domingo, 12 de junio de 2011

Oh Espíritu Santo


Oh Espíritu Santo

Oh Espíritu Santo, que en el día solemne de Pentecostés, descendiendo en forma de lenguas de fuego distribuidas sobre los Apóstoles, congregados en el Cenáculo, de tal manera iluminasteis sus mentes, inflamasteis sus ánimos y robustecisteis sus voluntades, que desde allí partieron por todo el mundo, y en todas partes anunciaron animosa y confiadamente la doctrina de Jesucristo y la sellaron con su sangre derramada, os rogamos que renovéis también en nuestras almas las prodigiosas efusiones de vuestra gracia.

Cuánta ignorancia padecen nuestras mentes acerca de la naturaleza y gravedad de las divinas verdades que constituyen el objeto de la fe, sin la cual a nadie es lícito esperar la vida eterna. Cuántas aberraciones en la justa estima de los bienes terrenos, que muchas veces son antepuestos a la misma alma.

Cuántas veces nuestros corazones no laten –como debieran– de amor al Creador, sino de innoble deseo de las criaturas. Cuántas veces somos impelidos por el falso respeto de los juicios humanos, cuando debemos profesar abiertamente los preceptos de Jesucristo y llevarlos a la práctica de la vida sinceramente y aun con quebranto de nuestras cosas. Cuánta flaqueza en abrazar y llevar, con ánimo sereno y gustoso, la cruz de esta vida, la única que puede hacer del cristiano un digno discípulo de su divino Maestro Jesucristo.

Oh Espíritu Santo, iluminad nuestras mentes, purificad nuestros corazones, robusteced nuestras voluntades, de tal suerte, que conozcamos claramente el precio infinito de nuestra alma y asimismo tengamos por nada los bienes perecederos de este mundo, para que amemos a Dios sobre todas las cosas y con su amor amemos a los prójimos como a nosotros mismos; para que, no sólo no temamos manifestar abiertamente nuestra fe, sino más bien nos gloriemos de ella; para que recibamos de la mano del Señor así las cosas prósperas como las adversas, confiados enteramente en que Él convertirá en bien todas las cosas de aquellos que son llevados del amor hacia Él. Haced os rogamos, que nosotros, respondiendo constantemente a los suaves impulsos de vuestra gracia y obrando el bien con ánimo perseverante, merezcamos recibir la cosecha abundantísima de vuestra gloria sempiterna. Amén.

Enchiridion indulgentiarum. Preces et pia opera [MCMLII], conc. 291.

A los fieles que en la solemnidad de Pentecostés rezan devotamente esta oración, se les concede:
Indulgencia de tres años.
Indulgencia plenaria, en las condiciones de costumbre. (S. Pen. Ap., 31 mayo 1941).

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