domingo, 26 de junio de 2011

La jerarquía de los dogmas a la luz de la encíclica Mortalium Animos y de la declaración Mysterium Ecclesiae


15. Resbaladero hacia el indiferentismo y el modernismo

Pío XI, ‘Mortalium Animos’ (6 de enero de 1928), n. 15 [DS 3683]

Además, en lo que concierne a las cosas que han de creerse, de ningún modo es lícito establecer aquélla diferencia entre las verdades de la fe que llaman fundamentales y no fundamentales, como gustan decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre arbitrio de los fieles; pues la virtud de la fe tiene su causa formal en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de esta suerte. Por eso, todos los que verdaderamente son de Cristo prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin pecado original como, por ejemplo, al misterio de la augusta Trinidad; creerán con la misma firmeza en el Magisterio infalible del Romano Pontífice, en el mismo sentido con que lo definiera el Concilio Ecuménico del Vaticano, como en la Encarnación del Señor.

No porque la Iglesia sancionó con solemne decreto y definió las mismas verdades de un modo distinto en diferentes edades o en edades poco anteriores han de tenerse por no igualmente ciertas ni creerse del mismo modo. ¿No las reveló todas Dios?

Pues, el Magisterio de la Iglesia el cual por designio divino fue constituido en la tierra a fin de que las doctrinas reveladas perdurasen incólumes para siempre y llegasen con mayor facilidad y seguridad al conocimiento de los hombres aun cuando el Romano Pontífice y los Obispos que viven en unión con él, lo ejerzan diariamente, se extiende, sin embargo, al oficio de proceder oportunamente con solemnes ritos y decretos a la definición de alguna verdad, especialmente entonces cuando a los errores e impugnaciones de los herejes deben más eficazmente oponerse o inculcarse en los espíritus de los fieles, más clara y sutilmente explicados, puntos de la sagrada doctrina.

Mas por ese ejercicio extraordinario del Magisterio no se introduce, naturalmente ninguna invención, ni se añade ninguna novedad al acervo de aquellas verdades que en el depósito de la revelación, confiado por Dios a la Iglesia, no estén contenidas, por lo menos implícitamente, sino que se explican aquellos puntos que tal vez para muchos aun parecen permanecer oscuros o se establecen como cosas de fe los que algunos han puesto en tela de juicio.

4. No minimizar el don de la infalibilidad de la Iglesia

Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración ‘Mysterium Ecclesiae sobre la doctrina católica acerca de la Iglesia para defenderla de algunos errores actuales (24 de junio de 1973), n. 4

De lo dicho anteriormente sobre la extensión y las condiciones de la infalibilidad del Pueblo de Dios y del Magisterio eclesiástico, se sigue que de ningún modo está permitido a los fieles admitir en la Iglesia sólo una «fundamental» permanencia en la verdad, que, como algunos sostienen, se puede conciliar con errores diseminados por todas partes en las sentencias que enseña como definitivas el Magisterio de la Iglesia, o en lo que profesa sin duda de ningún género el Pueblo de Dios en materia de fe y costumbres.

Es verdad que mediante la fe salvífica los hombres se convierten a Dios (cf. Conc. de Trento, ses. 6: Decr. Sobre la justificación, cap. 6: DS 1526; cf. Dei Verbum, 5), que se revela a sí mismo en su Hijo Jesucristo; pero es un error querer inferir de ahí que puedan despreciarse o negarse los dogmas de la Iglesia que expresan otros misterios. Más aún, la conversión a Dios, que estamos obligados a prestar por la fe, es una cierta obediencia (cf. Rom 16,26) que es necesario adaptar a la naturaleza de la Revelación y a sus exigencias. Esta Revelación, en todo el ámbito de la salvación, narra y enseña que ha de aplicarse a la conducta de los cristianos el misterio de Dios, el cual envió su Hijo al mundo (cf. 1 Jn 4,14); y exige, por tanto, que en plena obediencia de entendimiento y voluntad a Dios que revela (cf. Conc. Vaticano I, Const. Dei Filius, cap. 3: DS 3008; cf. Dei Verbum, 5) sea aceptado el anuncio de la salvación tal como es enseñado infaliblemente por los Pastores de la Iglesia. Los fieles se convierten debidamente, mediante la fe, a Dios, que se revela en Cristo, cuando se adhieren a Él, en toda la doctrina de la fe católica.

Ciertamente existe un orden y como una jerarquía de los dogmas de la Iglesia, siendo como es diverso su nexo con el fundamento de la fe (cf. Unitatis redintegratio, 11). Esta jerarquía significa que unos dogmas se apoyan en otros como más principales y reciben luz de ellos. Sin embargo, todos los dogmas, por el hecho de haber sido revelados, han de ser creídos con la misma fe divina (Réflexions et suggestions concernant le dialogue oecuménique, IV, 4 b, en Secrétariat pour l’Unité des Chrétiens, Service d’Information, n. 12 [déc. 1970, IV] p. 7s.; Reflections and Suggestions Concerning Ecumenical Dialogue, IV, 4 b, en The Secretariat for Promoting Christian Unity, Information Service, n. 12 [Dec. 1970, IV] p. 8).