lunes, 26 de abril de 2010

Sociedades secretas... ¿católicas? Aspectos morales



Quod dico vobis in tenebris, dicite in lumine; et, quod in aure auditis, praedicate super tecta. «Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas». Mt. 10,27.

Si quis ambulaverit in die, non offendit, quia lucem huius mundi videt; si quis autem ambulaverit in nocte, offendit, quia lux non est in eo. «El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Io. 11,9-10.

«Los discípulos de Cristo se han “revestido del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4, 24). “Desechando la mentira” (Ef 4, 25), deben “rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias” (1 P 2, 1)». Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2475.

Sociedades secretas... ¿católicas? Aspectos morales

J. L. Gutiérrez Gómez

Conviene precisar en primer lugar qué debe entenderse, desde una perspectiva moral, por sociedad secreta: pensamos que este calificativo puede aplicarse a la sociedad constituida al margen de la autoridad legítima y de la sociedad, con unos estatutos, procedimientos, ritos, etc., conocidos solamente por sus miembros, que procuran también ocultar su pertenencia a esa sociedad; o, en términos más generales, aquellas sociedades cuyos miembros ocultan y encubren su condición, con o sin un compromiso formal de guardar secreto.

Parece necesario advertir que sólo es sociedad secreta aquella sociedad que no es conocida por quien tiene el derecho de conocerla, es decir, que priva a la autoridad, o a la sociedad en su conjunto, del conocimiento al que tienen derecho; no lo es, en cambio, aquella que informa debidamente de sus fines, actividades, etc., aunque a la vez se defienda de intromisiones indebidas. El bien de la sociedad exige tanto una adecuada información de las asociaciones que actúan en la vida social, como un respeto a la vida privada tanto de las personas singulares como de la familia, sociedad de cualquier tipo, etc. No respetar lo primero da origen al carácter secreto criticable. Desconocer lo segundo implica una violación de los derechos tanto de las personas físicas como morales: no debe perderse de vista que la invasión de la vida privada por parte de muchos órganos de comunicación social tiende a confundir el secreto con lo que simplemente no se hace, de facto, del dominio público.

Hechas las anteriores precisiones, puede decirse que en algunos casos el hecho de asociarse sin comunicarlo a otros puede ser perfectamente legítimo, p. ej., cuando falta la auténtica libertad de asociación. En estos casos no estamos ante una sociedad secreta; es un caso de defensa frente a la ilegitimidad de las leyes civiles que no dejan más vía que la clandestinidad.

Sin embargo, de por sí, el bien, o una sociedad constituida con fines lícitos, no tienen necesidad de ningún secreto: ninguna razón de eficacia lo exige y un ambiente de ese género induce a la presunción de que, bajo la apariencia buena, quizá se oculta algo peyorativo, que los miembros tienen interés en esconder, bien en relación con los fines o al menos en los medios que emplean, aunque sean lícitos los fines.

Si se analizan los documentos con que la Iglesia en los s. XIX y XX ha condenado las sociedades secretas, se ve que en ellos se tiene en cuenta tanto las características como los fines de esas sociedades. La Sagrada Congr. del Santo Oficio respondió el 5 ag. 1846 que las sociedades condenadas en los documentos pontificios –a los que nos referiremos en el apartado siguiente– son aquellas de carácter oculto, que atentan contra la Iglesia o contra el poder civil, exijan o no a sus miembros la obligación de guardar secreto. Esta decisión fue confirmada de nuevo por el Santo Oficio el 13 jul. 1865. Sucesivamente, la misma Sagrada Congregación precisó, el 10 mayo 1884, que por sociedades secretas habían de entenderse las que

«exigen de sus miembros un secreto total, que a nadie debe manifestarse, y les piden una obediencia total a jefes ocultos, corroborada mediante juramento».

Tales asociaciones están prohibidas a los fieles bajo pecado grave. Junto a esa prohibición se desaconseja en general a los fieles toda sociedad secreta por existir una presunción en su contra (cfr. CIC, can. 684).

Doctrina de la Iglesia sobre algunas sociedades secretas en particular.

La Santa Sede ha considerado la masonería como una institución subversiva, contraria a la religión y al poder legítimo de la sociedad civil. Clemente XII, mediante la Carta apostólica In eminenti, 28 abr. 1738, conminó a sus miembros la excomunión reservada al Sumo Pontífice. Renovaron esta condena –hablando con frecuencia de sociedad secreta, lo que motivó las precisiones del Santo Oficio anteriormente señaladas– Benedicto XIV, con la Const. Providas Romanorum Pontificum, 17 mayo 1751; Pío VII, con la Bula Ecclesiam a Iesu Christo, 13 sept. 1821; León XII, con la Bula Quo graviora, 13 mar. 1825; [Beato] Pío IX, con la Enc. Qui pluribus, 9 nov. 1846, la Bula Apostolicae Sedis, 12 oct. 1869, y en la Alocución Multiplices inter, 2 sept. 1865; León XIII, con la Enc. Humanum genus, 20 abr. 1884, y la Carta apostólica Praeclarum gratulationis, 20 jun. 1894; y [San] Pío X en la Alocución consistorial, 20 nov. 1911. La Santa Sede declaró el 27 jun. 1838 que en la condena general se incluían también la masonería escocesa de Irlanda y la norteamericana.

La mayor parte de los documentos citados hacen referencia también a los carbonarios, sociedad secreta política y pseudorreligiosa que ejerció una influencia notable durante el s. XIX, especialmente en Italia. Respondiendo a una pregunta del episcopado napolitano, la S. Penitenciaría declaró que, teniendo en cuenta los perniciosos dogmas y preceptos de esta sociedad, y especialmente su pretensión de dar a cada individuo libertad plena para entender la religión según su propio capricho, debía considerarse como una secta temeraria y herética.

La disciplina eclesiástica actualmente en vigor [hasta 1983] se contiene especialmente en los can. 684, 2.335 y 2.336 del CIC (cfr. también cán. 1.065, 1 y 2, 1.241, n° 1, 2.239, 542, n° 1, 693, 1, 1.453, 1-3). Concretamente, los can. 2.335 y 2.336 conminan la excomunión reservada a la Santa Sede a quienes dan su nombre a la masonería o a otras asociaciones del mismo género.

Anexo I. Tabla de correspondencias entre los cánones citados del Código de 1917 y el Código de 1983

CIC (1917) can. 684; cf. CIC (1983) can. 298 § 2
CIC (1917) can. 2335; cf. CIC (1983) can. 1374
CIC (1917) can. 2336; cf. CIC (1983) can. -
CIC (1917) can. 1065, 1 y 2; cf. CIC (1983) can. 1071 § 1, 4º; 1071 § 2
CIC (1917) can. 1241, nº 1; cf. CIC (1983) can. 1185
CIC (1917) can. 2239; cf. CIC (1983) can. 1361 §§ 1 y 2
CIC (1917) can. 542, nº 1; cf. CIC (1983) can. 597 § 1: 643 § 1, 1º-4º; 643 § 2; 644
CIC (1917) can. 693, 1; cf. CIC (1983) can. 307 § 2; 316 § 1
CIC (1917) can. 1453, 1-3; cf. CIC (1983) can. -

Anexo II. Cánones citados del Código de 1983

CIC (1917) can. 684; cf. CIC (1983) can. 298 § 2

298 § 2.
Inscríbanse los fieles preferentemente en aquellas asociaciones que hayan sido erigidas, alabadas o recomendadas por la autoridad eclesiástica competente.

CIC (1917) can. 2335; cf. CIC (1983) can. 1374

1374
Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho.

CIC (1917) can. 2336; cf. CIC (1983) can. -

-

CIC (1917) can. 1065, 1 y 2; cf. CIC (1983) can. 1071 § 1, 4º; 1071 § 2

1071 § 1.
Excepto en caso de necesidad, nadie debe asistir sin licencia del Ordinario del lugar:
4 al matrimonio de quien notoriamente hubiera abandonado la fe católica;

1071 § 2. El Ordinario del lugar no debe conceder licencia para asistir al matrimonio de quien haya abandonado notoriamente la fe católica, si no es observando con las debidas adaptaciones lo establecido en el c. 1125.

CIC (1917) can. 1241, nº 1; cf. CIC (1983) can. 1185

1185
A quien ha sido excluido de las exequias eclesiásticas se le negará también cualquier Misa exequial.

CIC (1917) can. 2239; cf. CIC (1983) can. 1361 §§ 1 y 2

1361 § 1.
La remisión puede también concederse a quien se halla ausente, o bajo condición.
§ 2. La remisión en el fuero externo debe concederse por escrito, a no ser que una causa grave aconseje otra cosa.

CIC (1917) can. 542, nº 1; cf. CIC (1983) can. 597 § 1; 643 § 1, 1º-4º; 643 § 2; 644

597 § 1.
Puede ser admitido en un instituto de vida consagrada todo católico de recta intención que tenga las cualidades exigidas por el derecho universal y por el propio, y esté libre de impedimento.

643 § 1. Es admitido inválidamente al noviciado:
1 quien aún no haya cumplido diecisiete años;
2 un cónyuge, durante el matrimonio;
3 quien se halla en ese momento ligado por un vínculo sagrado con algún instituto de vida consagrada o está incorporado a una sociedad de vida apostólica, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 684;
4 quien entra en el instituto inducido por violencia, miedo grave o dolo, o aquel a quien el Superior admite inducido de ese mismo modo;

643 § 2. El derecho propio puede añadir otros impedimentos también para la validez de la admisión, o imponer otras condiciones.

644 Los superiores no admitan como novicios a clérigos seculares sin consultar a su Ordinario propio, ni a quienes hayan contraído deudas que no pueden pagar.

CIC (1917) can. 693, 1; cf. CIC (1983) can. 307 § 2; 316 § 1

307 § 2.
Una misma persona puede pertenecer a varias asociaciones.

316 § 1. Quien públicamente rechazara la fe católica o se apartara de la comunión eclesiástica, o se encuentre incurso en una excomunión impuesta o declarada, no puede ser válidamente admitido en las asociaciones públicas.

CIC (1917) can. 1453, 1-3; cf. CIC (1983) can. -

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Fuente: Enciclopedia GER http://www.canalsocial.net/
Autor: J. L. GUTIÉRREZ GÓMEZ
Bibliografía: Para los documentos eclesiásticos sobre las sociedades secretas, cfr. P. GASPARRI, J. G. SERSDI, Codicis Iuris Canonici Fontes, Roma 1923-1939; B. DOLHAGARAY, Franc-Maconnerie, en DTC V1,722731; J. OUIGLEY, Condemned societies, Washington 1927.

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