lunes, 24 de marzo de 2008

San Ignacio y el espíritu de la Caballería (I)


No vamos a relatar la vida del santo, que damos por conocida, al menos en sus líneas generales. Pero sí tratar de exponer algunas facetas de su rica personalidad –con especial miramiento a su Ideal Caballeresco–, que hacen de él un verdadero arquetipo para todo el que no se haya resignado a la mediocridad. La estampa de San Ignacio fue esencialmente la de un Caballero durante lo que él llamó «su vida desgarrada y vana», lo siguió siendo luego de su conversión, y hasta el fin de su existencia.

1. El ambiente del joven Íñigo

Para mejor comprender esta gran figura nos convendrá considerar el ambiente que le vio nacer y en donde transcurrió su niñez y juventud. Los Loyola pertenecían a una familia de nobles, una de las diez principales familias del país vasco, que eran llamados parientes mayores, lo que implicaba un derecho reconocido por escritura a que el Rey los invitase en ciertas ocasiones a la Corte. Por parte de su madre, doña María Sáenz de Licona, Ignacio provenía también de una familia noble de Guipúzcoa.

Pero los Loyola no eran simplemente nobles sino también aristócratas de provincia, con lo que queremos decir que estaban en permanente contacto con la gente labriega del pueblo vasco. De ahí que la infancia y la adolescencia del joven Íñigo transcurrieran entre la relativa elegancia del castillo solariego o casa-torre y la alquería aldeana de Eguíbar. Hasta el fin de su vida será advertible esta influencia campesina, por ejemplo en el español defectuoso de sus cartas...

Bebió asimismo del ambiente su inclinación militar. Refiriéndose a la juventud de Íñigo en el castillo paterno escribiría su secretario y confidente, el P. Jerónimo Nadal: «Pronto se encendió en él una especie de fuego noble, y no pensaba en ninguna cosa, sino en distinguirse en la fama militar». Ello era, al parecer, una herencia recibida.

El P. Pedro de Leturia, excelente historiador de San Ignacio, señala que en base a las fuentes históricas que poseemos, es posible afirmar que la tradición militar de los Loyola no arranca inicialmente de gloriosas hazañas contra los moros, que jamás llegaron a sus montañas, sino de una contienda de menor nivel, casi aldeana, entre Guipúzcoa y Navarra, pueblos hermanos por sangre y religión. Cuando los Reyes Católicos suben al poder, al tiempo que se fueron extinguiendo las luchas intestinas, se encendieron ideales universalistas, ausentes hasta entonces en la tradición militar de los Loyola. Y así, a partir de 1480, la familia, trascendiendo los reducidos marcos de los conflictos pueblerinos, se dispersó en pocos decenios por el viejo y nuevo mundo.

Don Beltrán mismo, el padre de Íñigo, acompañó a los Reyes durante la campaña de Granada, y las fuentes le llaman «generoso Caballero y gran Soldado»; Juan, el hermano mayor, «perdió animosamente la vida en las guerras de Nápoles», el año 1496; un segundo hermano, llamado Bernardo, «hacia 1510 pasó a las Indias para su conquista, y falleció en Tierra firme»; Martín, el heredero por muerte del primogénito, intervino en 1512 en la batalla de Belate contra los franceses; otro hermano, finalmente, cuyo nombre desconocemos, marchó a Hungría y cayó hacia 1542 luchando contra los turcos.

Apenas es posible reflejar con más celeridad y precisión en el seno de una familia aquella profunda y heroica transformación que bajo los Reyes Católicos y Cisneros experimentaron Castilla y Guipúzcoa. Ya no más luchas de aldea sino Cruzada universalista, que recibió forma poética, dos años antes del nacimiento de Íñigo, en el Romance en memoria de Alixandre, al que pondría música el futuro párroco de Azpeitia, Juan de Anchieta. Detrás de Granada, surge ante los ojos del vate la ciudad de Jerusalén, en cuyo Santo Sepulcro espera a los Reyes nada menos que la Corona Imperial... La toma de Granada, con su prolongación mediterránea desde Orán a Argel, y aquella otra Cruzada conquistadora de las tierras descubiertas por Colón que inesperadamente vino a continuarlas, mostraron durante la juventud de Íñigo que había algo más que ensueños en los arrestos caballerescos del poeta.

En ese ambiente de heroísmo generalizado, se explica el auge que conoció la literatura caballeresca. «El influjo y propagación, de los libros de Caballerías –escribe Menéndez y Pelayo– no fue un fenómeno español sino europeo. Eran los últimos destellos de la Edad Media próxima a ponerse». Dicho género literario, nacido fuera de España, no arraigó por demasiado fantástico en Castilla hasta que, conquistada Granada y descubierta América, apareció, en 1508, la traducción española del Amadís de Gaula, con acomodaciones de García Rodríguez de Montalvo, en cuyo prólogo se alude a los puntos de contacto que ofrece el espíritu de la obra con el que impregnó la gran gesta de la conquista de Granada.

La aparición de este libro, «uno de los que por más tiempo y más hondamente imprimieron su sello, no sólo en el dominio de la fantasía, sino en el de los hábitos sociales» –como afirma el mismo Menéndez y Pelayo– con sus lances heroicos, sus luchas por mar y tierra contra gigantes y hechiceros, sus impulsos amorosos y sus laxitudes morales, mezclado todo ello con una ingenua fe religiosa, inspiró la atmósfera que respiraron los hombres de aquella época, en España y fuera de ella, lo que hace fácilmente comprensible el reflorecimiento del ardor militar en los hermanos de Ignacio y no menos el deseo que en él se encendió de «seguir la soldadesca».

Y así escribe el P. Nadal: «Aunque educado con distinción de noble en su casa, no se dio sin embargo a los estudios, sino movido de una suerte de ardor generoso, se entregó, conforme a las tradiciones de la nobleza de España, a merecer la gracia del Rey y de los magnates, y a señalarse en la gloria militar».

Otro de los elementos que caracterizaron el ambiente donde Íñigo vivió su juventud es aquella Fe robusta, sencilla y como connatural del español aldeano. Más tarde, él mismo y sus más íntimos colaboradores, sospechados a veces por la Inquisición, apelaron a ella para abonar la puridad de su ortodoxia. «En mi patria no suele haber judíos», fue la respuesta que dio en Alcalá al Vicario Figueroa, cuando éste le preguntó si guardaba el sábado. Y cuando en 1554, el P. Nadal diera a conocer un escrito en defensa de los Ejercicios Espirituales afirmaría:

«Es Ignacio español, y procede de la primera nobleza de la provincia de Guipúzcoa y Cantabria, en la que tan incontaminadamente se conserva la Fe. Tal es el celo y constancia que desde tiempo inmemorial tienen por ella sus habitantes, que no permiten vivir allí a ningún cristiano nuevo, ni desde que hay memoria de cristianismo se sabe de uno solo a quien se haya notado ni de sospecha de herejía».

Tal fue el ambiente que respiró el joven Íñigo. Hugo Rahner, en un luminoso estudio que escribió sobre nuestro santo, dice que en aquella herencia cultural se encuentra ya en germen tanto el libro de los Ejercicios, como también la Compañía de Jesús.

Después de su innata lealtad al Rey Católico y sus ideales político-religiosos que abarcaban todo el mundo; después de su divagador fantasear con los personajes del Amadís que incitaba a valerosas hazañas por el Rey, se entiende fácilmente su paso al Rey Eternal, su paso a Dios, al que gustará llamar Su Divina Majestad, con la consiguiente invitación al magis, adverbio predileccionado por el santo, al más, que arranca al hombre de su mediocridad y lo vuelca a señalarse en el servicio de Dios. «Así se nos manifiesta ya por la herencia y la educación de Íñigo los contornos de su ideal futuro: el libro de los Ejercicios y la Compañía se forman desde abajo, como la obra del noble y del soldado: su ideal es el magis del sentimiento de un aristócrata», concluye Rahner.

2. De la Caballería temporal a la Caballería espiritual

Pero no adelantemos etapas. Íñigo se inició en la Corte, y fue allí, junto al Rey Fernando, donde acabó de formarse en su alma aquel fondo de hidalguía y señorío, incoado ya junto a sus padres en la casa-torre, que depurado más tarde de toda escoria mundana, se revelaría tan palmariamente en sus cartas a nobles, obispos y príncipes de toda Europa.

En 1512, don Fernando había conquistado el Reino de Navarra. y en 1515 dicho Reino era incorporado a la Corona de Castilla. Pero ahora estamos ya en la época de Carlos V, quien se encuentra en guerra con Francisco I de Francia. Una de las fortalezas que había que defender era Pamplona. Y allí lo tenemos a nuestro Íñigo, decidido a luchar con ardor. Frente al ataque de los franceses, los defensores vacilan, incluido su Comandante. El P. Juan de Polanco, que sería secretario y confidente de San Ignacio, así describiría la situación:

«Queriendo el dicho don Francisco [de Viamonte] salirse de la ciudad, por no le parecer que podría resistir a la fuerza de los franceses, tuviendo también sospecha de los mismos de Pamplona, Íñigo, avergonzándose de salir, porque no pareciese huir, no quiso seguirle, antes se entró delante de los que se iban en la fortaleza para defenderla con los pocos que en ella estaban».

Ante su Jefe que se retiraba, Íñigo trazó su propio camino de Honor, acompañado de los que querían «señalarse en todo servicio a su Rey», un puñado de Caballeros. Fue entonces cuando cayó herido por las esquirlas de un cañonazo, y conducido a su casa natal. Allí lo tenemos ahora a nuestro Caballero enfermo, recluido en un cuarto del castillo, que sería el escenario de su conversión. Aburrido por la larga convalecencia, pidió algún libro, preferentemente de Caballerías, quizás el Amadís, o su continuación, Las Sergas de Esplandián. Pero, al parecer, no encontraron lo que solicitaba. El mismo así lo relató en su Autobiografía, que dictaría en los últimos años de su vida a uno de sus primeros compañeros, el P. Luis Gonçalves de Cámara, razón por la cual está escrita en tercera persona:

«En aquella casa no se halló ninguno de los [libros] que solía leer, y así le dieron una Vita Christi y un libro de la Vida de los Santos en romances; por los cuales, leyendo muchas veces, algún tanto se afícionaba a lo que allí hallaba escrito».

El carácter mismo del Flos Sanctorom, el libro de la vida de los santos, «en romances», con su pintoresca galería de héroes y heroínas de la virtud, repartidos por tierras y situaciones tan diversas, cuyas vidas se recargaban a veces con extravagantes episodios y aventuras hazañosas, a semejanza de las novelas de Caballería, no dejaría de atraerle. El autor del prólogo era un tal Gauberto M. Vagad, quien en su juventud había sido Alférez del hermano del Rey de Aragón; de ahí el dejo militar de sus posteriores escritos, como el que se trasunta en la siguiente estrofa:

«Tengo el santo sacerdocio,
la santa Caballería,
común bien;
Vos el tiempo dado al ocio,
la costumbre a tiranía
y a desdén...».

El hecho es que Ignacio, luego de leer las vidas de San Francisco y de Santo Domingo, comenzó a preguntarse: «¿Qué sería si yo hiciese esto que hizo San Francisco o Santo Domingo?». y poco después la resolución: «Mas todo su discurso era decir consigo... San Francisco o Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo que hacer». Es muy probable que Íñigo haya encontrado también en el Flos Sanctorum, en la parte donde se expone la vida de San Agustín, aquella referencia a la gran obra de teología de la historia que escribiera dicho santo, De Civitate Dei, donde se lee:

«Trata San Agustín de dos ciudades, de Jerusalén y de Babilonia, y de sus reyes. Y Rey en Jerusalén es Cristo, rey en Babilonia es el diablo. Y dos amores son los que han edificado estas ciudades: la ciudad del diablo procede del amor propio, que llega hasta el desprecio de Dios, la ciudad de Dios procede del amor de Dios, que llega hasta el desprecio de sí mismo».

Sin duda que ya desde ahora se fue llevando a cabo el encuentro de la noble magnanimidad innata y adquirida del santo con las ideas fundamentales que formarían el núcleo de los Ejercicios. Tanto en sus lecturas como en las mociones primeras de su conversión están en germen las meditaciones del Reino de Cristo y de Dos Banderas –su visión de las Dos Ciudades agustinianas–, goznes esenciales de la espiritualidad ignaciana. Pero todavía se sentía perplejo, sin atreverse a dar el salto definitivo. Su imaginación alternaba pendularmente entre la vieja Caballería y la nueva, «deteniéndose siempre en el pensamiento que tomaba, o fuese de aquellas hazañas mundanas que deseaba hacer o de estas obras de Dios que se le ofrecían a la fantasía, hasta tanto que de cansado lo dejaba y atendía a otras cosas»

Advirtamos cómo cuando pensaba en los santos, sentía, sí, admiración frente a aquellos arquetipos, y ansias de emulación, pero la tesitura era todavía demasiado humana, demasiado natural. Hasta que por fin entendió que todo ello debía ser «con la gracia de Dios». La expresión aparece ahora por primera vez para no abandonarlo más, ni en la vida ni en los Ejercicios. La conversión de Íñigo estaba consumada.

Agreguemos un dato curioso. De esta época nos dicen sus biógrafos que soñaba con una dama, la obligada dama de los pensamientos y dueña del corazón de todo esforzado Caballero. No se sabe de cierto quién haya sido concretamente dicha dama, si la Infanta Leonor, o la Infanta Catalina, ambas hermanas de Carlos V, «la más linda cosa que hay en el mundo», se decía de esta última. Pero también aquí se dio la feliz transposición:

«Si se quiere decir quién fue la dama, a la que él incondicionalmente sirvió desde el momento de su conversión –escribe el P. Victoriano Larrañaga–, quién fue aquella para la que soñó las más grandes empresas, quién la que ocupó el primer puesto en su corazón generoso, no hay duda ninguna en afirmar que ella fue la Santa Madre Iglesia, en cuanto Cristo viviente, en cuanto Esposa de Cristo, a la que no se contentó con servir personalmente toda su vida, sino que quiso dejarle su obra fundamental, su Compañía, para perpetuar en ella un espíritu de amor y de servicio, un espíritu de sacrificio en el servicio mismo, que hacen de esta milicia su razón de ser y su característica fundamental».

Sea lo que fuere, el hecho es que nuestro Íñigo, sintiéndose ya mejorado, resolvió dirigirse a Montserrat para velar allí sus armas en honor de Nuestra Señora. Hizo el viaje montado en su mula, marchando aprisa para llegar pronto. Iba todavía suntuosamente ataviado, con su elegante traje de Caballero. En los procesos se dice que «sus vestidos eran ricos, preciosos y delicados» y que «andaba muy bien vestido al modo y talle del Soldado».

Señalemos en esta peregrinación dos hechos de índole típicamente caballeresca, de los que se encuentran reminiscencias en el Amadís, y que pasaron de la Autobiografía a la Literatura y al Arte. Ante todo la aventura con el moro, que Calderón de la Barca elevaría a la categoría de drama religioso en su obra El gran Príncipe de Fez.

Íñigo caminaba embebido en sus propios pensamientos. Y «yendo por su camino le alcanzó un moro». La obligada pregunta de tales circunstancias acerca del lugar al que se dirigía, debió dar ocasión a que Íñigo nombrara Montserrat y a la Virgen: «Y vinieron a hablar de Nuestra Señora». Sin duda que el peregrino ha de haber dicho algo sobre la pureza de su Señora, a lo que el moro se atrevió a poner reparos: virgen antes del parto, pase, pero virgen en el parto «no lo podía creer, dando para esto las causas naturales que a él se le ofrecían». El enamorado de la Virgen se enredó en una disputa tenaz, tratando, de dar al moro «muchas razones».

Pero no bastaron los razones. «Y así el moro se adelantó con tanta prisa, que le perdió de vista». Esta brusca partida del jinete y el trote veloz de su mula, dejan vislumbrar que el diálogo se había ido encrespando, y que el moro, quizás a la vista del acero toledano que ceñía el vasco, y estando ya por llegar a su destino quiso evitar a tiempo irrevocables consecuencias. ¿Qué hizo Íñigo? Nos lo dice la Autobiografía:

«Y en esto le vinieron unas mociones que hacían en su ánima descontentamiento, pareciéndole que no había hecho su deber; y también le causaba indignación contra el moro, pareciéndole que había hecho mal en consentir que un moro dijese tales cosas de Nuestra Señora, y que era obligado a volver por su honra. Y así le venían deseos de ir a buscar al moro y darle de puñaladas por lo que ha dicho. Y perseverando mucho en el combate de estos deseos, al fin quedó dubio, sin saber lo que era obligado a hacer».

Llegó, mientras tanto, a una bifurcación del camino. ¿Por cuál habría ido el moro? ¿Qué hacer? «Y así –termina el relato–, después cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa cierta a que se determinase, se determinó en esto: de dejar ir a la mula con la rienda suelta hasta el lugar donde se dividían los caminos; y que si la mula fuese por el camino de la villa, él buscaría al moro y le daría de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar... La mula tomó el camino real, y dejó el de la villa».

El segundo hecho de índole caballeresca, con el que Íñigo dio por clausurada su peregrinación, fue la vela de armas. En referencia a ella escribe el P. Laínez: «Viniéndole a la memoria cómo los noveles Caballeros se solían armar para ordenarse y dedicarse a la Milicia, tomó voluntad de imitarlos en dedicarse al servicio de Dios».

Ya en las Siete Partidas, Alfonso el Sabio había tratado de la vela nocturna de oración a Dios que había de preceder al acto de armarse Caballero. «E cuando esta oración ficiese –dice el texto–, ha menester de estar los hinojos fincados, e todo lo al en pie, mientras lo pudiese sufrir. Ca la vigilia de los Caballeros no fue establecida para juegos, ni para otras cosas, si non para rogar a Dios ellos e los otros que y fuesen, que los guarde e que los enderece e los alivie, come a omes que entran en carrera de muerte». Volviendo a lo que hizo San Ignacio leemos en Nadal: «Con esta ceremonia comenzó su nueva vida, velando toda la noche y haciendo oración ante la imagen de la Virgen sacrosanta, al modo con que los que han de ser armados Caballeros velan sus armas con el solemne y antiguo rito de los nobles».

Es indudable que Ignacio se inspiró asimismo en los libros de Caballerías. Lo dice expresamente la Autobiografía: «Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquéllas; y así se determinó de velar sus armas». ¿Cómo describe el Amadís esta vigilia? Se lo puede ver al término del libro cuarto, donde relata detalladamente la vela de armas de Esplandián, el primogénito y heredero de Amadís: «Esplandián estaba entre ellos tan fermoso, que su rostro resplandecía como los rayos del sol, tanto que facía mucho maravillar a todos aquellos que le veían fincado de hinojos con mucha devoción e grande homildad, rogándole [a la Santísima Virgen] que fuese su abogada con el su glorioso Hijo, que le ayudase y enderezase en tal manera, que siendo su servicio, pudiese cumplir con aquella tan gran honra que tomaba...»

«Así estuvo toda la noche, sin que en cosa alguna fablase, sino en estas tales rogarías y en otras muchas oraciones, considerando que ninguna fuerza ni valentía, por grande que fuese, tenía más facultad que la que allí otorgada le fuese». Parece evidente que el santo se refería a este pasaje en su confidencia sobre el Amadís al P. Cámara.

El monasterio de Montserrat al que Íñigo había llegado, era, a principios del siglo XVI, uno de los centros de la restauración católica impulsada en España por la reforma de Isabel y de Cisneros. Allí nuestro santo se confesó detalladamente, repudiando toda su vida pecadora. Luego, se dice en la Autobiografía, «concertó con el confesor que mandase recoger su mula, y que la espada y el puñal colgasen en la iglesia en el altar de Nuestra Señora».

Así llegó la noche del 24 al 25 de marzo de 1522, fiesta de la Anunciación de Nuestra Señora y de la Encarnación del Verbo. A las primeras sombras del anochecer, se despojó de sus vestidos, y los cambió por los de un mendigo, entrando luego en la iglesia donde pasaría toda la noche, ya de rodillas, ya de pie, encomendándose a Nuestra Señora, y ofreciéndose a Cristo como Caballero que se disponía a imitarlo en todo. Al llegar el alba dio por terminada su vigilia. Lope de Vega dedicaría un bello romance a esta Vela de armas de Íñigo, a cuyo término dice:

«No se ha de preciar España
de Pelayo ni del Cid,
sino de Loyola solo
porque a ser su sol venís».

De la Caballería temporal a la Caballería espiritual, dijimos. De Soldado del César a Soldado de Cristo. La continuidad es evidente. Años después, cuando ya hubiese fundado la Compañía de Jesús, el papa Marcelo II le diría: «Tú recoge Soldados y hazlos combatientes; Nos los usaremos». El Caballero de Cristo ha consagrado su espada a Nuestra Señora. Sólo le faltaba una cosa: la iluminación de lo alto.