lunes, 19 de octubre de 2009

Qui habet aures, audiat. Mt. 13, 9.

Juan Pablo II, Rey, Sacerdote y PROFETA

Santa Misa en el Pabellón de deportes de El Cairo, Homilía (25 de febrero de 2000)


2. «De Egipto llamé a mi hijo». Así habla el Señor, que hizo salir a su pueblo de la condición de esclavitud (cf. Ex 20, 2) para sellar con él, en el monte Sinaí, una alianza. La fiesta de la Pascua seguirá siendo siempre el recuerdo de esa liberación. Conmemora ese acontecimiento, que está presente en la memoria del pueblo de Dios. Cuando los israelitas partieron para su largo viaje, bajo la guía de Moisés, no pensaban que su peregrinación a través del desierto hasta la tierra prometida duraría cuarenta años. Moisés mismo, que había sacado a su pueblo de Egipto y lo había guiado durante todo ese tiempo, no entró en la tierra prometida. Antes de morir, sólo pudo contemplarla desde la cima del monte Nebo; luego confió la guía del pueblo a su sucesor JOSUÉ.

[...] 7. La Iglesia católica quiere traducir este amor gratuito y sin exclusión en medio del pueblo egipcio mediante su compromiso en el ámbito educativo, sanitario y caritativo. La presencia activa de la Iglesia en la formación intelectual y moral de la juventud constituye una antigua tradición del patriarcado copto católico y del vicariato latino. Mediante la educación de los jóvenes en los valores humanos, espirituales y morales fundamentales, en el respeto a la conciencia de cada uno, las instituciones educativas católicas desean brindar su contribución a la promoción de la persona, particularmente de la mujer y de la familia; quieren, asimismo, favorecer relaciones amistosas con los musulmanes, para que los miembros de cada comunidad se esfuercen sinceramente por comprenderse los unos a los otros y promover juntos, para bien de todos los hombres, la justicia social, los valores morales, la paz, el respeto y la LIBERTAD.

Qui habet aures, audiat. Mt. 13, 9.

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