sábado, 3 de marzo de 2012

Tiempo de prueba


«Omne verum a quocumque dicatur a Spiritu Sancto est» - «Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo». Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiæ, I-II, q. 109, a. 1, ad 1 que retoma la conocida expresión del Ambrosiastro, In prima Cor 12, 3: PL 17, 258.

Tiempo de prueba

10 Queda, por tanto, bien concretada la tremenda responsabilidad de todos en la Iglesia y especialmente de los pastores, con los consejos de San Pablo: te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, al tiempo de su venida y de su reino: predica la palabra de Dios, insiste, con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo en el que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas acomodadas a sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios, para satisfacer sus deseos, y cerrarán los oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas (2 Tim IV, 14).

11 Yo no sabría decir cuántas veces se han cumplido estas palabras proféticas del Apóstol. Pero sólo un ciego dejaría de ver cómo actualmente se están verificando casi a la letra. Se rechaza la doctrina de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, se tergiversa el contenido de las bienaventuranzas poniéndolo en clave político-social: y el que se esfuerza por ser humilde, manso, limpio de corazón, es tratado como un ignorante o un atávico sostenedor de cosas pasadas. No se soporta el yugo de la castidad, y se inventan mil maneras de burlar los preceptos divinos de Cristo.

Hay un síntoma que los engloba a todos: el intento de cambiar los fines sobrenaturales de la Iglesia. Por justicia algunos no entienden ya la vida de santidad, sino una lucha política determinada, más o menos teñida de marxismo, que es inconciliable con la fe cristiana. Por liberación no admiten la batalla personal por huir del pecado, sino una tarea humana, que puede ser noble y justa en sí misma, pero que carece de sentido para el cristiano, si implica una desvirtuación de lo único necesario (cf. Luc X, 42), la salvación eterna de las almas, una a una.

12 Con una ceguera que proviene de apartarse de Dios –este pueblo me honra con los labios, pero su corazón se encuentra lejos de mí (Mt XV, 8)–, se fabrica una imagen de la Iglesia, que no guarda relación alguna con la que fundó Cristo. Hasta el Santo Sacramento del Altar –la renovación del Sacrificio del Calvario– es profanado, o reducido a un mero símbolo de la que llaman comunión de los hombres entre sí. ¡Qué sería de las almas, si Nuestro Señor no hubiese entregado por nosotros hasta la última gota de su Sangre preciosa! ¿Cómo es posible que se desprecie ese milagro perpetuo de la presencia real de Cristo en el Sagrario? Se ha quedado para que lo tratemos, para que lo adoremos, para que, prenda de la gloria futura, nos decidamos a seguir sus huellas.

Estos tiempos son tiempos de prueba y hemos de pedir al Señor, con un clamor que no cese (cf. Is LVIII, 1), que los acorte, que mire con misericordia a su Iglesia y conceda nuevamente la luz sobrenatural a las almas de los pastores y a las de todos los fieles. La Iglesia no tiene por qué empeñarse en agradar a los hombres, ya que los hombres –ni solos, ni en comunidad– darán nunca la salvación eterna: el que salva es Dios.

FUENTE:
S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amar a la Iglesia (El fin sobrenatural de la Iglesia), cap. 1, nn. 10-12.

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