sábado, 6 de junio de 2009

La televisión y la educación católica

La televisión y la educación católica (Luce Quenette)

Fragmentos de un artículo de mademoiselle Luce Quenette, gran educadora (es de 1972, pero asombrosamente actual)

[
Tomado de La Escuela de Alicia]

«El mayor peligro de la televisión no es la inmoralidad de las imágenes, como se me suele decir cuando me opongo a las emisiones, aunque sean hermosas e instructivas... Yo no pongo en duda que tales programas existan, pero precisamente ése es el mayor cebo ante los padres decentes para lograr su efecto de envenamiento. Estos padres están decididos a clasificar, a cortar, a detener, a prohibir, a mandar a la cama. El reglamento resiste, se ablanda, se atenúa, se vuelve elástico, extensible, desaparece... Y después, marcha atrás, pero entonces, “la película, bien. Salvo...”, entonces la concesión para Lucía, de 15 años, lo que exaspera a su hermano, de 13: los pequeños, todos a la cama: “Oíamos reír a nuestros padres, y entendíamos las palabras a medias. Estábamos furiosos”.

Horrible auxiliar de la dimisión de la autoridad, la televisión es mortífera por otra razón [...]

El peligro principal, inevitable, de la “tele”, es el de meter en la cabeza de los niños imágenes y no ideas; es el de detener –mediante el equívoco poderío de la imaginación– el trabajo natural de la inteligencia: la abstracción.

Los “comics” ejecutan la misma demolición [...]

Este peligro de perversión del espíritu y de la imaginación es mucho más profundo y mucho más difícil de comprender para los padres que el peligro de una espectacular corrupción del sentido moral que, por lo demás, acompañará más tarde o más temprano al abuso de las imágenes [...].

La indigestión de imágenes –ella sola– ha adormecido la atención, ablandado la voluntad, debilitado la memoria, hinchada de representaciones, incapaz de retener la articulación de los más sencillos razonamientos.

****

Dos hermanos, muy capaces, vuelven de vacaciones fatigados, indolentes y al mismo tiempo excitados. Se les anima, se les castiga. No se logra que vuelvan a la actividad normal. Su trabajo y sus resultados están por debajo de los del año anterior. Irritabilidad, peleas, lecciones mal aprendidas, deberes sin hacer. Como consecuencia, lamentos, arrepentimientos aparentemente sinceros, nada de grave y la mediocridad prosigue. ¿Qué habéis hecho en vacaciones? Sus padres son excelentes y no dejan solos nunca a sus hijos. Me da la impresión de que los dos hermanos quieren lealmente comprender por qué se han vuelto tan estúpidos.

Finalmente, un domingo, después de la Misa, el mayor, de doce años, le confía a su profesor: “Un amigo de mi hermano mayor (16 años) nos pasaba abundantes comics. Nos daba paquetes. Nos escapábamos a nuestra habitación para leerlos, y sobre todo para mirarlos (la expresión se vuelve vagamente estúpida y risueña). ¡Oh, no era algo impuro! Pero los ‘malos’ dibujos me vienen todo el rato a la cabeza. Papá nos los prohibió, pero nos las apañábamos para mirarlos de todos modos y ahora, en clase, en todos los sitios, vuelvo a ver las imágenes y mi hermano también (los ojos se vuelven inquietos, hastiados). No nos las podemos quitar de encima y no podía prestar atención y eso me ha impedido trabajar”.

La voluntad de hallar la causa de esa estupidez, es decir, la voluntad de ver claro, de poner la inteligencia a juzgar las brumas de la imaginación; la oración para conseguirlo (acto eminentemente intelectual); la gracia de Dios, la resolución y la formulación de una confesión, todos esos actos naturales y sobrenaturales a la vez, opuestos al embrutecimiento de los “comics” pusieron remedio a la languidez del alma que se recuperó y se dedicó nueva y animosamente al estudio. Y también la resolución del padre de quemar todos aquellas imbéciles publicaciones ilustradas, de estrechar la vigilancia, de advertir el peligro.

Pero se trataba de chicos enérgicos, ya formados, sinceramente confundidos sobre su situación, tan rectos como para alegrarse de hallar la raíz del mal y ponerle remedio.

Cuántos otros, ante los ojos descuidados de sus padres, van y vienen, en vacaciones, de las imágenes de la “tele” a las caricaturas inhumanas de los personajes de moda [...] aprendiendo a no tomarse en serio nada. [...]».

.