martes, 3 de julio de 2007

Carta abierta a la cabo Faye Turney


Publicada en la revista “Fuerzas de Defensa y Seguridad” nº 350
Junio de 2007

El deber de un militar (hombre o mujer, porque dentro de la milicia no hay discriminación respecto a los deberes y obligaciones) consiste, resumidamente, en combatir allá donde nuestra Patria nos lo exija. Punto. Y el deber de nuestro Gobierno es ocuparse de nuestros hijos si caemos. Punto.

Pero por lo visto tú debiste firmar un contrato diferente. Según se desprende de las cartas y entrevistas con que nos obsequiaste desde tu jaula de oro en Irán, tu deber como militar británica destinada en Irak consistía en colaborar servicialmente con el enemigo, sin ni siquiera la excusa de haber sido torturada; humillar públicamente y ante el mundo entero a tu país, ejército, uniforme y bandera; difamar la labor de tus camaradas en Irak; injuriar a tu gobierno que nunca te ha abandonado; y, lo peor, avergonzar a tus compatriotas que se baten el cobre (y mueren) en las arenas del desierto.

Dices que lo hiciste para volver a ver a tu pequeña Molly, pero tú sabes bien que no te pagan por amar, cuidar y ver a tu hija. Te pagan por defender los intereses de tu país, con armas si en el frente y con honor si en prisión. De tu hija ya se ocupará la Nación si tú faltas.

En nuestra profesión es importante saber priorizar. Hay que saber hasta dónde se está dispuesto a llegar, porque se corre el riego de traicionar a los tuyos. Es cuestión de sinceridad con uno mismo. Si por sus hijos una mujer es capaz de cualquier cosa, entonces no puede ocupar cualquier lugar. Es muy legítimo lo primero, pero ambas cosas es irresponsabilidad.

Al alistarte voluntariamente en las fuerzas armadas te expusiste conscientemente al combate, a caer prisionera y a tener que priorizar entre ser madre y ser guerrera. Pero muchacha, tenías que haber escogido antes, mucho antes. La maternidad es algo muy hermoso. De veras que lo es. Y si para ti la maternidad estaba por encima de tu deber como militar, entonces no deberías haberte alistado (o por lo menos no en una unidad combatiente). Pero lo hiciste, firmaste y juraste. Y traicionaste.

Te preguntarás por qué te escribo yo, un español. Te lo diré. Porque tu miserable actuación no sólo ha puesto en tela de juicio a todos los militares británicos, porque con tu notoria y difundida cobardía nos has defraudado a todos, porque con tu innoble proceder has fallado a Occidente.

No compararé tu lamentable papel (ya lo hacen muchos ahora) con el de los trescientos espartanos en el paso de las Termópilas. Es tentador argumentar que si los hombres de Leónidas hubieran sido como tú, probablemente habrían asesinado a su rey para ganarse el favor de los persas y hoy, marinera de agua dulce, estaríamos todos rezando en farsi arrodillados hacia La Meca. Tampoco evocaré a Nelson, Wellington o Montgomery, que también son muy nombrados estos días para abochornarte. No. Me limitaré a recordarte un par de nombres, mucho más cercanos. El primero es Johnson Gideon Beharry. El público español no sabe quien es, pero tú sí, ¿verdad? No, no agaches la cabeza, mírame. ¿Cómo ibas a olvidar al soldado Beharry, del primer batallón del Real Regimiento de la Princesa de Gales? ¿Cómo olvidar a ese muchacho que en 2004 y con sólo 24 años recibió la máxima condecoración al valor que otorga tu país, la Cruz Victoria? Y precisamente en Irak, donde tú te has cubierto de gloria. ¿Te acuerdas cómo con extraordinario coraje salvó por dos veces la vida de sus compañeros, haciendo caso omiso del intenso fuego enemigo que acabó hiriéndole gravemente?

Pero Beharry fue el penúltimo en recibir esa distinción, ya que hace unos meses tu reina entregó la última Cruz Victoria a la viuda de otro compatriota tuyo, del tercer batallón del Regimiento Paracaidista. Bien sabes su nombre: Bryan James Budd. ¿Recuerdas su hazaña en Afganistán? Claro que sí, en tu ejército no se habla de otra cosa. El cabo Budd tenía 29 años cuando su patrulla cayó bajo el fuego cruzado de numerosos talibanes. Inferiores en número, sin dónde cubrirse y con el enemigo disparándoles como a patos de feria, estaban siendo masacrados. Sabes lo que hizo Budd entonces, ¿verdad? Ordenó a sus compañeros que se replegaran con los heridos, se levantó y se lanzó al asalto en solitario, a la carrera, fusil en mano, como si de una carga del siglo XIX se tratara. Fue la última vez que se le vio con vida. Llegaron refuerzos y helicópteros y sus camaradas pudieron ir a por él. Y le encontraron. Muerto, junto a los cuerpos sin vida de tres terroristas. Estaba casado, como tú. Tenía una hija de tres años, como tú. Y su mujer estaba embarazada de ocho meses cuando murió… Pero no se excusó en sus hijos para no cumplir con su deber. Tú sí.

Como cabo, eras la sexta en antigüedad de los quince detenidos. Tenías pues una responsabilidad añadida de ejemplo y guía hacia los nueve soldados y marineros bajo tu “mando”. Buen ejemplo les diste. Pero sé que la culpa no es sólo tuya. Más culpables son los dos oficiales (un Teniente de Navío y un Capitán) que estaban presos contigo, y cuyo deber era exigir de todos vosotros un comportamiento honorable y digno frente a vuestros captores. Pero no lo hicieron. Y más culpable aun es tu Gobierno, que no sólo no os juzga por delito de alta traición, sino que os ha permitido enriqueceros con vuestra ignominia.

Sólo me queda esperar que tu preciosa hija, Molly, cuando crezca y sepa lo que hiciste, se avergüence de ti y te desprecie. Como todos.

Bruno Navarro Rousseau-Dumarcet
Sargento de Infantería

1 comentario:

Javier Manzanera dijo...

Siento disentir. No desde luego del deber de un militar, que es clarísimo. Si de unos ejércitos intoxicados por la ilusión progresista de que todos somos iguales. Lo dijeron los propios iraníes -que alguna vez tendrán alguna razón-: ¿Que les pasa a ustedes los occidentales que mandan a sus madres al frente de batalla?. Grave diagnóstico de un mero síntoma de nuestra enfermedad mortal.