martes, 16 de octubre de 2007

La guerra religiosa

Autor: Aníbal D’Ángelo Rodríguez. Fuente: Revista “Cabildo”, diciembre de 2005, tercera época, año VI, número 52, pp. 23-25.

Pasado, presente e historia

El lector atento, fiel y comprensivo (una pinturita) recordará que en muchas oportunidades he descrito al siglo XX como repartido en tres etapas de 30 años: 1914-1945; 1945-1975 y 1975-2005. Siempre dije que se trataba de especulaciones provisorias y un tanto superficiales, desde el momento en que para comprender los períodos en que se puede dividir el pasado la primera condición es la perspectiva, esa distancia que en la pintura es el espacio y en la historia es el tiempo. Diversas circunstancias, cuyo detalle ahorraré al lector-pinturita, me han llevado en los últimos meses a cavilar sobre otra posible periodización. Dejando constancia, también ahora, de que se trata de consideraciones sujetas a revisión. Pero que quiero comunicar ya porque se refieren –y ese fue el punto de partida de mi reflexión– al sentido de los tiempos que hoy – en el ahora literal y puntual estamos viviendo. ¿Qué católico que se tome en serio su fe puede ignorar los nubarrones que se han levantado en el horizonte? ¿Qué católico que se tome en serio su fe no advierte un avance, que se hace día a día más invasivo y destructor, de las potencias del mal, del impudor, de la irresponsabilidad, de la blasfemia pública e institucionalizada? Tales hechos no pueden apartarse del análisis del pasado. Lo que hoy se pide a la Historia es que dé cuenta del presente encontrando sus antecedentes temporales. Las causas y los efectos son la materia prima, hoy más que nunca, de la reflexión histórica.

Guerras

En vez de etapas de treinta años –como en mi anterior periodización– pienso ahora en módulos de cuarenta y cinco años, divididos (como en el caso anterior) en subperíodos de 15 años.

Tendríamos entonces una primera etapa del siglo XX que transcurriría entre 1900 y 1945. La cual tiene un acontecimiento central que la recorre y le otorga unidad: el conflicto entre naciones que, nacido con la modernidad, se acentúa y se hace lo que Nolte ha llamado “guerra civil europea”. De 1900 a 1914 el conflicto se prepara con una “paz armada”, de 1914 a 1929 se vive la primera guerra, de 1929 a 1945 la segunda. El resultado final es comparable a lo que causaron las guerras del Peloponeso a las Ciudades griegas: las agotaron y permitieron la irrupción de dos potencias exteriores, Macedonia primero y Roma después. Y en el caso de Europa, los Estados Unidos y la URSS.

La segunda etapa (1945-1991) es la del conflicto entre las dos potencias emergentes. Conflicto que se llamó Guerra Fría y que incluyó el bloqueo de Berlín y la guerra de Corea (etapa 1945-1960); las crisis cubana y vietnamita (1960-1975) y la decadencia de la URSS (1975-1991). Se dirimió así cuál de las dos potencias quedaría a la cabeza del sistema mundial, por lo cual puede válidamente compararse –mutatis mutandis– con las guerras púnicas y el litigio entre Roma y Cartago. En esta perspectiva, el siglo XX histórico habría terminado en 1991.

Dice Pieper que no hay por qué abandonar al enemigo la denominación “Filosofía de la Historia”, aunque el inventor de la expresión haya sido Voltaire. Y que aquello que San Agustín hizo en La Ciudad de Dios sentó las bases inconmovibles de toda filosofía cristiana de la historia. La cual tiene que reflejar, desde entonces, los avatares de la lucha de la ciudad del hombre contra la ciudad de Dios. Ése es, pues, el conflicto en verdad significativo que hay que rescatar de entre los pliegues de esta historia que hemos contado. Desde el comienzo del iluminismo, dos líneas históricas se vinculan a la Iglesia Católica. Por un lado, las persecuciones y ataques de los Estados ganados por la nueva religión –el progresismo– contra la Iglesia. Persecuciones sangrientas han alternado con ataques institucionales en los que se ha procurado evitar el martirio. Así recordaremos en rápida e incompleta enumeración, las Constitución Civil del Clero en la Revolución Francesa y también en ella el genocidio de La Vendée. Luego las leyes laicas de fin del XIX en Francia (y otros países, entre ellos la Argentina). En el XX la persecución se hace más sangrienta y la padecen las Iglesias de México, España y China sobre todo.

Por otra parte, en las décadas del veinte y del sesenta se sientan las bases fácticas e ideológicas de la ideología progresista en su versión actual. La segunda línea de relación de la Iglesia con la modernidad está constituida por las permanentes tentaciones de acercar ambas posiciones, pero en todos los casos no es la modernidad la que se acerca a la Iglesia sino una parte de la Iglesia la que se acerca a la modernidad, subvirtiendo su mensaje y su sentido. Los tres episodios más importantes son el caso de Lammenais y Le Sillon (principios del XIX), el modernismo (fines del XIX) y el actual progresismo (mediados del XX). Esa doble línea de persecución y atracción recorre los últimos doscientos años y mezcla sus avatares con los de la historia de las naciones.

El conflicto francés de fines del XIX se frenó en la etapa 1900-1914 por la necesidad de la “unión sagrada” de todos los franceses frente al peligro de la guerra. Al terminar la segunda guerra mundial se pudieron presentar a la Iglesia muchas cuentas que la aproximaban a los vencidos, desde su beligerancia en la guerra civil española hasta algunas actitudes durante la guerra que han comenzado a ventilarse hoy. Pero en el contexto de la guerra fría, los partidos democristianos alemán e italiano eran imprescindibles para contener al comunismo y el conflicto modernidad-catolicismo pasó por cuarenta y cinco años a segundo plano.

El verdadero conflicto

Así entendido, un siglo XX corto, de noventa años, ha terminado alrededor de 1991. Y se abre, desde entonces, un nuevo siglo y un nuevo milenio. Hay que repetir aquí el carácter especulativo que estas consideraciones tienen. Sin embargo, como decimos desde el principio, en estos primeros años del siglo XXI cronológico no parece caber duda de que nos hallamos frente a una ofensiva día a día creciente para destruir los restos del cristianismo en Occidente y en el mundo.

En primera línea de los periódicos este conflicto, claro, no existe. Para el mundo, lo importante es el choque de civilizaciones, la emergencia de China y la globalización. Pero por debajo de la historia oficial corre esta lucha sin cuartel para apoderarse de las “significaciones”, de las razones para vivir que los hombres necesitan. Es, por cierto, un conflicto singular: por el lado de la Iglesia, el problema es que una parte no despreciable está ganada por los razonamientos del enemigo (véase, por ejemplo, el reportaje de Monseñor Laguna al diario Perfil), otra parte no puede oponerse al enemigo, una de cuyas armas son los medios, porque tiene secretos culpables que se lo impiden (véase el caso de Mons. Maccarone) y una buena proporción no tiene el temple ni los atributos para enfrentar una lucha tan despareja. Porque por el lado del progresismo, la paradoja es la enorme acumulación de poder (dominio sobre los medios, el sistema estatal de enseñanza y –en general– sobre todo el aparato cultural) y la decadencia incurable de su sistema de pensamiento.

La guerra religiosa del siglo XXI

A principios del siglo XVIII una proporción grande –y creciente en los siglos siguientes– de la clase intelectual de Occidente se convirtió a la nueva fe progresista. En substancia, esa fe se apoyaba sobre una confianza total en los logros de la ciencia de ella deducía la necesidad y permanencia de un proceso de conocimiento y dominio de la naturaleza. Esa fe se puso a prueba y pareció triunfar en toda la línea: en los treinta años que van de 1870 a 1900, con la segunda revolución industrial, pareció definitivamente confirmado ese proceso de comprensión y aprovechamiento de la naturaleza.

El problema es que el siglo XX derrumbó esa fe. De modo que al terminar ese siglo y trabarse la batalla (¿final?) por el sentido de la vida, el progresismo se encuentra con el mismo enemigo de siempre –la Iglesia Católica– al que ha logrado confundir, dividir y mediatizar pero, a su vez, con sus supuestos ideológicos agotados. Hay dos versiones de la modernidad, a modo de las Iglesias “alta” y “baja” anglicanas.

Primero, una versión de la modernidad para intelectuales, hecha hoy de una mezcla confusa de marxismo, evolucionismo, cientificismo, relativismo y nihilismo. Eso es lo que transmiten las escuelas, colegios y sobre todo las Universidades, junto a un inmenso caudal de conocimientos que funda competencias especializadas pero que deja totalmente afuera hasta el más mínimo atisbo de sabiduría.

Pero lo grave es que mucho más extendida es la “low church”, o baja Iglesia de la modernidad, la que se alimenta sobre todo de los medios masivos y primero entre ellos la televisión. Allí la resultante es la irresponsabilidad, el hedonismo y un individualismo cercano al autismo.

Junto con la megalópolis que es su escenario, la decadencia de la familia y de todos los grupos reales de pertenencia (a los que se intenta sustituir por las ONG) los medios han creado, establecido y desarrollado las sociedades masificadas. Para el hombre confundido por el mensaje confuso de la educación, vulgarizado por el lenguaje vulgar de los medios y desarraigado por la masificación, el mensaje auténtico del cristianismo le es mil veces más inaceptable que lo fuera para los paganos o los indígenas americanos. Esto es lo que observó C.S. Lewis en su Abolition of man: cada día se hará más difícil conservar la llama de la fe y hacerla aceptable al hombre del tercer milenio.

Lo que vendrá

Estos son los datos reales del problema: una Iglesia dividida y a la defensiva enfrenta un enemigo doblemente poderoso: porque posee las armas más eficaces en el combate (medios y educación) y porque su lenguaje decadente, confuso y concupiscente se corresponde con el hombre desorientado y a la intemperie de las sociedades modernas. En una cuenta puramente natural, en un simple recuento de las fichas del póker (o de los porotos del truco) tenemos todas las de perder. Un reino dividido no está en condiciones de triunfar contra tan poderoso enemigo. El que haga estas cuentas ya está derrotado antes de comenzar. La única perspectiva posible es la sobrenatural y la certeza absoluta del triunfo de Cristo y de Su Iglesia. Aunque la victoria se pague con nuestras vidas y con nuestros sufrimientos.

Pero en esta perspectiva no sólo no ha de renunciarse a la prudencia, sino que ha de tomársela como guía principal. Porque la prudencia no es ese sentimiento de inferioridad o esa cobarde renuncia a la lucha que suele pasar por ella sino –al contrario– es la condición de la batalla dada con inteligencia. Como dice el Evangelio, nadie va a la guerra sin contar sus fuerzas y las del enemigo. Esa adecuación de medios y fines es la médula de esta virtud. Por eso cuidado con equivocar los medios y traicionar así los fines.

Nuestro enemigo

Todas las treguas y las limitaciones de la lucha han perimido. Ahora la jugada es a todo o nada. El progresismo, a pesar de su crisis, se propone construir una sociedad declaradamente sin Dios. El “laicismo”, la ficción de un Estado neutral mediando entre católicos y no católicos y procurando mantener un equilibrio, también ha finiquitado. Ahora el Estado ya no es neutral ni pretende serlo. Cada vez más se arroga el derecho de educar a los hijos de todos en sus principios (batalla de la educación sexual obligatoria), de destruir la familia subvirtiendo el concepto mismo de hombre y mujer unidos para criar y educar hijos (batalla de los géneros), de educar a todos mediante los poderosos aparatos de los medios de difusión y de enseñanza –en manos del Estado o de particulares que son sus aliados– en una concepción de la vida de absoluto hedonismo e irresponsabilidad (batallas del aborto, la eutanasia, el feminismo, etc.).

Lo que hay que comprender es, primero: la existencia de esta guerra, que se advierte en cuanto uno comienza a tomar conciencia de la aceleración infinita con que todo esto sucede en los últimos años, segundo: la globalidad de la batalla. Se da en el mundo entero, aunque con diferencias secundarias según las zonas y su estado económico y cultural, y se da en todos los frentes. Día a día se multiplican las blasfemias, los “artistas” que ofenden con sus obras a los creyentes, las leyes que votan los parlamentos, la desvergüenza (y la imbecilidad) que estallan minuto a minuto en las pantallas de los televisores. Estamos en los comienzos de una guerra religiosa que por el momento asume estas formas descriptas. El resultado final de la batalla no es dudoso para un hombre de fe. Cristo vencerá, pero en el camino habrá muchos sufrimientos, mucha exclusión social, muchas lágrimas y –en su momento– mucha muerte y mucho sufrimiento. Tal como las cosas se presentan, sería necio imaginarse que este enemigo poliforme, que ya ha probado nuestra sangre, va a detenerse en algún punto antes de cobrarse la vida de los últimos cristianos.

Coda: La última prueba de la Iglesia [del Catecismo de la Iglesia Católica, latinum, español]

675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el «Misterio de iniquidad» bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de Su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1 Te 5, 2-3; 2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).

677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en Su muerte y Su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el Cielo a Su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Como argentino me agradó sobremanera encontrarme inesperadamente con una nota del muy querido y admirado Don Anibal. Creo yo que es uno de los escritores mas lúcidos, mas claros y legibles y a la vez dueño de una calidez y hasta ternura que me emociona.Un alma grande, diría yo. Que aparte soporta con gran humor y estoicismo la campaña de los delatores oficiales y robasueldos progresistas de pagina 12, un diariucho oficialista del neo-montonerismo y en especial de un "policia del pensamiento" y perseguidor bastante estupido llamado sergio kiernan, un aficionado a la delación y al señalamiento con el dedo sólo cuando las fuerzas aparentan estar de su lado. Un pobre imbecil, bah.
Bueno , nada , mi admiración por Don Anibal y mis felicitaciones para vosotros por reproducirlo.
Jorge Peña

Anónimo dijo...

No se si lo puse, pero: Excelente blog.
Jorge Peña