domingo, 25 de abril de 2010

Una colaboración antigua y nueva


Título: Mujeres y hombres en la Iglesia de hoy. Una colaboración antigua y nueva
Autor: Lucetta Scaraffia
Fuente: L’Osservatore Romano (edición en lengua española), Año XLII, número 13 (2.152), p. 12
Fecha: 28 de marzo de 2010

Mujeres y hombres en la Iglesia de hoy
Una colaboración antigua y nueva

LUCETTA SCARAFFIA

Los cambios de las sociedades occidentales que han abierto a las mujeres los espacios antes reservados a los hombres —cambios que están influenciando las demás culturas del mundo— han provocado una revolución en la configuración de las funciones sexuales, planteando también para la Iglesia católica la cuestión de ampliar el papel de las mujeres. Se trata de una cuestión de igualdad que la tradición cristiana ha tenido muy claro desde sus orígenes, y que la ha llevado a comenzar una auténtica revolución acerca del modo de concebir la diferencia sexual. A su vez, este cambio radical está en el origen de la revolución femenina contemporánea que ha tenido lugar en las sociedades occidentales. Pero, si bien en los siglos pasados la Iglesia de hecho se ha mostrado más abierta que el mundo profano respecto a las mujeres, hoy la situación se ha invertido, y son fuertes y urgentes las presiones externas e internas a fin de que se afronte la situación en ámbito católico.

Hasta ahora la respuesta católica se ha articulado sobre todo en el plano teórico, a diferencia de la sociedad laica, en la que los cambios se han ido teorizando mientras sucedían y, por consiguiente, con poca conciencia de los riesgos que muchas de estas innovaciones revolucionarias podían conllevar, como por ejemplo la caída demográfica. La actitud de la Iglesia ofrece una ventaja inicial, porque es clara la línea elegida, según la cual se deberá promover la apertura a una mayor presencia femenina: la Mulieris dignitatem de Juan Pablo II recordó, en efecto, que hay que atribuir a las mujeres papeles de igual importancia, aunque de distinta naturaleza, a los de los hombres en la vida de la Iglesia, y también recordó este principio el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, en la Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración entre el hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo.

El problema, sin embargo, es que esta importante elaboración teórica no ha tenido como continuación una transformación igualmente neta de la participación femenina en la vida de la Iglesia; o, al menos, la participación, que se ha ampliado significativamente, se ha mantenido casi siempre fuera de las esferas de decisión y de los ámbitos de elaboración cultural. Por tanto, es comprensible que la presión de las excluidas —por lo demás, con frecuencia sin razones de mérito— se haga sentir, aunque discretamente. No es sólo un problema de justicia social, de «igualdad de oportunidades», porque de este modo la Iglesia corre el riesgo de no aprovechar energías y contribuciones a menudo de primaria importancia.

Baste un ejemplo: en las dolorosas y vergonzosas situaciones en las que salen a la luz molestias y abusos sexuales de parte de eclesiásticos respecto de jóvenes encomendados a ellos, podemos plantear la hipótesis de que una mayor presencia femenina no subordinada podría rasgar el velo de complicidad masculino que en el pasado con frecuencia ha cubierto con el silencio la denuncia de los delitos. De hecho, las mujeres, tanto religiosas como laicas, tienen por naturaleza una mayor predisposición a la defensa de los jóvenes en caso de abusos sexuales, y podrían evitar a la Iglesia el grave daño que estas actitudes culpables le han procurado.

De alguna manera lo había percibido en la segunda mitad del siglo XIX, por ejemplo, Daniel Comboni, que fue beatificado y canonizado por Juan Pablo II. Comprometido en la dificilísima tarea de organizar las misiones cristianas en el Sudán actual, donde casi ningún europeo se había aventurado aún, pronto comprendió que su proyecto no podía realizarse sin la presencia femenina consagrada. Por tanto, en medio de mil dificultades, intentó fundar una congregación de misioneras dispuestas a llegar a lugares tan salvajes y peligrosos, con una decisión motivada por muchas razones: las religiosas, en efecto, eran más tenaces y se introducían con más facilidad en las distintas culturas.

El gran misionero, además, estaba convencido de que la presencia de mujeres occidentales al lado de la de sus misioneros los ayudaría a mantener un comportamiento correcto y, sobre todo, les impediría infringir el voto de castidad, un peligro frecuente en lugares aislados, donde la promiscuidad sexual, y sobre todo el ejercicio del poder respecto a las mujeres y los chicos, hacían que la tentación no fuera improbable. Por eso Comboni escribe que la religiosa es «esencial» para las misiones, porque «es una defensa y una garantía para el misionero». Este ejemplo histórico, por tanto, indica una posibilidad, entre otras muchas realizables, de colaboración y de ayuda recíproca que mujeres y hombres se pueden intercambiar en la vida de la Iglesia al servicio de la persona humana. De hecho, no existe casi ninguna congregación religiosa que, además de la rama masculina, no contemple al mismo tiempo la femenina, por esa intuición que entreveía precisamente en el papel de la mujer consagrada un don del que sólo ella es portadora.

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