jueves, 8 de mayo de 2008

Salmo 42

V. Iudica me Deus, et discerne causam meam de gente non sancta:
ab homine iniquo et doloso erue me.
R. Quia tu es Deus fortitudo mea:
quare me repulisti,
et quare tristis incedo, dum affligit me inimicus?
V.
Emitte lucem tuam, et veritatem tuam:
ipsa me deduxerunt, et adduxerunt
in montem sanctum tuum, et in tabernacula tua.
R. Et introibo ad altare Dei:
ad Deum qui laetificat iuventutem meam.
V.
Confitebor tibi in cithara Deus, Deus meus:
quare tristis es anima mea, et quare conturbas me?
R. Spera in Deo, quoniam adhuc confitebor illi:
salutare vultus mei, et Deus meus.

«Quiera el Señor conceder a todos nuestros hermanos ancianos el don del Espíritu que anunciaba e invocaba el salmista, cuando cantaba: “Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría... ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: ‘Salud de mi rostro, Dios mío’” (Sal 43, 3-5).

¡Cómo no recordar que en la versión griega que se suele llamar de los LXX, seguida por la Vulgata latina, el texto original hebreo del versículo 4 se interpretaba y traducía como invocación al Dios “que alegra mi juventud” (Deus, qui laetificat iuventutem meam)!

Los sacerdotes de más edad hemos repetido durante muchos años esas palabras del salmo que se rezaba al comienzo de la misa. Nada impide que en nuestras oraciones y aspiraciones personales, incluso durante nuestra ancianidad, continuemos invocando y alabando al Dios que alegra nuestra juventud y se suele llamar, con razón, una segunda juventud».

Juan Pablo II, Audiencia de 7 de septiembre de 1994.