viernes, 26 de febrero de 2010

¿El Papa lo puede todo?


El documento doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Consideraciones «El Primado del sucesor de Pedro en el misterio de la Iglesia», 31 de octubre de 1998, recoge las consideraciones de este dicasterio romano sobre la función del sucesor de san Pedro en la Iglesia al servicio de la unidad con Cristo y de los cristianos entre sí.

Varios teólogos comentan este documento (Comentarios de R. Pesch, R. Minnerath, P. Rodríguez, F. Ocáriz, A. M. Sicari y N. Bux), que es clave para entender la misión del Papa y su fundamento en la voluntad de Cristo de establecer un primado en la Iglesia.

Por su interés reproducimos un extracto del Comentario de Mons. Pedro Rodríguez titulado «Naturaleza y finalidad del Primado del Papa: El Vaticano I a la luz del Vaticano II”» (Ediciones Palabra, pp. 103-139)

Hemos tenido a bien titular el extracto «¿El Papa lo puede todo?»; cuando se han añadido algunos datos nuevos aparecen siempre entre llaves { } .


¿El Papa lo puede todo?
Mons. Pedro Rodríguez

La «unidad de fe y de comunión», finalidad del Primado papal («El Primado del sucesor de Pedro en el misterio Iglesia», Ediciones Palabra, pp. 123-126)

El primado es, ante todo, un munus, un oficio, una tarea, un ministerio en la Iglesia, cuya razón formal es el servicio a la unidad de fe y de comunión en esa Iglesia; servicio que está dotado en orden a su ejercicio de esa exousia-potestas, que incluye en su seno la potestad descrita en el cap. III de la Constitución y que, como hemos visto, se denomina potestad de jurisdicción [54]. La naturaleza de este primado de jurisdicción solo se alcanza a comprender en su profundidad cuando el ejercicio de esa potestad plena y suprema, de que está dotado, se ve internamente configurado por la finalidad que es inmanente a esa potestad: el servicio a la unidad.

Pues bien, este servicio a la unidad como razón de ser del primado pasó a un segundo lugar en la teología posterior a Pastor Æternus. El estudio del primado en la apologética y en la canonística católicas estaba focalizado fundamentalmente en una defensa de la plenitud material de la potestad del Papa. En efecto, la imagen del primado que se ha impuesto durante décadas –tanto en los escritos católicos como en la comprensión que de ella hicieron los demás cristianos– es la de la plenitudo potestatis del Papa, pero entendida esta no en el marco del misterio de Pedro, sino en el horizonte de los contenidos materiales de esa potestad y que se expresa in recto en el axioma medieval: «Papa omnia potest».

En una eclesiología de tipo jurídico, la iluminación de los contenidos materiales desde la razón formal del primado se oscurece. La razón formal se desplaza, por su propio planteamiento, a segundo lugar, ocupando el primero la plenitud material de los contenidos de la potestas. El ministerio del Papa viene entendido como gobierno directo de la Iglesia universal [55]. En esa perspectiva tiende a pensarse que el Papa debe hacer todo lo que puede hacer. La razón formal de su ministerio tiende a identificarse con la que es propia del gobierno de la «civitas», atenuándose o incluso ocultándose su especificidad en el misterio de la Iglesia

Una eclesiología centrada en la comunión, por el contrario, afirma, naturalmente –como no puede ser menos en la Iglesia católica–, el primado definido en Pastor Æternus, y que hemos expuesto sintéticamente, pero capta en toda su fuerza –en la consideración teológica y en la correspondiente praxis eclesial– la razón formal del primado y, por tanto, que el Papa, «que lo puede todo» (su potestad es plena y suprema: plenitudo potestatis), en realidad «no lo puede todo». Y ello no solo por lo que se ha llamado límites legales y dogmáticos del Papado [56], que en realidad son límites inmanentes a todo oficio y potestad en la Iglesia, pura expresión de que la Iglesia es de Cristo y no del Papa ni de los demás Obispos; sino, ante todo, por la limitación que es constitutiva del oficio específico, del primado.

Por su carácter pleno y supremo –lo hemos visto–, la episcopé del primado, en su dimensión jurídica, no tiene en la Iglesia histórica instancia alguna ante la que deba responder (jurídicamente) del ejercicio (uso o abuso) del don recibido, como expresaba el antiguo axioma, recogido en el canon 1404 del Código de Derecho Canónico {1983}: «prima sedes a nemine iudicatur» {cf. CIC 1917, can. 1556: «Prima Sedes a nemine iudicatur»}. Este es un punto firme e irrenunciable en la doctrina católica acerca del Primado. Pero esto no significa que el ejercicio del Primado se sitúe en el ámbito de la arbitrariedad y no del derecho, o que no haya «límites» al ejercicio del Primado. Evidentemente, los actos primaciales del Papa (y los actos de su Curia) están reglados en cada época por las leyes de la Iglesia, que deben ser cumplidas. Lo que sucede es que los verdaderos límites de la episcopé del Primado son de otro orden: son los que proceden de la misma Palabra de Dios, del Evangelio salvador, que señala a los creyentes tanto la inviolable constitución divina de la Iglesia como las exigencias propias del oficio primacial y sus límites inmanentes. Pertenece al misterio del Primado el hecho de que el don y la tarea de su episcopé estén insertas en la episcopé concedida por Cristo a todo el ministerio episcopal y consistan precisamente en honrar y defender aquello mismo que constituye su límite inviolable: la Palabra salvadora y misericordiosa de Dios.

Esta es la paradoja y el misterio del Sucesor de Pedro: que el Papa, precisamente por ser el Papa, no puede todo. Dicho de otra manera: puede todo lo que venga exigido por el servicio a la unidad de fe y de comunión de la Iglesia enviada a evangelizar el mundo. Si proviene de otra razón, aunque lo que haga sea materialmente bueno, es un abuso en sentido teológico, es una extralimitación de su oficio. Pertenece a la dinámica de una eclesiología católica de comunión el que, cuando se considera el primado del Papa en la Iglesia, pasa a primer término su razón formal (el servicio a la unidad de fe y de comunión): y esto en la conciencia de toda la Iglesia, en los fieles y en los Obispos, en la Iglesia de Roma y en las otras Iglesias locales.

En este sentido está inserta en el misterio del primado papal –y esto está presente en Pastor Æternus– una constitutiva tensión entre la razón formal de la potestad (que pone a esta límites inmanentes) y la amplitud fáctica de sus contenidos materiales (Papa omnia potest); una tensión que no puede resolverse jurídicamente [57]. Desde una eclesiología que pone su centro en la communio, el diálogo del Obispo de Roma con los otros Obispos, basado en la fraternidad sacramental y colegial del Corpus Episcoporum, es la sede propia, el ámbito connatural para contrastar, ante las cuestiones concretas, qué contenidos materiales concretos de la potestad suprema del Papa son los que han de ponerse en juego según la razón formal del primado, es decir, para un verdadero servicio del Sucesor de Pedro a la comunión en la fe de los Obispos y de las Iglesias.

NOTAS

[54] La potestad (en su sentido jurídico: de jurisdicción) es una dimensión segunda –no digo secundaria– respecto de la exousia-potestas que es en la Iglesia inmanente a la episkopé del primado y de los demás obispos. La Declaración II de ARCIC sobre la Autoridad en la Iglesia (Windsor 1982) explica así esta terminología: «Se puede definir la jurisdicción en la Iglesia como la autoridad o poder (potestas) necesarios para el ejercicio de una función. En ambas comuniones se da para el cumplimiento efectivo de la función, y esto es lo que determina su ejercicio y sus límites» (n. 16). «Esta autoridad del Obispo, normalmente llamada jurisdicción, lleva consigo la responsabilidad de formular y llevar a la práctica las decisiones requeridas por su función para el bien de la koinonia. De igual manera, dentro de la koinonia universal y la colegialidad de los Obispos, también el Primado universal ejerce la jurisdicción necesaria para el cumplimiento de sus funciones, siendo la principal la de servir a la fe y a la unidad de la Iglesia en su conjunto» (n. 17). Textos en GM, I, pp. 64-67.

[55] Vid. supra nuestra consideración del tema y en la bibliografía citada en nota 37 la problemática de los términos «ordinaria e inmediata» en los debates del Vaticano I.

[56] P. GRANFIELD, The limits of the Papacy, Nueva York 1987, pp. 68-76.

[57] Este es el sentido teológico de la vieja doctrina canónica que va desde el citado axioma medieval «prima sedes a nemine iudicatur» hasta el can. 333 § 3 del CIC {1983}: «Contra sententiam vel decretum Romani Pontificis non datur appellatio» {cf. CIC 1917, can. 228 § 2: «A sententia Romani Pontificis non datur ad Concilium Oecumenicum appellatio»}.

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