martes, 18 de enero de 2011

Carlismo no es Romanticismo


Oficiales y soldados requetés. 1937 (Láminas de Kemer)

Carlismo no es Romanticismo

Carlismo y Romanticismo. — Sátiras. — Generaciones carlistas. — Actitud de sacrificio.

Carlismo y Romanticismo

El Carlismo, contra cualquier apariencia engañosa, no es una causa romántica. Aunque sus gestas y sus hombres hayan podido servir en alguna ocasión de motivo a escritores románticos, la ideología sigue bien claramente una inclinación clásica, ya que busca la norma, la sujeción, el encuadramiento y el orden, frente a todas esas insubordinaciones de que hace gala el romanticismo, que más bien puede congeniar y desarrollarse en un mundo de tono liberal, en el que tan sólo pueden caber las despreocupaciones, los sentimentalismos anárquicos, el agnosticismo, las revoluciones, etcétera, que caracterizan lo romántico.

No olvidemos que el Carlismo, precisamente por descansar sobre una base religiosa, tiene que estar en contra de las tres R enemigas del catolicismo que señalaba Donoso Cortés: Reforma, Revolución y Romanticismo. Y por si esto fuera poco, por militar, por castrense, el Carlismo tampoco puede tener ninguna vinculación con lo romántico. El Carlismo político, en el que tiene inmensa influencia el Carlismo militar, es áspero, duro y flexible a la vez. Quizá como el significado vascuence del apellido de su caudillo, el general Zumalacárregui [1], que por cierto no tenía nada de romántico, aunque Jarnes titulara su biografía: Zumalacárregui: Caudillo romántico. Jesús Evaristo Casariego nos dice:

«Sé que podrán decir algunos que el romanticismo es la rebeldía; pero me adelanto a decirles que el Carlismo ha sido, a lo largo de siglo y pico, precisamente la rebeldía contra la rebeldía. Los rebeldes eran los liberales, y así se les denomina en toda la copiosa documentación oficial de Carlos V y de Carlos VII. Los carlistas representaban la continuidad histórica que se había roto a la muerte de Fernando VII. Mella tiene sobre esto juicios bellísimos y definitivos.

Nada tuvo el Carlismo de romántico. En cambio, eso sí, fue mirado muy románticamente por algunos extranjeros como Labadie, Maistre, y el propio Marx, quien en 1849, en unos artículos que publicó en la Nueva Gaceta Renana, veía en las luchas de Carlos V un simple alzamiento de los vascos "oprimidos", olvidándose de la extensión nacional de aquella guerra y del patriotismo español que la animaba.

En cambio, otros escritores y políticos de la época romántica ven en el Carlismo una cosa clásica. Borrow, en su libro La Biblia en España, dice que nuestras guerras civiles fueron hechos normales, producidos por la colisión entre el derecho revolucionario (romántico) y el antiguo (clásico)» [2].

Quizá la visión equivocada del Carlismo se deba a la circunstancia de que sus gestas, sus proezas, como antes decíamos, sirvieron de motivo para sus obras a escritores de tipo romántico, bohemios, ateos y revolucionarios. No poco ha contribuido a ello el que Valle Inclán, Pío Baroja y hasta Unamuno dedicaran a temas carlistas algunas de sus páginas.

Sátiras

De ahí a considerar al Carlismo como tema de escritos humorísticos hay tan sólo un paso, aunque parezca mentira. No pocos chistes y comentarios satíricos hizo la prensa liberal y revolucionaria, que generalmente estaban llenos de una sangrante ironía contra las personas y las ideas de la Causa. Al Carlismo cabe la gloria de que en la mayor parte de ellos lo que se hacía era, sin darse cuenta, un auténtico elogio, ya que la burla iba dirigida en realidad al espíritu religioso, al sentido autoritario y patriótico del Carlismo, a su sentido tradicional y antirrevolucionario; de todo lo cual, en verdad, a no ser por la forma chabacana y ruin de que solían ir revestidos, ningún carlista se hubiera avergonzado y menos molestado.

Cuando allá por el año 1920 se corrió la voz de que don Jaime se trasladaba a América, una conocida revista madrileña se mofaba así de los carlistas (entonces denominados jaimistas):

«Francia tiene su nacionalismo, y Portugal, su miguelismo. En ambos partidos, como en nuestros carlistas, figuran gentes serias, limpias, linajudas y enamoradas de la comodidad. Suelen vestir bien y comer en restaurantes elegantes. Todos sabemos que no ofrecen el menor peligro, que jamás harán daño a nadie; pero nos gustan sus modales de conspiradores bien educados, u oírles hablar del «señor» y decir que «cuando se echen al campo». Sabemos que tienen una boina guardada en un armario, una boina roja, y muchas veces les preguntamos por ella. Ahora, sin príncipe ya, ¿qué harán de esa boina, de las frases líricas y del airéenlo de conspiradores?» .

No nos resistimos, claro está, a utilizar estas «graciosas» parrafadas del «muy inteligente» humorista, para, apoyándonos en ellas, hacer un comentario que si bien hoy no tiene actualidad, sí la tuvo hace veinte años, y que aunque no es de desear, ni mucho menos, que vuelva a tenerla, siempre sería útil tener en cuenta, pues siempre hay personas que por tomar a broma cosas que son veneradas por otros, dicen auténticas nimiedades y se desprestigian como adivinadores de lo por venir. Precisamente don Jaime, al cual algunos han podido suponer desinterés por la causa que regía, nunca tuvo miedo, y había dicho con acento bien categórico: «Jamás el terror a las iras terroristas me hará retroceder un solo paso en el camino del deber. Soy español y en mi programa no hay sitio para el miedo.» [3].

En las columnas de El Pensamiento Navarro, de Pamplona, el conocido S.A.B. comentó así, con su peculiar estilo, aquel texto humorístico:

«Si los hombres que han querido tomarlo todo a broma, se detuviesen alguna vez a pensar ante los cataclismos que nada han hecho por evitar, podrían decir: ¡Cuántas majaderías e idioteces hemos dicho en nuestra vida! Porque ese humorista habrá visto ya lo que "nuestros carlistas" han hecho con la boina roja. A él le cogió el Alzamiento en Madrid, y pese a su liberalismo, a su republicanismo, a sus cuchufletas contra don Jaime y los jaimistas, tuvo que buscar refugio seguro para que no lo "paseasen". Es posible que entonces deseara que las boinas rojas entraran en la capital de España para darle libertad. De todos modos, cuando pudo salir de aquel infierno para volver a España, desde la frontera hasta las mismas avanzadas, en millares de desfiles fúnebres, en las camas de los hospitales, pudo ver las boinas rojas que él trata de ridiculizar, y que el 19 de julio se pusieron millares de hombres de corazón, mientras sus ridiculizadores se escondían y permanecían impasibles porque lo de morir por Dios y por España no iba con ellos, pues era cosa de hombres. Porque don Jaime y los carlistas, con "pose" de conspiradores, que hablaban de "echarse al campo" para los momentos de peligro para la Patria, crearon aquella casta de héroes; los únicos que no crearon nada, como no fuera pasto y carne de milicianada, fueron los humoristas, un tanto volterianos, que por hacer reír a los de su calaña, cometieron la injusticia de burlarse de lo que sólo merecía aplausos y al cabo del tiempo sería honrado con el homenaje nacional, porque antes lo habían honrado los que se pusieron la boina roja para morir por ella y con ella en defensa de la Patria» [4].

Generaciones carlistas

Y es que debe tenerse en cuenta, si quiere valorarse lo que es el Carlismo, que no es una «pose», ni una actitud accidental y transitoria, ni un ideal ligero inventado por algún hombre, sino más bien una especie de ley de herencia que alcanza ya a seis generaciones, a las cuales se van incorporando, voluntariamente, nuevos hombres que por convicción racional y dedicación sentimental consagran a la Causa todo lo que son y tienen, y, sobre todo, se preocupan por transmitir a sus hijos el ideal, la actitud, el historial y el orgullo de ser carlistas; que por lo menos tienen, como decía un escritor, «la conciencia limpia de pecados capitales contra España», consecuencia de una gran lealtad, de un gran desinterés y desprendimiento, y de una continua renunciación en las horas en que otros, no tan desprendidos, saltaron fácilmente la tapia que hay entre el «servir a» y el «servirse de».

Actitud de sacrificio

En las viejas familias españolas, en muchas de las cuales hubo hijos de todos los colores políticos durante los años de la descomposición liberal, ya se sabía, por una especie de ley, que aquel que se adscribía al carlismo echaba sobre sí la pesada losa de un servicio vigilante y tenso, de una integridad que a veces parecía exagerada, de una escrupulosidad no usada, y sobre esa losa se encaramaban montones de duendecillos que martirizaban al que estaba debajo, censurando su actitud, a la que acusaban incluso de poco cristiana, después de tacharla de poco práctica, eficaz, comprensiva, etc. Pero aquellos hombres no eran unos cobardes, ni unos equivocados... ya que el tiempo se dedicó a darles después la razón... ¿qué eran, pues? La historia los ha juzgado duramente, pero en esa dureza puede encontrarse el mayor elogio quizá, ya que era necesario que hubiera hombres que se dedicaran a ser así. Como premio a ello, sólo esperaban dos cosas: morir tranquilos, muy tranquilos, muy contentos, cuando les llegara su hora, y algunos ver en vida, que, de cuando en cuando, gracias a su actitud, además de salvar sus ideas, España se salvaba de un cataclismo.

NOTAS

[1]
Casariego, Jesús Evaristo: La Verdad del Tradicionalismo. – Madrid, 1940. Talleres Gráficos, Ibiza, 11, nos recuerda que zuma quiere decir en vascuence: mimbre, y lakarra: áspero, duro (pág. 132).

[2] Casariego: Op. cit., pág. 134.

[3] Burgo, Jaime del: Requetés en Navarra antes del Alzamiento. – Editorial Española, S. A. San Sebastián, 1939.

[4] SAB: Los quiebras del humorismo. Relente. – «El Pensamiento Navarro». Pamplona, 25 de febrero de 1939.

FUENTE

General L. Redondo y Comandante J. de Zavala, El Requeté. – Barcelona, 1957. Editorial AHR (págs. 32-36).

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1 comentario:

Siguiendo a Chesterton dijo...

La verdad es que la entrada es soberbia y muy bien documentada, pero esa relación entre carlismo y romanticismo no me acaba de convencer. Me considero carlista, pero siempre he pensado que tengo algo de romántico, no sé por qué, quizá sea que a la fuerza de leer como se relacionan carlismo y romanticismo lo haya asimilado.