martes, 3 de julio de 2007

Cuando el Evangelio gobernaba los Estados


Enseñas de los Cruzados en la Conquista de los Santos Lugares. Obsérvense las Armas Españolas (arriba a la izquierda). Miniatura de los «Estatutos de la Orden del Espíritu Santo». Museo del Louvre. París.

León XIII, Encíclica Immortale Dei, 9:

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad.

La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados.

El Sacerdocio y el Imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza.

Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer.

Si la Europa cristiana

domó las naciones bárbaras y las hizo pasar de la fiereza a la mansedumbre y de la superstición a la verdad;
si rechazó victoriosa las invasiones musulmanas;
si ha conservado el cetro de la civilización y se ha mantenido como maestra y guía del mundo en el descubrimiento y en la enseñanza de todo cuanto podía redundar en pro de la cultura humana;
si ha procurado a los pueblos el bien de la verdadera libertad en sus más variadas formas;
si con una sabia providencia ha creado tan numerosas y heroicas instituciones para aliviar las desgracias de los hombres, no hay que dudarlo:

Europa tiene por todo ello una enorme deuda de gratitud con la religión, en la cual encontró siempre una inspiradora de sus grandes empresas y una eficaz auxiliadora en sus realizaciones.

Habríamos conservado también hoy todos estos mismos bienes si la concordia entre ambos poderes se hubiera conservado.

Podríamos incluso esperar fundadamente mayores bienes si el poder civil hubiese obedecido con mayor fidelidad y perseverancia a la autoridad, al magisterio y a los consejos de la Iglesia.

Las palabras que Yves de Chartres escribió al Papa Pascual II merecen ser consideradas como formulación de una ley imprescindible:

“Cuando el Imperio y el Sacerdocio viven en plena armonía, el mundo está bien gobernado y la Iglesia florece y fructifica. Pero cuando surge entre ellos la discordia, no sólo no crecen los pequeños brotes, sino que incluso las mismas grandes instituciones perecen miserablemente” (Yves de Chartres, Epis. 238: PL 162,246)».