miércoles, 13 de febrero de 2008

Contra Joaquín de Fiore

Joaquín de Fiore (1130-1202). Abad calabrés del s. XII, de personalidad compleja, discutida y polifacética: místico, reformador, profeta, teólogo, filósofo y exegeta; venerado por algunos como santo y considerado por otros como impostor.

Las ideas de Joaquín de Fiore «tienen su origen en la profunda convicción de poseer una llamada personal a la misión profética. Se siente el Bautista y el Elías de los nuevos tiempos. Este profundo convencimiento se acrecienta en la meditación de la Sagrada Escritura, que interpreta llevando el método alegórico a las mayores y arbitrarias exageraciones» (E. Bettoni). En la Sagrada Escritura todo es símbolo. El Antiguo Testamento es símbolo del Nuevo Testamento y éste no puede ser otra cosa que símbolo de una tercera edad que realizará plenamente la verdad misteriosamente prefigurada en él. La tercera edad (del Espíritu Santo, del amor) sucederá así a las del Padre (del temor) y del Hijo (de la gracia).

Joaquín de Fiore en eclesiología afirma claramente la provisionalidad de la Iglesia sobre todo con respecto a la estructura jerárquica, ya que, según él, la tercera edad será la del Espíritu con sus caracteres: edad perfecta y conclusiva, triunfo del amor que destruirá el temor servil y toda interferencia de autoridad entre Dios y sus hijos; será la edad de los perfectos. Craso error por cuanto el valor de la Iglesia no radica en una función temporal o meramente histórica, sino en estar en posesión plena y segura del depósito de la Revelación.

Influjo en el ecumenismo actual. Teorías de tipo relativista tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como la inseparabilidad −aun en la distinción− entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia católica, única Iglesia de Cristo.

Las raíces de estas afirmaciones hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada. En Fiore pueden encontrarse los orígenes de determinadas concepciones ecumenistas que se presentan como “reinocéntricas” (III Edad: Reino del Espíritu), como reacción a un supuesto “eclesiocentrismo” del pasado (II Edad: Iglesia de Jesucristo). Estas tesis son contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la relación que Cristo y la Iglesia tienen con el Reino de Dios:

«Al considerar la relación entre Reino de Dios, Reino de Cristo e Iglesia es necesario, de todas maneras, evitar acentuaciones unilaterales, como en el caso de “determinadas concepciones que intencionadamente ponen el acento sobre el Reino y se presentan como ‘reinocéntricas’, las cuales dan relieve a la imagen de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y servir al Reino. Es una ‘Iglesia para los demás’ −se dice− como ‘Cristo es el hombre para los demás’... Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo: El Reino del que hablan se basa en un ‘teocentrismo’, porque Cristo −dicen− no puede ser comprendido por quien no profesa la fe cristiana, mientras que pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única realidad divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio al misterio de la creación, que se refleja en la diversidad de culturas y creencias, pero no dicen nada sobre el misterio de la redención. Además el Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia, como reacción a un supuesto ‘eclesiocentrismo’ del pasado y porque consideran a la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad”». (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus, 19).

Veamos que afirma Santo Tomás, Doctor común de la Iglesia, sobre la supuesta venida de la nueva era ecumenista del Espíritu (o del Reino):

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-IIae (Prima Secundae)

CUESTIÓN 106. De la ley evangélica, llamada ley nueva, considerada en sí misma

Después de la ley antigua hemos de tratar de la ley evangélica, que se dice ley nueva (cf. q.93 introd.). Y primeramente, de esta ley considerada en sí misma; luego, comparada con la ley antigua (q.107), y, finalmente, de los preceptos que en ella se contienen (q.108).

Sobre lo primero formulamos estas cuatro preguntas: [...] 4. De su término: ¿Ha de durar hasta el fin del mundo o ha de sucedería otra?

ARTÍCULO 4. ¿La ley nueva ha de durar hasta el fin del mundo?

Parece que no ha de durar hasta el fin del mundo la ley nueva.

Contra esto:

Está la palabra del Señor que dice en Mt 24, 34: Os digo que no pasará esta generación sin que todo esto sea cumplido. Lo que San Juan Crisóstomo expone de la generación de los fieles de Cristo. Luego el estado de los fieles de Cristo permanecerá hasta el fin del mundo.

Respondo:

De dos maneras pueden variar los estados del mundo:

La una, según la diversidad de la ley.

De este modo no sucederá al estado de la ley nueva ningún otro estado. Sucedió al estado de la ley antigua el de la ley nueva, como un estado más perfecto a otro imperfecto. Pero ningún estado de la presente vida puede ser más perfecto que el estado de la ley nueva, pues nada puede haber más cercano al fin que lo que inmediatamente introduce en el último fin. Y esto hace la ley nueva, por lo que dice el Apóstol a los Hebreos 10, 19 s: Teniendo, pues, hermanos, en virtud de la sangre de Cristo, firme confianza de entrar en el santuario, que Él nos abrió como camino nuevo y vivo..., acerquémonos con sincero corazón. De manera que no puede darse estado más perfecto de la presente vida que el estado de la ley nueva, pues tanto una cosa es más perfecta cuanto más se acerca a su último fin.

De otro modo puede variar el estado de los hombres, según la diversa actitud más o menos perfecta de éstos para con la misma ley.

Conforme a esto, el estado de la ley antigua se mudó frecuentemente, pues a veces eran observadas las leyes perfectamente; otras, del todo eran cenadas en olvido. Del mismo modo se diferencia el estado de la ley nueva conforme a los diversos lugares, tiempos y personas, en cuanto la gracia del Espíritu Santo la poseen algunos con mayor o menor perfección. Sin embargo, no es de esperar un estado en el que la gracia del Espíritu Santo sea poseída con más perfección que hasta aquí, sobre todo por los apóstoles, que recibieron las primicias del Espíritu, esto es, primero que los otros y con más abundancia que ellos, según dice la Glosa sobre Rom 8, 23 .

Objeciones y respuestas

Objeción 1 por las que parece que no ha de durar hasta el fin del mundo la ley nueva.

1.
Dice el Apóstol en 1 Cor 13, 10: Cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto; pero la ley nueva es imperfecta, pues dice el mismo Apóstol en el mismo lugar (v.9): Al presente, nuestro conocimiento es imperfecto, y lo mismo la profecía. Luego la ley nueva tiene que desaparecer para que otra más perfecta le suceda.

A la objeción 1:

1.
Cuenta Dionisio en De eccl. hier. tres estados de los hombres: el primero, el de la ley antigua; el segundo, el de la ley nueva: a éste sucederá un tercero, pero no en la vida presente, sino en la futura, esto es, en la patria. Y como el primero era figurativo e imperfecto respecto del estado evangélico, así éste es figurativo e imperfecto respecto del estado de la patria. Cuando éste llegue, desaparecerá aquél, como allí se dice (v.12): Ahora vemos por un espejo y oscuramente; entonces veremos cara a cara.

Objeción 2 por las que parece que no ha de durar hasta el fin del mundo la ley nueva.

2.
El Señor prometió a los discípulos, en la venida del Espíritu Santo, el conocimiento de toda verdad, como consta por Jn 16, pero la Iglesia no ha alcanzado todavía el conocimiento de toda verdad en el estado del Nuevo Testamento; luego habrá que esperar otro estado en que nos sea manifestada toda la verdad por el Espíritu Santo.

A la objeción 2:

2.
Según San Agustín en Contra Faustum, Montano y Priscila afirmaron que la promesa del Señor sobre el Espíritu Santo no se cumplió perfectamente en los apóstoles, sino en ellos. Otro tanto afirmaron los maniqueos, que esta promesa se realizó en Maniqueo, a quien llamaban el Paráclito. Por esto, ni unos ni otros recibían los Actos de los Apóstoles, en los que manifiestamente se declara que aquella promesa se cumplió en los apóstoles, como el Señor reiteradamente lo había prometido en Act 1, 5: Seréis bautizados en el Espíritu Santo antes de muchos días. Esto se cumplió el día de Pentecostés, como se lee en Act 2. Todas las vanidades de los herejes quedan excluidas por lo que se dice en Jn 7, 39: Aún no había sido dado el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido glorificado. De donde se entiende que, glorificado el Señor por la resurrección y la ascensión, luego fue dado el Espíritu Santo. Por aquí también queda excluida la vana ilusión de algunos, los cuales querrían decir que se debe esperar otro tiempo del Espíritu Santo.

Enseñó el Espíritu Santo a los apóstoles toda verdad necesaria para la salvación, sea de las cosas que hay que creer, sea de las que hay que practicar; pero no les enseñó de los sucesos futuros; esto no les tocaba a ellos, como se dice en Act 1, 7: No os toca a vosotros conocer los tiempos y los momentos que el Padre ha fijado en virtud de Su poder soberano.

Objeción 3 por las que parece que no ha de durar hasta el fin del mundo la ley nueva.

3.
Como el Padre Se distingue del Hijo, y el Hijo del Padre, así el Espíritu Se distingue del Padre y del Hijo. Pero hubo un estado que convenía a la persona del Padre, a saber, el estado de la ley antigua, en el cual todos los hombres se aplicaban enteramente a la generación; igualmente hay otro que conviene a la persona del Hijo, a saber, el estado de la ley nueva, en el que predominan los clérigos, dados a la adquisición de la sabiduría, que se atribuye al Hijo; luego tiene que haber un tercer estado, el del Espíritu Santo, en el que predominen los varones espirituales.

A la objeción 3:

3.
La ley antigua no sólo fue del Padre, sino también del Hijo, pues Cristo era en ella figurado; por donde dice el Señor en Jn 5, 46: Si creyerais en Moisés, creeríais en Mí, pues de Mí escribió él. Asimismo, la ley nueva no es sólo de Cristo, sino también del Espíritu Santo, según aquella sentencia de Rom 8, 2: La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús. No hay, pues, lugar a esperar otra ley del Espíritu Santo.

Objeción 4 por las que parece que no ha de durar hasta el fin del mundo la ley nueva.

4.
Dice el Señor en Mt 24, 14: Será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, y entonces vendrá el fin. Pero el Evangelio de Cristo ha sido predicado ya en todo el orbe, y aún no ha llegado el fin; luego el Evangelio de Cristo no es el Evangelio del reino. Y habrá de venir otro Evangelio del Espíritu Santo y otra especie de ley.

A la objeción 4:

4.
Habiendo dicho Cristo desde el principio de la predicación evangélica: El reino de los cielos está cercano (Mt 4, 17), es una grandísima necedad afirmar que el Evangelio de Cristo no es el Evangelio del reino. Pero la predicación de Cristo se puede entender de dos maneras: la una, en cuanto a la divulgación de la noticia de Cristo, y de este modo el Evangelio fue predicado en todo el orbe aun ya en tiempo de los apóstoles, como dice San Juan Crisóstomo. Según esto, lo que se añade: Y entonces será el fin, se entiende de la destrucción de Jerusalén, de la que entonces hablaba a la letra. De otro modo se puede entender la predicación evangélica en todo el orbe plenamente eficaz, de manera que en todas las gentes se establezca la Iglesia. De esta suerte, dice San Agustín, en la carta «Ad Hesych.» todavía no fue predicado el Evangelio en todo el mundo; pero, cuando esto suceda, vendrá el fin.