miércoles, 4 de diciembre de 2013

... tú y yo moriremos por ella

Artillería


Bajan carretas atestadas de campesinos que huyen del horror de los combates. Da lástima verlos. Algunos llevan consigo, arrastrando, sus exiguas pertenencias; los más no portan nada, sólo se llevan los unos a los otros de la mano. Parece que sobrevuela la tarde la palabra guerra y el fragor apocalíptico de los cañones. Bum.

Sobre la colina pelada, en su contrapendiente, resiste terca lo poco que queda de la batería española; soldados que miran de un modo extraño, como cadáveres prematuros; cuerpos todavía latientes pero sin esperanza de ser otra cosa más que muertos. La voz y la fuerza de su Capitán les mantiene al servicio de los dos cañones que todavía disparan; los proyectiles enemigos han silenciado las otras piezas, y sus artilleros han tomado fusiles para continuar el fuego.

Balanzategui tiene la mirada trascendente y los bigotes antiguos, apuntando hacia lo alto; es Capitán, algo mayor para el empleo, y tiene orden de defender una posición indefendible. Analiza el momento con calma, repartiendo ánimo e instrucciones mientras observa a través de los gemelos de campaña. Por la carretera ya han dejado de pasar los civiles, ahora aparece desierta, al menos hasta el manglar espeso y asfixiante donde se pierde. Más allá, fuera del alcance de la batería, acecha el grueso de los insurrectos junto con los voluntarios de Tejas. Esperan a que caiga la colina para seguir cruzando, y la terquedad del Capitán artillero les retrasa ya demasiado. Ya casi Cuba no es española, ya casi se acaba el siglo y se liquidan, de saldo, retales de Imperio.

Un Teniente aconseja, con prudencia, la necesidad urgente de un repliegue.

—Mi Capitán, si no nos movemos rápido van a terminar de envolvernos.

Balanzategui le mira de reojo con cierto desprecio, sin responder nada. Después vuelve la vista al valle cubano, y algo en lo verde y lo profundo le recuerda a su Guipúzcoa. Ha nacido en Tolosa, en familia Carlista y arruinada. Quiso ser soldado desde niño por oír las historias militares que contaba su padre; el viejo Balanzategui había sido testigo del pasar de muchos ejércitos: desde las partidas contra los franceses hasta las guerras fraticidas, interminables. De éstas últimas guardaba sus propias cicatrices, pero ni su desagradable aspecto desanimaba la vocación de su hijo.

Una vez elegida la carrera faltaba escoger el Arma. Leyó la biografía que de Napoleón hizo Stendhal y, al enterarse de que el emperador era artillero, artillero decidió ser él. Prefería una, entre todas las anécdotas del corso; siempre que tenía excusa arengaba con ella a su tropa:

«Napoleón fue el más grande genio militar de este siglo -decía con cierta grandilocuencia- y era, como nosotros, artillero. En cierta ocasión, ya General del ejército de Italia, las intrigas políticas le apartaron del mando. Viajó a París para protestar contra aquella injusticia, pero sólo consiguió que le ofrecieran un destino en el interior, como General de Infantería. Bonaparte, por supuesto, rehusó.

Aquella renuncia le hacía más antipático ante el poder político y, además, le dejaba prácticamente en la miseria. Tuvo que vender su coche, sus caballos, recuerdos militares de sus primeras campañas, y hasta su propio reloj.

Algunos de sus amigos no entendieron por qué no aceptaba el nuevo destino, y le interrogaban sobre la causa de aquel apego tozudo a los cañones. El futuro emperador respondía con una sola frase:

—La Artillería, señores, es mi Arma.

Al escuchar las palabras de aquel hombre bajito, envuelto en una levita raída y lleno de orgullo, no eran pocos los que se mofaban a escondidas. Años después, aquellos que se reían hacían cola para reverenciarle».

Por unos momentos han dejado de hostigarles, Balanzategui ordena detener el fuego y reorganizar las posiciones. Manda retirar a los heridos hacia los sitios más resguardados, y se hace recuento del agua y la munición: las dos escasean. No se escuchan quejas, sólo el Teniente, escéptico y bisoño, permanece ajeno al delirio colectivo y silencioso de lo heroico.

—Mi Capitán, han dejado de disparar para moverse y colocar más fuerzas a nuestra espalda.

Balanzategui sólo responde con instrucciones para que se reparta el agua entre los heridos y la munición entre aquellos que todavía son capaces de disparar. Aquel Teniente nervioso le recuerda a sí mismo, más joven. Cuando solía rondar a una muchacha bonita le acometían sudores parecidos, y le temblaba de igual modo la voz. No sabía nada de cortejos, ni de flores, ni de poesías. Frente a ella sólo era capaz de hablar de gestas militares. La joven escuchaba con paciencia la anécdota del Napoleón testarudo y cien relatos parecidos. Le entristecía especialmente la historia de Daoiz y Velarde, los artilleros que, sublevados el Dos de Mayo contra el francés, cayeron en las calles de Madrid junto a sus cañones. Lleno de emoción, Balanzategui se olvidaba de tartamudear y resumía para ella los últimos momentos de los héroes:

«El último día de abril recibió Luis Daoiz, la visita de su amigo Pedro Velarde. Comentaban los extraños acontecimientos que mantenían a la nación en vilo: los franceses, que habían asegurado estar sólo de paso, empezaban a comportarse como tropas de ocupación, mientras la familia real hacía el ridículo en Bayona. Velarde se esforzaba por darle a sus palabras algo de esperanza y optimismo. Daoiz no hizo caso, le interrumpió con una sonrisa triste:

—España está perdida, pero tú y yo moriremos por ella».

Un cañonazo saca al Capitán de su recuerdo y le devuelve al valle cubano. El sol está en lo alto y esparce un calor sofocante, ayudado por la pólvora de las dos facciones. La sangre de los heridos y de los muertos forma pequeños hilillos, diminutos y numerosos riachuelos que descienden por la colina y la tiñen. El ataque se hace ahora mucho más duro; parapetados en las peñas más bajas las guerrillas insurgentes hacen un fuego continuo de fusilería; los cañones yanquis, de mayor alcance, barren la cima preparando el asalto final. No queda ileso ni uno solo de los españoles, hasta el más afortunado ha tenido su pequeña ración de metralla. Balanzategui desenvaina y utiliza el sable como bastón; trata de mantener el equilibrio para disimular un boquete considerable que sangra en su pierna derecha.

Y sigue el fuego: de los españoles contra los rebeldes; de los rebeldes contra la colina; y del sol sobre la tarde, haciendo bíblico, mortal, el valle. En lo alto ya se pelea con todo, no importan las heridas propias, ni los gemidos de los moribundos, ni la sed que abrasa tanto como el plomo. Sólo un cañón español continúa disparando, el otro ha reventado por no darle tregua. El Teniente sangra generosamente por una herida fea de la cara. Se acerca a Balanzategui tambaleándose.

—Mi Capitán, ya vienen. Apenas somos un puñado... quizá tengamos una oportunidad retirándonos ahora... cuando tengan la colina no creo que nos persigan... No tiene sentido mantener la posición con una sola pieza. Hay que abandonarla.

—Es mi Arma -responde el Capitán de Artillería, y sonríe al escucharse a sí mismo las palabras napoleónicas.

Un grito salvaje, que brota a la vez de centenares de gargantas insurgentes, es el inicio del asalto definitivo a la cima. Dentro de poco ya sólo servirán las bayonetas. En el rostro del joven Oficial, lo poco que no está manchado de sangre palidece.

—¡Hay que pedir cuartel! ¡Hay que rendirse!

Balanzategui se apoya en él para desclavar el sable del suelo y poder blandirlo.

—España está perdida -dice sin abandonar media sonrisa- pero, tú y yo, moriremos por ella.


… Llega la noche y no consigue refrescar el ambiente. Parece que el calor se ha quedado en la tierra, entre la hierba y las rocas. Se siente el aire bochornoso, pesado; se diría que todavía contiene las detonaciones, el humo y los gritos de la batalla.

Los restos del Capitán artillero permanecen junto al cañón; lo han agujereado con saña. Empieza a llover suavemente y el agua cae con dulzura sobre los cuerpos de los vencidos, arrullándolos, como una canción de cuna que les dormirá. La lluvia ha de arrastrar el calor y la sangre. Recuerda, este valle cubano, algunos paisajes de mi Guipúzcoa.

Kiko Méndez-Monasterio, escritor

Fuente: Kiko Méndez-Monasterio, «Lo nuestro y lo triste», Huerga y Fierro Editores, 1ª ed., 1ª imp. (Madrid, fecha edición 06/2007), pp. 43-47 [ISBN 13: 978-84-8374-638-7]

Publicado de nuevo en: Revista Chesterton, “Cuentos redondos”, fecha: 09NOV07.

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1 comentario:

Alphonse Marquis de Montauran dijo...

La salvación de la Patria, y de la Cristiandad, sólo puede venir, y vendrá, de manos de auténticos soldados.
De entre ellos, son los artilleros aquellos en los que conviene poner las esperanzas del pueblo, pues ya han demostrado en muchas ocasiones que siempre anteponen su auténtico deber a cualquier otro interés, sin dudar jamás en la entrega de la propia vida si es preciso.
Hoy, festividad de Santa Bárbara, Excelsa Patrona de la Artillería, roguemos a la Virgen y Mártir que infunda en sus fervientes y devotos artilleros el espíritu de sacrificio y servicio que siempre ha caracterizado al Arma de Artillería, para que pronto las esperanzas del pueblo de Dios sean defendidas con sus cañones.