miércoles, 27 de febrero de 2008

Fin primario y fines secundarios del matrimonio

Pío XII, Decreto del Santo Oficio sobre los fines del matrimonio (1-IV-1944)

[AAS 36 (1944) 103; Dz 2295 DH 3838]


Sobre los fines del matrimonio y su relación y orden, han aparecido en estos últimos años algunos escritos que afirman o que el fin primario del matrimonio no es la procreación de los hijos o que los fines secundarios no están subordinados al primario, sino que son independientes del mismo.

En estas elucubraciones, unos asignan un fin primario al matrimonio; otros, otro; por ejemplo: el complemento y perfección personal de los cónyuges por medio de la omnímoda comunión de vida y acción; el fomento y perfección del mutuo amor y unión de los cónyuges por medio de la entrega psíquica y somática de la propia persona, y otros muchos por el estilo.

En estos escritos, se atribuye a veces a palabras que ocurren en documentos de la Iglesia (como son, por ejemplo, fin primario y secundario), un sentido que no conviene a estas voces según el uso común de los teólogos.

Este nuevo modo de pensar y de hablar es propio para fomentar errores e incertidumbres; mirando de apartarlas, los Emmos. y Rvmos. Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles, día 29 de marzo de 1944, habiéndose propuesto la duda:

«Si puede admitirse la sentencia de algunos modernos que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y educación de los hijos, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes»,

decretaron debía responderse:

Negativamente.

§
Hasta aquí el Decreto del Santo Oficio de 1-IV-1944. Sabido es que el católico ha de creer que «todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre». (Símbolo «Quicumque», que se llama «Atanasiano»: Dz 39, DH 75). Ahora bien, «no es bastante para los sabios católicos aceptar y reverenciar los predichos dogmas de la Iglesia, sino que es menester también que se sometan a las decisiones que, pertenecientes a la doctrina, emanan de las Congregaciones pontificias». (Beato Pío IX, Carta Tuas libenter, al arzobispo de Munich-Frisinga, de 21 de diciembre de 1863: Dz 1684; DH 2880).

§ Presentamos a continuación un interesante artículo favorable a una hermenéutica de la continuidad entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar en materia matrimonial:

El sacramento del matrimonio: Esencia, propiedades y efectos

«La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, entre los bautizados fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento» [1]. «En los bautizados, el matrimonio reviste [...] la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia» [2].

«Entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento» [3]. Hay, pues, total unidad e inseparabilidad entre el sacramento y el contrato: no cabe hablar de un matrimonio «meramente natural» entre bautizados.

El Código de Derecho Canónico señala que: «1. El matrimonio lo produce el consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente hábiles; consentimiento que ningún poder humano puede suplir. 2. El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio» [4]. El consentimiento matrimonial es, pues, elemento indispensable para la constitución del matrimonio. «Si falta el consentimiento, no hay matrimonio» [5]. «Del matrimonio celebrado válidamente surge entre los cónyuges un vínculo perpetuo y exclusivo por su misma naturaleza; además, en el matrimonio cristiano los cónyuges son fortalecidos y quedan como consagrados por un sacramento peculiar para los deberes y la dignidad de su estado» [6]. «Por tanto, el vínculo matrimonial es establecido por Dios mismo, de tal modo que el matrimonio rato y consumado entre bautizados no puede disolverse nunca» [7].

«Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, que en el matrimonio cristiano alcanzan una particular firmeza por razón del sacramento» [8]. «La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer “no son ya dos, sino una sola carne” (Mt. 19, 6), y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total» [9]. «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y recla­man su indisoluble unidad» [10]. «La indisolubilidad del matrimonio no es un capricho de la Iglesia, y ni siquiera una mera ley positiva eclesiástica: es de ley natural, de derecho divino, y responde perfectamente a nuestra naturaleza y al orden sobrenatural de la gracia. Por eso, en la inmensa mayoría de los casos, resulta condición indispensable de felicidad para los cónyuges, de seguridad también espiritual para los hijos» [11].

«Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: El quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia» [12].

Fin primario y fines secundarios del matrimonio

La doctrina tradicional de la Iglesia, de valor permanente –aunque no siempre utilice la misma terminología–, establece los siguientes fines del matrimonio: el fin primario es la procreación y educación de los hijos; el fin secundario: la ayuda mutua y el remedium concupiscentiae. Se trata de fines operis, que están en distinto plano y por tanto –aunque son bienes a se– existe una subordinación del fin secundario al primario.

En los últimos años algunos autores han afirmado que, después del Concilio Vaticano II, ya no cabe hablar de fines primario y secundario del matrimonio. Esta tesis suele apoyarse en que esas expresiones no aparecen en los textos conciliares, y en que si se considera la procreación y educación de la prole como único fin primario, quedarían indebidamente infravalorados otros aspectos del matrimonio, sobre todo el amor y el mutuo perfeccionamiento de los cónyuges.

Sin embargo, es indudable que el Concilio Vaticano II no sólo no ha modificado la doctrina sobre la jerarquía de los fines del matrimonio [13], sino que –aun sin emplear la fórmula técnica fin primario/fin secundario– la ha reafirmado varias veces.

Esta interpretación de los textos conciliares no es sólo la que tiene mayor fundamento y rigor, sino que debe considerarse como interpretación auténtica, ya que se encuentra expresamente en las mismas Actas del Concilio.

Las intervenciones de tanto el Cardenal Felici como Juan Pablo II, entre otras, son favorables al significado auténtico de los textos conciliares:

§ Así, Romano Amerio escribe que «todavía en la mente del Concilio, durante la elaboración de Gaudium et Spes (como demostró el Card. Felici en un gran artículo de L’Osservatore Romano, 2-X-1972, nota 3), “bonum prolis primum locum tenet”». Romano Amerio, Iota Unum, 296.

§ Juan Pablo II enseña que «la doctrina de la Constitución Gaudium et spes, igual que la de la Encíclica Humanae vitae, clarifican el mismo orden moral con referencia al amor, entendido como fuerza superior que confiere adecuado contenido y valor a los actos conyugales según la verdad de los dos significados, el unitivo y el procreador, respetando su indivisibilidad. Con este renovado planteamiento, la enseñanza tradicional sobre los fines del matrimonio (y sobre su jerarquía) queda confirmada y a la vez se profundiza desde el punto de vista de la vida interior de los esposos, o sea, de la espiritualidad conyugal y familiar». Juan Pablo II, Audiencia general, 10-X-1984.

Aunque ni la Constitución conciliar ni la Encíclica, al afrontar el tema de los fines del matrimonio, empleen el lenguaje acostumbrado en otro tiempo, sin embargo, tratan de aquello a lo que se refieren las expresiones tradicionales. [14].

El Magisterio más reciente recoge tal enseñanza y, al mismo tiempo, pone en evidencia la sociedad conyugal que nace del pacto como una comunión total de vida: «la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación [...]. De este modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo; reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y la madre» [15].

En este sentido, también se suele hablar de los tres bienes del matrimonio:

a) el bonum prolis, o sea, el derecho mutuo, exclusivo y perpetuo a engendrar hijos y a educarlos, como objeto esencial del matrimonio (con la gracia conveniente);
b) el bonum fidei, correspondiente a la fidelidad y a la unidad del matrimonio, como propiedad esencial;
c) el bonum sacramenti, correspondiente a la indisolubilidad, símbolo de la indisoluble unión de Cristo con Su Iglesia.

De las características propias del matrimonio, como institución de orden natural, se originan obligaciones y derechos peculiares. Para los bautizados, como ya se ha dicho, el sacramento da solidez a las propiedades esenciales del matrimonio, y fortalece y consagra los deberes y la dignidad de tal estado. Además, el sacramento produce el aumento de la gracia santificante. Es sacramento de vivos, que –por tanto– requiere el estado de gracia en los contrayentes, para que confiera ese aumento. También infunde una gracia sacramental específica en el alma de los que se casan, que les ayuda a cumplir los deberes de su estado y a santificarlos. «El matrimonio está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo» [16]

Notas

[1] CIC, c. 1055 § 1 y Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1601.
[2] Pablo VI, Enc. Humanae vitae, 25-VII-1968, n. 8; cfr. Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, 22-XI-1981, n. 13.
[3] CIC, c. 1055 § 2.
[4] CIC, c. 1057 §§ 1 y 2.
[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1626.
[6] CIC, c. 1134.
[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1640.
[8] CIC, c. 1056.
[9] Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 19.
[10] Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, n. 49.
[11] San Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 97.
[12] Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 20.
[13] Cfr. en particular, Gaudium et Spes, n. 48 y 50, donde al menos unas diez veces en el texto se muestra la importancia primordial de la procreación y educación.
[14] Cfr. también la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a Mons. Quinn, arzobispo de S. Francisco (publicada el 7-XII-1979), con las observaciones sobre el libro: La sexualidad humana: Nuevas perspectivas del pensamiento católico, en su n. 1.
[15] Juan Pablo II, Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 14; cfr. CIC, c. 1055 § 1.
[16] San Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 91.

1 comentario:

Catolicidad dijo...

Favor de leer:

http://catolicidad-catolicidad.blogspot.com/2010/02/el-papa-pide-rigor-al-analizar-las.html