lunes, 27 de agosto de 2007

¿Qué ha aportado España al mundo?

Consuelo Martínez-Sicluna y Sepúlveda *

«Altar Mayor», Revista de la Hermandad del Valle de los Caídos, nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

El tema que se me ha sugerido como objeto de reflexión es «¿Qué ha aportado España al mundo?». Y ante esta pregunta que es esencial para tratar de encontrar un fundamento de verdad en tiempos de tribulaciones, nada mejor que acudir a un español universal, a Ramiro de Maeztu: cuando el español se pregunta, decía Maeztu en 1929, acerca de su grandeza pasada, ve claro cómo los tiempos de auge son los de fe y de decadencia los de escepticismo [1].

La voz de Maeztu, defensor de la Hispanidad, suena nítida y clara y parece darnos un consejo: en el momento actual, cuando parece haberse instalado en el centro de nuestra vida en común más que una actitud escéptica frente a todo un cansancio derivado del relativismo moral, una decadencia instalada en el espíritu de España, hay que mirar a los tiempos de auge y de gloria que fueron los del máximo esplendor de su fe. No sólo los de la máxima religiosidad, sino también los de fe en la realización de una misión que España asumió como propia. Yo creo, con Maeztu, que el relativismo conduce a España a la decadencia y al agotamiento. El español, decía nuestro gran pensador, cree en valores absolutos o deja de creer totalmente y así, cuando deja de creer en la verdad, tiende la capa en el suelo y se harta de dormir.

Pues bien, ahora que hemos echado la capa en el suelo, ahora que el ser hispánico, parangonando al francés Montaigne, parece haber cifrado su felicidad en dormir sobre la almohada de la duda, es momento de recordar lo que España aportó al mundo y cabría decir que a ella misma.

Lo que aportó España al mundo es el cabal sentido de su misión dentro de la visión salvífica de la Historia. Alguien que creía en el patriotismo desde el desengaño y la crítica, como Unamuno señalaba, a principios del siglo pasado: «...no me explico una patria que sea tal, un pueblo que tenga un cierto vislumbre de su misión y papel en el mundo no siendo que su conciencia colectiva responda, aunque sea por manera oscura, a los grandes y eternos problemas humanos de nuestra finalidad última y nuestro destino» [2]. Estas palabras, pronunciadas por un hombre que quería creer, no pueden sonar más que a extrañas en el momento actual: el grande y eterno problema que hizo de los vestigios de una provincia romana el ser hispánico fue precisamente la necesidad de dar respuesta al problema de nuestra finalidad como individuos.

El ser hispánico, aquello que España representó en el concierto de las naciones, era precisamente la misma respuesta humana ante el problema de la finalidad de la existencia. Sólo desde esta respuesta es posible comprender por qué, cuando España pierde de vista la pregunta última del ser humano, se quiebra y se rompe en cuanto realidad histórica: porque la unidad entendida como una mera demarcación geográfica no basta para unir a los pueblos.

El ideal hispánico transcendía a los mismos pueblos que conformaban España, precisamente porque era un ideal trascendente que iba más allá de una realidad territorial, porque hubo españoles al uno y otro lado del Océano, hubo españoles, según nos dijera Camoens, castellanos y portugueses, y porque la dinastía venida de Borgoña tuvo que españolizarse, aunque ello le costará perder el Imperio que previamente había forjado en su mente y en su corazón una reina tan hispana y tan castellana como Isabel la Católica, cuyo testamento es un modelo justamente de la esencia de lo que debía ser esa España: diversidad de pueblos unidos al calor de una empresa que los superaba a todos y que a todos daba sentido. Y cuando esos pueblos, en la defensa de la Cristiandad, tuvieron que optar entre la dignidad y la hegemonía política [3], eligieron la dignidad. Y es precisamente en esta lección de dignidad cuando la verdadera Historia nos enseña el fundamento último de lo que España ha aportado al mundo.

Ahora que predomina el más rancio y más demagógico apego al terruño hay que recordar cómo la España que se romanizó comprendió claramente que entre formar parte de una colosal civilización o permanecer anclada en las guerras tribales ajenas al Derecho, tendría que elegir ser parte de Roma y hacia ella partieron algunos de los mejores emperadores que ésta tuvo.

Junto a ellos, los filósofos, un pensamiento senequista que, socavando el fundamento moral de la esclavitud, ya anticipaba el camino para el mensaje de Cristo, que fue pronto aceptado como un proceso natural del que germinaron algunos de los primeros mártires. Séneca, que es hispano a fuerza de ser romano, será, en su estoicismo, máxima expresión de una forma particular de entender la vida más allá de sí misma. Séneca que no siente más que a Roma y que muere por ella, será recordado siempre cuando se haga referencia a los primeros pensadores españoles, como lo harán Ganivet y Menéndez Pidal. Cabría decir que si Séneca no siente a España [4], porque para él sólo existe el Imperio Romano, sí anticipa en su pensamiento y en su vida lo que vendrá a ser la trama espiritual en la que se forja el ser hispánico: una suerte de estoicismo que admite las veleidades del destino frente a las cuales ha de mantenerse firme y fuerte.

Roma nos dio, pues, la capacidad de distinguir entre la civilización y la barbarie. La civilización es el orden natural en las cosas y en las personas, dando a cada uno lo suyo, el ius suum cuique tribuere: el dar a cada uno lo suyo conforme al Derecho. Introduce en las relaciones sociales una regla objetiva de conducta que da a cada cual lo que le corresponde, frente a un modo de impartir justicia que antes no podía entenderse más que como vindicación.

Roma implica un salto trascendental en el conocimiento, a través de una técnica jurídica apegada a la realidad, a la naturaleza efectiva y específica de las relaciones sociales. La será, al decir, de Cicerón junto con la comunidad de intereses la voluntad de vivir según el Derecho. Y España asumió la necesidad de vivir conforme al Derecho, juridificó sus relaciones sociales, tuvo una Administración que permaneció en lo esencial frente a las diferentes avanzadillas bárbaras y que fue el sedimento de la monarquía goda pese a aquella lista interminable de reyes godos que ya no es parte de nuestra Historia. España se romanizó, se cristianizó después. Cuando ni siquiera Roma comprendía el testimonio de fe fue ofreciendo la muestra y la sangre de algunos de los primeros mártires.

España se cristianiza por obra de Santiago según recoge ya la tradición de la Iglesia española desde el siglo VII y a Santiago se confiará España cuando sufra una invasión de la que sólo la salva la fe. Según recoge Menéndez Pelayo en su magna obra [5] la cristianización se produce por varios puntos: es posible la llegada, anunciada por él mismo en su Epístola a los Romanos, de San Pablo a la Península, que algunos situarían en Tarragona, así como la venida de siete hombres enviados por San Pedro: Torcuato, Ctesifón, Indalecio, Eufrasio, Cecilio, Hesichio y Secundo. La llama prende enseguida y prontamente se sucederán los mártires en el acontecer de las distintas persecuciones emprendidas por los emperadores romanos. De una de éstas vendrá a surgir uno de nuestros santos más españoles en el saber popular, el San Fermín que muere en el siglo III, en Tolosa.

La persecución violentísima de Diocleciano producirá un testimonio vivo en el martirologio español: hasta donde la romanización no había llegado llegó el cristianismo y que este cristianismo español fue claro y nítido frente a las asechanzas a la fe lo muestra el ejemplo del obispo de Córdoba, Osio (muerto en 357 a los ciento un años de edad), el más firme valor de la Iglesia puesto que ayudó sobremanera a la conversión del emperador Constantino y nos dejó para la posteridad el Credo de Nicea. Hoy, que pretenden reducir la figura de Jesús humanizándola, hay que volver al Concilio de Nicea y recordar la consustancialidad, «de la misma sustancia que el Padre». Quién nos iba a decir que Osio nos preparaba el camino para contestar, a quienes manipulan la Historia, con el testimonio de la Iglesia primera que desde el primer momento cree en la divinidad de Jesús: la naturaleza de Jesús es divina como la del Padre, según recogen los Evangelios de los Apóstoles. Pero será Nicea, con Osio, respondiendo a una de las primeras herejías, el arrianismo, quienes redacten la fórmula perfecta del Credo, resumen de la verdad teológica que conformó durante siglos la trama espiritual de España.

Osio nos deja más aún, nos deja un pensamiento firme frente al poder temporal. El obispo cordobés le recuerda al entonces emperador, el hijo de Constantino, cuando se inclina al arrianismo, en una carta admirable, la Carta a Constancio, que ya ha sufrido otras persecuciones: «Yo fui confesor de la fe cuando la persecución de tu abuelo Maximiano. Si tú la reiteras, dispuesto estoy a padecerlo todo, antes que a derramar sangre inocente ni ser traidor a la verdad. Mal haces en escribir tales cosas y en amenazarme [...]. Acuérdate que eres mortal, teme el día del juicio, consérvate puro para aquel día, no te mezcles en cosas eclesiásticas ni aspires a enseñarnos, puesto que debes recibir lecciones de nosotros. Confióte Dios el Imperio, a nosotros las cosas de la Iglesia. El que usurpa tu potestad, contradice a la ordenación divina; no te hagas reo de un crimen mayor usurpando los tesoros del templo. Escrito está: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, emperador, la tienes en lo sagrado...» [6]. Osio defiende la independencia del espíritu ante las intromisiones del poder. Se encuentra en la tesitura que siglos más tarde hará perder la vida a Santo Tomás Moro. Teniendo cien años cuando escribe la Carta, nos deja un legado nítido: no sólo la separación entre los dos poderes, sino también la libertad de la conciencia que no puede traicionar la verdad. Con semejantes pastores el rebaño no podía apartarse de la verdadera fe.

De esta suerte se conforman las fuentes de las que comienza a nutrirse el ser hispánico: la civilización que ofrece Roma, la Cruz de Cristo y la influencia de la filosofía griega que nos llega por la vía de Roma y que incluso aparece en Osio cuando manda preparar una traducción del Timeo de Platón.

Cuando Roma desaparece, lo que ésta ha representado de cara a la formación de España ha quedado ya en el fondo: España, sin serlo todavía, ha elegido una civilización y una fe. Menéndez Pelayo subraya justamente en esa civilización y en esa fe la clave para entender el proceso de españolización de la dinastía goda, extraña y ajena a la población hispano-romana.

La conversión de Recaredo en el III Concilio de Toledo y con él la unidad religiosa, supone la elección por la civilización y la unidad jurídica y social. Y junto a ello, la obra ingente de San Isidoro, que rescata el caudal clásico y lo preserva para las posteriores generaciones, que señala cómo ha de ser el gobernante si no quiere ser tirano, recogiendo ya la distinción aristotélica entre el tirano respecto del título y el monarca que no atempera ni limita su poder y se convierte en tirano por el ejercicio.

A San Isidoro se debe la primera noción de lo que será España: en el prólogo a la Historia de los godos, junto a elementos que son propios de la literatura religiosa de la época y otros de exaltación de la tierra, del sentimiento, de las gentes que forman la comunidad política, se encuentra otro elemento: la idea de que, en suma, el elogio de la mater Hispania tiene que ser un acicate para la conservación de la gloria y del honor [7]. La comunidad política a la que San Isidoro se había referido en las Etimologías, rescatando la idea ciceroniana de una comunidad ordenada conforme al Derecho, encuentra más que en los ríos y en los montes, en el sentir espiritual de saberse herederos de generaciones anteriores, el fundamento para preparar la gloria futura. San Isidoro no sólo preserva el pensamiento ya atesorado para los tiempos de oscuridad, sino que prepara el camino por dónde ha de discurrir la senda de España y lo que España debía de aportar al mundo.

El elogio de España y el dolor por la pérdida de ésta, de donde debe nacer la fuerza para recuperarla, serán los artífices que permitan superar el acontecer, la invasión de los árabes, que marca el inicio de una diferencia fundamental con el resto de los pueblos que formaron parte de la Cristiandad medieval.

España era ciertamente, en la visión isidoriana, una trama espiritual. El territorio, entendido como mera demarcación geográfica, o la raza, no constituyen una comunidad política: la comunidad viene configurada por una tradición, por un patrimonio espiritual que trasciende los territorios y aglutina a las razas: sólo desde esta visión tiene sentido la América hispana y sólo desde esta idea de tradición puede comprenderse la gran resistencia frente a la invasión islámica. Pueblos que quedaron desmembrados, separados, por la presencia del Islam, mantuvieron una resistencia, no coexistencia, de siglos porque había un patrimonio espiritual que los unía con lazos más fuertes que aquéllos que presenta el territorio. Podían haberse sacudido el yugo de la presencia árabe en los diferentes pueblos, pero la unidad perdida no se habría recobrado si no hubiera existido el peso de una tradición jurídica, religiosa y cultural. Lo que distingue a un pueblo de otro es la tradición proyectada hacia el futuro, el legado que se transmite de generación en generación pero que al tiempo se hace vivo y real porque no puede consistir en mantener y en preservar los cambios, sino en engarzar éstos en el espíritu que define a una comunidad.

La tradición de España venía de unas instituciones jurídicas comunes, de un cuerpo de pensamiento orgánico y vivo, del catolicismo como realidad, y de formar parte, como antes de Roma, de una res publica christiana. Los diferentes reinos medievales que en el suelo español se forjaron lo hicieron luchando contra el Islam, pero no tenían como objetivo la lucha por su territorio sino la victoria por los restos de una tradición, de una comunidad espiritual, que la invasión, la conquista, no había logrado destruir.

La Reconquista era vista precisamente como un logro de unidad frente a la dispersión y la separación ocasionada por los musulmanes. Los reyes de la España medieval eran, como San Fernando, Soldados de Cristo y Alféreces de Santiago y no podían sino formar parte de la Cristiandad, de la Christianistas medieval, de un orden de sociedades configurado conforme a los principios del Cristianismo; eran herederos de la hispanidad forjada a través de las tres fuentes que modelaron el ser de España. La Reconquista, que empieza desde el mismo momento de la pérdida de España, representa el batallar espiritual en que se forma ésta, la diferencia fundamental que la separará de los otros pueblos europeos cuando éstos no sepan buscar dentro de sí para responder al problema de la unidad religiosa. La necesidad de recuperar España para la fe cristiana, de volver a lo que era ya la propia tradición del ser hispánico, hizo de ésta el reducto donde el Cristianismo se refugió, primero frente a la Europa que nace de la fragmentación de la Cristiandad medieval, y después el núcleo desde el cual se propagaría la evangelización. Cuando ya Europa nacía como conjunto de naciones que resultaban de la ruptura religiosa, España apenas alcanzada su unidad territorial, volcada al afán imperial, no podía más que aceptar el camino que le venía trazado por una tradición: lo español venía marcado por la lucha por la fe.

La unidad política y territorial no vino en nuestro caso establecida a partir de pactos estratégicos o de meros acuerdos de voluntades, de matrimonios concertados entre dinastías, porque el más importante concierto de voluntades que tuvieron dos reyes en España estaba supeditado a recobrar el suelo de España palmo a palmo para la Cristiandad. En nuestro caso todo se supedita al hecho de la recuperación del solar patrio para la fe. Los lazos de unión de los pueblos que forman parte de España serán la fidelidad a un mismo rey y la fe en un mismo Dios; pero incluso la primera condición podrá cuestionarse si el rey no observa la segunda, la fe en el mismo Dios, apartándose de las enseñanzas divinas. La legitimidad de ejercicio viene determinada por el hecho de la permanencia en el ámbito de la res publica christiana.

La Reconquista marca la primera etapa en la que alienta la hispanidad, un problema con el que se enfrenta España a solas y que la marcará de forma definitiva. La Reconquista confluye hacia la unidad, de la unidad territorial a la unidad religiosa: sin esta última no puede concebirse la primera. Sin este guerrear por recuperar, por reconquistar para la fe, no podría entenderse España. Ello forma una suerte de pensamiento que va desde San Isidoro y atraviesa el pensamiento tomista confluyendo en nuestros escolásticos del Siglo de Oro.

España entendió que su misión propia debía ser la de rescatar, de la marea que comienza a destruir la Cristiandad medieval, todo aquello que merecía ser legado a las generaciones futuras. La Cristiandad es un orden jerarquizado de pueblos que desaparece por obra de una serie de rupturas sucesivas que se producen en el caudal de la síntesis greco-romana y cristiana. Las distintas naciones que surgen del solar de la Cristiandad reciben esa nueva manera de entender el pensamiento que destruye lo anterior. España, que había luchado durante ocho siglos para rescatar su tradición, para vertebrar, más allá del mero apego al terruño, su ser histórico en un batallar espiritual con el que Europa no tuvo que enfrentarse, no puede adaptarse a quebrar tan rápidamente aquello que ha sido justamente lo que ha determinado su creación.

Las rupturas sucesivas del pensamiento orgánico de la Cristiandad encuentran rápidamente una contestación en España. Para empezar, porque mientras esto se produce en Europa, en nuestra patria un nuevo acontecer marca otra diferencia fundamental, como lo había sido la Reconquista: el Descubrimiento del Nuevo Mundo. Mientras que Europa se pierde para la Cristiandad, España gana otro mundo donde dar a conocer el Mensaje de Cristo y donde deberá subordinarse a las reglas y a los requisitos de la legitimidad la primera conquista realizada por los españoles: de la Encomienda a las Leyes de Indias, de la llegada bajo las reglas de la conquista medieval al mestizaje y a la Evangelización.

Cuando en Europa se siente ya la influencia de cuanto va a suponer la formación de un pensamiento que no afirma ni siente la Verdad, sino que gravita en torno a la duda, España, apenas nacida como unidad política, vive lo que ya era un sentir unitario espiritual, se ve proyectada hacia el exterior: hacia el Imperio, hacia Europa y hacia América.

Cuando en ese afán de manipular y tergiversar la Historia se presenta a España de espaldas a Europa, no se comprende que los acontecimientos de Europa no eran ajenos al sentir de España. España tuvo la oportunidad de mantener su situación hegemónica, en el contexto de esa nueva Europa, y dejar que desapareciera todo aquello que había formado la síntesis fructífera –el caudal greco-romano y la Cruz–y sin embargo se vio abocada a una defensa en la que quedó sola y en la que las nuevas naciones se repartieron los despojos de lo que había sido el Imperio español.

Mientras que Europa acoge la quiebra de la ética por obra de Maquiavelo, la de la fe por obra de Lutero, la política por obra de Bodino y la jurídica por Grocio y Hobbes, nosotros elevamos el pensamiento tomista a realidad en la legitimación de la presencia española en el Nuevo Mundo, fundamentamos el derecho de resistencia en aras de la legitimidad del poder, respondimos a Maquiavelo creando un antimaquiavelismo hispánico y no entendimos la soberanía bodiniana porque aquí al rey se le pedían explicaciones en Santa Gadea o se le negaban tributos para mantener el Imperio. ¿Qué decir de concebir un Derecho Natural al margen de la existencia de Dios, como propugna Grocio?

Maquiavelo escinde política y ética y al tiempo despoja a la ética de cualquier fundamento religioso. La política deja de estar concebida en términos aristotélicos, la noción ética del bien común, bien que conlleva la perfección de cuantos integran la comunidad política, para ser entendida en los términos del pragmatismo que sólo el gobernante está en condiciones de determinar. De ahí a pensar que la política es un juego que se juega conforme a reglas propias, que diría Carl Schmitt, sólo habrá un paso, el transcurso de unos siglos, en el triunfo de la mentalidad maquiavélica.

Pero en España la fidelidad al rey lo es en tanto éste se mantenga en los límites establecidos para el ejercicio del poder. La enseñanza tomista de que toda ley se ordena al bien común es condición precisa para sostener, con otra serie de condiciones, la subordinación a las leyes positivas creadas por el gobernante. Y así la dinastía que viene de Borgoña tendrá que españolizarse para conservar el poder, tendrá que criarse entre cristianos viejos como Fernando, hermano de Carlos I y heredero del Imperio, para responder a los sofismas teológicos con la sorna que da el haber superado una lucha por la fe durante ocho siglos.

A Maquiavelo, que sin embargo como es sabido le dedica su obra cumbre a Fernando de Aragón, le responde la realidad de la unión entre la monarquía hispana y el pueblo al que ésta rige, un pueblo que no puede quedar apartado de los fines que el monarca determina para la comunidad, sino que, al contrario, le impone su sello personal, le señala el camino, como hará Juan de Mariana en el De rege et regis institutione, libro que debía servir para guiar los pasos del futuro Felipe III y que aparece publicado muerto ya Felipe II.

Mientras que en Europa Maquiavelo prepara la vía por la que llegará Hobbes, en España la Escolástica resuelve en términos de justicia y de legitimidad el problema de América –los justos títulos– y se enfrenta con el problema de la ruptura religiosa y las relaciones entre el poder y la comunidad política.

Una vez que en Europa vive el hombre triste que pensaba Maquiavelo, la ruptura religiosa será el hecho clave que termine con el orden cristiano de pueblos y dé lugar al nacimiento de los países modernos. Al destruir las bases objetivas del Cristianismo e introducir la categoría del libre examen, al considerar que la religión del príncipe ha de ser la del pueblo, se socava el fundamento del entendimiento entre los pueblos, se impone un poder tanto más absoluto cuanto que trata de primar sobre las conciencias. Cuando la Cristiandad se resquebraja, nace una Europa escindida y divida en su propio interior. Frente a esta oleada el puerto de España permanecerá a salvo por esa fortaleza que la había llevado a formarse luchando por el espíritu y no por la materia.

Mientras, el mundo del europeo comienza a ser un mundo de necesidades pragmáticas, dado el problema real al que se enfrenta, el problema que teorizado por la soberanía de Bodino y el Leviatán de Hobbes confluye en la idea de un poder que se sostiene a través del terror y del miedo. Primeramente Bodino seculariza el poder y establece un ejercicio ilimitado del mismo donde el gobernante no asume como propias las raíces de lo que había sido el pactismo medieval: destruyendo los compromisos, el acuerdo con la comunidad política, soberano será aquél por encima del cual nadie manda, soberanía en términos absolutos, que en Hobbes determinará que cualquier miembro del cuerpo político sea llamado súbdito respecto del soberano.

Las armas intelectuales con que España responde a las diferentes quiebras que conforman el pensamiento europeo serán el firme bastión que la mantengan indemne en lo espiritual, rota y deshecha en lo material: «la visión europea, secularizada y moderna de las cosas», como señala Elías de Tejada, es contestada por una concepción que tiene en la espiritualidad su auténtica dimensión. Defensio fidei será la obra capital de Francisco Suárez, defensa de la fe católica y apostólica contra los errores del anglicanismo, en un título que es emblemático para comprender el papel que representa España en esos momentos. La autoridad, en nuestros lares, no nace de la imposición coercitiva, de un pesimismo respecto del ser humano, el hombre triste de Maquiavelo, que no dejándole camino alguno a la esperanza le abandona en manos del Estado. La Escolástica salmantina, recogiendo el pensamiento de Santo Tomás, nos dirá que la ley, razón y voluntad, se ordena al bien común y es promulgada por aquel que gobierna la comunidad, pero a éste se le exige el cumplimiento de un deber para con los otros: buscar el bien de la comunidad de la que surge y con la que está en relación. Por eso podrá Suárez decir que «si el rey su legítimo poder lo convirtiera en tiranía abusando de él en manifiesta ruina del estado, el pueblo podría hacer uso de su poder natural de propia defensa, pues de éste nunca se privó» [8].

La Escolástica, que interioriza las enseñanzas tomistas, reconduce el camino por el que había de discurrir la presencia española en el Nuevo Mundo en aras del exacto cumplimiento de un deber para con el otro, que había ya dejado sentenciado en ese sentido la propia Reina Isabel en su testamento, modelo de reina, modelo de monarca hispano: «Nuestra principal intención fue la de procurar atraer a los pueblos y convertirlos a nuestra Santa Fe Católica». Nuestra Reforma se hizo un siglo antes que la europea por obra de la firme mano del cardenal Cisneros y de la autoridad de la Reina Católica: eso fue lo que según Menéndez Pelayo nos salvó del protestantismo. Nos salvó precisamente que España, formada en una fe viva, no podía dejar que ésta languideciera entre bulas, desórdenes y alejamiento de los fines de las Órdenes religiosas, cuando debían prepararse para la magna tarea de la Evangelización y para el enfrentamiento teológico con el mal que iba a asolar el suelo de Europa. La Reforma de Cisneros es el caudal donde florecerá un siglo después la mística de Teresa, de Juan de la Cruz. Nuestros escritores, nuestros poetas, cantarán la gloria de Lepanto y la pérdida del Imperio –«miré los muros de la patria mía», dirá Quevedo–, pero sentirán ante uno y otro momento que ahí es dónde se desvela la esencia de la hispanidad, ese perderlo todo en aras de una empresa más grande que la propia tierra [9].

La Escolástica ofrece ese cuerpo intelectual preciso de cuyas enseñanzas deberá nutrirse España para enfrentarse al ser que en Europa se forma, ajeno a la hispanidad. España se alza en la salvaguadia de unos valores en los que Europa no parece creer. Recién salida de la Reconquista se ve obligada a luchar por una nueva reconquista del espíritu: la tradición de que se nutre el ser hispánico se lanza hacia el exterior. Ningún español del siglo XVI cree que España deba recluirse en el cultivo exclusivo de preservar lo que ya tiene: los españoles, según Maeztu, serán desconfiados en los hombres, seguros en el credo [10]. Y tan seguros estaban del credo que se lanzaron a luchar por el espíritu como causa universal. El español no creía que su destino como pueblo era una causa particular, un interés de enriquecimiento propio: antes que su bien su misión era la de una causa universal. Frente a un Francisco I de Francia que no teme conciertos con el enemigo natural de la Cristiandad, Carlos I no podrá consentir que germine el luteranismo, nuestro Felipe II pondrá sus naves al servicio de causas perdidas y en definitiva el poderío de España queda sublimado por la existencia de un trazo firme en cada una de sus empresas. No habrá vaivenes del espíritu, porque España y sus monarcas tienen el firme convencimiento de que Dios les mira. No habrá confín donde no lleven el mensaje de Cristo: las Ódenes religiosas que llevan a España en el corazón trascienden las fronteras, llegan hasta tierras donde nunca antes se había oído hablar de Jesús, fundan pueblos y establecen misiones, reducciones, entorpecedoras de la voracidad mercantil, que un día rota ya la alianza entre monarquía y pueblo, serán destruidas, expulsadas las órdenes que entonces entorpecerán la labor de destrucción de una Revolución que lentamente se infiltra por las venas de las elites intelectuales y políticas.

España no tuvo elección en su posición ante el nuevo orden que se avecinaba: luchó hasta la extenuación por aquello que había definido su configuración, por aquello que había sido el acicate necesario para fomentar la unidad, más allá de los meros lazos territoriales. La civilización defendida por España tenía ese trazado espiritual marcado por la Cristiandad. La lucha en la que España se agotó fue la de servir de balladar frente a los ataques que contra el orden cristiano se iban produciendo en el germinar de Europa, en tanto que, como fruto de esa misma visión, se producía la expansión de la fe y la legitimación por ésta de la Conquista de América. Fuimos Don Quijote luchando contra molinos de viento, pero igual que Don Quijote, España no tenía elección: en su identidad propia, en su tradición y en lo que había que legar a las generaciones posteriores, se encontraba el eco épico de una batalla por la fe. Mientras la dinastía españolizada de los Habsburgo mantuvo la bandera –«por la angosta senda de la caballería andante», dirá Elías de Tejada– no hubo lugar en el que España no presentase cara al orden revolucionario, ya fuese en las letras, en el arte o en los campos de batalla. Desde Tiziano hasta el Greco, desde Velázquez hasta Murillo, Lope o Quevedo, los autos sacramentales de Calderón, o nuestros santos que lo son de la renovación del espíritu, todo se explica en función de una hispanidad que es trama que gira en torno a la fe. España no tiene elección porque entre la hacienda y la dignidad, prefiere la dignidad y va en un lento proceso caminando hacia la extenuación, hacia el agotamiento del que será una imagen representativa el último rey de la casa de Austria.

El primero de los Borbones trae consigo el absolutismo despótico y el centralismo. Frente a las guerras de religión se harán pactos de familia. Lentamente el español agotado se ve sometido a una «europeización», a la extranjerización del alma española.

Un pueblo hecho a base de voluntad, cuando le falta ésta tiéndese a dormir. Cuando España, hecha a sí misma, tiende a copiar una tradición extraña se resquebrajan los lazos que la habían mantenido unida: la civilización revolucionaria nos conduce a un camino en el que el español pierde su sello propio, personal, cuanto le había definido históricamente, y pasa a encontrarse a remolque de los acontecimientos históricos que en Europa se suceden. El absolutismo primero, el liberalismo después, determina el papel de España en los siglos posteriores: reformadores en Inglaterra, jacobinos en Francia, liberales en España, carbonarios en Italia. Es la revolución impuesta como causa universal donde antes era la Cristiandad, olvidando, nuevamente con las palabras de Maeztu, «que la misión histórica de los pueblos hispánicos consiste en enseñar a todos los pueblos de la tierra que, si quieren, pueden salvarse, y que su elevación no depende sino de su fe y su voluntad» [11].

Fe y voluntad. Cuando España se europeiza, recogiendo de la Revolución todas sus proclamas, todas sus lecciones, no sólo termina perdiendo la América hispana, en un lento goteo manejado eficazmente por los enemigos siempre atentos de lo que España había representado, sino que pierde la dignidad con la que nuestros quijotes se habían caracterizado, en su locura de misión irredenta, en el acontecer de nuestra historia. Serán sustituidos por los mercaderes y los comerciantes que transaccionan con el bien y el alma de España, jornaleros de la política, que reinventan la Historia de manera que no quede nada que legar a las generaciones posteriores. Serán las instituciones, como señalaba Ernest du Menil, las que corrompan a los hombres.

De vez en cuando parece que España se despereza y sacude su conciencia, da muestras de ser, en palabras de Pío XII, pronunciadas el 16 de abril de 1939, apenas concluida la Guerra y con ocasión de la victoria que entonces se produjo: «nación escogida por Dios como instrumento principal de la evangelización del Nuevo Mundo y como ciudadela inexpugnable de la Fe Católica».

En otro momento distinto se encuentra hoy España. Yo no sé qué sentirían los españoles que en el siglo lejano de la invasión musulmana vivieron la derrota de la monarquía goda; sabemos lo que luego aparece como lamentación y duelo en todas las crónicas históricas que se suceden. Pero el dolor vino tras la batalla en la que, a pesar de todo, el espíritu hispánico se había preservado y estaba preparado para mirar hacia el futuro.

En estos muros que aquí nos cobijan resuenan en mis oídos las palabras de Quevedo:

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos, libros viejos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Conversemos y escuchemos en el silencio de este Valle la lección que dan los muertos.



* Consuelo Martínez-Sicluna y Sepúlveda es profesora titular de Filosofía del Derecho (UCM).

[1] Maeztu, Ramiro de: «El sentido del hombre en los pueblos hispanos». Conferencia leída en el Centro Gallego de Montevideo el 11 de mayo de 1929, en el IV y V cursos de Conferencias sobre problemas Iberoamericanos. Recogido en la revista Verbo, n° 173-174, marzo-abril 1979, pp. 325-346, la cita en p. 331.

[2] Unamuno, Miguel de: Educación por la historia, en O.C. Ed Escelicer, Tomo 3, Madrid, 1968, pp. 540-541.

[3] Según recordaba Elías de Tejada, F: Las Españas. Editorial Ambos Mundos, Madrid, 1948.

[4] Sobre la polémica en torno al «españolismo» de Séneca, Elías de Tejada, F.: Historia de la literatura política en Las Españas, Tomo l, Real Academia de Ciencias Morales y Política, Madrid, 1991, pp. 46-49.

[5] Menéndez y Pelayo, Marcelino: Historia de los heterodoxos españoles, Libro I. En la edición de Ed. Porrúa México, 1983, pp.7-8.

[6] Ibíd.: p. 22.

[7] En tal sentido, Maravall, J. A.: El concepto de España en la Edad Media. Centro de Estudios Constitucionales, 49 ed., Madrid, 1997, pp. 21-22.

[8] Suárez, F.: Defensio fidei, Libro III, cap. III, 3.

[9] Señala Elías de Tejada que «nuestros abuelos procedieron como hidalgos pródigos más que como políticos prudentes, prefiriendo derrochar a ahorrar, tanto más que derrochaban generosidades heroicas al servicio de la más enhiesta de las empresas que caben en sueños de caballeros: la defensa de la fe católica». Elías de Tejada, F.: Premisas generales para una historia de la literatura política española, en Verbo, n° 261-262, enero-febrero 1988, p. 56-89, la cita en p. 74. Se trata de la primera versión del Preliminar del autor a la Historia de la literatura política de Las Españas.

[10] Maeztu, Ramiro de: Ibíd., p. 342.

[11] Ibíd.: p. 345.