miércoles, 21 de mayo de 2008

Reportaje: El último español que resiste en Bagdad

El padre Manuel Hernández se ha quedado solo en la misión de los padres carmelitas de Bagdad. Allí celebra Misa para los pocos fieles que quedan y ordena la gran cantidad de los libros de la biblioteca del convento.

Autor: Gervasio Sánchez. Fecha: 18/05/2008. Fuente: El País.

Los silbidos de los proyectiles se escuchan con nitidez y los estruendos hacen temblar los cristales pero el padre Manuel Hernández no para de hablar de política española como si la vida le fuera en ello. «Manolo, qué te importa lo que hagan o dejen de hacer los socialistas con la que aquí hay liada», le espeto cariñosamente mientras resoplo sobre el café con leche hirviendo que me ha preparado. Pero el único español que vive de forma permanente en Bagdad desde hace cuatro años no va a desaprovechar una de sus escasas oportunidades de lanzar improperios a diestro y a siniestro en el primer idioma que conoció.

Bagdad se ha despertado con dos tormentas: una de polvo arenoso que se cuela por cualquier intersticio y condimenta todo lo que uno se echa a la boca y otra de fuego real que ha convertido la Zona Verde, donde residen las autoridades iraquíes y estadounidenses, en un festival de explosiones.

La iglesia de Nuestra Señora de Fátima, donde vive el padre Manuel con dos compañeros iraquíes, nunca ha sido el centro de ninguna guerra, pero siempre ha estado en la trayectoria favorita de los artilleros obsesionados por poner en entredicho la seguridad del área más protegida del mundo.

En las últimas semanas los lanzamientos de cohetes Katiuska o proyectiles de mortero desde posiciones chiies en Ciudad al Sader son tan cotidianos que ya no inmutan a las familias de pájaros que cantan en el patio de la misión. En 2005 tuvieron que convivir durante muchos meses con los combates entre los insurgentes suníes, atrincherados en la calle Haifa, apenas a un kilómetro en línea recta de la misión, y los soldados estadounidenses. Hasta que un proyectil se estrelló contra el exterior de la iglesia provocando sólo daños materiales. Él lo explicó de forma elocuente: «Es como si tirasen las bombas con la mano. Como un día el artillero esté flojo nos cae encima».

El padre Manuel es uno de los mejores termómetros para medir la intensidad del daño y el miedo que produce esta guerra abierta que ya dura más de cinco años. Aunque vive en un encierro perpetuo que sólo ha violado en contadas ocasiones para visitar la embajada española y saborear una buena comida ofrecida por el embajador Ignacio Rupérez o a algún enfermo de las barriadas cercanas tiene siempre información de primera mano que consigue a través de los testimonios de los fieles cristianos que visita la iglesia de manera regular.

Recuerdo cuando lo visité en 2007. Por fin habían reforzado la puerta y puesto un circuito interno de televisión aunque luego supe que los niños vecinos habían cortado los cables dejándolo inservible. «Hace un año te dije que la situación no podía empeorar. Pues me equivoqué: hemos vivido bajo el terror durante los últimos meses. De junio a septiembre de 2006 secuestraron a nueve religiosos. Dos de ellos fueron degollados y los otros siete liberados después de pagar elevados rescates. Los sobrevivientes fueron maltratados. Les quemaron con cigarrillos, les golpearon con hierros en la cabeza. Una guerra tiene bandos, unos se visten de azul o verde y otros de negro o marrón. Hay combates y hay reglas. Aquí el terror nunca muestra su rostro», relató el misionero «nacido con hambre» en Guadix (Granada) en 1940.

Un año después, también se ha desbordado su sentimiento antiestadounidense, él que siempre había defendido la invasión para acabar con el régimen de criminales de Sadam Husein. «Los iraquíes se han vuelto alérgicos a Estados Unidos. Llevan años sometiendo a la población a su gatillo fácil y su prepotencia. Pensamos que la anarquía y el caos nos envolverían si ellos se fueran. Pero actúan con tanta suficiencia que no dejan trabajar al gobierno y fuerzas de seguridad locales. Vivimos en un círculo vicioso. Con ellos mal, sin ellos quizá peor. No hay solución ni con ellos ni sin ellos».

Es Viernes Santo de 2008. El padre Manuel acaba de regresar a Bagdad después de pasar unos meses en España acompañando a Zahra, una niña de diez años afectada por graves quemaduras en el cuello y las axilas durante una explosión de un coche bomba, operada en el madrileño Hospital de la Paz, en Madrid. Está vestido para decir Misa e inicia el paseíllo hasta el altar mayor. Se encuentra pletórico: el templo está a rebosar: «Aquí puedo poner el cartel de completo». Alrededor de 200 feligreses de distintos ritos han desafiado el miedo y han llegado de manera discreta a la iglesia desde diferentes barrios minutos antes de empezar el acto. Un coro acompañado de un órgano eléctrico, una guitarra y un violín ameniza las diferentes partes de la ceremonia. Los fieles son caldeos, que siguen el rito católico oriental, maronitas, sirios católicos, grecocatólicos y también cuatro mujeres musulmanas del vecindario devotas de la virgen María. «Durante la oración de la mañana rezamos por las víctimas de la noche anterior y en la Misa de tarde por las que ha habido durante el día», explica el padre Manuel.

Muchas parroquias han tenido que echar el cierre ante la ola de violencia sectaria que sufre el país desde hace dos años. Los cristianos siguen conmocionado por la muerte en cautividad del arzobispo caldeo de Mosul, Paulos Faraj Rahho, después de que fuese secuestrado por un grupo armado el pasado 29 de febrero.

Con sentido del humor confiesa que a veces se enfada con Dios y entona su plegaria favorita: «No te pedimos un milagro diario sino que nos alivies un poco del mal, ¿o es que te has tomado una dosis de morfina que te impide escuchar los gritos de Tu pueblo?».

Sorprende el número elevado de jóvenes que asisten al acto litúrgico. El padre Manuel tiene una explicación: «Las dificultades crean jóvenes más firmes e intrépidos. En cambio, las comodidades que se viven en Occidente los vuelven más débiles y acaban refugiándose en lo más fácil».

Irak fue una de las cunas del cristianismo. Antes de la caída del régimen de Sadam Hussein, las distintas comunidades sumaban un millón de fieles. La más numerosa era la caldea, seguida de la armenia y la asiria, divididas en las ramas católica y ortodoxa. En las primeras semanas de la ocupación, comenzaron los ataques contra negocios de cristianos, entre ellos varios expendios de licores, con el resultado de una decena de muertos en Bagdad y Mosul. La comunidad cristiana, de alto nivel económico, sufrió decenas de secuestros.

El país fue sacudido en agosto de 2004 y enero de 2006 con dos olas de ataques coordinados con coches bombas contra iglesias en Bagdad, Mosul y Kirkuk que costaron la vida a una veintena de fieles. Algunas comunidades religiosas fueron visitadas por personas que portaban mensajes amenazantes. Las cuatro calles que permiten llegar hasta la iglesia de Fátima fueron clausuradas al tráfico con pilones y vallas por recomendación de las fuerzas estadounidenses.

Pero el padre Manuel y sus compañeros iraquíes se negaron a cerrar la iglesia porque no querían convertirse en «rehenes de las amenazas». Los insurgentes más radicales, vinculados a la red terrorista de Al Qaeda, habían decidido que los «cruzados cristianos» eran tan objetivo militar como los soldados ocupantes.

El padre Manuel, perteneciente a la Orden de los Carmelitas Descalzos, llegó por primera vez a la capital iraquí el 9 de marzo de 2004, dos días antes de los atentados de Madrid y a pocas semanas del inicio de una ola de secuestros de extranjeros que cambiaron dramáticamente las reglas del juego en Irak.

Cuando apenas llevaba un mes en Bagdad empezó a ser más precavido y dejó de dar Misa en una residencia con 38 ancianos. [...].

Durante aquellos meses de pánico recibió presiones para abandonar el país. Pero él dio una razón incuestionable para no hacerlo: «El misionero tiene que compartir el sufrimiento de sus feligreses. Qué les digo a mi vuelta si no participo de los momentos más duros de su existencia. No podría mirarles a la cara». A Marcos Vega, entonces máximo responsable de la embajada de España en Irak, que vivía atormentado ante la posibilidad de que el misionero fuese víctima de un atentado, le dijo con sorna: «Usted quiere que me vaya para irse detrás de mí».

Desde aquel 2004, los únicos españoles en Bagdad son el personal de la embajada, que vive atrincherado entre bloques de cemento armado de cinco metros de altura y alambradas, y los escasos periodistas que visitan el país en estancias cada vez más cortas. La colonia española, que llegó a tener unos 200 residentes en sus mejores años, es apenas un recuerdo en la memoria. La última evacuación se produjo poco antes de iniciarse la invasión de Estados Unidos en marzo de 2003.

El padre Manuel se levanta a las seis y cuarto de la mañana. Después de rezar, desayunar y organizar el menú del día, dedica la mayor parte de la mañana a ordenar la gran biblioteca de la misión, afectada por el abandono, y que se ha convertido en su principal dedicación desde que llegó a Bagdad.

En las estanterías se alinean los libros en francés, inglés, árabe, hebreo, lenguas orientales y algunos en español, ordenados por especialidades, y también hay algún que otro incunable. Alguna vez se produce un desastre como con una Biblia de 1887, escrita en caldeo, comida por las termitas. Entre los libros más curiosos destaca uno de 10 centímetros de altura de 1649, que fue escrito por Juan de Jesús María, el primer carmelita descalzo que vivió en Irak. Y una edición de las obras de Platón en latín de 1567.

Los misioneros comen juntos a las doce y media y a continuación se refugian en «la santa siesta». Después de la Misa diaria, a la que asisten unas decenas de feligreses, el misionero responde el correo electrónico y revisa las noticias españolas cuando la línea de Internet no se ha caído. Los fines de semana se atiborra de partidos de la liga española que emiten las cadenas árabes vía satélite. Su pastoral de los domingos «es hacer la comida».

El padre Manuel empezó el noviciado en Segovia a los 14 años y dos años después se matriculó de Teología y Filosofía en la Universidad Pontificia de Salamanca. Su sueño era viajar como misionero a Borneo, pero el Congo se cruzó en su camino después de estudiar medicina tropical en Lyon.

El 23 de octubre de 1966, a los 26 años, llegó a Masise, en la región de Goma, donde aprendió suahili y dos dialectos locales. Trabajó casi tres décadas con enfermos de lepra. Su parroquia incluía 46 comunas. Tardaba un mes en visitarlas en jornadas maratonianas. «Un misionero se gasta muy rápido en África», recuerda. Sólo regresaba a España cada cinco años y las comunicaciones eran tan escasas que se enteró de la muerte de su padre cuando llevaba 12 días enterrado.

Recuerda con emoción e idealismo aquella época dura de su vida. «Los fieles llegaban descalzos a la Misa y olían a sudor rancio porque no tenían jabón para lavarse. Pero existía valores en aquel mundo mágico que ya han desaparecido», reflexiona Manuel. Considera que muchos africanos se avergüenzan de sus pasados escondidos en las grandes ciudades, «desnudos ante la historia porque han olvidado sus costumbres y no han sido capaces de adaptarse a los cambios de los nuevos tiempos».

El misionero, que habla muy bien inglés, francés, suajili, español, y se maneja con soltura en hebreo y árabe, no tiene pelos en la lengua cuando define a Occidente: «Millones de ciudadanos trabajan en la creación de armas cada vez más sofisticadas que permiten dirigir las guerras por ordenador mientras los bancos suizos se han convertido en las cajas de ahorro de los ladrones de todo el mundo».

Aunque se trasladó a Kenia a principio de los noventa y después a Egipto y había perdido el contacto con el África de los grandes lagos en 1994, el genocidio de los tutsis le persiguió durante muchos años. «En la masa siempre hay asesinos escondidos. Cuando se producen las crisis afloran y manipulan a la mayoría. Si los occidentales nos encandilamos ante un buen orador, imagínense lo que ocurre con las personas más primitivas». En 1995 llegó a Israel y vivió durante ocho años en Monte Carmelo, una franja que penetra en Galilea (forma parte de Cisjordania en la actualidad), cerca de Haifa. Los problemas con los soldados israelíes fueron continuos y sólo tiene palabras duras sobre su comportamiento: «Prepotentes, groseros e hirientes».

Pero también allí vivió la experiencia más compasiva de su vida durante la visita de una anciana al convento. «Fui a levantarla después de una caída, vi su número de prisionera en Auschwitz y me sentí profundamente hermanado con su tragedia», admite.

En 2003 regresó a España y esperó varios meses descansando un nuevo destino en el mundo árabe. Los tres carmelitas descalzos franceses que trabajaban en la iglesia de Fátima en Bagdad durante décadas habían regresado a su país. Él aceptó el reto y viajó a la capital iraquí sin imaginar que le esperaba un enclaustramiento permanente.


A pesar de sus limitaciones el misionero no se ha amilanado y ha organizado un pequeño programa de ayuda a víctimas directas de los múltiples atentados con la ayuda económica de la organización humanitaria Manos Unidas. Un centenar de personas se han beneficiado hasta la fecha de este presupuesto milagroso, una gota de esperanza ante tanto desastre y dolor. El padre Manuel y sus compañeros eligen los casos más dramáticos y buscan los hospitales donde pueden ser operados y recibir una mejor atención sanitaria. Han evitado que algunos jóvenes sufriesen amputaciones, que suele ser lo más rápido, cómodo y barato.

Uno de las etapas más dramáticas vivida por el religioso en Bagdad ocurrió en 2006 durante la polémica provocada por las viñetas de Mahoma publicadas en un diario nórdico y las palabras del Papa Benedicto XVI relacionando al islam con la violencia durante un discurso en la Universidad alemana de Ratisbona. El padre Manuel criticó en varios programas de radio las palabras del Papa que tachó de error y recordó que «las consecuencias las hemos pagado con creces aquí», aunque siempre aclaró que el pontífice no actuó con malicia.

Lo que hizo el Papa, en realidad, fue recordar ante un público universitario y erudito el diálogo entre un emperador bizantino y un persa en el año 1391. El primero le decía al segundo que el pensamiento de Mahoma, especialmente su deseo de difundir la fe del islam con la espada, solamente había traído «cosas malvadas e inhumanas».

En Bagdad, los ánimos se caldearon. Un imán radical lanzó una arenga invitando a sus seguidores a matar a 200 muchachas cristianas como reparación por las palabras del Papa. Varias jóvenes fueron secuestradas, violadas, asesinadas como escarmiento y sus cuerpos tirados ante las puertas de sus casas.

Los ataques contra los cristianos se volvieron más frecuentes y directos y el recrudecimiento de la violencia provocó el éxodo de las familias con más poder adquisitivo a la región autónoma del Kurdistán, Jordania y Siria.

Las palabras del Papa también coincidieron con un momento en que los religiosos de a pie, aquellos que como el padre Manuel se enfrentan cada día a los problemas de los feligreses y a las amenazas de muerte, se sentían abandonados por la jerarquía eclesiástica iraquí: «Se han alejado de sus fieles y han sido incapaces de organizar una mínima estructura a la que acudir para solucionar los problemas que se acumulan», comentaba este religioso.

La jerarquía estaba obsesionada con dar conferencias y organizar seminarios sobre Irak en el extranjero. Incluso un alto representante de la iglesia católica se planteó ampliar la catedral de Bagdad cuando centenares de cristianos estaban abandonando sus hogares para salvar sus vidas. El padre Manuel argumentó entonces: «No son tiempos para ese tipo de actuaciones sino para implicarse con los sufrientes que son las piedras vivas del templo de Dios».

A pesar de todo el último español de Bagdad afirma que los ciudadanos se siguen enfrentando a las bombas con gran valentía y han votado en masa durante tres elecciones distintas. Tiene gran esperanza en el futuro porque «ninguna guerra es eterna».

Su robustez moral, su valentía personal y su compromiso con las víctimas le permiten enfrentarse a la angustia diaria con gran determinación. El miedo ha dejado de arbitrar su vida y sólo los achuchones que provocan la edad le preocupan un poco. Como cuando se queja de que ha perdido algo de visión. Es muy raro ver a este hombre admirable decaído o apático. Lo normal es verlo sonriendo y generoso. Siempre venciendo, nunca vencido.

Nota bene:

Nos gusta el final: «Siempre venciendo, nunca vencido». En Cristo, apostillaría Núcleo de la Lealtad, por darle la clave al periodista y a sus progre-lectores, que seguro que no son capaces de explicarse tanta sonrisa y generosidad. O lo que es peor, igual se lo explican diciendo que el Pater es muy solidario, no como la «jerarquía».