿Pido por esta Iglesia, de la que formo parte, en la que he de realizar una misión específica, que ningún otro puede hacer por mí? Estar en la Iglesia es ya mucho: pero no basta. Debemos ser Iglesia, porque nuestra Madre nunca ha de resultarnos extraña, exterior, ajena a nuestros más hondos pensamientos.

Acabamos aquí estas consideraciones sobre las notas de la Iglesia. Con la ayuda del Señor, habrán quedado impresas en nuestra alma y nos confirmaremos en un criterio claro, seguro, divino, para amar más a esta Madre Santa, que nos ha traído a la vida de la gracia y nos alimenta día a día con solicitud inagotable.

Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una Madre así. Ahora la atacan impunemente, porque su Reino, que es el de su Maestro y fundador, no es este mundo. «Mientras gima el trigo entre la paja, mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos... Pero, cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece» (San Agustín, En. in Ps. 70, II, 12).

Pase lo que pase, Cristo no abandonará a Su Esposa. La Iglesia triunfante está ya junto a Él, a la diestra del Padre. Y desde allí nos llaman nuestros hermanos cristianos, que glorifican a Dios por esta realidad que nosotros vemos todavía en la clara penumbra de la fe: la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

BIOGRAFÍA

Josemaría Escrivá nace en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902.

El 13 de enero de 1902, Josemaría es bautizado por don Ángel Malo, en la en la parroquia de La Asunción. El 23 de abril de 1902, Josemaría es confirmado por Mons. Juan Antonio Ruano, Obispo Administrador Apostólico de Barbastro, en la en la parroquia de La Asunción. El 28 de marzo de 1925, Josemaría es ordenado sacerdote por Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, en la iglesia del Seminario de San Carlos de Zaragoza.

El 26 de junio de 1975, a mediodía, Josemaría Escrivá muere en su habitación de trabajo, a consecuencia de un paro cardiaco, a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen a la que dirige su última mirada.

El 17 de mayo de 1992, en Roma, S.S. Juan Pablo II celebra la ceremonia de Beatificación de Josemaría Escrivá y el 6 de octubre de 2002 la ceremonia de Canonización.