martes, 10 de julio de 2007

En la Iglesia está nuestra salvación

A propósito del hecho de que fuera de la Iglesia se encuentren «muchos elementos de santificación y de verdad»



Cátedra de San Pedro

No podemos olvidar que la Iglesia es mucho más que un camino de salvación: es el único camino. Y esto no lo han inventado los hombres, lo ha dispuesto Cristo: «El que creyere y se bautizare, se salvará; pero el que no creyere, será condenado» (Mc XVI, 16).

Por eso se afirma que la Iglesia es necesaria, con necesidad de medio, para salvarse. Ya en el siglo II escribía Orígenes: «Si alguno quiere salvarse, venga a esta casa, para que pueda conseguirlo... Ninguno se engañe a sí mismo: fuera de esta casa, esto es, fuera de la Iglesia, nadie se salva» (Orígenes, In Iesu nave hom., 5, 3; PG 12, 841).

Y San Cipriano: «Si alguno hubiera escapado [del diluvio] fuera del arca de Noé, entonces admitiríamos que quien abandona la Iglesia puede escapar de la condena» (S. Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate, 6; PL 4, 503).

Extra Ecclesiam, nulla salus. Es el aviso continuo de los Padres: «Fuera de Iglesia católica se puede encontrar todo –admite San Agustín– menos la salvación. Se puede tener honor, se pueden tener sacramentos, se puede cantar “aleluya”, se puede responder “amén”, se puede sostener el Evangelio, se puede tener fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y predicarla; pero nunca, si no es en el Iglesia católica, se puede encontrar la salvación» (S. Agustín, Sermo ad Caesariensis ecclesiae plebem, 6; PL 43, 456).

Sin embargo, como se lamentaba hace poco más de veinte años Pío XII [*], «algunos reducen a una fórmula vana la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera para alcanzar la salvación eterna» (Pío XII, Encíclica Humani generis, ASS 42, p. 570).

Este dogma de fe integra la base de la actividad corredentora de la Iglesia, es el fundamento de la grave responsabilidad apostólica de los cristianos. Entre los mandatos expresos de Cristo se determina categóricamente el de incorporarnos a Su Cuerpo Místico por el Bautismo.

«Y nuestro Salvador no sólo dio el mandamiento de que todos entraran en la Iglesia, sino que estableció también que la Iglesia fuese medio de salvación, sin el cual nadie puede llegar al reino de la gloria celestial» (Pío XII, Carta del S. O. al Arzobispo de Boston, Denzinger-Schön. 3868).

Es de fe que quien no pertenece a la Iglesia, no se salva; y que quien no se bautiza, no ingresa en la Iglesia. La justificación, «después de la promulgación del Evangelio, no puede verificarse sin el lavatorio de la regeneración o su deseo», establece el Concilio de Trento (Decreto de iustificatione, cap. 4, Denzinger–Schön. 1524).

Es ésta una continua exigencia de la Iglesia, que si –por una parte– pone en nuestra alma el aguijón del celo apostólico, por otra, manifiesta también claramente la misericordia infinita de Dios con las criaturas.

Ved cómo lo explica Santo Tomás:

«El sacramento del bautismo puede faltar de dos modos.

De una manera, cuando no se recibió ni de hecho ni con el deseo; es el caso de quien ni se bautizó ni quiere bautizarse. Esta actitud, en los que tienen uso de razón, implica desprecio del sacramento. Y en consecuencia, aquellos a quienes de esta forma les falta el bautismo, no pueden entrar en el reino de los cielos: ya que ni sacramental ni espiritualmente se incorporan a Cristo, y únicamente de Él procede la salvación.

De otra manera, le puede faltar a una persona el sacramento del bautismo, pero no su deseo: como es el caso de aquel que, deseando bautizarse, le sorprende la muerte antes de recibir el sacramento. A quien esto sucede, puede salvarse, aun sin el bautismo actual, por el solo deseo del sacramento, deseo que procede de la fe que obra por la caridad, por la que Dios, que no ligó Su poder a los sacramentos visibles, santifica interiormente al hombre» (Santo Tomás, S. Th. III, q.68, a.2).

Aun siendo completamente gratuita, a nadie debida por ningún título –y menos aún, después del pecado–, Dios Nuestro Señor no rehúsa a nadie la felicidad eterna y sobrenatural: Su generosidad es infinita.

«Es cosa notoria que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos, y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan una vida honesta y recta, pueden conseguir la eterna, por la acción operante de la luz divina y de la gracia» (Beato Pío IX, Enc. Quanto conficiamur moerore, 10-VIII-1863, Denzinger-Schön. 1677 [2866]).

Sólo Dios sabe lo que sucede en el corazón de cada hombre, y Él no trata a las almas en masa, sino una a una. A nadie corresponde juzgar en esta tierra sobre la salvación o condenación eternas en un caso concreto.

Pero no olvidemos que la conciencia puede culpablemente deformarse, endurecerse en el pecado y resistir a la acción salvadora de Dios. De ahí la necesidad de predicar la doctrina de Cristo, las verdades de fe y las normas morales; y de ahí también la necesidad de los Sacramentos, instituidos todos por Jesucristo como causas instrumentales de Su gracia (cf. Santo Tomás, S. Th. III, q.62, a.1) y remedios para las miserias consiguientes a nuestro estado de naturaleza caída (cf. ibidem, q.61, a.2). De ahí se deduce además que conviene acudir frecuentemente a la Penitencia y a la Comunión Eucarística.

Queda, por tanto, bien concretada la tremenda responsabilidad de todos en la Iglesia y especialmente de los pastores, con los consejos de San Pablo:

«Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, al tiempo de Su venida y de Su reino: predica la palabra de Dios, insiste, con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en el que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas acomodadas a sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios, para satisfacer sus deseos, y cerrarán los oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas» (2 Tim IV, 14).

[*] San Josemaría Escrivá, Homilía El fin sobrenatural de la Iglesia, 28-V-72, fiesta de la Santísima Trinidad, contenida en el volumen Amar a la Iglesia.