martes, 10 de julio de 2007

El fracaso de Frodo. Cartas sobre «El Señor de los Anillos»: el verdadero sentido del heroísmo, la tentación, el poder y la muerte.

Dos cartas sobre el fracaso de Frodo y otros temas de El Señor de los Anillos

J. R. R. Tolkien, Teniente Segundo de los Fusileros de Lancashire

De una carta a la señora Eileen Elgar (borradores) - Septiembre de 1963

(Respuesta a los comentarios de una lectora sobre la incapacidad de Frodo de entregar el Anillo en las Grietas del Destino).

Muy pocos (a decir verdad, en cartas sólo usted y alguien más) han observado o comentado la «incapacidad» de Frodo. Es un detalle muy importante.

Desde el punto de vista del narrador, los acontecimientos en el Monte del Destino proceden simplemente de la lógica del cuento hasta ese momento. No fueron deliberadamente elaborados ni previstos hasta que ocurrieron [1]. Pero, por empezar, se hizo muy claro por fin que Frodo, después de todo lo ocurrido, sería incapaz de destruir voluntariamente el Anillo. Reflexionando sobre la solución después de llegada a ella (como mero acontecimiento), siento que resulta fundamental en relación con la entera «teoría» de la verdadera nobleza y heroísmo que se presenta.

Frodo, por cierto, fue «incapaz» como héroe tal como lo conciben las mentes simples: no soportó hasta el final; cedió, desertó. No digo «mentes simples» con desprecio: con frecuencia ven con claridad la verdad simple y el ideal absoluto al que dirigir el esfuerzo, aun cuando resulte inalcanzable. Su debilidad, sin embargo, es doble. No perciben la complejidad de una situación dada en el Tiempo, en el que un ideal absoluto está atrapado. Y tienden a olvidar ese extraño elemento del Mundo que llamamos Piedad o Misericordia, que es también un requerimiento, absoluto en el juicio moral (puesto que está presente en la naturaleza divina). En su más alto ejercicio pertenece a Dios. Para los jueces finitos de conocimiento imperfecto debe llevar al empleo de dos diferentes escalas de «moralidad». Ante nosotros mismos debemos presentarnos el ideal absoluto sin compromiso, pues no conocemos los límites de nuestra propia fuerza natural (más la gracia), y si no apuntamos a lo más alto, estaremos sin duda por debajo de lo que podríamos alcanzar. A los demás, a los que conocemos lo bastante como para emitir un juicio, debemos aplicar una escala atemperada por la «misericordia»: es decir, como con buena voluntad podemos hacer esto sin la tendencia inevitable en juicios acerca de nosotros mismos, debemos estimar los límites de la fortaleza de otro y sopesarla en relación con la fuerza de las particulares circunstancias [2].

No creo que Frodo fuera un fracaso moral. En el último momento la presión del Anillo alcanzaría su máximo; imposible, diría yo, que cualquiera pudiera resistirlo, seguramente después de conservarlo tanto tiempo, meses de incrementado tormento, hambre y agotamiento. Frodo había hecho lo que podía y estaba exhausto (como instrumento de la Providencia) y había logrado una situación en la que el objeto de su búsqueda era alcanzable. Su humildad (con la que había empezado) y sus sufrimientos fueron justamente recompensados por el más alto honor; y su ejercicio de la paciencia y la misericordia que usó con Gollum le ganaron la Misericordia: su incapacidad quedó enmendada.

Somos criaturas finitas con limitaciones absolutas con respecto al poder de acción o de resistencia de nuestra estructura anímico-corporal. El fracaso moral de un hombre sólo puede afirmarse, me parece, cuando su esfuerzo o su capacidad de resistencia quedan por debajo de sus límites, y la culpa decrece cuanto más cerca se está de dichos límites [3].

No obstante, creo que puede observarse en la historia y en la experiencia que algunos individuos parecen situarse en posiciones «de sacrificio»: situaciones o tareas que para el perfeccionamiento de su solución exigen capacidades más allá de sus límites extremos, aun más allá de todo límite posible para una criatura encarnada en el mundo físico, en las que el cuerpo puede ser destruido o mutilado de tal manera que afecta la mente y la voluntad. El juicio en tal caso debe depender, pues, de los motivos y la disposición con los que se puso en marcha, y debe sopesar sus acciones en relación con la máxima posibilidad de sus capacidades a lo largo del camino que constituye su punto límite.

Frodo emprendió su búsqueda por amor: para salvar del desastre, a sus propias expensas, si podía, al mundo que él conocía; y también con completa humildad, reconociendo que era del todo inadecuado para la tarea. Su verdadero compromiso consistía tan sólo en hacer lo que pudiera, tratar de hallar un camino y avanzar tanto por él como la fuerza de su mente y de su cuerpo lo permitía. Es lo que hizo. No veo que el quebrantamiento de su mente y su voluntad bajo demoníaca presión después del tormento sea más un fracaso moral que lo habría sido el quebrantamiento de su cuerpo si hubiera sido estrangulado por Gollum o aplastado por la caída de una roca, por ejemplo.

Ese parece haber sido el juicio de Gandalf y de Aragorn y todos los que estaban enterados de la entera historia de su viaje. ¡Por cierto, Frodo no habría ocultado nada! Pero lo que el mismo Frodo sintió acerca de los acontecimientos es otra cuestión enteramente distinta.

Al principio no parece haber tenido el menor sentimiento de culpa (III, 298) [4]; recuperó la sensatez y la paz. Pero luego pensó que había dado su vida en sacrificio: esperaba morir muy pronto. Pero no fue así, y es posible observar en él una creciente inquietud. Arwen fue la primera en observar los síntomas, y le dio su joya como consuelo y pensó en un medio por el cual curarlo [5]. Lentamente va desvaneciéndose «del cuadro», hablando y haciendo cada vez menos. Creo que está claro para el lector atento que cuando los tiempos oscuros le llegan y es consciente de haber recibido «la herida de un puñal, la de un aguijón y la de unos dientes; y la de una larga y pesada carga» (III, 355), no eran sólo recuerdos de las pesadillas de los pasados horrores lo que lo afligía, sino también una autoinculpación irracional: se veía a sí mismo y a todo lo que había hecho como un fracaso. «Aunque vuelva a la Comarca, no parecerá la misma, porque yo no seré el mismo». Eso fue en realidad una tentación venida de la Oscuridad, una última chispa de orgullo: el deseo de haber vuelto como un «héroe», no contento con ser el mero instrumento del bien. Y estaba mezclada con otra tentación, más negra y, sin embargo (en cierto sentido), más merecida, porque, comoquiera que pueda explicarse, de hecho no había arrojado el Anillo por un acto voluntario: estaba tentado de lamentar su destrucción y hasta de desearla. «Ha desaparecido para siempre y todo está ahora oscuro y vacío», dijo cuando despertó después de su enfermedad en 1420.

«¡Ay! .... Ciertas heridas nunca curan del todo», dijo Gandalf (III, 355): no en la Tierra Media. Frodo fue enviado o se le permitió cruzar el Mar para curarlo, si eso era posible, antes de morir. Tendría que «irse» finalmente: ningún mortal podía, o puede, morar por siempre en la tierra o dentro del Tiempo. De modo que fue a la vez al encuentro de un purgatorio y de una recompensa por algún tiempo: un período de reflexión, de paz y de mayor entendimiento de su posición en la pequeñez y la grandeza, pasado a pesar de todo en el Tiempo en medio de la belleza natural de «Arda Impoluta», la Tierra no maculada todavía por el mal.

Bilbo fue también. Sin duda, para completar el plan trazado por el mismo Gandalf. Éste sentía gran afecto por Bilbo, desde la juventud del hobbit en adelante. Su compañía era realmente necesaria en bien de Frodo; es realmente difícil imaginar a un hobbit, aun uno que hubiera pasado por las experiencias de Frodo, verdaderamente feliz, aun en un paraíso terrenal, sin un compañero de su propia especie, y Bilbo era la persona a la que Frodo más quería. (Cf. III, 334, líneas 15 a 27, y 349, líneas 13-15) [6]. Pero también necesitaba y merecía el favor por sí mismo. Llevaba todavía la marca del Anillo y era necesario que finalmente le fuera borrada: una huella de orgullo y de posesividad personal. Por supuesto, era viejo y tenía la mente confusa, pero era todavía una revelación de la «marca negra» cuando dijo en Rivendel (III, 353): «... ¿qué fue de mi anillo, Frodo, el que tú te llevaste?»; y cuando se le recordó lo que había ocurrido, su contestación inmediata fue: «¡Qué lástima! Me hubiera gustado verlo de nuevo». En cuanto a su recompensa, es difícil considerar completa su vida sin una experiencia de carácter «puramente élfico» y la oportunidad de escuchar las leyendas e historias en su totalidad, ya que sus fragmentos tanto le habían gustado.

Por supuesto, resulta claro que el plan había sido trazado y concertado (por Arwen, Gandalf y otros) antes de que Arwen hablara. Pero Frodo no lo captó de inmediato; sólo después de reflexionar fue comprendiendo las consecuencias lentamente. Semejante viaje no parecería en un principio necesariamente temible, ni siquiera como algo que se proyectaba para más adelante... en tanto no tuviera fecha y fuera posponible. Su verdadero deseo era, tan propio de un hobbit (y de un ser humano), sólo volver a «ser sí mismo» y volver a la vida familiar que había sido interrumpida. Ya en el viaje de vuelta desde Rivendel, vio repentinamente que eso ya no era posible para él. De ahí su grito: «¿Dónde encontraré descanso?». Sabía la respuesta, y Gandalf no le contestó. En cuanto a Bilbo, es probable que Frodo no entendiera en un principio lo que quiso decir Arwen con «no volverá a hacer un largo viaje, salvo uno». De cualquier modo, no lo asoció con su propio caso. Cuando Arwen habló (en 3019 de la Tercera Edad), era todavía joven, no había cumplido todavía los 51, y Bilbo era 78 años mayor. Pero en Rivendel llegó a entender las cosas con mayor claridad. Las conversaciones que mantuvo allí no han sido registradas, pero bastante queda revelado en la despedida de Elrond en III, 354 [7]. Desde el comienzo de su primera enfermedad (5 de oct. de 3019), Frodo debió de haber estado pensando en «navegar», aunque se resistía aún a tomar una decisión final: ir con Bilbo, o ir en absoluto. Sin duda, después de su grave enfermedad de marzo de 3020 se decidió.

Sam fue creado para que lo amen y se rían de él. Irrita a algunos lectores y hasta los enfurece. Puedo entenderlo. Todos los hobbits a veces me afectan del mismo modo, aunque sigan gustándome mucho. Pero Sam puede ser muy «cargante». Es un hobbit más representativo que cualesquiera otros que hayamos visto con frecuencia; y, en consecuencia, tiene con mayor intensidad un ingrediente de esa cualidad que aun a veces les es difícil soportar a los hobbits: una vulgaridad –con ello no me refiero a una mera practicidad–, una miopía mental orgullosa de sí, una satisfacción vanidosa (en grado diverso), una seguridad de sí y una disponibilidad a medirlo y generalizarlo todo a partir de una experiencia limitada, en amplia medida entronizada en una sentenciosa «sabiduría» tradicional. Sólo excepcionalmente encontramos hobbits en íntimo compañerismo, los que tienen una gracia o un don: una visión de la belleza, una reverencia por cosas más nobles que ellos mismos, en guerra con su rústica autocomplacencia. ¡Imagine a Sam sin la educación que le impartió Bilbo y la fascinación que le produce todo lo élfico! No es difícil. La familia Coto y el Gaffer [Tío] cuando los «Viajeros» retornan, constituyen un atisbo suficiente.

Sam era seguro de sí, y en lo íntimo un poquillo fatuo; pero su fatuidad había sido transformada por la devoción que sentía por Frodo. No se consideraba heroico, ni siquiera valiente o admirable en ningún sentido, salvo en la lealtad con que estaba dispuesto a servir a su amo. Eso tenía un componente (probablemente inevitable) de orgullo y posesividad: es difícil excluirlo de la devoción de los que desempeñan semejante servicio. De cualquier modo, le impedía la comprensión plena del amo al que amaba y seguirlo en su gradual educación hacia la nobleza del servicio de lo ingrato y de la percepción en lo corrupto del bien dañado. Sencillamente, no comprendía del todo los motivos de Frodo ni su aflicción en el episodio del Estanque Prohibido. Si hubiera comprendido mejor lo que ocurría entre Frodo y Gollum, las cosas habrían resultado diferentes al final. Para mí quizás el momento más trágico de la historia es el de II, 449 y siguientes, cuando Sam no advierte el cambio completo habido en el tono y el aspecto de Gollum. «–Nada, no, nada– le respondió Gollum afablemente. – ¡Buen amo!». Su arrepentimiento se malogra y la piedad de Frodo (en cierto sentido [8]) queda desperdiciada. El antro de Ella-Laraña se vuelve inevitable.

Esto es consecuencia, por supuesto, de la «lógica de la historia». Difícilmente Sam podría haber actuado de manera diferente. (Alcanzó el punto de la piedad finalmente (III, 2.94) [9], pero, para el bien de Gollum, demasiado tarde). Si lo hubiera hecho, ¿qué habría ocurrido? El proceso de la entrada a Mordor y la lucha por llegar al Monte del Destino habrían sido diferentes y también lo habría sido el final. El interés se habría mudado a Gollum, creo, y a la batalla que se habría librado entre su arrepentimiento y su nuevo amor por un lado, y el Anillo. Aunque el amor se hubiera ido fortaleciendo diariamente, no podría haberse arrancado del dominio del Anillo. Creo que de algún modo extraño, retorcido y lamentable, Gollum habría intentado (quizá sin un designio consciente) satisfacer a ambos. Sin duda, a cierta altura no mucho antes del final, habría robado el Anillo o lo habría tomado por la fuerza (como ocurre concretamente en el Cuento). Pero satisfecha la «posesión», creo que se habría sacrificado por Frodo y se habría arrojado voluntariamente al abismo en llamas.

Creo que el efecto de su regeneración parcial por amor habría constituido una visión más clara cuando reclamara el Anillo. Habría percibido la maldad de Sauron, y de pronto se habría dado cuenta de que no podía utilizar el Anillo y de que no tenía la fuerza ni la estatura para conservarlo, a despecho de Sauron: el único modo de conservarlo y de herir a Sauron era destruirlo y destruirse él mismo a la vez; y en un fugaz vislumbre habría visto que esto era el más grande servicio que podría rendirle a Frodo. Éste, en el cuento concreto, coge el Anillo y lo reclama; por cierto, también él habría tenido un claro vislumbre, pero no se le dio tiempo: fue atacado inmediatamente por Gollum. Cuando Sauron cobró conciencia de la captura del Anillo, su única esperanza radicó en su poderío: que el pretendiente a su posesión fuera incapaz de cederlo en tanto Sauron no tuviera tiempo de vérselas con él. Entonces también Frodo probablemente, si no era atacado, tendría que haber adoptado la misma medida: arrojarse con el Anillo al abismo. De lo contrario, habría fracasado por completo. Es un problema interesante: cómo habría actuado Sauron o habría resistido el pretendiente. Sauron envió de inmediato a los Espectros del Anillo. Naturalmente, se les dio plena instrucción y de ningún modo se los engañó respecto del verdadero señorío del Anillo. Quien lo llevara no sería invisible para ellos, sino a la inversa; y más vulnerable ante sus armas. Pero la situación era ahora diferente a la que se había dado en la Cima de los Vientos, en la que Frodo había actuado meramente por temor y sólo había querido utilizar (en vano) el poder subsidiario del Anillo de conferir invisibilidad. Había crecido desde entonces. ¿Habrían sido inmunes a su poder si él lo tenía como instrumento de comando y de dominio?

No del todo. No creo que hubieran podido atacarlo con violencia, apoderarse de él o tomarlo cautivo; habrían obedecido o fingido obedecer cualesquiera órdenes menores suyas que no hubieran entorpecido su cometido, impuesto sobre ellos por Sauron, que todavía mediante los nueve anillos (que tenía en su poder) poseía fundamental control de sus voluntades. Ese cometido era sacar a Frodo del Abismo. Una vez perdida la capacidad o la oportunidad de destruir el Anillo, no cabría poner en duda el final, salvo que hubiera ayuda desde el exterior, que aun era apenas remotamente posible.

Frodo se había convertido en una persona considerable, pero de una clase especial: en amplitud espiritual más que en aumento de capacidad física o mental; su voluntad era mucho más fuerte de lo que había sido, pero en la medida en que había sido ejercitada para oponer resistencia sin usar el Anillo y con el objeto de destruirlo. Necesitaba tiempo, mucho tiempo, antes de que pudiera controlar el Anillo o (que en tal caso es lo mismo) antes de que éste pudiera controlarlo a él; antes de que su voluntad y arrogancia pudieran aumentar en estatura lo bastante como para lograr dominar otras considerables voluntades hostiles. Aun por un largo tiempo, sus actos y órdenes tendrían todavía que parecería «buenas» para el beneficio de otros además de para sí mismo.

La situación de Frodo con el Anillo frente a los Ocho [10] podría compararse con la de un bravo hombrecillo provisto de un arma devastadora frente a ocho salvajes guerreros de gran fuerza y agilidad armados de espadas envenenadas. La debilidad del hombre consistía en que no sabía aún cómo utilizar su arma, y era, por temperamento y educación, adverso a la violencia. La debilidad de ellos, en que el arma del hombre era algo que los llenaba de espanto, pues en su culto religioso constituía un objeto de terror ante el que estaban condicionados a tratar con servilismo al que lo portara. Creo que habrían manifestado «servilismo». Habrían saludado a Frodo como a un «Señor». Con dulces palabras lo habrían inducido a abandonar el Sammath Naur, por ejemplo, «para cuidar de su nuevo reino y contemplar a lo lejos, con su nueva vista, la morada de poder que debe ahora reclamar como propia y torcer para sus propios fines». Una vez fuera de la estancia, mientras él estuviera mirando, algunos de ellos habrían destruido la entrada. Frodo, por entonces, habría estado lo bastante inmerso en grandes planes de modificaciones políticas –parecidos a los de la visión que tentó a Sam (III, 231) [11], pero mucho más grandes y vastos– como para prestar atención a esto. Pero si todavía conservaba alguna cordura y en parte comprendía su significación, de modo que se negara a ir con ellos ahora a Barad-dür, sencillamente habrían esperado. Hasta que el mismo Sauron llegara. De cualquier modo, pronto tendría lugar una confrontación entre Frodo y Sauron, si el Anillo permanecía intacto. Su resultado era inevitable. Frodo habría sido derrotado por completo: aplastado hasta convertirse en polvo o conservado en medio de tormentos como esclavo escarnecido. ¡Sauron no habría tenido miedo del Anillo! Era suyo y estaba sometido a su voluntad. Aun desde lejos tenía efecto sobre él, pudiéndolo hacer actuar para que volviera a sí mismo. Ante su presencia concreta, muy pocos de su misma estatura podrían haber tenido esperanzas de retenerlo. De los «mortales», ninguno, ni el mismo Aragorn siquiera. En la contienda con las Palantír, Aragorn era el legítimo propietario. Además, la contienda tenía lugar a la distancia, y en un cuento que permite la encarnación de grandes espíritus en una forma física y destructible, su poder debe ser mucho mayor cuando están físicamente presentes. Sauron debía ser considerado terrible. La forma que asumía era la de un hombre de estatura más que humana, pero no gigantesca. En su más temprana encarnación era capaz de velar por su poder (como lo hacia Gandalf) y podía aparecer como una figura imperiosa de gran fuerza corporal y una actitud y un aspecto de gran realeza.

De los demás, sólo Gandalf era capaz de dominarlo, pues se trataba de un emisario de las Potencias y una criatura del mismo orden, un espíritu inmortal que había adoptado una forma física visible. En el «Espejo de Galadriel», 1, 504, ésta se concibe a sí misma capaz de esgrimir el Anillo y de suplantar al Señor Oscuro. Si era así, también lo eran los otros guardianes del Árbol, en especial Elrond. Pero ésta es otra cuestión. Formaba parte del Anillo el engaño por el que las mentes se llenaban de la ilusión de supremo poderío. Pero esto los Grandes lo habían pensado muy bien y lo habían rechazado, como se lo ve en las palabras que Elrond pronuncia en el Concilio. El rechazo de Galadriel de la tentación se fundaba en una reflexión y una resolución previas. En cualquier caso, Elrond o Galadriel habrían procedido según la política ahora adoptada por Sauron: habrían erigido un imperio con grandes generales y ejércitos absolutamente subordinados y maquinarias de guerra, hasta que pudieran desafiar a Sauron y destruirlo por la fuerza. No se contemplaba el enfrentamiento con Sauron cara a cara, sin ayuda. Uno puede imaginar la escena en la que Gandalf, por ejemplo, estuviera colocado en semejante situación. Estaría en delicado equilibrio. Por un lado, la verdadera fidelidad del Anillo a Sauron; por el otro, una fuerza superior porque Sauron no tenía realmente posesión de él, y quizá también porque estaba debilitado por una larga corrupción y el gasto de la voluntad insumido en el dominio de seres inferiores. Si Gandalf resultaba victorioso, el resultado para Sauron habría sido el mismo que la destrucción del Anillo; para él habría sido destruido, le habría sido quitado para siempre. Pero el Anillo y todas sus obras habrían quedado conservados. Habría sido el amo hasta el final. Gandalf como Señor del Anillo habría sido mucho peor que Sauron. Habría seguido siendo «justo», pero de una justicia centrada en sí mismo. Habría seguido gobernando y mandando cosas para «bien» y beneficio de sus súbditos de acuerdo con su sabiduría (que era y habría seguido siendo grande).

(El borrador termina aquí. En el margen Tolkien escribió: «Así, mientras Sauron multiplicaba [palabra ilegible] el mal, permitió que el “bien” fuera claramente distinguible de él. Gandalf habría vuelto el bien detestable y en apariencia malo»).

Notas

[1]
En realidad, como los acontecimientos desarrollados en las Grietas del Destino serían evidentemente vitales para el Cuento, hice varios esbozos o versiones de prueba en diversas etapas de la narración; pero no se utilizó ninguno de ellos, y ninguno de ellos se parecía mucho a lo que se cuenta en la historia tal como quedó acabada.

[2] Con frecuencia vemos que los santos utilizan esta doble escala cuando se juzgan a si mismos al sufrir duras pruebas o tentaciones y juzgan a los demás en parecidas situaciones.

[3] No se tiene en cuenta aquí la «gracia» o el aumento de nuestros poderes como instrumento de la Providencia. A Frodo se le concedió la «gracia»: primero para responder al llamado (al final del Concilio) después de una larga resistencia al sometimiento; y mas tarde en su resistencia a la tentación del Anillo (en momentos en que reclamarlo, y de ese modo revelar su existencia, habría sido fatal) y en su capacidad de soportar el miedo y el sufrimiento. Pero la gracia no es infinita, y casi siempre en la Divina Economía parece limitarse a lo que es suficiente para el cumplimiento de una tarea designada para un instrumento en un concierto de circunstancias y otros instrumentos.

[4] «Y allí estaba Frodo, pálido y consumido, pero otra vez él, y ahora había paz en sus ojos: no más locura, ni lucha interior, ni miedos .... – La Misión ha sido cumplida, y todo ha terminado [dijo Frodo]».

[5] No se explica cómo se las compuso para hacerlo. ¡No le era posible, por supuesto, transferir sencillamente el billete que tenía para el barco! Para todo el que no fuera de raza élfica estaba prohibido «navegar hacia el Oeste», y cualquier excepción requeriría «autoridad», y ella no estaba en comunicación directa con los Valar, especialmente desde que había elegido volverse «mortal». Lo que se quiere decir es que fue Arwen la que primero pensó en enviar a Frodo al Oeste y rogó por él ante Gandalf (de modo directo o por intermedio de Galadriel o ambas cosas) y utilizó como argumento su propia renuencia al derecho de ir al Oeste que ella tenía. Su renuncia y su sufrimiento estaban relacionados y mezclados con los de Frodo: ambos formaban parte de un plan para la regeneración del estado de los Hombres. Su ruego, por tanto, podría ser especialmente efectivo, y su plan tener cierta equidad de intercambio. Sin duda, fue Gandalf la autoridad que aceptó su niego. Los Apéndices muestran claramente que él era un emisario de los Valar, y virtualmente su ministro plenipotenciario en el cumplimiento del plan en contra de Sauron. Tenía también un acuerdo especial con Cirdan, el Carpintero de Barcos, que le había dado su anillo y de ese modo se había puesto a las órdenes de Gandalf. Como este mismo viajaba en el Barco, no habría inconvenientes, por así decir, ni al embarcar ni al llegar a destino.

[6] Párrafos 3 y 4 de la primera página del capítulo «Numerosas separaciones» (Libro VI, capítulo 6) y este pasaje: «... no podremos llegar más rápido, si antes vamos a ver a Bilbo. Pase lo que pase, yo iré primero a Rivendel».

[7] Las bendiciones de Elrond a Frodo al final del Libro VI, capítulo 6.

[8] En el sentido de que la «piedad», para ser una verdadera virtud, debe dirigirse al bien de su objeto. Es vacía si se ejerce sólo para mantenerse uno mismo «limpio», libre del odio o de cometer una injusticia, aunque éste sea también un buen motivo.

[9] «Ardía de cólera .... Matar a aquella criatura pérfida y asesina sería justo .... Pero en lo profundo del corazón, algo retenía a Sam: no podía herir de muerte a aquel ser desvalido, deshecho, miserable que yacía en el polvo».

[10] El Rey-Brujo había sido reducido a la impotencia.

[11] «Fantasías descabelladas le invadían la mente; y veía a Samsagaz el Fuerte, el Héroe de la Era, avanzando con una espada flamígera a través de la tierra tenebrosa, y los ejércitos acudían a su llamada mientras corría a derrocar el poder de Barad-dür».

De una carta a la Michael Straight (borradores) - Principios de 1956

Estimado señor Straight:

Gracias por su carta. Espero que haya disfrutado con El Señor de los Anillos. Disfrutado es la palabra clave. Porque fue escrito para entretener (en el más alto sentido): para ser legible. No hay en la obra ninguna «alegoría» moral, política o contemporánea, en absoluto.

Es un «cuento de hadas», pero un cuento de hadas escrito para adultos, de acuerdo con la creencia, que expresé una vez extensamente en el ensayo «Sobre los cuentos de hadas», de que constituyen el público adecuado. Porque creo que el cuento de hadas tiene su propio modo de reflejar la «verdad», diferente de la alegoría, la sátira o el «realismo», y es, en algún sentido, más poderoso. Pero ante todo, debe lograrse como cuento, entusiasmar, complacer y aun a veces conmover, y dentro de su propio mundo imaginario, debe acordársele credibilidad (literaria). Lograrlo fue mi objetivo primordial.

Aunque, por supuesto, si uno se propone dirigirse a «adultos» (gente mentalmente adulta), éstos no se sentirán complacidos, entusiasmados o conmovidos, a no ser que la totalidad o los episodios parezcan tratar de algo digno de consideración, no de la mera peripecia: debe haber alguna relación con la «situación humana» (de todos los tiempos). De modo que algo de las propias reflexiones y «valores» del narrador aparecerá inevitablemente. No es esto lo mismo que la alegoría. Todos nosotros, en grupos o como individuos, ejemplificamos principios generales, pero no los representamos. No son más una alegoría los hobbits que, digamos, los pigmeos de las selvas africanas. Gollum es para mí sólo un «personaje» –una persona imaginaria– que, en una situación dada, actuó de este y aquel otro modo bajo tensiones opuestas, tal como parece probable que hubiera actuado (hay siempre un elemento incalculable en cualquier individuo, sea real o imaginario; de otro modo, no sería un individuo, sino un «tipo»).

Intentaré responder sus preguntas específicas. La escena final de la Misión fue modelada de ese modo simplemente porque, al considerar la situación y los «personajes» de Frodo, Sam y Gollum, esos acontecimientos me parecieron mecánica, moral y psicológicamente creíbles Pero, por supuesto, si desea usted que se profundice la reflexión, diría que según el modo de la historia, la «catástrofe» ejemplifica (un aspecto de) las familiares palabras: «Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Mal».

«No nos dejes caer en la tentación», etcétera, es la petición más difícil y con menos frecuencia considerada. En términos de mi cuento, la cuestión es que aunque cada acontecimiento o situación tiene (cuando menos) dos aspectos: la historia y el desarrollo del individuo (es algo de lo que puede obtener un bien, un bien definitivo, para sí, o fracasar) y la historia del mundo (que depende de la medida que adopte por sí misma), aun así uno puede hallarse en situaciones anormales. Yo las llamaría situaciones «de sacrificio»: posiciones en las que el «bien» del mundo depende de la conducta de un individuo en circunstancias que le exigen sacrificio y una resistencia muy por encima de lo normal, o que incluso quizás exijan (o parezcan exigir, humanamente hablando) una fortaleza de cuerpo y espíritu que el individuo no posea: en cierto sentido, está condenado al fracaso, condenado a caer en la tentación o a quebrantarse bajo la presión contra su «voluntad»; es decir, contra cualquier elección que podría hacer o haría de estar libre y sin coacción. Frodo se encontró en semejante posición: una trampa en apariencia completa; una persona nacida con mayor poder probablemente nunca podría haber resistido tanto tiempo a la seducción del poder ofrecido por el Anillo; una persona con menor poder no habría podido tener esperanzas de resistirse a ella en una decisión final. (Ya Frodo no había estado dispuesto a dañar el Anillo antes de ponerse en marcha, y fue incapaz de dárselo a Sam).

La Misión estaba condenada a fracasar como plan mundanal, y también estaba condenada a terminar en desastre como la historia del proceso por el que el humilde Frodo se dirigía al «ennoblecimiento», a su santificación. Fracasaría y fracasó en lo que a Frodo concierne, al menos considerado solo. «Apostató», y he recibido una furiosa carta en la que se clamaba que debió haber sido ejecutado por traidor, no honrado. Créame, sólo cuando leí esto tuve idea de cuan «tópica» debía parecer esa situación. Surgió naturalmente del «plan» general concebido en lo fundamental en 1936. No preví que antes de que el cuento se publicara entraríamos en una era oscura en la que la técnica de la tortura y el quebrantamiento de la personalidad rivalizaría con la de Mordor y el Anillo y nos plantearía el problema concreto de hombres honestos de buena voluntad destruidos al punto de convertirse en apóstatas y traidores.

Pero en este punto se logra la «salvación» del mundo y la propia «salvación» de Frodo por su anterior piedad y el perdón de la ofensa. En cualquier momento, toda persona prudente le habría advertido a Frodo que Gollum ciertamente358 lo traicionaría y podría robarle al final. Tener «piedad» de él y abstenerse de matarlo fue una locura, o la mística creencia en el definitivo valor que de por sí tiene la piedad o la generosidad, aun cuando resulte desastrosa en el mundo temporal. Le robó y lo dañó al final; pero, por mediación de cierta «gracia», la última traición se produjo precisamente en el momento en que el acto malo final fue lo más benéfico que podía hacerse por Frodo. Por mediación de una situación creada por su «perdón», él mismo fue salvado y liberado de su carga. Con mucha justicia se le acordaron los más altos honores, pues resulta claro que él y Sam nunca ocultaron el curso preciso de los acontecimientos. No me gustaría indagar cuál fue el juicio definitivo a que fue sometido Gollum. Esto sería investigar «Goddes privitee», como decía la gente del Medioevo. Gollum era digno de piedad, pero terminó pertinazmente en el mal, y el hecho de que éste fuera para bien, no es mérito suyo. Su maravilloso coraje y su extraordinaria resistencia, tan grandes como los de Frodo y Sam o más todavía, si bien estaban consagrados al mal, eran portentosos, pero no honorables. Me temo que, cualesquiera sean nuestras creencias, debemos enfrentar el hecho de que hay personas que ceden a la tentación, rechazan la oportunidad de nobleza o salvación, y parecen resultar «condenables». Su «condenabilidad» no es mensurable en los términos del macrocosmos (donde puede tener un buen efecto). Pero los que estamos en «un mismo barco» no debemos ocupar el sitio del Juez. El dominio del Anillo era algo demasiado fuerte para el alma mezquina de Sméagol. Pero nunca habría tenido que soportarlo si no se hubiera convertido en una especie de mezquino ladrón antes de que se le cruzara en el camino. ¿Era necesario que se le cruzara alguna vez en el camino? ¿Es necesario que algo peligroso se nos cruce nunca en el camino ? Se podría encontrar una especie de respuesta tratando de imaginar a Gollum en el trance de superar una tentación. ¡La historia habría sido del todo diferente! Contemporizando, no fijando todavía la voluntad para el bien no del todo corrupta de Sméagol en el debate en el pozo de escoria, se debilitó como para aprovechar esa oportunidad cuando el amor naciente de Frodo quedó fácilmente marchito por los celos de Sam ante la guarida de Ella-Laraña. Después estaba perdido.

No hay especial referencia a Inglaterra en la «Comarca», salvo, por supuesto, que como inglés criado en una aldea «casi rural» de Warwickshire, junto a la próspera burguesía de Birmingham (¡por el tiempo del Diamond Jubilee!), tomo mis modelos, como cualquier otro, de la «vida» tal como la conozco. Pero no hay referencia de posguerra. No soy «socialista» en sentido alguno –pues soy contrario a la «planificación» (como debe de ser evidente), sobre todo porque los «planificadores», cuando adquieren poder, se vuelven malos–, pero yo no diría que tengamos que sufrir aquí la malicia de Sharkey (Zarquino) y sus rufianes. Aunque el espíritu de Isengard, si no de Mordor, está, por supuesto, siempre aflorando. El presente plan de destruir Oxford con el fin de dar cabida a los automóviles es un ejemplo. Pero nuestro principal adversario es un miembro de un Gobierno «Tory». Aunque hoy en día podría encontrárselo dondequiera.

Sí: creo que los «victoriosos» no pueden nunca disfrutar de la «victoria», al menos, no en los términos que esperaban; y en la medida en que lucharon por algo para ser disfrutado por ellos (sea una adquisición o la mera preservación), menos satisfactoria parecerá la «victoria». Pero la partida de los Portadores de los Anillos tiene otro aspecto del todo diferente en lo que a los Tres concierne. Tras la historia, por supuesto, hay una estructura mitológica. En realidad, fue escrita primero, y quizás ahora se publique en parte. Se trata, diría yo, de una mitología «monoteísta», aunque «subcreativa». No hay corporización del Único, de Dios, que, por cierto, permanece remoto, fuera del Mundo, y sólo es directamente accesible a los Valar o los Gobernantes, Éstos ocupan el lugar de los «dioses», pero son espíritus creados o aquellos de la primera creación que por propia voluntad han entrado en el mundo. Pero el Único conserva su autoridad definitiva y (o así parece verse en el tiempo serial) se reserva el derecho a meter el dedo de Dios en la historia: esto es, producir realidades que no podrían deducirse aun teniendo un conocimiento completo del pasado previo, pero que, por ser reales, se convierten en parte del pasado efectivo para todo tiempo subsiguiente (la posible definición de un «milagro»). De acuerdo con la fábula, los Elfos y los Hombres fueron las primeras de estas intromisiones, hechas en verdad mientras la «historia» era todavía sólo una historia y no estaba «realizada»; por tanto, de ningún modo fueron concebidos o creados por los dioses, los Valar, y se los llamó los Eruhíni o «Hijos de Dios», y para los Valar fueron un elemento incalculable: esto es, eran criaturas racionales de libre voluntad en relación con Dios, de la misma categoría histórica que los Valar, aunque de capacidad espiritual e intelectual y rango muy inferiores.

Por supuesto, aunque esto sea de hecho exterior a mi historia, los Elfos y los Hombres son sólo aspectos diferentes de lo Humano y representan el problema de la Muerte vista por una persona finita, aunque con voluntad y consciente de sí. En este mundo mitológico los Elfos y los Hombres son parientes en sus formas encarnadas, pero en la relación de sus «espíritus» con el mundo temporal representan diferentes «experimentos», cada uno de los cuales tiene su propia tendencia natural y su debilidad. Los Elfos representan, por así decir, los aspectos artísticos, estéticos y puramente científicos de la naturaleza humana elevados a un nivel más alto del que se ve de hecho en los Hombres. Esto es: le tienen un amor entrañable al mundo físico, y un deseo de observarlo y comprenderlo por sí mismo y como «otro» –como realidad derivada de Dios en el mismo grado que ellos mismos–, no como material susceptible de ser utilizado o como plataforma de poder. También poseen una facultad «subcreativa» o artística de suma excelencia. Por tanto, son «inmortales». No «eternamente», pero lo necesario para resistir junto con el mundo creado y dentro de él mientras su historia dure. Cuando son «muertos» por la herida o la destrucción de su forma encarnada, no escapan del tiempo sino que permanecen en el mundo, ya sea desencarnados o renaciendo. Esto se vuelve una gran carga a medida que transcurren las edades, especialmente en un mundo donde existen la malicia y la destrucción (en esta fábula, he dejado fuera la forma mitológica que adopta la Malicia o la Caída de los Ángeles). El mero cambio como tal no se representa como «mal»: es el desarrollo de la historia, y negarlo, por supuesto, está contra los designios de Dios. Pero la debilidad de los Elfos en estos términos es naturalmente lamentar el pasado y no estar dispuestos a enfrentar el cambio: como si un hombre detestara un libro largo que todavía continúa y quisiera demorarse en su capítulo favorito. De ahí que en cierta medida se dejaran ganar por los engaños de Sauron: desearon tener cierto «poder» sobre las cosas tal como son (lo que es muy diferente del arte) para hacer efectiva su particular voluntad de permanencia: detener el cambio y mantener las cosas siempre frescas y hermosas. Los Tres Anillos era «inmaculados», porque este objeto era bueno en su modo limitado: incluía la curación de los verdaderos daños de la malicia, como también la mera detención del cambio; y los Elfos no deseaban dominar otras voluntades, ni usurpar todo el inundo para su particular placer. Pero con la caída del «Poder», sus pequeños esfuerzos por preservar el pasado se desmoronaron. Ya no había nada para ellos en la Tierra Media, salvo cansancio. De modo que Elrond y Galadriel partieron. Gandalf es un caso especial. Él no fue el hacedor ni el propietario original del Anillo, sino que le fue dado por Círdan para ayudarlo en su área. Gandalf volvía, terminados su trabajo y cometido, a su casa, la tierra de los Valar.

La travesía del Mar no es la Muerte. La «mitología» se centra en los Elfos. De acuerdo con ella, hubo al principio un Paraíso Terrenal, hogar y reino de los Valar, parte física de la tierra.

En esta historia o mitología no se da en parte alguna una «encarnación» del Creador. Gandalf es una persona «creada», aunque posiblemente era un espíritu que existía desde antes del mundo físico. Su función como «mago» era la de ser angelos (ἄγγελος) o mensajero de los Valar o Gobernantes: ayudar a las criaturas racionales de la Tierra Media a oponer resistencia a Sauron, un poder excesivo para ellos si se hallaban desasistidos. Pero como, según la perspectiva de este cuento y mitología, el Poder –cuando domina o trata de dominar a otras voluntades y a otras mentes (excepto con el asentimiento de su razón)– es malo, estos «magos» se encarnaron en las formas de vida de la Tierra Media, de modo que padecían dolores tanto mentales como físicos. Por la misma razón, estaban también sometidos al peligro de lo encarnado: la posibilidad de la «caída», del pecado, si quiere. La forma principal que esto adopta en ellos sería la impaciencia que conduce al deseo de forzar a los demás a cumplir con sus propios buenos designios y, por tanto, de manera inevitable, finalmente al mero deseo de volver efectivas sus propias voluntades por cualquier medio. A este mal sucumbió Saruman. Gandalf no. Pero la situación empeoró tanto por la caída de Saruman, que los «buenos» se vieron obligados a un mayor esfuerzo y sacrificio. Así Gandalf enfrentó y padeció la muerte; y volvió o fue enviado de vuelta, como él lo dice, con poderes acrecentados. Pero aunque esto le recuerde a uno los Evangelios, no se trata verdaderamente de lo mismo en absoluto. La Encarnación de Dios es algo infinitamente más grande que nada que yo me atreviera a escribir. Aquí sólo me ocupo de la Muerte como parte de la naturaleza, física y espiritual, del Hombre, de la Esperanza sin garantías. Ésa es la razón por la que considero el cuento de Arwen y Aragorn como el más importante de los Apéndices; forma parte de la historia esencial, y sólo se lo sitúa de esa forma porque no pudo incluirse en la narración principal sin destruir su estructura: que está planeada para ser «hobbito-céntrica», es decir, primordialmente un estudio del ennoblecimiento (o santificación) de los humildes.

(Ninguno de los borradores con que se compuso este texto está acabado).