jueves, 7 de noviembre de 2013

El infierno es obra de amor




El infierno es obra de amor

Los errores que pululaban en la escatología impulsaron a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe a dar a la luz pública la Carta ‘Recentiores episcoporum Synodi’ sobre algunas cuestiones de escatología (17 de mayo de 1979), un documento correctivo dirigido a las Conferencias episcopales (Acta Apostolicae Sedis 71 [1979] 939-943; L’Osservatore Romano 16/17.7.1979).

El documento señala «una lenta degradación y una pérdida progresiva de cualquier elemento del Símbolo bautismal» en el pensamiento común de los fieles. Encuentra la causa en la enorme libertad y publicidad de las disputas entre teólogos, pero el habitual eufemismo le hace callar sobre la connivencia de gran parte del episcopado. El documento reafirma el punto cardinal de la religión católica, la resurrección de los cuerpos; confirma la doctrina tradicional de la supervivencia tras la muerte de un principio de conciencia y de voluntad; defiende el término anima con que la Iglesia ha designado siempre tal principio, negando la existencia de motivos para cambiarlo; y recalca el dogma de la vida ultraterrena, en la cual reciben los justos un paraíso de vida eterna y los réprobos un infierno eterno de segunda muerte.

La ‘eternidad de la felicidad’ es razonable y aceptable para el espíritu humano. Es razonable porque la intuición de la Verdad infinita y la posesión del infinito Bien excluyen la posibilidad de querer conocer algo fuera de la verdad, o querer ningún otro bien separadamente de ése que los incluye a todos. La repugnancia surge, al contrario, hacia la ‘eternidad de las penas’. Y aquí conviene anticipar la aguda observación de Abbadie en ‘Traité de la vérité de la religion chrétienne’, vol. 11, p. 402. El amor propio no encuentra desproporcionada la eternidad feliz, pero le disgusta la eternidad de las penas. ¿Por qué (dice), sino porque quiere hacerse ilusiones?

Sin embargo las aporías del infierno no son solamente la expresión de sentimientos superficiales: son profundas, y su solución debe buscarse en lo profundo; aquí más que nunca se verifican las palabras de Demócrito de que la verdad se encuentra en lo profundo.

Según los obispos de Francia (en el volumen ‘Des évêques disent la foi de l’Eglise’, París 1978, p. 292 [el capítulo sobre el infierno es de Mons. Favreau, auxiliar de La Rochelle]), el infierno «es un escándalo para Dios mismo, un sufrimiento para Él, el ‘fracaso’ de su amor salvífico».

Esta objeción contra el infierno depende de concepciones metafísicas.  Se cree que el sistema de la Providencia es malo porque contiene algún mal, y de este modo es incompatible con el amor divino, que todo aquello que quiere lo quiere hacer, y lo hace, bueno. Sin embargo, el infierno es ‘obra de amor’, y Dante no teme unir «el eternal dolor» con «el amor primero»: «Fue la justicia quien movió a mi autor. / El divino poder se unió al crearme / con el sumo saber y ‘el primo amor’» (Inf. III, 4-6).

Todo ente, en cuanto constituido por su entidad, es un bien en sí mismo; pero la finitud y el enlace entre los entes hace que en su relación con los otros le pueda llegar algo bueno o malo. El acto de adulterio es algo positivo en cuanto ejercicio de una facultad vital y productiva de vida, pero es un mal considerado en relación con la ley moral y con las lesiones jurídicas hacia el prójimo. Puesto que el mal es relación, en Dios (que es infinito e irrelativo) no hay mal alguno: Él es bien por sí mismo y para todos los bienes creados. Y así como éstos se constituyen como entes gracias a su Ser y son verdades por su Verdad, igualmente son buenos por su Bondad. Y ni siquiera la muerte y el infierno son males en Dios, porque el infierno es bueno para castigar el mal, consumando la justicia; y la muerte es buena para hacer ser una cosa a partir de otra, hacer nacer y mantener la vida del mundo, y manifestar, en una cuasi-infinidad externa, la infinidad interna divina. Sería una derrota (un absurdo plantado en medio de la religión) si el infierno fuese algo ‘fortuito’ que perjudicase el plano divino. Se trata sin embargo de una parte del universo, que es bueno en cuanto universo y cuya bondad resulta de partes que tomadas ‘singularmente’ ríen o lloran una con la otra; pero que tomadas todas juntas forman un compuesto bueno, más bien óptimo, querido por Dios con voluntad óptima y perfecta.

Me conviene concluir esta breve apología del infierno con una observación que puede (si es posible y en la medida en que lo sea) borrar el carácter hostil con el que se presenta la idea del infierno en general. En una concepción católica, ésta debe restringirse al núcleo teológico que dijimos, abandonando al libre juego de las facultades extralógicas del espíritu la misión de hacerlo fantasioso. Tales facultades tienen grados elevados en el arte, bastando mencionar a Dante y a Miguel Ángel. Pero el infierno católico no es el infierno ‘paroxístico’ descrito a menudo en los catecismos (aunque no en el del cardenal Gasparri) como un estado «en el que se sufre todo mal sin mezcla de bien alguno». Tal estado es metafísicamente un absurdo, pues excluye la misericordia divina (que sin embargo se ejercita también sobre las penas), así como el sentido de orden derivado de la justa ubicación del condenado en el desarrollo moral del mundo. La condición de los condenados, si se puede arriesgar una metáfora, debe asemejarse menos a un paroxismo que a una jornada infinita de oscuro y tétrico tedio.

Fuente: ROMANO AMERIO, «Iota Unum», Capítulo XLI, ‘Escatología’; 314. ‘Apología del infierno’ (Criterio Libros, Madrid 2003, pp. 467-468).

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3 comentarios:

Hyeronimus dijo...

El rótulo que figura a la entrada del infierno en la Divina Comedia de Dante dice entre otras cosas: "Fecemi la divina potestate, la somma sapienza e'l primo amore."

Dante no era teólogo sino un gran poeta, pero acierta de lleno cuando lo dice. El propio infierno es obra del amor de Dios, aunque nuestra limitada inteligencia humana no alcance a atisbar el porqué. Pero Dios todo lo que hace lo hace bien y por una razón.

Firmus et Rusticus dijo...

¿Por respeto al libre albedrío?

http://newevangelizers.com/blog/2012/11/28/on-the-necessity-of-hell/

Hyeronimus dijo...

Muy interesante el artículo. Gracias, Firmus