jueves, 25 de agosto de 2011

La Ciudad Litúrgica. La crítica teológico-política al capitalismo


Ontmoeting van Abraham en Melchizedek — door Dirk Bouts, 1464–67

La Ciudad Litúrgica. La crítica teológico-política al capitalismo en el tradicionalismo (Belloc/Wilhelmsen) y la ortodoxia radical (Pickstock/Sureau)

I. La crítica teológico-política al capitalismo en el tradicionalismo (Belloc/Wilhelmsen)


“Hilaire Belloc: Defensor de la Fe”, por Frederick D. Wilhelmsen.
Fuente: Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada *, año XII – 2006 (pp. 101-111)

[...] Si tuviese que elegir un pasaje de las Escrituras para resumir [la] visión [de Hilaire Belloc] de la Fe, sería “por sus frutos los conoceréis” (Mt. VI, 30). Aquí, con la ayuda de su poderosa imaginación que tanto se nota en sus numerosas historias militares, Belloc podía ver la obra de la Iglesia a través de los siglos y adoraba lo que veía. La Iglesia hizo Europa y al construirla reparó y profundizó el viejo Orden Romano descuajeringado pero no muerto, por obra de las tribus germánicas del norte. Todas nuestras típicas instituciones occidentales fueron creadas “ex nihilo” por los católicos o heredadas del mundo clásico y luego fermentadas por la levadura de la Cristiandad. Aunque el vocablo “encarnación” no era de uso corriente en tiempos de Belloc, él es un ejemplo arquetípico de quien entiende las verdades religiosas encarnadas. Belloc buscaba bendiciones en todas partes y para él la Cristiandad no era más que una fabulosa red de gracias actuales.

Haciendo suya la insistencia tomista en que la gracia perfecciona la naturaleza, sostuvo siempre que la herencia del mundo clásico había sido preservada y transfigurada en los fuegos de la Fe. En nuestro mundo al menos tal como Belloc lo veía, en toda su creciente crepuscularidad algunos hombres habían logrado un campesinado libre que habría de ser la nota distintiva de Europa durante muchos siglos. En aquel ordo orbis floreció la justicia y abundaron los hombres libres que, al descubrir su libertad, la ejercieron durante dos milenios creando una cultura que Belloc llamó alguna vez “la gracia estable de este mundo”. Allí todos experimentamos no sólo lo que significa ser un ciudadano libre, sino también el valor sagrado del matrimonio, la dignidad de los hombres, la Caballerosidad, la feroz repulsa de toda irresponsabilidad maniquea y de toda negación panteísta, allí descubrimos el valor sacramental del universo. Se hallaba todo esto en la Europa Católica y en toda región donde había estampado su genio, y su fundamento se encuentra en doctrinas corporativas de inmensa actualidad que no se hallarán en otro rincón de la tierra.

Belloc entendía que una vida enraizada, en contacto con la naturaleza, era humanamente superior a la masificación que destila la civilización moderna. Dénle al hombre una granja, un pequeño taller, un yunque de artesano, un bote para navegar, vino para tomar llenadlo todo con el amor a Cristo; centrad la vida del hombre alrededor de ritmos litúrgicos; y comprobarán que ese hombre (por lo menos el promedio) es más feliz que su contraparte industrial. Una cultura verdaderamente católica tiende y recurro al verbo tender en su sentido más operativo hacia ese tipo de vida. Templando la concupiscencia y la avaricia, el hombre es más parecido a sí mismo. Como nota A. N. Wilson en su introducción a “The Four Men”, Belloc sabía que su ideal estaba condenado de antemano, y su único consuelo era la desfachatada carcajada con que acompañaba su pregón, la noticia de que el mundo entero se estaba yendo al infierno: “Se los dije”.

[...] De conformidad con Cobbett (al que raramente citó y quién aparentemente tuvo poca influencia sobre él a pesar de que ambos convergen en sus puntos de vista en cuestiones de historia) Belloc veía la Reforma Protestante como “una sublevación de los ricos contra los pobres” y puso en evidencia una tras otra, las sucesivas capas de mentiras de la historia oficial hasta que quedó al descubierto su fundamento último: la Gran Mentira. En realidad lo que había ocurrido es que el celo religioso de un puñado de herejes fue puesto al servicio de las viejas clases terratenientes y mercantiles de Inglaterra, que, con la ayuda de la lujuria de Enrique VIII, se empeñaron en abolir el viejo orden católico. Si Belloc tuvo alguna vez enemigos en serio, estos eran los “Whigs”, los del Partido Liberal. Sobre el Marqués de Shaftesbury escribió que “probablemente esté en el infierno”. A Guillermo de Orange lo llamó “el pequeño perverso” y, claro está, ¡el hombre era exactamente eso! Aunque Belloc nunca citó el famoro diktat de Samuel Johnson “El diablo fue el primer Whig” el peso entero de sus escritos históricos conducen a esa conclusión.  Y aunque Belloc odiaba a los Whigs tenía poco en común con los Tories. Católico populista y radical, un audaz republicano cuando promediaba su vida, pero luego obligado realista, habría salido a pelear en Escocia con el Príncipe Carlos Eduardo en el ’45.

[Nota de “Núcleo de la Lealtad”: Barruntamos, de igual forma, que Belloc lucharía en Las Españas por la Causa Legitimista de los Contrarrevolucionarios españoles, los Carlistas].

[...] Si por los frutos los conoceremos, entonces los frutos de la Revuelta contra Roma han sido suficientemente documentados; más aún, conocer estos hechos tan sólidamente acreditados produce un íntimo dolor que nos ha convertidos en rebeldes contra la Rebelión. Los hombres fueron rebajados en su dignidad. Los justificados eran unos pocos que sojuzgaban a la mayoría postrada calvinísticamente ante un Dios implacable y cruel que los condenaba al infierno por toda la eternidad. La majestad y belleza, incluso la languidez del antiguo orden de cosas cedió frente a nuevos modos y estilos severos y tétricos que ahogaban la natural respuesta del hombre ante la belleza de la Creación. Mas para Belloc eso era inaceptable y exhibió el fraude. Detrás de los fanáticos salmistas reposa el peso de aquello que llamó el Poder del Dinero, el nuevo Capitalismo y el Sistema Bancario que en su avaricia esclavizó a Europa. Belloc detalló minuciosamente el proceso en libro tras libro hacia el final de sus días se repetía a sí mismo. Si su prosa nunca aburrió, sus argumentos frecuentemente sí. El mundo moderno, construido sobre el dinero y la herejía tuvo y tiene como principal enemigo a la Iglesia Católica y al Orden que creó. Claramente, al Sr. Belloc, como se lo conocía cuando viejo, no le gustaba el mundo moderno gris, anónimo, desprovisto de belleza, una construcción innoble, un mundo indigno. Y sin embargo, como ya he notado, probablemente la Inglaterra de su tiempo fuera el único lugar del mundo en que él podría haber florecido como lo hizo. Ya viejo, cuando las bombas azotaban a Londres, Winston Churchill le ofreció en nombre del Rey un título de alta dignidad. Belloc cortésmente declinó el ofrecimiento.

Hace poco tiempo el Cardenal Ratzinger escribió en un ensayo acerca de la liturgia que la única apologética con que cuenta la Iglesia consiste en su arte y sus santos. En los amplios espacios por los que pasó el hombre en sus aventuras a través del tiempo ninguno de los dos se encuentra con tanta profusión como en los dominios del catolicismo. Belloc, creo, en parte, habría coincidido con el Cardenal. ¿Cuántas veces nuestro autor no se detuvo delante de torres e iglesias, la natural gracia de aquellos pueblitos de Francia e Inglaterra aún no manchadas por el industrialismo que se le aparecían a la luz de incontables madrugadas como una visión realzada por el marco de sierras y bosques a su alrededor? ¿Cuántas veces no señaló a la Catedral de Sevilla como la primera maravilla del arte occidental y esto de parte de un hombre de estética francesa y no española? ¿Y acaso no escribió el más distinguido panegírico de Santa Juana de Arco no hay uno mejor y eso en un refinado inglés a la altura del formidable francés que se hablaba en su tiempo? No: si la Fe no es la respuesta al corazón del hombre, no hay nada. Pero probablemente Belloc habría agregado algo a los santos y el arte que Ratzinger indicó, la trama del orden social entero que ciertos hombres crearon en la convicción de que si Cristo no está en la feria y los mercados, no está entonces en ningún lado. Y esto, me apresuro en aclarar, de parte de un hombre que sostenía que el centro de la existencia era el tabernáculo sobre el altar. Aquellos que lo conocieron de cerca han atestiguado sobre su creciente devoción eucarística a medida que los años lo iban venciendo. En verdad, Belloc insistió con vehemencia en que el odio y el ataque contra el dogma de la transubstanciación era el corazón del amargo resentimiento que movía a los Reformadores ingleses del siglo XVI. Lean a Belloc sobre Cranmer. Dieron vuelta todos los altares y los transformaron en mesas y así inicialmente oscurecieron para finalmente negar aquello que le daba vida a las iglesias católicas convirtiendo a los templos reformados en espectros reminiscentes de tumbas.

El hombre debe pelear por obtener la Fe y una vez obtenida y eso siempre precariamente debe ser atesorada y regada, mas nunca aguada. {Aquí un juego de palabras: “Faith [...] must be cherished and watered, but not watered down”. [N. del T.]} Así también respecto a la civilización concebida y realizada para nosotros por la Fe: debe ser amada y defendida. Todos haríamos bien en leer la meditación de Belloc “The Wall of the City”: detrás del muro de la ciudad el tráfico de gente decente ocupados en sus negocios y labores corrientes y que adoran a Dios que desfila por las calles en una Custodia y afuera ¡el enemigo!

[Para leer el magnífico artículo consulte el original completo en el siguiente enlace de los “Anales de Fundación Elías de Tejada”]

II. La crítica teológico-política al capitalismo en la ortodoxia radical (Pickstock/Sureau)

Catherine Pickstock. Una ciudad litúrgica
Fuente: Denis Sureau, “Una nueva teología política”. Granada. Editorial Nuevo Inicio ** (pp. 164-165)

A la ciudad "laica" que separa al hombre de su participación en Dios, Catherine Pickstock le opone la visión cristiano-social de una ciudad litúrgica. La participación en Dios implica una participación social. La renovación del hombre interior se acompaña de la renovación de la comunidad humana, a partir de la Iglesia, concebida como sede inicial de esa ciudad renovada. Ahora bien, sólo por la liturgia el hombre y, por tanto, la sociedad tiene una experiencia de la participación en Dios que rompe la monotonía de la vida secular.

En su magnífico prefacio al librito “Radical Orthodoxy”. Pour une révolution théologique, Catherine Pickstock escribe:

El culto litúrgico no tiene como finalidad primera mejorar la calidad de nuestra vida colectiva, es la culminación misma de esa vida colectiva. Trabajamos, lo queramos o no, en la edificación de una sociedad basada en la justicia cuando de la plusvalía de nuestra producción hacemos colectivamente una obra de belleza, visible para la mirada de Dios... Necesitamos reencontrar el sentimiento de que nuestro trabajo y nuestra vida colectiva sólo pueden encontrar su cumplimiento en una ofrenda litúrgica a Dios. Y por encima de todo, necesitamos penetrarnos del sentimiento de que la caridad... sólo es a fin de cuentas un intercambio de dones; porque si el trabajo humano produce más de lo necesario, esa abundancia, lejos de servir para llenar los cofres de un viejo avaro, debe ser gozosamente ofrecida a Dios, a ese Dios que nutre el juego de ese intercambio de dones entre lo divino y lo humano. Únicamente de esta manera podremos reencontrar el radicalismo de la ortodoxia (Pickstock, Radical Orthodoxy. Pour une révolution liturgique, p. 32).

NOTAS

* Los fines principales de la Fundación Elías de Tejada son “promover el estudio y la difusión del pensamiento católico hispánico anterior a 1800 y asimismo promover la investigación histórico-literaria en el campo de los autores hispánicos, en el sentido amplio que comprende los integrados en la Confederación hispánica de los siglos XVI, XVII y XVIII, respetando las directrices del profesor Francisco Elías de Tejada”.

** La Editorial Nuevo Inicio es una iniciativa del Arzobispo de Granada y de unos fieles cristianos, que juntamente ponen esta obra al servicio de la misión de la Iglesia, principalmente en la Archidiócesis de Granada, como parte de su responsabilidad en relación con la dignidad cultural de la fe cristiana, y con el presente y el futuro de nuestra historia. [...] La Editorial Nuevo Inicio quiere ser un instrumento pastoral en la superación del dualismo, sea de corte conservador o liberal, que es la causa singular más importante de la disolución de la Iglesia y de la pérdida de la fe en la sociedad contemporánea.

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