jueves, 21 de enero de 2010

Política internacional y política universal de España


Autor: Pablo Antonio Cuadra Cardenal
Revista: Revista de Estudios Políticos
Número: Número 009. Enero - Agosto. 1943 (págs. 161-166)

Política internacional y política universal de España

I

Aunque nicaragüense, la presencia de España en mi sangre y en mis pensamientos, y la razón de Imperio que mueve mis anhelos, dan suficiente excusa a estas líneas sobre la política exterior de España, la cual, desde el momento en que cruzó el Atlántico e hizo posible una Hispanidad —gracias a la Espada y a la Cruz de nuestros antepasados—, no se pertenece ni puede circunscribirse a un “nacionalismo” fronterizo, porque tenemos tanto interés en ella los que hace cuatrocientos años la llevamos a través del mundo para imponerla, como los que, durante esos siglos, se quedaron aquí para guardarla. Interés que manifestamos —con nuestro dolor, nuestra angustia y nuestra pasión— cuando los que debían guardarla la perdieron, y cuando, perdida, la rescataron. Interés que sigue y aumenta cuando, ya libre, unos y otros la queremos colocar donde la Historia obliga: en la jefatura del mundo. A la cabeza de la política universal.

Es prehistórico para España hablar de política internacional. España, cuando ha vivido conforme a España, cuando ha hecho historia, nunca ha tenido una política “internacional”. La relojería de precisar normas para una Europa hecha piezas, el reajuste mecánico de ideales parcializados y egoístas, la locura de los “nacionalismos” (partidos monstruos para las babélicas Cortes de Ginebra) no fue nunca tema español. El tema de la Historia de España es la unidad. Y por ello, cuando la política de España trasciende, es política universal.

Todo el movimiento del alma y de la vida de España tiende a converger en ese vértice apasionado de la unidad. Hable San Leandro junto al esplendor cristiano de Recaredo. Brille la Espada, casi Cruz, de San Fernando. Digan, las Partidas su literatura para partir hacia el Imperio. Y allí donde avanzan sobre campos sangrientos o sobre páginas blancas Espadas o plumas, allí también avanza la Historia hasta, por fin, cerrarse —en el nombre de Santiago— en las puertas de Granada. Isabel y Fernando realizan la universalidad de España. Y tras de ellos, la cesárea monarquía de los Austrias la hará trascender hacia Europa y hacia América. Flandes o Leyes de Indias. Lucha católica, apostólica y romana.

Viendo terminarse la Edad Media, Carlos y Felipe hacen el empuje titánico de convertirla en “edad entera”. Salvar en su unidad católica a Europa, y con la Europa universal verificar la del mundo, ya completo y redondeado por la gracia cristiana de sus vasallos. Pero fue vencida la acción —que no la pasión— de España. Y con los trozos de aquella universalidad quebrada se quiso reconstruir Europa en mapas de colores y discursos democráticos. Vino el dominio de lo internacional, que tenía que llevar al dominio de la Internacional. El ansia de una “comunidad” desechando el único lazo de unidad, que es el espíritu, tenía que producir el comunismo, que es el franco anhelo de comunión por la materia. Fueron dos siglos de lento raciocinio histórico hacia el desenlace fatal. Hasta que otra vez la conciencia universal de España se levantó a dar la última y decisiva batalla a lo internacional (Ginebra) y a la Internacional (Rusia).

Este es el momento en que toda la Hispanidad recobrada —sacudida por los clarines peninsulares— vuelve sus ojos a la España redentora. Y lo primero que ve es un nacionalismo que apenas logra su cometido se rompe en Imperio. Y lo primero que escucha es una orden de “neutralidad” en el preciso instante en que lo internacional hace sus últimos destrozos, sus últimos esfuerzos caóticos, agónicos, por lograr inútilmente la unidad perdida. Es decir: la Hispanidad toda ha encontrado a España en su puesto en la Historia. Dueña de la unidad. En vísperas de trascender, de imponer por el Imperio su misión, universal al mundo.

II

¿Cuál es esa misión, esa política universal de España?

Tomemos su posición en los paralelos y meridianos del espíritu y de la geografía, y de tal posición desprenderemos su política.

España no es contemporánea al mundo actual. Se ha adelantado,
con una guerra por el espíritu, a otra edad nueva —¡nueva Edad Media!—, a la cual el resto del mundo, que camina tropezándose consigo mismo en un fangal de materialismo y herejía, no ha llegado aún. España, madrugadora y profética, se echó a la guerra de Dios adelantando el reloj de la Historia. Precipitó el “amanecer” de la Cristiandad, mientras el resto, de Europa todavía anda en las tinieblas nocturnas de su pecado contra las unidad.

A esa su posición de “adelantada” en las rutas de la Historia agreguemos su posición imperial en los caminos del espíritu. España es la única nación en el universo que, a una voz de su genialidad y de su sangre, puede escuchar ecos más allá de los mares procelosos del Oriente o al otro lado —azul y latino— del Atlántico. La única que tiene una misma lengua para perforar el horizonte de veinte naciones en América y de un verde archipiélago en el Asia. La única que puede lograr en haz doscientos millones de labios en una sola oración, hacia un solo Dios verdadero. La única que tiene medio mundo por base para elevar el nuevo monumento de la unidad católica universal. ¡Nadie como ella podrá ofrecer mejores garantías imperiales, ni a los designios de Dios ni a la buena voluntad de los hombres moradores de la Cristiandad!

Y a esa su posición rectora en el imperio universal del espíritu, todavía añadamos su lugar europeo, su posición geográfica capital y decisiva. Ella misma es la válvula del corazón del mundo: el Mediterráneo. En ella se explica, se ata y se desata la circulación del mar. Ella fue el impulso —¡y lo es todavía, corazón enfermo por una decadencia que termina!— de la sangre pura, cristiana y arterial del Atlántico, y a ella llega, en busca incesante de misión, de oxígeno católico y evangélico, la sangre venosa, congestionada de paganismos, de los mares asiáticos.

Centro del mundo: España. Capital y vértice de todas las inquietudes de unidad y de paz, ella es la única que puede levantar una fuerza mundial, dominadora, capaz de enderezar la historia universal. Ella heredó ese destino de Roma, quebrada su historia por la obra de Cristo, dejó para sí la universalidad de la Cruz, encargando a España su imperio y su defensa, o sea: la universalidad de su Espada.

III

Colocada en tal sitio, destinada a tan alta jerarquía, ya vemos cómo España no puede pertenecer —en la actualidad internacionalista— a ningún “eje” de naciones, porque ella es, espiritual y geográficamente, el eje mismo del mundo cristiano. No puede tomar bando ni partido en la política internacional, porque ella es cabeza fiel de unidad en la balanza de la Historia. La encargada y la única posibilitada para darle al internacionalismo la unidad esencial que ha de convertirlo en Ecumenicidad.

Por otra parte, si España se adelantó a la Historia para que la Historia la espere, es decir, para que el mundo cristiano confíe todas sus esperanzas en ella, y si precisamente las esperanzas del mundo nacen porque ella dio la batalla del espíritu, mientras el resto de las naciones, en laberinto de matanza, se desgarran por la carne, por la concupiscencia y por la materia, señal es que su labor imperial vuelve a ser cristiana y cristianizadora. Que Lepanto aún proyecta sobre el porvenir una obligación misionera. Que El Escorial todavía vigila, centinela del Vaticano, por la divina política de Roma. La esencia, pues, de la política interna y externa de España es la catolicidad. España levantó las banderas de su Cruzada para encontrar a Dios en España. No puede levantar las banderas de su Imperio para buscar otra cosa en el exterior.

Y definido así su “ser”, fácil es descubrir su “hacer”, su quehacer universal.

Su Imperio existe. Está sobre el mapa solamente dormido, esperando la voz de resurrección. Por tanto, su labor de conquista, su labor imperial, no puede rebajarse a imperialismo. Su labor de conquista, como antes dije, es la unidad. Y esta unidad imperial, lógicamente, sólo puede y debe lograrse —por esfuerzo del espíritu— en las tierras que responden por historia a la misma misión universal. En América y en las Filipinas. ¡La fuerza del Imperio, que todos en comunidad necesitamos para cumplir el mismo destino ecuménico, está en manos de España! Su labor conquistadora es darnos, como madre y misionera, la lección de espiritualidad que ha de enlazamos dentro de la libertad de un poderío capaz de imponer al mundo su nueva ruta católica. España necesita de América para punto de apoyo en la gran empresa a todos asignada. América necesita de España para alcanzar a Europa en su anhelo, también imperial, de universalidad. Son todas Las Españas las que, sintiendo el mismo soplo vasto y poderoso de su Historia y de su sangre comunes, necesitan reforzarse en esa unión, en esa unidad que, basada en el espíritu, en una labor de espíritu tiene también que rebalsar.

Obligada está España, pues, a no dejar que la brújula de su Imperio decline hacia imperialismos que quebrarían el rumbo de su destino, haciéndola entrar en una nueva decadencia. Pero mientras por una labor lenta e intensa de expansión espiritual produce esta consolación imperial de toda la Hispanidad, su posición geográfica le ordena, por capital y decisiva, a que su neutralidad sea una “neutralidad en acecho”, un apartarse digno de la internacional, pero un vigilar tenso y constante sobre lo universal. En otras palabras, España está obligada a utilizar esa reserva actual para acrecentar su poderío, necesario para el futuro del mundo. Su neutralidad no es “un volver las espaldas”, sino “un estar alerta” para aprovechar todas las circunstancias del derrumbe de lo internacional en beneficio de su grandeza y de su fuerza como potencia. Sea cual sea la solución de esta guerra. Europa está liquidando en ella toda una edad podrida. Quizá estemos ya en el cruce violento de dos épocas. Y la nueva que ha de abrirse, bajo nuevas amenazas, bajo nuevas formas cansadas de la anti-Europa, esa nueva edad, a quien ha de pedir la solución de su angustia naciente, es a quien la tiene y a quien puede dársela. A España, cuya obligación es la de estar firme sobre su geografía decisiva, y la de contar con el respaldo imperial de toda Hispanidad reconstruida.

España, pues, sólo tiene dos caminos —que se juntan y llevan al mismo destino— en su política exterior, en su política universal. Esperar el momento universal de Europa fortaleciendo, en una neutralidad alerta, su potencialidad nacional, destacándose cada vez más, haciéndose cada vez más necesaria, hasta adueñarse de la última palabra en la solución de la nueva edad que se abre. Y para fuerza de este quehacer, para auxilio en esta empresa, para base de la cristianización del mundo que le encarga Roma, tomar la dirección espiritual en la reconstrucción del Imperio de la Hispanidad, dándole a esa Hispanidad una empresa que la unifique: La empresa de la Espada al servicio de la Cruz.

PABLO ANTONIO CUADRA.

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Don Pablo Antonio Cuadra nació y murió en Managua, Nicaragua, en la Capitanía General de Guatemala (también conocida como Reino de Guatemala)

* 4 de noviembre de 1912
+ 2 de enero de 2002

Requiem Æternam

Réquiem aetérnam dona eis, Dómine,
et lux perpétua lúceat eis.
Requiéscant in pace. Amen

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