jueves, 21 de agosto de 2008

Transmisión de la Palabra

Autor: Enrique González Fernández, Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación. Fuente: Cuenta y Razón, 116 (junio-julio 2000).

El 23 de julio y el 13 de agosto de 1998 publicaba Julián Marías en ABC dos artículos titulados, respectivamente, “Quejas litúrgicas de un consumidor” y “Más allá de la liturgia”. En ellos pedía que en la liturgia católica se cuidara el decoro literario o musical, la fidelidad y la dignidad de la expresión. Al mismo tiempo exponía sus quejas sobre algunas maneras indecorosas, descuidadas o imprecisas de celebrar los actos religiosos. Para mostrar que a Marías no le falta razón, me ceñiré aquí, por ahora, sólo a comentar algunos aspectos de la traducción española de los textos litúrgicos.

Es una verdadera lástima que esos textos contengan errores gramaticales y que en ocasiones revelen poca fidelidad al latín, al griego y hasta al español. De entre las lenguas romances, la peor traducción sea quizá la nuestra. Lo cual debería impulsar a realizar una reforma o una corrección de la versión española actual.

No hay razón para escandalizarse. De los grandes libros se hacen, con el paso del tiempo, ediciones corregidas. Rectificar es de sabios. La última edición del Ordinario de la Misa (texto unificado en lengua española), hecha en 1988, no corrigió esos errores. Se trata del texto en vigor –aprobado por la Congregación para el Culto Divino, el año anterior, para España y los países hispanoamericanos– cuyas novedades son principalmente las nuevas versiones en español del Credo y del Padrenuestro, pero no resuelve en absoluto las principales faltas gramaticales y de traducción. ¿No podría hacerse otra edición corregida?

Por el bien de la misma liturgia expondré algunos reparos que encuentro en esa edición. Manifiesto mi respeto hacia sus responsables. Soy contrario a cualquier polémica (y más aún litúrgica, que por soler faltar a la caridad y por conceder la primacía a las ceremonias resulta farisaica; polemizar sobre cuestiones litúrgicas no me parece que sea algo muy cristiano). Hace unos años redacté estos reparos, pero no he querido que tuvieran público conocimiento precisamente por evitar la impertinencia o el que esos responsables pudieran verse comprometidos. Sólo ahora, tras reiteradas invitaciones y hasta advertencias de mi maestro Marías, me veo en la obligación de exponer mis reparos y preguntas.

Sobre el Gloria

La versión española dice “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. Las últimas palabras son sintácticamente incorrectas. Resulta chocante por qué no se ha traducido bien el texto original latino: Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis (Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad).

Como es sabido, el comienzo del Gloria es una repetición de lo que decían los ángeles en Belén después de nacer Jesús. Las palabras aparecen en el Evangelio según San Lucas (2, 14): Dóxa en hypsístois Theô kai epi gês eiréne en anthrópois eudokías (Gloria en lo más alto a Dios y sobre la tierra paz entre los hombres de su buena voluntad). Eudokías es un genitivo que se refiere a Theô, no a anthrópois, lo cual significa “de la buena voluntad” o “de la benevolencia” de Dios. La traducción comprensible del griego sería “a los hombres en quienes Él Se complace”; la traducción latina dice “a los hombres de buena voluntad”, que para el caso es lo mismo, porque Dios Se complace en los hombres de buena voluntad, que cumplen la voluntad divina, como aquellos pobres pastores de Belén –que no eran precisamente fariseos–, pero no Se complace en los hombres de mala voluntad.

La traducción española “a los hombres que ama el Señor” constituye una incorrección gramatical porque en español el complemento directo, cuando se refiere a personas, debe ir precedido de la preposición “a”. Habría que decir, entonces, “a los hombres a quienes ama el Señor”. Pero incluso esto está mal, porque Dios ama a todos los hombres, aunque se complace verdaderamente en los de buena voluntad. ¿A qué se debe entonces esa introducción del verbo “amar” –mal empleado– frente al concepto “buena voluntad”? ¿Y por qué se ha introducido este sujeto redundante: “el Señor”?

Justamente aquí se prueba que la versión española no constituye una traducción directa del texto típico latino, sino de la versión francesa, que dice: “Gloire à Dieu, au plus haut des cieux, et paix sur la terre aux hommes qu’il aime” (Gloria a Dios, en lo más alto de los cielos, y paz sobre la tierra a los hombres a quienes ama). La traducción “a los hombres que ama el Señor” es un galicismo inadmisible: en francés el complemento directo, aun referido a personas, no va precedido de la preposición “à”. De todo lo cual se desprende que el trascriptor del francés –no del latín– hizo esta primera traducción: “a los hombres que él ama”. Al suprimir el pronombre “él”, añadió la coletilla “el Señor”. Es decir, le salió un dislate y una invención arbitraria, ajena completamente al texto griego, al latino y hasta al francés, aunque revele su dependencia de esta última lengua. Y la frase “a los hombres que ama el Señor” se ha impuesto incluso en la traducción litúrgica de los textos de los Santos Padres que citan el Gloria: se fuerza a los Padres a decir lo que ellos no escribieron. Por supuesto el Gloria español se ha musicalizado con esa incorrección, que ya es muy difícil de subsanar y que tanto desentona de las partituras escritas por los grandes compositores de misas, como Bach, Mozart o Beethoven.

Hay otros textos de la misa que asimismo delatan ser traducción del francés, no del latín. Por ejemplo, en el Evangelio litúrgico del lunes de la trigésima cuarta semana del tiempo ordinario se lee que Jesús “vio unos ricos que echaban donativos en el arca de las ofrendas; vio también una viuda pobre que echaba dos reales”. El buen español exige decir “vio a unos ricos”, “vio también a una viuda pobre”.

Resulta curioso y hasta gracioso que muchos fieles, cuando se recita el Gloria, dicen “a los hombres que aman al Señor”. Es una prueba palpable del sensus fidelium. ¿Cuál será el motivo? ¿Han oído mal “que ama el Señor” y creen que es “que aman al Señor”? ¿Quizá su sentido gramatical los lleve inconscientemente a no admitir el galicismo “que ama el Señor”?

Si la versión española no quiso ajustarse al original latino, ¿por qué tradujo del francés? Podría haber traducido mejor del italiano, que dice con toda corrección: “Gloria a Dio nell’alto dei cieli e pace in terra agli uomini di buona volontà”. La versión de una lengua no románica, el inglés, es más decente que la española: “Glory to God in the highest and peace to his people on earth”.

Se ha sabido últimamente que incluso la versión oficial española del Catecismo de la Iglesia Católica, de 1992, era incorrecta porque estaba traducida también del francés, lengua de su primera redacción.

Sobre el Credo

La última versión española del Credo (símbolo niceno-constantinopolitano), de 1988, tiene el mérito de corrigir la anterior: ahora se dice, en singular, “creo”, con fidelidad al texto latino (“credo”). Antes se decía “creemos”.

Sin embargo, se ha desaprovechado la ocasión de corregir el grave error que la versión española del Credo viene arrastrando. Se trata, en el apartado referente a Cristo, de decir: “de la misma naturaleza del Padre”. El original latino dice: consubstantialem Patri, que significa “consustancial al Padre” o “de la misma sustancia que el Padre”. La versión italiana traduce muy bien: “della stessa sostanza del Padre”. En cambio, la versión francesa dice: “de même nature que le Père”. Otra vez volvemos a descubrir que el texto español no sigue el original latino, sino que se trata de una traducción del francés. ¿Por qué?

Esa versión francesa está mal hecha, es a todas luces incorrecta. Cristo es consustancial al Padre porque es Dios. En la sustancia divina hay tres personas, una de las cuales –el Hijo– asumió la naturaleza humana. La traducción española “de la misma naturaleza del Padre” hubiera parecido una herejía en otros tiempos.

Ni siquiera se habla de “naturaleza” en las distintas versiones inglesas del Credo: “of one Being with the Father” (Misal Británico), “of one substance with the Father” (Misal U.S.A.), “one in Being with the Father” (Misal Chicago).

El Concilio de Nicea, para afirmar la divinidad de Jesús, empleó el término “homooúsios”, adjetivo compuesto de “hómoios” (igual) y “ousía” (sustancia, haber, hacienda, esencia, realidad). Significa coesencial. Al latín se tradujo “consubstantialis”. El Hijo es consustancial al Padre, de la misma sustancia –no de la misma naturaleza– que el Padre. El Hijo tiene la misma “ousía”, la misma esencia, hacienda o realidad que el Padre: la divinidad común a las tres personas.

Por ello es más adecuado decir “consustancial al Padre”, o “de la misma sustancia que el Padre”. Se comprueba que la traducción española “de la misma naturaleza del Padre” es una penosa copia de la francesa “de même nature que le Père”. ¿Por qué?

Otra pregunta: ¿por qué en la anterior edición se decía “de la misma naturaleza que el Padre” y ahora se dice “de la misma naturaleza del Padre”? Se pasa, sin saber cómo, del comparativo al genitivo. Más correcto parece “que el Padre”, con lo cual la actual versión del Credo contiene un nuevo lastre.

Sobre la Consagración

Y llegamos a las palabras de la versión española de la Consagración. Aquí ya se revela del todo el poco conocimiento del latín por parte del traductor español. El texto latino dice: hoc est enim Corpus meum, que traducido al español es “este es mi Cuerpo”. ¿Por qué la versión española dice “esto es mi Cuerpo”?

En griego sôma (cuerpo) es neutro; por tanto, para que con él concierte, se usa el pronombre demostrativo neutro toûtó. Así figura en el texto original griego del Evangelio. También en latín corpus es neutro; por tanto, el pronombre demostrativo que lo acompaña debe ir en neutro: hoc. Pero en español, el sustantivo “cuerpo” es masculino, no neutro como en latín y en griego; en consecuencia, su pronombre demostrativo debe concertar con él. Debe decirse “este es mi Cuerpo”.

Parece que el traductor español, al no manejar suficientemente bien el latín, tradujo palabra por palabra: hoc lo tradujo por “esto”, sin reparar que está en neutro porque concierta con el sustantivo neutro al que se refiere: corpus. Si corpus fuera masculino, la frase sería hic est enim Corpus meus. Pero como corpus es neutro, la frase es hoc est enim Corpus meum, que bien traducido al español es “este es mi Cuerpo”. La versión italiana dice “questo è el mio Corpo”. La francesa, “ceci est mon corps”. La inglesa, “this is my Body”. Todas respetan el masculino en el demostrativo, y no introducen el neutro como se hace en la versión española.

Prueba de ello es que cuando, a continuación, viene la consagración del cáliz (masculino tanto en latín como en español) se dice: “este es el cáliz de mi Sangre” (hic est enim calix Sanguinis mei). ¿Por qué aquí el traductor español no dijo: “esto es el cáliz de mi Sangre”?

Después se dice: “Haced esto en conmemoración mía”. Ahora se emplea bien el neutro (en latín: Hoc –esto– facite in meam commemorationem; en el texto de Lucas: toûto –esto– poieîte eis tèn emèn anámnesin). Lo mismo ocurre en francés: “Vous ferez cela –esto– en mémoire de moi”.

Sobre el Padrenuestro

Es penoso que la actual versión española de la oración dominical sea peor que la anterior al año 1988. Era de las pocas cosas que estaban bien, pero se ha perdido de un plumazo, con el agravante de que hubo que pedir a los fieles el sacrificio de aprender la nueva versión –que ha ocasionado numerosas inseguridades– bajo la excusa de tener un texto unificado para todos los países de lengua española. ¿Seguro que la nueva versión era antes la mayoritaria entre los países hispanoamericanos? Dudo mucho de que fuera así. Pero vayamos por partes.

En primer lugar, el texto latino dice Pater noster, qui es in caelis. La versión española anterior a 1988 respetaba esas palabras: “Padre nuestro, que estás en los cielos”. Lo mismo ocurre con la versión italiana: “Padre nostro, che sei nei cieli”. Y hasta con la francesa: “Notre Père, qui es aux cieux”. Estas traducciones respetan tanto el original griego del Evangelio: “en los cielos” (ho en toîs ouranoîs), como la versión latina, también en plural (in caelis). Jesús utiliza el plural “en los cielos”, con el significado “morada de Dios”. Pero eso no es lo más importante; es igual decir “cielo” que “cielos”, aunque esta última expresión sea más fiel a los textos latino y griego.

La traducción española anterior a 1988 era: “El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Se trataba de una traducción perfecta del texto latino: Panem nostrum cotidianum da nobis hodie; et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris. Esta traducción española antigua respetaba el orden de las palabras latinas: Panem nostrum cotidianum da nobis hodie (“El pan nuestro de cada día dánosle hoy”). Aunque esa versión tenía un pequeño defecto: el leísmo, justificado, no obstante, para evitar la posible cacofonía de “dánoslo hoy”. La nueva traducción resuelve ese defecto, pero sacrifica el orden latino de las palabras: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. Tampoco esto es grave. La versión italiana tiene el mismo orden que la nuestra actual: “Dacci oggi il nostro pane quotidiano”. Lo mismo ocurre con la francesa: “Donne-nous aujourd’hui notre pain de ce jour”.

Lo decisivo viene a continuación. En la actual versión española se dice: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. La antigua era mucho mejor: “Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Se ajustaba perfectamente al original latino: et dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris. En italiano también se respeta el latín: “e rimetti a noi i nostri debiti come noi li rimettiamo ai nostri debitori”. ¿Por qué se ha hecho empeorar la versión española?

De nuevo topamos con el francés. Y es que la actual traducción española es copia –una vez más– de esa lengua, que dice: “Pardonne-nous nos offenses, comme nous pardonnons aussi à ceux qui nous ont offensés”. La anterior versión española era traducción literal del griego: “Y (kai) perdónanos nuestras deudas (opheilémata: deudas, como figura en Mateo 6, 12; en Lucas 11, 4 figura hamartías: pecados), así como (hos kai) nosotros perdonamos a nuestros deudores”. También esa anterior traducción española respetaba la versión latina. ¿Por qué se ha cambiado “deudas” por “ofensas”? Bajo mi punto de vista, por influencia francesa y quizá porque el traductor español ha creído que la palabra griega opheilémata significa ofensas en lugar de deudas (al menos, suena parecido a “ofensas”).

Otra razón puede encontrarse en la versión francesa de la Biblia de Jerusalén: el pasaje de Mateo 18, 21 viene precedido por el epígrafe “Pardon des offenses”, traducido en la versión española como “Perdón de las ofensas”. En la Vulgata antecede este epígrafe al versículo 15: Fraterna correctio et indulgentia, tras el cual puede leerse esto en el versículo 21: Domine, quoties peccabit in me frater meus, et dimittam ei? La Neovulgata –promulgada por Juan Pablo II en 1979– sólo difiere en una palabra y dice quotiens. El original griego dice: Kyrie, posákis hamartései eis eme ho adelphós mou kai aphéso autô.

A continuación Jesús dice la preciosa parábola del siervo sin entrañas, en donde se lee:

— versículo 24: “le debía”. Neovulgata: qui debebat. Griego: autô opheilétes.
— versículo 27: “le perdonó la deuda”. Neovulgata: debitum dimisit ei. Griego: dáneion aphêken autô.
— versículo 28: “paga lo que debes”. Neovulgata: Redde, quod debes! Griego: apódos ei ti opheíleis.
— versículo 30: “hasta que pagase lo que debía”. Neovulgata: donec redderet débitum. Griego: heos apodô to opheilómenon.
— versículo 32: “yo te perdoné a ti toda aquella deuda”. Neovulgata: omne debitum illud dimisi tibi. Griego: pâsan ten opheilèn ekeínen aphêká soi.
— versículo 34: “hasta que le pagase todo lo que le debía”. Neovulgata: quoadusque redderet universum debitum. Griego: heos ou apodô pân to opheilómenon autô.

Es decir, siempre en el Evangelio según San Mateo, Jesús habla de deudas –no de ofensas– y de su perdón. Cierto que Mateo había sido recaudador de impuestos y entendía muy bien de deudas, lo cual influyó a la hora de escribir su Evangelio. Pero la parábola de Cristo es bien significativa, al final de la cual dice: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros”. Toda esta parábola me parece que está en sintonía con la oración del Padrenuestro, recogida precisamente del Evangelio según San Mateo, palabra por palabra.

El concepto de deuda no es sólo económico. Con Dios podemos estar en deuda: nos ha creado, nos ha redimido y salvado, nos ama. También podemos estar en deuda con el prójimo por muchos conceptos. Es más preciso el concepto “deuda” que el concepto “ofensa”.

Sobre la Comunión

Y llegamos, por fin, a otro error. Tras el Agnus Dei se recogen algunas palabras del centurión: Domine, non sum dignus, ut intres sub tectum meum, sed tantum dic verbo et sanabitur anima mea. En español se dice: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Las últimas palabras están mal traducidas porque no se trata de un mero enunciado, sino de un imperativo: “di una sola palabra”. El imperativo lo respetan las ediciones italiana (“O Signore, non sono degno di partecipare alla tua mensa: ma di’ soltanto una parola e io sarò salvato”), inglesa (“Lord, I am not worthy to receive you, but only say the word and I shall be healed”) y hasta la francesa (“Seigneur, je ne suis pas digne de te recevoir; mais dis seulement une parole et je serai guéri”).

Tanto en el original de Mateo (8, 8) como en el de Lucas (7, 7), aquel centurión dice eipe lógo (dilo de palabra). Se trata, pues, de un imperativo griego, recogido en la traducción latina: dic verbo. Este imperativo, respetado en la traducción litúrgica italiana, en la inglesa y en la francesa, no lo respeta sin embargo la traducción litúrgica española, que constituye un mero enunciado, infiel al texto evangélico y al texto litúrgico latino. ¿A qué es debido? Pienso que probablemente el liturgista español siguió la traducción de la francesa Biblia de Jerusalén, en donde se dice: “basta que lo digas de palabra” (Mateo 8, 8).

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De todo lo anterior se deduce que la mejor traducción litúrgica es la italiana. La peor, la española. Ésta se encuentra muy influenciada por el francés; puede decirse que es una traducción galicista. En realidad, la traducción litúrgica española revela escaso conocimiento no sólo del latín, del griego y hasta del francés, sino también –lo que es más grave– del español. Repito mis preguntas: ¿Por qué? ¿No podría remediarse este dislate, este despropósito, esta afrenta para la lengua española?

Pero lo que más llama la atención es la vulgaridad, cierta ordinariez que se ha adherido al lenguaje litúrgico español (prescindo ahora de hablar sobre muchos cantos y la música ratonil). No se entiende bien, por ejemplo, cómo las admirables palabras del prólogo del Evangelio de San Juan se hayan traducido así: “En el principio ya existía la Palabra... Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros”. La Vulgata dice admirablemente: In principio erat Verbum... Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis. Y el original griego: En archè ên ho Lógos... Kai ho Lógos sàrx egéneto kai eskénosen en hemîn. La traducción correcta y elegante sería: “En el principio era el Verbo... Y el Verbo Se hizo carne, y habitó entre nosotros”. La versión litúrgica italiana dice, como siempre, impecablemente: “In principio era il Verbo... E il Verbo si fece carne e venne ad abitare in mezzo a noi”. ¿Por qué nosotros decimos constantemente “la Palabra” y “acampó”? En la traducción litúrgica española de los Santos Padres también se los fuerza a expresarse con esas expresiones tan vulgares.

Pero, finalmente, lo más grave de todo consiste en que se comunica una falsa imagen de Dios, presentado con cualidades mezquinas por culpa de tan mala traducción. El caso más notorio es la versión litúrgica de una frase de San Pablo a los Romanos (8, 32), que se repite continuamente: Dios “no perdonó a su propio Hijo”. ¿Es eso así? ¿Acaso no desentonan estas palabras tan duras y escandalosas, en cierto modo heréticas? ¿Será posible tanta crueldad? ¿No se está presentando la imagen de un Dios cruel? ¿No está eso en contradicción con la infinita bondad de Dios? Confieso que no soporto escuchar esa frase litúrgica. Cuando he de leerla —indignado— la traduzco bien: “Dios no escatimó —o no se reservó— a Su propio Hijo”. Es decir, San Pablo habla de la infinita generosidad del Padre, de que su amor por nosotros es tan grande que no Se reservó a Su propio Hijo (segunda persona de un solo Dios), sino que nos lo entregó. Dios es lo contrario de mezquino, tacaño o roñoso. El texto original griego no habla para nada de perdón, sino que dice: ouk efeísato, que significa “no escatimó”. La Vulgata dice: “non pepercit”, que significa: no Se ahorró, no fue parco, no Se reservó, no escatimó. La versión litúrgica italiana es una vez más modélica: “non ha risparmiato” (no Se ha ahorrado). ¿Por qué, entonces, se ha introducido en la versión española esa durísima expresión —con un verbo ajeno al original (“no perdonó”)—, tan grave, tan ajena al cristianismo, esas feísimas palabras que tanto perturban, que tanto daño hacen a quien las escucha y hasta —permítaseme— al mismo Dios? Porque esta versión litúrgica española ofende a veces no sólo a quien tiene un mínimo sentido estético o un cierto conocimiento lingüístico, sino que también ofende a Dios, que es la Bondad y la Belleza personificadas.


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