jueves, 21 de agosto de 2008

Dos artículos de Julián Marías

«Quejas litúrgicas de un consumidor».

Autor
: Julián Marías. Fuente: ABC, 23 de julio de 1998.

Adelantaré que no tengo ninguna autoridad, pero he comunicado mi descontento a muchos sacerdotes, bastantes obispos y algunos cardenales, y casi todos me han dado la razón; pero no veo que se hayan corregido mis motivos de inquietud por quienes podrían hacerlo.

Siempre he tenido la impresión de que la religión cristiana ha estado acompañada por lo que llamo «adherencias histórico-sociales» que no pertenecen a su núcleo religioso. Los misioneros han tratado con frecuencia de convertir a personas de otros pueblos, no sólo a la fe cristiana, sino a ciertos usos procedentes del origen navarro, escocés, bávaro o provenzal de sus familias. Esto explica el afán de que se vistan los habitantes del África negra, por ejemplo.

Pues bien, encuentro un peso excesivo del Antiguo Testamento en la actual liturgia de la Misa. Es una obra admirable y venerable que representa la primera fase de la revelación, pero procedente de múltiples autores, de diversas épocas y varios géneros literarios, que no se pueden confundir. Está lleno de tales adherencias del pueblo de Israel. Algunos textos son de valor religioso inmarcesible; otros, fuera de contexto, son peligrosos e inquietantes. El exterminio de los primogénitos egipcios o la complacencia en pasar a cuchillo a ciertos habitantes de un pueblo pueden resultar perturbadores. El llamado «salmo responsorial», con sus repeticiones, puede degenerar en una cantinela rutinaria.

Otro aspecto discutible es la lectura habitual de la epístola, encomendada a alguno de los fieles. San Pablo, sobre todo, es de notable concisión y densidad intelectual; si no se lo lee muy bien, con las pausas necesarias, no se entiende nada; me gustaría saber cuánto retienen los oyentes de la lectura usual. Las traducciones de los textos de la Misa son con frecuencia problemáticas. Se solía decir: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Era la traducción literal y fiel del latín (pax hominibus bonae voluntatis), muy próxima al griego, en que se habla de eudokía. Ahora se oye: «Paz a los hombres que ama el Señor». ¿De dónde sale? Sospecho que del francés, fuente no demasiado autorizada, como revela su mala sintaxis; en español habría que decir «a quienes ama el Señor». Pero esto es también inaceptable: ¿es que no los ama a todos? En la iglesia oigo con frecuencia decir: «Los hombres que aman al Señor»; esto no se justifica, pero es una reacción del buen sentido de los fieles.

Más grave es la traducción impuesta del texto Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum, sed tantum dic verbo et sanabitur anima mea. Se oye ahora: «Una palabra tuya bastará para sanarme». No es eso: se convierte un imperativo –la súplica del centurión– «di una sola palabra» en un enunciado. ¿Por qué? ¿De dónde ha salido tal dislate? Personalmente lo digo en latín.

Y llegamos al Padrenuestro, alterado hace unos años. Es una oración de tal concisión y perfección, que me parece un fuerte argumento en favor de la divinidad de Cristo, que lo enseñó. El pretexto del cambio ha sido la «unificación» con el uso de Hispanoamérica. Me permito dudarlo: en muchos países se rezaba igual que en España, y se anunció que se iba a cambiar en lo sucesivo. Dado que los españoles enseñaron la oración a los habitantes del Nuevo Mundo, algún valor tiene ese uso; pero además las modificaciones alteran lo que era versión literal del latín y casi literal del único texto originario, el griego, salvo el problemático epioúsion referido al pan. Yo sigo rezando el Padrenuestro en latín o more antiquo.

Un aspecto delicado es el uso de la lengua. La oficial de la Iglesia había sido el griego, y desde hace muchos siglos el latín. En la Misa quedan restos del hebreo (hosanna, amén) pero han desaparecido los del griego, los kyries, sin que se vea motivo suficiente. La traducción de la Misa a las lenguas vivas está plenamente justificada, pero no la casi absoluta eliminación de las Misas en latín. Esta lengua era la «patria común» de los católicos, y se la podía encontrar en cualquier país. Recuerdo una Misa en Nagasaki en que el único no japonés era yo. Y no pude entender una sola palabra. Creo que se deberían conservar algunas Misas latinas, al menos ciertas porciones de ellas, que se omiten en cualquier lengua. ¿Cuántas veces se oye el Canon romano, admirable teológica y literariamente?

Y la justificada traducción a las lenguas vivas podría matizarse. Las hay absolutamente lejos del latín; pero hay lenguas románicas muy próximas; había innumerables fieles que no sabían latín para leer a Horacio, Virgilio o Tácito, pero que seguían muy bien el texto de la Misa, ayudados por una traducción paralela. ¿No se ha perdido algo?

Y, ¿de qué lenguas se trata? En muchos lugares conviven varias: tal vez una lengua común a una nación entera y otras particulares de algunas regiones. Los criterios religiosos interfieren en ocasiones con «adherencias» o preferencias políticas que no deberían imponerse.

Otra cuestión espinosa es la música. Confieso mi preferencia por las Misas en que no se la oye ni se canta. En España, los fieles suelen cantar mal; pero en eso soy tolerante, porque yo lo hacía peor. Lo que no soporto es que en una Iglesia que cuenta con el gregoriano y con la espléndida música del Renacimiento y el Barroco se escuchen canciones ridículas con una música ratonil.

Y una palabra más sobre la predicación. Aquí hay todas las variedades posibles, desde la casi total perfección hasta lo indeseable. Lo decisivo es que sea «religiosa»; que se hable de religión y no de otras cosas, aunque sean interesantes. La interpretación de las lecturas litúrgicas es exigible, y a veces se soslaya para hablar de otras cosas. Hay cuestiones capitales y que afectan a la vida religiosa y moral, que casi siempre se evitan, lo que lleva a una pavorosa incultura y a una desorientación moral que puede ser gravísima. Parece «mala educación» recordar que existe el pecado, que ciertas conductas lo son, que hay responsabilidad y riesgo de castigo. En los funerales suele darse por supuesto que el difunto era un santo y está sin duda en el cielo.

Hay algunos sacerdotes que tienen una incontenible propensión a hablar durante la celebración de la Misa. Anuncian lo que van a decir –en vez de decirlo sin más–; comentan lo que han dicho, diluyendo su efecto; añaden, fuera de la homilía, consideraciones que pueden ser discretas pero son superfluas. Al mismo tiempo, se echa de menos la lectura de textos litúrgicos que pueden ser inapreciables.

La omisión de tres palabras en la petición de que Dios nos libre de todos los males –se añadía: «Pasados, presentes y futuros»– me parece una pérdida innecesaria. Era consolador pedir a Dios que nos libre de los males pasados; ni Dios mismo puede hacer que no hayan pasado; pero sí que sean males.

Espero que se perdone mi irreverencia, acaso mi impertinencia; pero es lícito aspirar a la perfección en la medida de lo posible.

«Más allá de la liturgia»

Autor
: Julián Marías. Fuente: ABC, 13 de agosto de 1998.

Mi reciente artículo «Quejas litúrgicas de un consumidor», tan modesto, con tan escasa autoridad como absoluta sinceridad, me ha proporcionado una sorpresa que tengo que calificar de agradecida. He recibido, de palabra y por escrito, tantos testimonios de interés, comprensión y abrumadora aprobación, que me impiden responder personalmente, como era mi intención. Pido aquí que se disculpe lo que podría parecer indiferencia o descortesía.

Lo más interesante es que ese mínimo artículo ha despertado una atención que se hubiera creído inverosímil. ¿Resultará que la religión importa más de lo que parece, más de lo que dicen algunos de los que más se expresan, más de lo que ellos y otros quisieran?

Añádase a esto que no se trataba del fondo de graves cuestiones –que he tratado ciertamente en libros y cursos–, sino de menudos detalles de la liturgia, de maneras frecuentes de celebrar los actos religiosos. Por lo visto, hay una aguda sensibilidad para el decoro literario o musical, para la fidelidad de la expresión, para la dignidad que debe acompañar a lo religioso.

El descuido, la imprecisión, las modas injustificadas –acabo de comprobarlo– inquietan o irritan a muchas personas, que oscilan entre la sencillez y la más profunda cultura. Siempre he creído que la religión, al menos la cristiana, es para todos, no para filósofos, teólogos o poetas, y que a todos ellos hay que tener en cuenta, sin espantar con pedantería a los más sencillos, sin ahuyentar con vulgaridad a los capaces de desear y apreciar lo mejor.

Todavía tengo que decir algo más. En los últimos días he oído algunas Misas irreprochables, llenas de acierto, dignidad y esmero –porque no se les puede reprochar que sigan algunos usos «establecidos» y que de momento no están en las manos del oficiante–. Incluso en algún caso he podido escuchar algunos de los textos litúrgicos admirables que no oía desde hace bastantes años.

La liturgia tiene mucha importancia. Solía decir cuando era muy joven –hace demasiado tiempo– que era «el espíritu en conserva». Por medio de ella penetra el sentido de la religión en las mentes y en las almas –«alma, palabra gastada», decía Manuel Machado–; llena de problemas pero preciosa y que no se puede arrinconar.

A veces, las expresiones que se usan son inquietantes y peligrosas. En ocasiones proceden de un afán de innovación; la vida humana lo es, qué duda cabe; pero hay que ver en qué consiste. Lo que dura largo tiempo –bien lo sabía Aristóteles– tiene mucho en su favor. Expresiones tradicionales, que se han oído y dicho durante siglos, que se identifican con sus contenidos en lo que se llama memoria histórica, que han adquirido una pátina y un aroma semejante al de un viejo vino, dicen mucho y no hay por qué cambiarlas. Una dosis de arcaísmo no estorba; por lo visto, a aquéllos que conservan el arcaísmo en el pensamiento, que no se enteran de los prodigiosos avances que en nuestro tiempo se han alcanzado, precisamente para comprender el cristianismo.

En el Credo, por fortuna se ha vuelto al singular: «Creo en Dios Padre» y todo lo que sigue, frente al plural que estuvo de moda unos cuantos años. No se trata de una «creencia social», sino de un acto de fe personal. Pero se dice de Cristo, del Hijo, «de la misma naturaleza que el Padre», lo que en otros tiempos habría parecido herejía, ya que se distinguen dos naturalezas, divina y humana. El griego es homooúsios, el latín consubstantialem Patri. ¿No se puede entender «consustancial» o «de la misma sustancia»? En fin, doctores tiene la Iglesia, y en la práctica no es grave.

Más me perturba que el comienzo del evangelio de San Juan (En arkhè ên ho Lógos, en latín In principio erat Verbum) se traduzca con frecuencia «En el principio era la Palabra». Ciertamente lógos significa palabra; pero entre otras muchas cosas, entre ellas nada menos que razón. La palabra «verbo» estaba cargada de lo que podríamos llamar una aureola semántica que permitía entender. Cuesta trabajo –y es arbitrario– identificar a Cristo con la voz «palabra».

¿Y la Encarnación? Verbum caro factum est et habitabit in nobis (muy cerca del griego originario de que disponemos cuando no intentamos inventar). Se oye muchas veces: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros». Además de la «palabra», «acampó». ¿Es así? Jesús nació en Belén, recorrió diversos lugares, incluso fue llevado a Egipto, residió más de tres decenios en casas, caminos, ciudades, con familia, amigos, discípulos. ¿Es eso lo que se entiende por «acampar»? Es una vida entera, aunque breve, en el mundo, entre nosotros. Con prodigioso acierto antropológico, el texto antepone el «hacerse carne» –lo que yo llamo la instalación corpórea– al habitar en el mundo –la instalación mundana–. Uno de los argumentos más fuertes a favor de la revelación, de la inspiración divina de estos textos es su perfección, más asombrosa cuanto más de cerca se los mira.

No es buena la situación de la religión cristiana en el mundo actual –no lo ha sido en casi ninguno de los pasados–. Ahora despierta una densa hostilidad organizada –es lo propio de la época– en amplias fracciones de la sociedad, especialmente entre los que tienen eficaces medios de comunicación. Parece aconsejable no colaborar con ellos «desde dentro».

Estoy persuadido de que el pensamiento filosófico de nuestro siglo –quiero decir el que merece llamarse pensamiento y no es una supervivencia, diríamos una «superstición»– es el mejor instrumento intelectual para entender el Cristianismo. He dicho que si algo podría llamarse «filosofía cristiana» sería acaso la del siglo XXI, más que la del XIII.

Pero hay algo más elemental y más eficaz, porque afecta a todos, y es la manera sencilla, inmediata de presentar la religión y vivirla. Nada justifica que esto no se haga «lo mejor posible». ¿Es mucho pedir? Si se hiciera, confío en que al cabo de algún tiempo se tomara la religión con respeto, con estimación, se avanzara en ella hasta sus profundidades, que la mayoría de nuestros contemporáneos ni sospechan.

Cristo no habló para teólogos, filósofos o científicos; y, por supuesto, no para pedantes que saben «dos onzas», como dice Cervantes, de alguna lengua, o de física, o de paleontología. El sermón de la Montaña fue pronunciado ante hombres y mujeres sencillos, en su mayoría analfabetos, y estoy seguro de que lo entendieron muy bien.

Me atrevo a imaginar que se caiga en la cuenta de estas cosas, tan elementales que casi da vergüenza decirlas, y se vuelva a tener familiaridad con lo que hasta hace poco llegaba a la mente de cualquier niño de una escuela europea o americana, y que de paso le proporcionaba una visión del mundo que se echa de menos en los universitarios, sin excluir a muchos de los profesores.


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