lunes, 3 de marzo de 2008

La suegra de Pedro


Famosa estatua de San Pedro bendiciendo, obra en bronce que la mayor parte de los críticos atribuye al escultor Arnolfo di Cambio (1245-1302). Algunos estudiosos, sin embargo, sostienen que se remonta al siglo V. En la figura, nótese el pie, desgastado por los fieles, que lo besan queriendo demostrar con este gesto su devoción al Santo.

A instancia de un lector en polémica con protestantes, se reproduce parcialmente el artículo «El sacramento del Orden», de Jean Galot, S.I., que trata entre diversas cuestiones sobre el estado de vida de San Pedro, para refutar las tesis erradas de quienes le consideran como un hombre casado, según el relato evangélico que le atribuye una penthera, que se traduce en general por «suegra» (Mc 1,30: «La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella»).

Contenido

Origen y finalidad del sacramento
El «carácter» sacerdotal
El estado de vida del sacerdote
El estado de vida de los Apóstoles
El estado de vida de Pedro

El sacramento del Orden

Autor: P. Jean Galot, S.I., Roma. Fuente:
http://www.clerus.org/

Origen y finalidad del sacramento

El sacramento del Orden tiene origen en la voluntad de Cristo al promover a algunos de Sus discípulos, haciéndoles participar de Su misma consagración y misión como ministros para que cumplieran en Su nombre las funciones sacerdotales.

El hecho fundamental es que Cristo es sacerdote, es el Hijo «a Quien el Padre ha santificado y enviado al mundo» (Jn 10,36). En Él Se cumplió un sacerdocio nuevo, único y perfecto, y quiso comunicar su participación a los que Él había llamado para que lo siguieran, en especial a un grupo de doce llamados Apóstoles. Cuando el evangelista Marcos dice que «instituyó a los Doce» (Mc 3,14.16) quiere presentar la constitución del grupo como una creación que inaugura el nuevo pueblo de Dios.

[...] Los relatos evangélicos [...] [muestran] a Jesús rodeado por numerosos discípulos. Entre ellos fueron elegidos los Doce. Los discípulos no son, pues, meros creyentes: son los que han seguido a Cristo y quieren dedicarse a Su reino. Ése es el sentido que, en el lenguaje de los evangelios, tiene siempre la palabra «discípulo». Así se explica que los discípulos hayan sido enviados por Jesús a una misión. El evangelio de Lucas se refiere, distintamente a la misión de los Doce y a otra misión: «El Señor designó a otros setenta y dos y los envió de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde Él había de ir» (Lc 10,1). Como antes hiciera con los Doce, Jesús les dirige a aquellos discípulos un discurso de misión.

Si comparamos las dos misiones, vemos que ambas tienen el mismo objetivo: la predicación de la buena nueva. Los setenta y dos discípulos reciben, como los Doce, la autoridad de Cristo en su enseñanza. Pero reciben una garantía: «Quien a vosotros os escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a Mí me rechaza; y quien me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado» (10,16). Los poderes conferidos a los dos grupos son semejantes. En especial, el poder de expulsar los demonios, explícitamente concedido a los Doce (Mc 3,15), es ejercido también por los setenta y dos, y el mismo Jesús proclama su eficacia: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo...» (Lc 10,17-19).

Allí aparece clara la voluntad de Cristo de instituir, junto con los Doce, a muchos discípulos para que les ayuden en el cumplimiento de su misión. Los Doce mantienen una autoridad superior, pero la misión es semejante. Jesús quiso que los Doce se rodearan de numerosos cooperadores, cuyo oficio sacerdotal fuera similar al de ellos. Fundó así la jerarquía, que debía contar no sólo con obispos, sino también con numerosos presbíteros. [Cf. Catecismo 1516: «Solo los sacerdotes (obispos y presbíteros) son ministros de la unción de los enfermos (cf Cc. de Trento: DS 1697; 1719; CIC, can. 1003; CCEO. can. 739,1)»]. [...].

El «carácter» sacerdotal

El ministerio sacerdotal es un servicio, pero no es un servicio como los demás. Quien se dedica a este servicio lo hace porque está consagrado. El sacerdocio de Cristo significa consagración y misión; en el sacerdocio de cada sacerdote se dan siempre una consagración y una misión, vividas en la participación en la consagración y la misión de Cristo.

La consagración personal del sacerdote es distinguida por la doctrina del «carácter». Dicha doctrina ha sido definida como doctrina de fe por el concilio de Trento, que sostiene que en los sacramentos del bautismo, la confirmación y el orden «se imprime en el alma un carácter, es decir cierto signo espiritual e indeleble, y por lo mismo no pueden ser reiterados» (DS 1609). La impresión del carácter es subrayada de manera más especial con referencia al sacramento del orden (DS 1767;1774).

El carácter significa que toda la persona es consagrada de manera definitiva y que el sacerdote jamás volverá a ser un laico. Por medio de la ordenación sacerdotal, Cristo se ha apropiado de todo el ser del sacerdote. Ha hecho de ese ser su propiedad orientando toda su actividad hacia el crecimiento de su reino, con un vínculo perpetuo de amor recíproco.

[La teología reconoce] en el carácter sacramental no sólo un signo de consagración, que implica la pertenencia más íntima a Cristo, sino también un signo de configuración, que imprime la figura de Cristo en la realidad más profunda del alma. La persona humana es plasmada según un modelo divino; más exactamente, el sacerdote es configurado según Cristo pastor. La imagen del buen pastor se imprime en el alma del que es ordenado, como principio y proyecto esencial del ministerio que ha de cumplir.

Si el sacerdote es llamado, específicamente, «otro Cristo», no lo es gracias una simple delegación jurídica, sino por la figura de Cristo sacerdote y pastor impresa en su alma, figura llamada a iluminar toda la actividad sacerdotal.

El estado de vida del sacerdote

El carácter sacerdotal, signo de consagración y configuración con Cristo, exige al sacerdote un estado de vida especial. Dicho estado de vida ha sido inaugurado por el mismo Jesús en Su existencia sacerdotal terrenal; Él ha querido compartirlo con Sus discípulos.

Entre las exigencias para que una vida que sea total propiedad de Cristo, dedicada al desarrollo de Su Reino, hay algunas muy importantes que han sido objeto de numerosas objeciones: la renuncia a la familia y al matrimonio, la renuncia al trabajo o a la profesión profana, la abstención de todo compromiso activo en la política.

En las recientes controversias, el ejercicio de una profesión profana, el compromiso activo en la política y la elección del matrimonio, han sido defendidos como derechos inalienables del hombre que el ministerio sacerdotal no puede abolir. Pero quizás un derecho no es una necesidad: el hombre tiene derecho de comprometerse en una profesión o una actividad que excluya otras; tiene derecho de renunciar a una actividad política o sindical; tiene derecho de escoger el celibato en preferencia al matrimonio. Quien se compromete en el ministerio sacerdotal ejerce derechos propios de su persona y no es privado de manera alguna de su dignidad ni de la responsabilidad por su mismo destino.

El llamamiento a una vida consagrada, dedicada Cristo y a Su reino, respeta la libertad de quienes han sido llamados. El episodio evangélico del rico, a quien se le propone personalmente renunciar a sus bienes para seguir a Cristo, demuestra dicha libertad. Jesús le dirigió una mirada de profundo amor (Mc 10,21), ofreciéndole la posibilidad de vivir con Él y de unirse a Su misión, pero, al mismo tiempo salvaguardó su libertad de tal manera que la invitación, aun siendo seductora, es rechazada con un gesto sombrío.

Ante las vacilaciones de ese hombre en el momento del llamamiento, Jesús no retrocede para obtener con mayor facilidad su consentimiento; no disminuye en nada sus exigencias, demostrando así que el llamamiento está inspirado sólo por las exigencias de un amor más elevado.

En oposición a un rico demasiado apegado a sus riquezas, Pedro aparece como el modelo de quienes han acogido por entero todas las exigencias del llamamiento. Le pregunta a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos pues?». El Maestro responde haciendo uso de la autoridad, que luego confiaría a los apóstoles sobre el nuevo pueblo de Dios, y subrayando la amplitud de la renuncia: «Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi nombre, recibirá ciento por uno y heredará la vida eterna» (Mt 19,27-29).

Este texto se completa con el de Lucas, que menciona la renuncia a la esposa (Lc 18,29; 14,26). La renuncia a la madre y al padre, a los hermanos y a las hermanas, son paralelas a la renuncia a la esposa y a los hijos, confirmada por el elogio del celibato voluntario (Mt 19,12).

Discernimos, en las palabras de Jesús, una triple renuncia fundamental: renuncia a la familia y al matrimonio, renuncia a los bienes, renuncia a la profesión. Dichas renuncias abarcan las dimensiones esenciales de la existencia humana: el ser relacional del hombre que, con la familia y el matrimonio, se inserta en la sociedad; la posesión del hombre, pues, al poseer bienes, extiende su poder sobre el mundo y asegura su porvenir material; el quehacer del hombre que, por medio de la actividad profesional, abastece su existencia y colabora en el desarrollo del bienestar social. De esta manera, con su llamamiento, Cristo reivindica la posesión de la persona con todas sus facultades.

Dejarlo todo para seguir a Cristo: la fórmula utilizada por Pedro muestra que ha comprendido la exigencia de una renuncia universal, ínsita en el llamamiento, y que la ha aceptado plenamente. El amplio horizonte de la renuncia ayuda a comprender el sentido del celibato, que no es sólo una renuncia a las cosas de la carne, sino que quiere establecer una adhesión más profunda a Cristo, reconociéndolo como la finalidad absoluta de la vida humana y el amigo siempre presente que da un valor superior a cada momento de la existencia. Ese «dejarlo todo» es inseparable del «seguir a Cristo»; y debe ser vivido en su totalidad para que la unión con Cristo, esencial para toda la actividad sacerdotal de la predicación, el culto, el testimonio de vida y de solicitud pastoral, pueda dar sus frutos.

El estado de vida de los Apóstoles

Opiniones muy distintas han sido expresadas sobre el estado de vida de los Apóstoles. A menudo, estas opiniones se han fundado en lo que dicen los apócrifos. Un análisis cuidadoso demuestra, sin embargo, que las únicas afirmaciones confiables de que disponemos sobre todos los apóstoles son las que encontramos en los evangelios.

En los relatos evangélicos, no se habla nunca de esposa o de hijos en referencia a un apóstol. La exigencia de «dejar» a la esposa o a los hijos no significa abandonar a una esposa o a los niños, sino renunciar a tener esposa e hijos. Jesús, que proclamó el matrimonio indisoluble, no hubiera separado nunca a un hombre de su mujer. Como exigía la voluntad de dejarlo todo para seguirlo, así llamó sólo a hombres no casados y los comprometió en el camino del celibato. Todos los discípulos, y entre ellos los apóstoles, fueron, pues, célibes.

Jesús vivía en el celibato y quería compartirlo con Sus discípulos: era uno de los que se habían hecho eunucos por el Reino (Mt 19,12). Suscitó ese compromiso, pero nunca hizo una ley; promovió un ideal que iba a crecer conforme se fue desarrollando la Iglesia.

En un principio, ese ideal fue vivido por los apóstoles, como atestigua san Pablo, que reivindica su derecho de apóstol de «llevar consigo una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas» (1 Cor 9,5). Viviendo en el celibato, los apóstoles se beneficiaban de los servicios domésticos de una mujer que los acompañaba como una hermana. Cefas, es decir Pedro, también vivía en el celibato.

La expresión «mujer hermana» ha sido interpretada y traducida a menudo, de manera inexacta como «mujer creyente». En realidad, los apóstoles habían aplicado la solución propuesta por Jesús para los servicios domésticos de quienes vivían en el celibato: la presencia de mujeres (cf. Lc 8,2-3) que se ocupaban de esos quehaceres, manteniendo la distancia de «hermanas».

Siguiendo la tradición judía del sacerdocio, durante los primeros siete siglos, muchos sacerdotes estuvieron casados: pero finalmente, el ideal del celibato se impuso como regla en la Iglesia occidental.

El estado de vida de Pedro

El caso de Pedro merece mayor atención, no sólo porque fue el primer jefe de la Iglesia y ejerció en su grado más alto el ministerio sacerdotal, sino porque ha sido considerado como un hombre casado, según el relato evangélico que le atribuía una «suegra».

Pero si hubiera estado casado, ¿cómo puede ser que no se hable nunca de su mujer y de sus hijos? ¿Y cómo hubiera podido afirmar, con total sinceridad: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido»? Era consciente de haber hecho un gran sacrificio, renunciando a tener mujer e hijos. Por lo tanto, no podía haber estado casado. Jesús jamás hubiera separado a un hombre de una mujer y es difícil imaginar que Pedro fuera viudo. No le fue impuesta una renuncia, sino que, por su decisión personal, lo dejó todo. Estamos obligados a admitir que Pedro era célibe y, luego, vivió voluntariamente en el celibato.

Si Pedro hubiera estado casado, no se entiende por qué su casa es llamada «la casa de Simón y Andrés», si en esa casa hubiera vivido con su hermano y los suegros. Además, es digna de atención la ausencia de una esposa para el servicio. Son estas dificultades que desaparecen si admitimos que Simón vive en su casa, con sus padres, y si atribuimos otro sentido a la palabra «penthera» (Mc 1,30), que se traduce en general por «suegra» [del lat. vulg. socra, y este del lat. socrus: “madre del marido respecto de la mujer, o de la mujer respecto del marido”].

En sentido propio, el término «pentheros» designa a una persona que entra a formar parte de una familia por medio de una alianza, de un matrimonio: un suegro, un cuñado, un yerno. En femenino, puede designar a la suegra, pero también a la segunda esposa del padre. Se puede suponer que el padre de Simón, después de la muerte de su esposa, volviera a casarse.

En el relato evangélico, todo se aclara si se admite que la «penthera» es la segunda esposa del padre de Simón, la mujer que recibe y sirve a los huéspedes.

La casa es la de Simón y Andrés, la casa de su familia; ni uno ni otro estaban casados.