martes, 11 de septiembre de 2007

La Diada

«¡Que tiemble el enemigo!»

Autor: José García Domínguez. Fuente: Libertad digital

Ocurrirá el sábado, en Barcelona. ¡Que tiemble el enemigo cuando vea nuestra bandera!, clamarán en posición de firmes todos los directivos del Foro Universal de las Culturas, con el jefe, Joan Clos, elevando su voz por encima de las del resto de la tropa. Afilemos muy bien las armas, urgirán a grito pelado los dirigentes y dirigidos del gran movimiento pacifista que tanto enorgullece a la ciudad. Buen golpe de hoz, buen golpe de hoz, recomendarán emocionados los promotores de Intelectuales contra la Guerra. Cataluña volverá a ser rica, pronosticará Josep Maria Sala con timbre de tenor. Por encima de esa gente tan ufana y tan soberbia, replicará cual barítono Pepe Montilla. Y para concluir, Maragall rugirá a los cuatro vientos que cuando conviene, segamos cadenas. Luego, aplacado ya el fervor patriótico, las autoridades se obsequiarán con unos canapés, y los otros volverán a casa. Es lo que manda la liturgia de todos los Once de Septiembre.

Como saben incluso los escolares menos aplicados del Principado, en 1714, tal día como ése Franco invadió Cataluña, instante en el que dejó de ser un Estado independiente. Porque ninguno de ellos ignora que el autonombrado duque de la España Citerior, sólo recordado ahora por conde Borrell, proclamó el nacimiento de la nación ya en el siglo X. Aunque suelen desconocer que tan enloquecido fue el fervor catalanista de la fundación que a nadie se le ocurrió ponerle nombre al país. Y es que aún habrían de pasar más de doscientos años hasta que surgiera la palabra Cataluña y el gentilicio con el que designar a sus habitantes.

Tampoco conocen (TV3 jamás ha dedicado programas especiales al asunto) la proclama para encorajinar a las tropas de Antonio Villarroel, el general que defendía la ciudad frente a los agresores extranjeros durante 1714. "Luchamos por nosotros y por toda la nación española", gritó entonces aquel barcelonés, un inmigrante de origen extremeño e ideológicamente próximo a los planteamientos de Rodríguez Ibarra, según sospechan algunos eruditos. No obstante, a pesar de esas lagunas veniales, debemos celebrar que la Historia ya no sea el Mistol para lavar cerebros con el que fuimos enjuagados todos los que tenemos más de cuarenta años. Así, felizmente, ninguno de los jóvenes convocados a ejercer el derecho de autodeterminación que garantizará el nuevo Estatuto ha sido manipulado con las gracietas que nos contaron a sus mayores.

Porque nuestras indefensas mentes infantiles fueron adoctrinadas para creer que la tal guerra entre Cataluña y España no existió jamás. Nos mintieron asegurando que consistió en una pelea dinástica por el trono. Hasta tuvieron la desvergüenza de negar que el asalto a las murallas lo dirigiera Aznar (ellos lo atribuían a un francés, cierto duque de Berwick cuyo ejército integraría a cientos de catalanes). Nosotros, pobres criaturas ignorantes, dimos crédito al embuste de que no se trató más que de una pelea de austriacos e ingleses contra franceses, con un puñado de españoles repartidos entre los dos bandos. Sin ir más lejos, lo sigue creyendo Montilla, que es de ciencias. Ésa es la única razón de que haya ordenado a los alcaldes del PSC ocultar la bandera nacional durante la Diada. Pretende resaltar así, de forma simbólica, que aquélla no fue una guerra entre españoles. El gesto del ministro de Rodríguez ha sido valiente, mas arriesgado. A saber dónde alcanzará la rauxa de Carod Rovira y Maragall cuando descubran su maniobra.