lunes, 20 de enero de 2014

El juramento de Ourrique y los orígenes templarios de Portugal



Fontana pentagonal de Alcobaça

EL JURAMENTO DE OURRIQUE Y LOS ORIGENES TEMPLARIOS DE PORTUGAL
Por: José Javier Manzanera

Cuando en los campos de Ourrique, allá por el año de Cristo de 1140, tras la aplastante victoria de las huestes cruzadas, el joven señor Alfonso Enríquez fue alzado sobre su escudo y, con estruendo de armas, aclamado y jurado por el ejército como primer rey de Portugal, en el condado portucalense –tierras extensas a ambos márgenes del bajo Duero y siempre al Sur del Miño, extremadura occidental del Reino de León– se consolidaba un complejo proceso político cuyas evidentes consecuencias históricas todavía hoy permanecen, pero cuyas verdaderas motivaciones profundas distan mucho de resultar en nuestros días tan evidentes. La complicada situación sucesoria planteada por la prematura muerte violenta del único heredero varón de la corona, aquel que le diera una princesa sarracena al rey leonés Alfonso VI –imperator totius hispaniae, como gustaban titularse estos reyes conquistadores en un primer intento de configurar la unidad de los reinos cristianos peninsulares–, iba a dar la oportunidad fáctica para la entrada en la escena política del Reino que fundara Don Pelayo de toda una corriente espiritual renovadora, revolucionaria en gran medida.

La creciente injerencia en los asuntos hispánicos de los nuevos centros culturales de la Cristiandad –Cluny primero, Claraval después–, que se manifiesta en la proliferación de las nuevas fundaciones religiosas portadoras de la civilización románica y después gótica, en la vitalidad poderosa adquirida por esa arteria espiritual que fue para el siglo el Camino de Santiago, en la constante riada de barones franceses llegados a la península con el espíritu exaltado por los nuevos paradigmas caballerescos, iba a culminar con la instalación en el trono de León y de Castilla, así como en el entonces creado trono de Portugal, de una nueva estirpe regia venida de Borgoña, portadora de una nueva visión de la civilización cristiana.

Es esta, muy precisamente, la época dominada por la poderosa personalidad de San Bernardo –en cuya figura arquetípica algún autor ha reconocido la manifestación temporal del mito caballeresco de Galahad–, aquel a todas luces sorprendente caballero de noble cuna, curiosamente también borgoñón, que con apenas veinte años tuvo ardor sobrado y temple suficiente para enclaustrarse –abandonando un siglo al que sin embargo impregnaría decididamente con su espíritu– no sólo a sí mismo, lo que sería común, sino que supo con él arrastrar también al severo claustro a toda su acomodada familia, y a otros treinta caballeros jóvenes de la más distinguida nobleza de Borgoña; lo que constituye, sin duda, una buena prueba del muy especial ambiente cultural de su tiempo. Es la época en que Jerusalém ha sido recientemente liberada (1099), son creadas las grandes órdenes de caballería, se prepara la divulgación de la Leyenda del Grial, y la Cristiandad va a vivir su cenit espiritual manifestado en la piedra de los primeros arcos ojivales, creyendo poder ver realizadas por fin en su tiempo las alquímicas nupcias que –entre las dos Ciudades agustinianas– constituían su más noble esperanza metahistórica... A una Europa así bien merecía la pena someterse. Mil años después –renegando mil veces de Cristo– se buscaría el polo espiritual opuesto.

La Leyenda –que a menudo expresa verdades que escapan por completo a la historiografía– quiere que la noche anterior a la batalla de Ourrique, velando armas entre las humeantes hogueras de sus bravos, tuvo el joven conde Don Alfonso –sangre legítima de uno de esos misteriosos caballeros de Borgoña que vinieron a desposarse con las hijas del imperator leonés– una mística visión: el mismo Cristo se dignaba manifestarse en el ámbito imaginal de aquel guerrero implacable para, tras prometerle victoria en la difícil jornada siguiente contra el Moro –cuyos feroces tambores de guerra es preciso imaginar ambientando la fría noche visionaria–, revelarle también los altos designios históricos a los que destinaba por misión propia e intransferible, en el seno de la renovada Cristiandad, al nuevo Reino hispánico que así quedaba fundado en el mismo extremo occidental del Orbe: por cuya industria –según refiere Fray Bernardo de Brito– será el Nombre de Cristo notificado a gentes y pueblos extraños. Tan alta fundación política –de indudables consecuencias futuras para el mundo entero– se dejaba sellada aquella noche mística y guerrera con las poderosas palabras del Pantocrátor al joven caudillo: in semine tua imperium mihi estabilire..., y con la indeleble firma de las Llagas del Crucificado que, blasonadas en las conocidas Cinco Quinas, todavía en nuestros prosaicos días –pese a la total pérdida de la mentalidad simbólica– ostenta en su escudo nacional el Estado portugués.

Es tradicional también el agradecimiento escrito que mandara ya en 1136, desde la abadía de Claraval, el santo fundador del Cister al joven rex portucalense –siendo el primero en sancionar así, con su autoridad espiritual incuestionable, la nueva monarquía–, con motivo de la cesión de tierras, por parte del aún entonces oficialmente conde Don Alfonso Enríquez, para la muy regular fabricación de esa sinfonía pétrea del mejor gótico cisterciense que es todavía hoy el monasterio de Alcobaça, en cuya impresionante Sala de los Reyes puede aún verse la imagen de San Bernardo coronando al primer rey de Portugal. Por esas mismas fechas, según datos estos sí incontestables, se ocupaba el laborioso santo en perfeccionar la Regla de una de sus más dilectas creaciones revolucionarias: la Orden del Templo de Salomón...

Si el positivismo de los últimos siglos ha querido, sin suficientes datos positivos, reducir todo este bello mito fundacional portugués –recreado por una prolija e ininterrumpida literatura lusa– a una invención tardía, mera apologética oficial del siglo de los Descubrimientos, llevada a cabo por los monjes de Alcobaça, ello es debido seguramente a las pasiones desmitificadoras del racionalismo, empeñado siempre en querer aplicar –bien irracionalmente– a todo momento histórico las mismas motivaciones y los mismos intereses; como si la mentalidad aristocrática y esencialmente simbólica del siglo XII pudiera ser comprendida, sin una previa y radical metanoia casi prodigiosa, por la mentalidad burguesa y racionalista de los siglos XIX y XX. Mas si se demostrara inequívocamente que fueron monjes del siglo XV quienes inventaron tan inspiradas leyendas, habría que reconocer, sin duda, que ellos sí acertaron a la hora de comprender y expresar poéticamente, impactando eficazmente el imaginario colectivo, el verdadero espíritu –mantenido vivo en la colosal empresa ultramarina– de los fundadores del Reino; porque la fundación de Portugal es genuina obra de la más alta caballería impregnada por el espíritu original del Cister, y su historia posterior, con sus luces –sin duda egregias– y también con sus sombras, no puede ser verdaderamente entendida si se olvida o se niega esta noble paternidad. El portugués António Telmo, en su breve pero fecunda obra titulada Historia Secreta de Portugal –en la que vislumbra con acierto algunos de los muchos misterios que oculta esta singularísima nación ibérica–, llega a concretar aun más respecto a la verdadera filiación espiritual de su identidad histórica: “Portugal es la Orden del Templo hasta Don Manuel I y desde su mismo origen”; intentaremos por nuestra parte, con la brevedad que nos exige la cortesía con el lector, ilustrar esta afirmación audaz con algunos curiosos datos históricos positivos.

Tal aventura político-caballeresca fundacional de Portugal habría de comenzar, pues, muy lejos de las sierras lusitanas, lejos también de los límites peninsulares...

Si admitiéramos como indudable –según han querido ciertas fuentes– que, al menos uno de los Nueve caballeros fundadores en 1118 y en Tierra Santa de la Orden del Templo de Salomón, fuera ya un gentil-hombre de sangre hispánica, de estirpe lusitana y de nombre Arnaldo da Rocha por más señas, habríamos entonces forzosamente de empezar la narración de esta aventura, fundadora de legendarios reinos, honrando debidamente su memoria. Mas por ceñirnos a los datos positivos daremos por creada aquella noble Orden de caballería –tan maltratada en las fantasías ocultistas de nuestros días como lo fuera a su hora peor en las hogueras del rey francés–, cualquiera que fuese la nacionalidad de sus muy cristianos fundadores, hijos sin duda de la mentalidad románica y de la vanguardia cultural gótica de su tiempo, que ignoraba aún –entre tantos otros vicios mentales modernos– esa estupidez anti-intelectual que es el nacionalismo. Surge tan poderosa Orden de un espíritu político –galvanizado por el gigantesco movimiento sociocultural de las Cruzadas– que ha sido impropiamente calificado por más de un autor de “universalista”, cuando su calificativo adecuado no puede ser nunca otro sino el de simplemente Universal: lógica consecuencia en la visión del mundo y de las cosas del siglo de toda verdadera intelectualidad metafísica. Y si surgió con el exclusivo fin –como quieren los documentos positivos– de garantizar la pacífica estancia de las multitudes de peregrinos que, procedentes de todo el orbe cristiano, vagaban, más o menos devotamente, por la recién liberada Tierra Santa, lo cierto es que apenas una década después de su creación esta enigmática Orden de caballería se instalaba también –y muy estratégicamente– en todos los reinos occidentales.

El mismo año de Cristo de 1128 en el que se reunía un concilio en Troyes, animado directamente por el enérgico Abad de Claraval, para precisar la constitución de la Nueva Milicia templaria, fijar su Regla y confirmar sus excepcionales privilegios en todos los órdenes, le eran entregados en el todavía condado portucalense vastos territorios y poderosas fortalezas como el Castelo de Soure; a la Orden se deberá la refundación de importantes núcleos de población avanzados como la misma Coimbra. Pero la primera donación portuguesa a la Orden del Templo es –según precisan ciertas fuentes– dos años anterior al propio concilio de Troyes; en efecto, al parecer ya en 1126 la madre de Don Alfonso Enríquez, aquella condesa Doña Teresa, hija que fuera del imperator leonés y que desposara a un hermano del Duque de Borgoña –sobrino-nieto, por ello mismo, del poderoso Don Hugo, conde de Troyes y Abad de Cluny que patrocinó a San Bernardo–, esta buena señora pues, que terminó sus días de honra fugándose con un gallego que le habló de amores más terrenales, iba a abrir las primeras puertas de Portugal a los caballeros del Santo Amor al donarles la fortaleza de Fonte Arcada.

Este dato sorprendente –que recogemos de la inspirada obra del pensador portugués Antonio Quadros titulada “Portugal, Raçao y Misterio”– no deja de tener su importancia, si se considera al menos que, según otras fuentes solventes que han tratado de estas cuestiones, no es hasta el otoño de 1127 –tras los primeros Nueve años de ascética concentración y retiro sagrado en Jerusalem– que el primer Gran Maestro Hugo de Payns, acompañado de otros cinco caballeros, se embarca de regreso a Europa para promover la nueva fundación ante el Pontífice y los príncipes cristianos; no siendo sino a partir del concilio de Troyes (1128) cuando se precipitan las donaciones al Templo en todos los reinos... ¿Podemos estar, pues, al pisar las piedras de Fonte Arcada, sobre la primera presencia templaria en Europa? Por las consecuencias, en gran medida sorprendentes, que una tal constatación implicaría, sería de gran interés una confirmación rigurosa de estos datos, que podrían incluso venir a avalar la opinión de quienes –como Vieira Guimarâes– sostuvieron siempre la tradición que quiere la presencia –junto a Hugo de Payns y aquel otro André de Montbard, tío carnal del omnipresente San Bernardo– de un misterioso caballero portugués entre la muy ilustre ennéada fundadora de la Orden del Templo de Salomón.

Mas si se trata aquí de aventurar curiosidades lusas, antigüedades patrias, y otras primacías históricas –quizá significativas– forzoso se nos hace el señalar que el primer hecho de armas de los famosos templarios del que hoy tengamos constancia no se dio ni siquiera en Tierra Santa sino en las bravas tierras de Portugal; en efecto, según carta del obispo Elberto de Châlons, los templarios Roberto el Senescal y Hugo de Rigaud merecieron las llaves del castillo de Barbará ya en 1132, “porque vinieron y resistieron a fuerza de armas en Grayana y en la Marcha para defensa de cristianos...” La Orden se estrena militarmente en esta frontera occidental de la Cristiandad, a la que dedicará inmediatamente una poderosa atención.

El historiador luso Alexandre Herculano describió la milicia templaria con las siguientes logradas palabras: “Los escuadrones de caballería del Templo al formar para batalla guardaban un profundo silencio, que sólo era interrumpido por el oscilar al viento del pendón bicolor que los guiaba (blanco y negro), así como el de los blancos mantos de los caballeros... A la voz del Maestro una corneta daba la señal, y el escuadrón, irguiendo los ojos al cielo entonaba el Himno de David: No a nosotros, Señor, no a nosotros! Si no a mayor gloria de tu Nombre!; entonces, bajando las lanzas y espoleando caballos, se arrojaban, envueltos en una nube de polvo, como una tempestad sobre el enemigo... Ante el que nunca podían retirarse: o lo dispersaban o morían”. Se sabe que junto a estos primeros templarios portugueses –adelantados siempre en las fronteras del Sur– forjóse el alma de guerrero del joven conde Don Alfonso, estableciendo con esta caballería aquellos firmes lazos personales que sólo las armas compartidas, el común enemigo, y las duras jornadas a caballo consiguen crear. De estos años juveniles de intensas campañas guerreras nacería la amistad entre el futuro Rey y el también futuro Maestro provincial de la Orden Templaria portuguesa, Don Gualdín Pais –quien merece ser observado despacio–; amistad que, por lo demás, tanta trascendencia tendría para la estructuración del nuevo Reino.

Armado caballero con apenas veintiún años en la misma batalla de Ourrique, cubrióse pues Don Gualdín con la gloria temprana de presenciar la exaltación regia de su amigo por derecho de armas; casi inmediatamente se embarcó hacia Tierra Santa donde permaneció cinco años de dura iniciación templaria, dando repetidas pruebas de la nobleza de su sangre en la famosa batalla de Ascalona y en la conquista de Sidón. En Oriente aprendió también los misterios de la Orden, que son los del alma y el cosmos, de tal suerte que, de regreso a su amada tierra lusitana, desempeñaría de inmediato funciones políticas trascendentales para el futuro del Reino y de la Cristiandad. Primero comendador de Braga y después de Sintra, fue la mano derecha del entonces Maestro Don Pedro Arnaldo, y tras la renuncia de éste en 1157, fue Don Gualdín Pais nombrado sexto Maestro de la Orden Templaria en Portugal: Galdinus Magister Portugalesium Militum Templi, según puede leerse aún en lápida conmemorativa de la fundación de ese octogonal misterio lítico que es el Monumento de Thomar, cuyo estudio –que quizá abordemos en otra ocasión– pone en evidencia que no fue Portugal un lugar cualquiera, similar a tantos otros emplazamientos occidentales, para la original Orden del Templo de Salomón; por el contrario, suficientes indicios hacen pensar que ya en los primeros basamentos de esta singular construcción románica –que son asentados a la vez que los primeros cimientos del Reino– el gran proyecto portugués, que culminaría en las velas blancas con cruz templaria surcando todos los mares del Orbe, estaba prefigurado...

En los romances de la Demanda del Grial, que iban a difundirse antes de terminar aquel siglo XII por toda Europa, son llamados templarios a los custodios de tan noble búsqueda espiritual finalmente frustrada. Si se admite que tales romances expresaron la mentalidad de su época, a la vez que la determinaron poderosamente, se podrá admitir que a través de ellos se expresaron las verdaderas motivaciones profundas –más allá de los intereses temporales inmediatos y las ambiciones humanas–, así como las inquietudes intelectuales, que movieron a aquellas aristocracias cristianas. En uno de aquellos romances, debido al indiscutiblemente templario alemán Wolfram von Eschenbach, se pueden leer estas significativas palabras: “A veces sucede que un reino se encuentra sin señor; si el pueblo es sumiso a Dios, y desea un Rey elegido entre la Legión del Grial, ese deseo es satisfecho. Es preciso que ese pueblo respete al Rey así escogido, pues éste está protegido por la bendición de Dios. En secreto es como Dios hace partir a sus elegidos...”. En el mito fundacional portugués conocido cómo el Juramento de Ourrique encontramos una manifestación muy concreta de esta misma mentalidad.


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