viernes, 18 de abril de 2014

Sobre el valor salvífico de la muerte de Jesús



Sobre el valor salvífico de la muerte de Jesús

... Por supuesto, hay que conceder todo su valor a la eficacia del ejemplo de Cristo, que el Nuevo Testamento menciona explícitamente (cf. Jn 13, 15; 1 Pe 2, 21). Es una dimensión de la soteriología que no se debe olvidar. Pero no se puede reducir la eficacia de la muerte de Jesús al ejemplo, o, según las palabras del Autor, a la aparición delhomo verus’, fiel a Dios hasta la cruz. El P. Sobrino usa en el texto citado expresiones como “al menos” y “más bien”, que parecen dejar abierta la puerta a otras consideraciones. Pero al final esta puerta se cierra con una explícita negación: no se trata de causalidad eficiente, sino de causalidad ejemplar. La redención parece reducirse a la aparición del ‘homo verus’, manifestado en la fidelidad hasta la muerte. La muerte de Cristo esexemplum’ y no ‘sacramentum’ (don). La redención se reduce al moralismo. Las dificultades cristológicas notadas ya en relación con el misterio de la encarnación y la relación con el Reino afloran aquí de nuevo. Sólo la humanidad entra en juego, no el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Las afirmaciones del Nuevo Testamento y de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia sobre la eficacia de la redención y de la salvación operadas por Cristo no pueden reducirse al buen ejemplo que éste nos ha dado. El misterio de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la fuente única e inagotable de la redención de la humanidad, que se hace eficaz en la Iglesia mediante los sacramentos.

Afirma el Concilio de Trento en el Decreto sobre la justificación: «… el Padre celestial, “Padre de la misericordia y Dios de toda consolación” (2 Cor 1, 3), cuando llegó la bienaventurada “plenitud de los tiempos” (Ef 1, 10; Gál 4, 4) envió a los hombres a su Hijo Cristo Jesús […], tanto para redimir a los judíos “que estaban bajo la ley” (Gál 4, 5) como para que “las naciones que no seguían la justicia, aprehendieran la justicia” (Rom 9, 30) y todos “recibieran la adopción de hijos” (Gál 4, 5). A éste “propuso Dios como propiciador por la fe en su sangre” (Rom 3, 25), “por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros sino por los de todo el mundo” (1 Jn 2, 2)» (Conc. de Trento, Decr. De iustificatione, {Dz 794} DH 1522).

Se afirma en el mismo decreto que la causa meritoria de la justificación es Jesús, Hijo unigénito de Dios, «el cual, “cuando éramos enemigos” (Rom 5, 10), “por la excesiva caridad con que nos amó” (Ef 2, 4) nos mereció la justificación con su santísima pasión en el leño de la cruz, y satisfizo por nosotros a Dios Padre» (Ibídem, {Dz 799} DH 1529, cf. {Dz 820} DH 1560).

→ CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, ‘Notificatio de operibus P. Jon Sobrino S.J.’ (26 de noviembre de 2006), n. 10



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