martes, 8 de febrero de 2011

María Mediadora, Corredentora y Abogada


Acto en reparación de las injurias inferidas a la Bienaventurada Virgen María

Virgen bendita

Virgen bendita, Madre de Dios, dirigid benignamente vuestra mirada desde el cielo, donde estáis sentada como reina, sobre este miserable pecador, siervo vuestro. Él, aunque conocedor de su indignidad, en reparación de las ofensas que os hacen las lenguas impías y blasfemas, desde lo íntimo de su corazón, os bendice y ensalza como la más pura, la más bella y la más santa de todas las criaturas. Bendecid vuestro santo Nombre, bendecid vuestras sublimes prerrogativas de Madre de Dios, siempre Virgen, concebida sin mancha de pecado, de corredentora del género humano. Bendecid al eterno Padre, que os escogió de un modo particular como Hija; bendecid al Verbo encarnado, que, vistiéndose la humana naturaleza en vuestro purísimo seno, os hizo su Madre; bendecid al divino Espíritu, que os quiso por Esposa. Bendecid, ensalzad y dad gracias a la Trinidad augusta que os escogió y os amó tan preferentemente hasta levantaros por encima de tedas las criaturas a la más sublime alteza. Oh Virgen santa y misericordiosa, alcanzad el arrepentimiento a vuestros ofensores y aceptad complacida este pequeño obsequio de vuestro siervo, obteniendo también para él de vuestro divino Hijo el perdón de los propios pecados. Amén.

Indulgencia de quinientos días. (S.C.S. Oficio, 22 ener. 1914; S. Pen. Ap., 4 dic. 1934): Enquiridion de las Indulgencias (1956), conc. 329.

María Mediadora, Corredentora y Abogada

Con razón los Romanos Pontífices han llamado a María Corredentora: de tal modo, juntamente con su Hijo paciente y muriente, padeció y casi murió; y de tal modo, por la salvación de los hombres, abdicó de los derechos maternos sobre su Hijo, y le inmoló, en cuanto de Ella dependía, para aplacar la justicia de Dios, que puede con razón decirse que Ella redimió al género humano juntamente con Cristo [Benedicto XV, Carta Inter sodalicia, 22-III-1918, AAS 10 (1919), 182]. Así entendemos mejor aquel momento de la Pasión de Nuestro Señor, que nunca nos cansaremos de meditar: stabat autem iuxta crucem Iesu mater eius [Ioh XIX, 25], estaba junto a la cruz de Jesús su Madre.

San Josemaría Escrivá, “Amigos de Dios”, Madre de Dios, Madre nuestra [11 Oct 1964], punto 287.

La devoción mariana estuvo presente en su múltiple obra de apóstol del Concilio de Trento, de legislador genial y solícito, de reformador clarividente e inflexible. Valorizando el sentimiento popular que había convertido a María en “Nuestra Señora de Milán”, San Carlos se esforzó para que la devoción a la Virgen penetrara cada vez con más profundidad y en la piedad individual y en el culto público. Dio para tal fin numerosas disposiciones referentes a la difusión del santo Rosario, la recitación del Oficio de la Virgen María, la celebración de la Misa y a funciones especiales en honor de María.
A la Virgen –la Corredentora– se dirigió San Carlos con acentos especialmente reveladores. Comentando la pérdida de Jesús en el templo, a los doce años, reconstruye el diálogo interior que pudo haberse dado entre la Madre y el Hijo, y añade: “padecerás dolores todavía mayores, oh Madre bendita, y continuarás viviendo, pero la vida te será mil veces más amarga que la muerte: verás a tu hijo inocente entregado a las manos de los pecadores... lo verás brutalmente crucificado, entre ladrones; verás su costado santo traspasado por el cruel golpe de la lanza; verás, finalmente, derramar la sangre que tú le diste. ¡Y sin embargo no podrás morir!” (De la homilía pronunciada en la Catedral de Milán, el domingo después de la Epifanía del año 1584).

Juan Pablo II, “Ángelus” (4 Nov 1984), n. 2.

Con la celebración de hoy comienza la “Semana grande” dedicada a los supremos acontecimientos de la existencia terrena de Cristo. Serán días de oración, silencio, meditación. El paso del Hijo de Dios de la vida a la muerte y de la muerte a la resurrección no puede quedar: reducido a mero recuerdo histórico os sentimental. El misterio pascual, quiere dejar un surco en los corazones y en la tierra misma de la civilización.
La Iglesia le dedica una particular solicitud pastoral al llamar a los fieles a la Mesa eucarística, haciéndose amorosa intérprete de la aspiración del Señor: “Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros” (Lc 22, 14).
Al deseo del Redentor corresponda generosamente nuestro deseo, con la ayuda de María la Corredentora, a la que elevamos con todo ardor nuestra oración.

Juan Pablo II, “Ángelus” (31 Mar 1985), n. 2.

Hoy se celebra la fiesta de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, príncipes de la milicia celeste, a quienes se recuerda en algunos episodios de la Sagrada Escritura: Miguel, que significa “¿Quién como Dios?”, viene presentado en el Apocalipsis (12, 7) en acto de combatir las potencias infernales; Gabriel, que significa “Fortaleza de Dios”, es enviado a la Virgen María para anunciarle su vocación a ser corredentora de la humanidad; Rafael, que significa “Medicina de Dios”, es enviado por el Señor a Tobías –según la narración bíblica– para curarlo de la ceguera. La liturgia nos invita a sentir cercanos, como amigos y protectores ante Dios, a estos tres Arcángeles y a nuestro Ángel custodio. Que ellos nos protejan y nos guíen en el camino de la vida cristiana.

Juan Pablo II, “Ángelus” (29 Sep 1985).

Alfonso atribuye una importancia capital a la vida sacramental, especialmente a la Eucaristía y al culto eucarístico, del que las visitas constituyen la expresión más típica. Un punto enteramente particular en la economía de la salvación es la devoción a la Virgen, Mediadora de las gracias y Corredentora, y por ello Madre, Abogada y Reina. En realidad Alfonso fue siempre todo de María, desde el comienzo de su vida hasta su muerte.

Juan Pablo II, Carta apostólica “Spiritus Domini” (1 Ago 1987).

¡Cuán decisiva fue la presencia de la Virgen en el itinerario ascético y misionero de santa Brígida!
El amor hacia la Virgen fue el secreto de su testimonio evangélico y de su perseverante seguimiento del Redentor.
Brígida miró a María como a modelo y amparo en los diferentes momentos de su existencia, proclamó con vigor el privilegio divino de su Inmaculada Concepción; y contempló su misión sorprendente de Madre del Salvador. La invocó como Inmaculada, Dolorosa y Corredentora, exaltando su papel singular en la historia de la salvación y en la vida del pueblo cristiano.
Observa la santa: “Así como el imán atrae hacia si el acero, del mismo modo la bienaventurada siempre Virgen María atrae los corazones”.

Juan Pablo II, “Ángelus” (6 Oct 1991), n. 2.

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