jueves, 5 de junio de 2008

Actualidad de la Libertas praestantissimum

Frente a los modernistas que niegan el valor actual de la Libertas, destacamos algunos ejemplos en los cuales el Magisterio romano hace referencia explícita a dicha Encíclica. La doctrina no puede cambiar.

PÍO XI, Carta Encíclica «Quadragesimo anno» (15 de mayo de 1931)
PÍO XI, Carta Encíclica «Divini illius magistri» (31 de diciembre de 1929)
PÍO XII, Radiomensaje «Benignitas et humanitas» (24 de diciembre de 1944)
JUAN XXIII, Carta Encíclica «Pacem in terris» (11 de abril de 1963)
PAOLO VI, Udienza Generale (9 luglio 1969)
GIOVANNI PAOLO II, Saluto (31 agosto 1986)
JUAN PABLO II, Carta Encíclica «Centesimus annus» (1 de mayo de 1991)
JUAN PABLO II, Carta Encíclica «Veritatis splendor» (6 de agosto de 1993)

***

PÍO XI, Carta Encíclica «Quadragesimo anno» (15 de mayo de 1931), sobre la restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica

http://www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno_sp.html

2. Y con razón, ya que, aun cuando a este insigne documento de pastoral solicitud le habían preparado el camino, en cierto modo, las encíclicas de este mismo predecesor nuestro sobre el fundamento de la sociedad humana, que es la familia, y el venerando sacramento del matrimonio (Enc. Arcanum, 10 de febrero de 1880), sobre el origen del poder civil (Enc. Diuturnum, 29 de junio de 1881) y sus relaciones con la Iglesia (Enc. Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885), sobre los principales deberes de los ciudadanos cristianos (Enc. Sapientiae christianae, 10 de enero de 1890), contra los errores de los «socialistas» (Enc. Quod apostolici muneris, 28 de diciembre de 1878) y la funesta doctrina sobre la libertad humana (Enc. Libertas, 20 de junio de 1888), y otras de este mismo orden, que habían expresado ampliamente el pensamiento de León XIII, la encíclica Rerum novarum tiene de peculiar entre todas las demás el haber dado al género humano, en el momento de máxima oportunidad e incluso de necesidad, normas las más seguras para resolver adecuadamente ese difícil problema de humana convivencia que se conoce bajo el nombre de «cuestión social».

PÍO XI, Carta Encíclica «Divini illius magistri» (31 de diciembre de 1929), sobre la educación cristiana de al juventud

http://www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_31121929_divini-illius-magistri_sp.html

13. Ahora bien, en el objeto propio de su misión educativa, es decir, «en la fe y en la regulación de las costumbres, Dios mismo ha hecho a la Iglesia partícipe del divino magisterio, y, además, por un beneficio divino, inmune de todo error; por lo cual la Iglesia es maestra suprema y segurísima de todos los hombres y tiene, en virtud de su propia naturaleza, un inviolable derecho a la libertad de magisterio» [5]. De donde se concluye necesariamente que la Iglesia es independiente de todo poder terreno, tanto en el origen de su misión educativa como en el ejercicio de ésta, no sólo respecto del objeto propio de su misión, sino también respecto de los medios necesarios y convenientes para cumplirla. Por esto, con relación a todas las disciplinas y enseñanzas humanas, que, en sí mismas consideradas, son patrimonio común de todos, individuos y sociedades, la Iglesia tiene un derecho absolutamente independiente para usarlas y principalmente para juzgarlas desde el punto de vista de su conformidad o disconformidad con la educación cristiana. Y esto por dos razones: porque la Iglesia, como sociedad perfecta, tiene un derecho propio para elegir y utilizar los medios idóneos para su fin; y porque, además, toda enseñanza, como cualquier otra acción humana, tiene una relación necesaria de dependencia con el fin último del hombre, y por esto no puede quedar sustraída a las normas de la ley divina, de la cual es guarda, intérprete y maestra infalible la Iglesia.

[5] León XIII, Enc. Libertas praestantissimum, 20 de junio de 1880: ASS 20 (1888) 607.

PÍO XII, Radiomensaje «Benignitas et humanitas» (24 de diciembre de 1944), en la víspera de Navidad

http://www.vatican.va/holy_father/pius_xii/speeches/1944/documents/hf_p-xii_spe_19441224_natale_sp.html

Apenas es necesario recordar que, según las enseñanzas de la Iglesia, «no esta prohibido el preferir gobiernos moderados de forma popular, salva con todo la doctrina católica acerca del origen y el ejercicio del poder público», y que «la Iglesia no reprueba ninguna de las varias formas de gobierno, con tal que se adapten por sí mismas a procurar el bien de los ciudadanos» (León XIII Encycl. Libertas, 20 de junio de 1888, in fin.).

JUAN XXIII, Carta Encíclica «Pacem in terris» (11 de abril de 1963), sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad

http://www.vatican.va/holy_father/john_xxiii/encyclicals/documents/hf_j-xxiii_enc_11041963_pacem_sp.html

14. Entre los derechos del hombre dé bese enumerar también el de poder venerar a Dios, según la recta norma de su conciencia, y profesar la religión en privado y en público. Porque, como bien enseña Lactancio, «para esto nacemos, para ofrecer a Dios, que nos crea, el justo y debido homenaje; para buscarle a El solo, para seguirle. Este es el vínculo de piedad que a El nos somete y nos liga, y del cual deriva el nombre mismo de religión» [10]. A propósito de este punto, nuestro predecesor, de inmortal memoria, León XIII afirma: «Esta libertad, la libertad verdadera, digna de los hijos de Dios, que protege tan gloriosamente la dignidad de la persona humana, está por encima de toda violencia y de toda opresión y ha sido siempre el objeto de los deseos y del amor de la Iglesia. Esta es la libertad que reivindicaron constantemente para sí los apóstoles, la que confirmaron con sus escritos los apologistas, la que consagraron con su sangre los innumerables mártires cristianos» [11].

[10] Divinae Institutiones 1.4 c.28 n.2: ML 6,535.
[11] León XIII, Libertas praestantissimum: AL 8,237-238 (Roma 1888).

PAOLO VI, Udienza Generale (9 luglio 1969)

http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/audiences/1969/documents/hf_p-vi_aud_19690709_it.html

Ma considerata nel suo concetto umano e razionale, come autodeterminazione, come libero arbitrio, noi saremo fra i primi ad esaltare la libertà, a riconoscerne l’esistenza, a rivendicarne la tradizione nel pensiero cattolico, che ha sempre riconosciuto questa prerogativa essenziale dell’uomo. Basti ricordare l’Enciclica Libertas del 1888, di Papa Leone XIII. L’uomo è libero, perché dotato di ragione, e come tale giudice e padrone delle proprie azioni. Contro le teorie deterministiche e fatalistiche, sia a carattere interiore, psicologico, sia a carattere esteriore, sociologico, la Chiesa ha sempre sostenuto che l’uomo normale è libero, e perciò responsabile delle proprie azioni. Ella ha imparato questa verità non solo dagli insegnamenti della saggezza umana, ma altresì e soprattutto da quelli della rivelazione; ella ha ravvisato nella libertà uno dei segni primigenii della somiglianza dell’uomo a Dio, ricordando fra le moltissime questa parola riassuntiva della Sacra Scrittura: «Iddio da principio creò l’uomo, e lo lasciò in mano del suo arbitrio» (Eccli. 15, 14; Deut. 30, 19). Ognuno vede come da questa premessa derivi la nozione di responsabilità, di merito e di peccato; e come a questa condizione dell’uomo sia collegato il dramma della sua caduta ‘e della redenzione riparatrice. Anzi la Chiesa cattolica ha sostenuto che nemmeno l’abuso iniziale, che il primo uomo fece della sua libertà, il peccato originale, ha compromesso nei suoi infelici eredi in modo totale, come sostenne un tempo la Riforma protestante, la capacità dell’uomo d’agire liberamente (cfr. S. AGOSTINO, De libero arbitrio, II, PL 32, 1239, ss.; Retract., ib. 595, ss.; S. TH., I, 83; I-II, 109; Denz.-Schoen. 1486 (776), 1521 (793); etc.).

GIOVANNI PAOLO II, Saluto (31 agosto 1986), alla popolazione di Anagni (FR) - Domenica

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1986/august/documents/hf_jp-ii_spe_19860831_popolazione-anagni_it.html

2. [...] Nei tempi a noi vicini brilla indimenticabile e paterna la figura di Leone XIII, nativo di Carpineto Romano, che resse la Chiesa in un periodo assai delicato; la profonda spiritualità, la notevole intelligenza e cultura, e l’esperienza ecclesiale prima come nunzio a Bruxelles e poi come vescovo di Perugia, contribuirono a formare in lui una personalità lungimirante, aperta a tutte le novità assillanti e prementi dell’epoca, come ben dimostrano, tra le altre, le sue encicliche Aeterni Patris (1879), Immortale Dei (1885), Libertas (1888), Rerum Novarum (1891), Providentissimus Deus (1893). Nella sua lunga esistenza, e particolarmente durante il suo pontificato, Leone XIII fu un vero faro di luce, e il suo messaggio dottrinale e morale rivolto alla Chiesa e all’umanità intera è tuttora ricco e illuminante. In questa sua amata città è tuttora presente il Pontificio Collegio Leoniano, da lui fondato, che nel corso di novanta anni di attività ha dato alla Chiesa circa mille sacerdoti, sotto la guida dei padri Gesuiti.

JUAN PABLO II, Carta Encíclica «Centesimus annus» (1 de mayo de 1991), en el centenario de la «Rerum Novarum»

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus_sp.html

4. [...] En el momento culminante de esta contraposición, cuando ya se veía claramente la gravísima injusticia de la realidad social, que se daba en muchas partes, y el peligro de una revolución favorecida por las concepciones llamadas entonces «socialistas», León XIII intervino con un documento que afrontaba de manera orgánica la «cuestión obrera». A esta encíclica habían precedido otras dedicadas preferentemente a enseñanzas de carácter político; más adelante irían apareciendo otras [7]. En este contexto hay que recordar en particular la encíclica Libertas praestantissimum, en la que se ponía de relieve la relación intrínseca de la libertad humana con la verdad, de manera que una libertad que rechazara vincularse con la verdad caería en el arbitrio y acabaría por someterse a las pasiones más viles y destruirse a sí misma. En efecto, ¿de dónde derivan todos los males frente a los cuales quiere reaccionar la Rerum novarum, sino de una libertad que, en la esfera de la actividad económica y social, se separa de la verdad del hombre?

[7]. Cf., por ejemplo, León XIII, Enc. Arcanum divinae sapientiae (10 febrero 1880): Leonis XIII P. M. Acta, II, Romae 1882, 10-40; Enc. Diuturnum illud (29 junio 1881): Leonis XIII P. M. Acta, II, Romae 1882, 269-287; Enc. Libertas praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P. M. Acta, VIII, Romae 1889, 212-246; Enc. Graves de communi (18 enero 1901): Leonis XIII P. M. Acta, XXI, Romae 1902, 3-20.

17. Leyendo la encíclica en relación con todo el rico magisterio leoniano [47], se nota que, en el fondo, está señalando las consecuencias de un error de mayor alcance en el campo económico-social. Es el error que, como ya se ha dicho, consiste en una concepción de la libertad humana que la aparta de la obediencia de la verdad y, por tanto, también del deber de respetar los derechos de los demás hombres. El contenido de la libertad se transforma entonces en amor propio, con desprecio de Dios y del prójimo; amor que conduce al afianzamiento ilimitado del propio interés y que no se deja limitar por ninguna obligación de justicia [48].

[47]. Cf. Enc. Arcanum divinae sapientiae ( 10 febrero 1880): Leonis XIII P. M. Acta, II, Romae 1882, 10-40; Enc. Diuturnum illud (29 junio 1881): Leonis XIII P. M. Acta, II, Romae 1882, 269-287; Enc. Immortale Dei ( 1 noviembre 1885 ): Leonis XIII P. M. Acta, V, Romae 1886, 118-150; Enc. Sapientiae christianae (10 enero 1890): Leonis XIII P. M. Acta, X, Romae 1891,10-41; Enc. Quod Apostolici muneris (28 diciembre 1878): Leonis XIII P. M. Acta, I, Romae 1881,170-183; Enc. Libertas praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P. M. Acta, VIII, Romae 1889, 212-246.
[48]. Cf. León XIII, Enc. Libertas praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P. M. Acta, VIII, Romae 1889, 224-226.

29. En fin, el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente económica, sino bajo una dimensión humana integral [61]. No se trata solamente de elevar a todos los pueblos al nivel del que gozan hoy los países más ricos, sino de fundar sobre el trabajo solidario una vida más digna, hacer crecer efectivamente la dignidad y la creatividad de toda persona, su capacidad de responder a la propia vocación y, por tanto, a la llamada de Dios. El punto culminante del desarrollo conlleva el ejercicio del derecho-deber de buscar a Dios, conocerlo y vivir según tal conocimiento [62]. En los regímenes totalitarios y autoritarios se ha extremado el principio de la primacía de la fuerza sobre la razón. El hombre se ha visto obligado a sufrir una concepción de la realidad impuesta por la fuerza, y no conseguida mediante el esfuerzo de la propia razón y el ejercicio de la propia libertad. Hay que invertir los términos de ese principio y reconocer íntegramente los derechos de la conciencia humana, vinculada solamente a la verdad natural y revelada. En el reconocimiento de estos derechos consiste el fundamento primario de todo ordenamiento político auténticamente libre [63].

[61]. Cf. Enc. Sollicitudo rei socialis, 27-28: l. c., 547-550; Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 43-44: l. c., 278 s.
[62]. Cf. Enc. Sollicitudo rei socialis, 29-31: l. c., 550-556.
[63]. Cf. Acta de Helsinki y Acuerdo de Viena; León XIII, Enc. Libertas praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P. M. Acta, VIII, Romae 1889, 215-217.

44. [...] A esta concepción se ha opuesto en tiempos modernos el totalitarismo, el cual, en la forma marxista-leninista, considera que algunos hombres, en virtud de un conocimiento más profundo de las leyes de desarrollo de la sociedad, por una particular situación de clase o por contacto con las fuentes más profundas de la conciencia colectiva, están exentos del error y pueden, por tanto, arrogarse el ejercicio de un poder absoluto. A esto hay que añadir que el totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. Entonces el hombre es respetado solamente en la medida en que es posible instrumentalizarlo para que se afirme en su egoísmo. La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la nación o el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayoría de un cuerpo social, poniéndose en contra de la minoría, marginándola, oprimiéndola, explotándola o incluso intentando destruirla [91].

[91]. Cf. León XIII, Enc. Libertas praestantissimum: l. c., 224-226.

JUAN PABLO II, Carta Encíclica «Veritatis splendor» (6 de agosto de 1993), sobre algunas cuestiones fundamentales de la Enseñanza Moral de la Iglesia

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-splendor_sp.html

34. «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». La pregunta moral, a la que responde Cristo, no puede prescindir del problema de la libertad, es más, lo considera central, porque no existe moral sin libertad: «El hombre puede convertirse al bien sólo en la libertad» [56]. Pero, ¿qué libertad? El Concilio —frente a aquellos contemporáneos nuestros que «tanto defienden» la libertad y que la «buscan ardientemente», pero que «a menudo la cultivan de mala manera, como si fuera lícito todo con tal de que guste, incluso el mal»—, presenta la verdadera libertad: «La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios "dejar al hombre en manos de su propia decisión" (cf. Si 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiriéndose a él, llegue libremente a la plena y feliz perfección» [57]. Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida [58]. En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia, afirmaba con decisión: «La conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes» [59].

[56]. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 17.
[57]. Ibid.
[58]. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Declaración Dignitatis humanae, 2; cf. también Gregorio XVI, Carta enc. Mirari vos arbitramur (15 agosto 1832): Acta Gregorii Papae XVI, I, 169-174; Pío IX, Carta enc. Quanta cura (8 diciembre 1864): Pii IX P.M. Acta, I, 3, 687-700; León XIII, Carta enc. Libertas Praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P.M. Acta, VIII, Romae 1889, 212-246.
[59]. A Letter Addressed to His Grace the Duke of Norfolk: Certain Dificulties Felt by Anglicans in Catholic Teaching (Uniform Edition: Longman, Grenn and Company, London, 1868-1881), vol. 2, p. 250.

44. La Iglesia se ha referido a menudo a la doctrina tomista sobre la ley natural, asumiéndola en su enseñanza moral. Así, mi venerado predecesor León XIII ponía de relieve la esencial subordinación de la razón y de la ley humana a la sabiduría de Dios y a su ley. Después de afirmar que «la ley natural está escrita y grabada en el ánimo de todos los hombres y de cada hombre, ya que no es otra cosa que la misma razón humana que nos manda hacer el bien y nos intima a no pecar», León XIII se refiere a la «razón más alta» del Legislador divino. «Pero tal prescripción de la razón humana no podría tener fuerza de ley si no fuese la voz e intérprete de una razón más alta, a la que nuestro espíritu y nuestra libertad deben estar sometidos». En efecto, la fuerza de la ley reside en su autoridad de imponer unos deberes, otorgar unos derechos y sancionar ciertos comportamientos: «Ahora bien, todo esto no podría darse en el hombre si fuese él mismo quien, como legislador supremo, se diera la norma de sus acciones». Y concluye: «De ello se deduce que la ley natural es la misma ley eterna, ínsita en los seres dotados de razón, que los inclina al acto y al fin que les conviene; es la misma razón eterna del Creador y gobernador del universo» [83].

[83]. León XIII, Carta enc. Libertas praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P. M. Acta, VIII, Romae 1889, 219.

99. Sólo Dios, el Bien supremo, es la base inamovible y la condición insustituible de la moralidad, y por tanto de los mandamientos, en particular los negativos, que prohíben siempre y en todo caso el comportamiento y los actos incompatibles con la dignidad personal de cada hombre. Así, el Bien supremo y el bien moral se encuentran en la verdad: la verdad de Dios Creador y Redentor, y la verdad del hombre creado y redimido por él. Únicamente sobre esta verdad es posible construir una sociedad renovada y resolver los problemas complejos y graves que la afectan, ante todo el de vencer las formas más diversas de totalitarismo para abrir el camino a la auténtica libertad de la persona. «El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás... La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, ni el grupo, ni la clase social, ni la nación, ni el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayoría de un cuerpo social, poniéndose en contra de la minoría, marginándola, oprimiéndola, explotándola o incluso intentando destruirla» [155].

[155]. Cf. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 44: AAS 83 (1991), 848-849; cf. León XIII, Carta enc. Libertas praestantissimum (20 junio 1888): Leonis XIII P.M. Acta, VIII Romae 1889, 224-226.