miércoles, 11 de junio de 2008

El liberalismo es pecado

León XIII, enc. Libertas praestantissimum

«14. Hay otros liberales algo más moderados, pero no por esto más consecuentes consigo mismos; estos liberales afirman que,

[1] efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado;
[2] es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada.

De esta doble afirmación brota la perniciosa consecuencia de que es necesaria la separación entre la Iglesia y el Estado. Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones.

Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia. Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que las contradiga.

Pero, además, los gobernantes tienen, respecto de la sociedad, la obligación estricta de procurarle por medio de una prudente acción legislativa no sólo la prosperidad y los bienes exteriores, sino también y principalmente los bienes del espíritu. Ahora bien: en orden al aumento de estos bienes espirituales, nada hay ni puede haber más adecuado que las leyes establecidas por el mismo Dios. Por esta razón, los que en el gobierno de Estado pretenden desentenderse de las leyes divinas desvían el poder político de su propia institución y del orden impuesto por la misma naturaleza.

Pero hay otro hecho importante, que Nos mismo hemos subrayado más de una vez en otras ocasiones: el poder político y el poder religioso, aunque tienen fines y medios específicamente distintos, deben, sin embargo, necesariamente, en el ejercicio de sus respectivas funciones, encontrarse algunas veces. Ambos poderes ejercen su autoridad sobre los mismos hombres, y no es raro que uno y otro poder legislen acerca de una misma materia, aunque por razones distintas. En esta convergencia de poderes, el conflicto sería absurdo y repugnaría abiertamente a la infinita sabiduría de la voluntad divina; es necesario, por tanto, que haya un medio, un procedimiento para evitar los motivos de disputas y luchas y para establecer un acuerdo en la práctica. Acertadamente ha sido comparado este acuerdo a la unión del alma con el cuerpo, unión igualmente provechosa para ambos, y cuya desunión, por el contrario, es perniciosa particularmente para el cuerpo, que con ella pierde la vida».

Felix Sardà i Salvany, «El liberalismo es pecado», Cap. XIV. Si en vista de esto es lícito o no al buen católico aceptar en buen sentido la palabra liberalismo, y asimismo en buen sentido gloriarse de ser liberal

«Sabes que ha nacido casi en nuestros días una secta que se llama de los viejos católicos. Ha tenido la humorada de llamarse así, y paz con todos. Haz cuenta, pues, que yo, que por la gracia de Dios, aunque pecador soy católico, y por añadidura soy de los más viejos porque mi Catolicismo data del Calvario y del Cenáculo de Jerusalén, que son fechas en que fundo un periódico [...] y le llamo con todas las letras Diario viejo católico. ¿Diré mentira? Nítido de la palabra. Pero ¿a qué, me dirás por que adoptar un título mal sonante, que es divisa de un cisma, y que dará lugar a que crean los incautos que soy cismático, y a que tengan un alegrón los viejos católicos de Alemania, creyendo que acá les ha nacido un nuevo cofrade? ¿a qué, me dirás, escandalizar a los sencillos?

“Pero yo lo digo en buen sentido”. Es verdad, pero ¿no sería mejor no dar lugar a que se crea que lo dices en sentido malo? He aquí, pues, lo que diría yo a quien se empeñase en sostener todavía como inofensivo el dictado de liberal, que es objeto de tantas reprobaciones por parte del Papa, y de tanto escándalo por parte de los verdaderos creyentes. ¿A qué hacer gala de títulos que necesitan explicación? ¿A qué suscitar sospechas que luego procurarse a desvanecer? ¿A qué contarse en el número de los enemigos y hacer gala de su divisa, si en el fondo se es de los amigos?

¡“Que las palabras”, dices, “no tienen importancia”! Más de lo que te figuras, amigo mío. Las palabras vienen a ser la fisonomía exterior de las ideas, y tú sabes cuán importante es a veces en un asunto una buena o mala fisonomía. Si las palabras no tuviesen importancia alguna, no cuidarían tanto los revolucionarios de disfrazar el Catolicismo con feas palabras; no andarían llamándole a todas horas oscurantismo, fanatismo, teocracia, reacción, sino pura y sencillamente Catolicismo; ni harían ellos por engalanarse a todas horas con los hermosos vocablos de libertad, progreso, espíritu del siglo, derecho nuevo, conquistas de la inteligencia, civilización, luces, etc., sino que se dirían siempre con su propio y verdadero nombre: Revolución.

Lo mismo ha pasado siempre. Todas las herejías han empezado por ser juego de palabras, y han acabado por ser lucha sangrienta de ideas. Algo de esto debió ya pasar en tiempo de San Pablo o previó el bendito Apóstol que pasaría en los tiempos futuros, cuando dirigiéndose a Timoteo (I ad Timot. VI, 20), le exhorta a vivir prevenido, no sólo contra la falsa ciencia oppositinones falsi nominis scientiae, sino contra las simples novedades en la expresión o palabra profanas vocum novitates.

¿Qué diría hoy el Doctor de las gentes si viese a ciertos católicos adornarse con el adjetivo de liberales, en oposición a los que se llaman simplemente con el apellido antiguo de la familia, y desentenderse de las repetidas reprobaciones que sobre esta profana novedad de palabras ha lanzado con tanta insistencia la Cátedra apostólica? ¿Qué diría al verles añadir a la palabra inmutable Catolicismo ese feo apéndice que no conoció Jesucristo, ni los Apóstoles, ni los Padres, ni los Doctores, ni ninguno de los maestros autorizados que constituyen la hermosa cadena de la tradición cristiana?

Medítalo, amigo mío, en tus intervalos lúcidos, si alguno te concede la ceguedad de tu pasión, y conocerás la gravedad de lo que a primera vista te parece mera cuestión de palabras. No, no puedes ser católico-liberal, ni puedes llamarte con este nombre reprobado, aunque por medio de sutiles cavilaciones llegues a encontrar un medio secreto de conciliarlo con la integridad de la fe. No; te lo prohíbe la caridad cristiana, esta santa caridad que está a todas horas invocando, y que, según comprendo, es en ti sinónima de la tolerancia revolucionaria. Y te lo prohíbe la caridad, porque la primera condición de la caridad es que no haga traición a la verdad, que no sea lazo para sorprender la buena fe de tus hermanos menos avisados. No, amigo mío, no; no puedes llamarte liberal».

Catecismo de la Iglesia Católica

1930
El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral (cf PT 65). Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas.

2032 La Iglesia, ‘columna y fundamento de la verdad’ (1 Tm 3, 15), ‘recibió de los apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva’ (LG 17). ‘Compete siempre y en todo lugar a la Iglesia proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas’ (CIC can. 747, 2).

2105 El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es ‘la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo’ (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan ‘informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive’ (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf León XIII, enc. Immortale Dei; Pío XI, enc. Quas primas).

2244 Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una visión del hombre y de su destino, de la que saca sus referencias de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. La mayoría de las sociedades han configurado sus instituciones conforme a una cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre:

Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia. (cf CA 45; 46).