28 dic. 2011

Elementos de los sacramentos. Énfasis en la “intención de hacer lo que quiere la Iglesia”


Elementos de los sacramentos. Énfasis en la “intención de hacer lo que quiere la Iglesia”

¿De qué elementos constan los sacramentos?

Los sacramentos constan de tres elementos: de ciertas cosas, como materia; de ciertas palabras, como forma, y de la persona del ministro que confiere el sacramento con intención de hacer lo que hace la Iglesia, y si falta alguno de estos tres elementos, no hay sacramento.

Del Catecismo Católico, preparado bajo la dirección del Cardenal Gasparri (Libreria Editrice Vaticana 1933, q. 326).

El ministro, al administrar el sacramento, debe poseer la debida intención de hacer lo que quiere la Iglesia:

S.S. MARTÍN V, 1417-1431

CONCILIO DE CONSTANZA, 1414-1418 [XVI ecuménico (contra Wicleff, Hus, etc.)]

Interrogaciones que han de proponerse a los wicleffitas y hussitas [de la Bula Inter cunctas, de 22 de febrero de 1418]

Dz 672, DS 1262 22. Asimismo, si cree que un mal sacerdote, con la debida materia y forma, y con intención de hacer lo que hace la Iglesia, verdaderamente consagra, verdaderamente absuelve, verdaderamente bautiza, verdaderamente confiere los demás sacramentos.

S.S. EUGENIO IV, 1431-1447

Decreto para los armenios [de la Bula Exultate Deo, de 22 de noviembre de 1439]

Dz 695, DS 1310 [...]. Siete son los sacramentos de la Nueva Ley, a saber, bautismo, confirmación, Eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio, que mucho difieren de los sacramentos de la Antigua Ley. Estos, en efecto, no producían la gracia, sino que sólo figuraban la que había de darse por medio de la pasión de Cristo; pero los nuestros no sólo contienen la gracia, sino que la confieren a los que dignamente los reciben.

DS 1311 De éstos, los cinco primeros están ordenados a la perfección espiritual de cada hombre en sí mismo, y los dos últimos al régimen y multiplicación de toda la Iglesia. Por el bautismo, en efecto, se renace espiritualmente; por la confirmación aumentamos en gracia y somos fortalecidos en la fe; y, una vez nacidos y fortalecidos, somos alimentados por el manjar divino de la Eucaristía. Y si por el pecado contraemos una enfermedad del alma, por la penitencia somos espiritualmente sanados; y espiritualmente también y corporalmente, según conviene al alma, por medio de la extremaunción. Por el orden, empero, la Iglesia se gobierna y multiplica espiritualmente, y por el matrimonio se aumenta corporalmente.

DS 1312 Todos estos sacramentos se realizan por tres elementos: de las cosas, como materia; de las palabras, como forma, y de la persona del ministro que confiere el sacramento con intención de hacer lo que hace la Iglesia. Si uno de ellos falta, no se realiza el sacramento.

S.S. PAULO III, 1534-1549

CONCILIO DE TRENTO, 1545-1563 [XIX ecuménico (contra los innovadores del siglo XVI)]

SESIÓN VII (3 de marzo de 1547), Cánones sobre los sacramentos en general

Dz 854, DS 1611 Can. 11. Si alguno dijere que en los ministros, al realizar y conferir los sacramentos, no se requiere intención por lo menos de hacer lo que hace la Iglesia, sea anatema.

Cánones sobre el sacramento del bautismo

Dz 860, DS 1617 Can. 4. Si alguno dijere que el bautismo que se da también por los herejes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con intención de hacer lo que hace la Iglesia, no es verdadero bautismo, sea anatema.

S.S. ALEJANDRO VIII, 1689-1691

Errores de los jansenistas [condenados en el Decreto del Santo Oficio de 7 de diciembre de 1690]

Dz 1318, DS 2328 28. Es válido el bautismo conferido por un ministro que guarda todo el rito externo y la forma de bautizar, pero resuelve interiormente consigo mismo en su corazón: «No intento hacer lo que hace la Iglesia».

Dz 1321, DS 2331 [...] Condenadas y prohibidas como temerarias, escandalosas, mal sonantes, injuriosas, próximas a la herejía, erróneas, cismáticas y heréticas respectivamente.

S.S. LEÓN XIII, 1878-1903

De las ordenaciones anglicanas [de la Carta Apostolicae curae, de 13 de septiembre de 1896]

Dz 1966, DS 3318 Con este íntimo defecto de forma está unida la falta de intención, que se requiere igualmente de necesidad para que haya sacramento...

DS 3319 Así, pues, asintiendo de todo punto a todos los decretos de los Pontífices predecesores nuestros sobre esta misma materia, confirmándolos plenísimamente y como renovándolos por nuestra autoridad, por propia iniciativa y a ciencia cierta, pronunciamos y declaramos que las ordenaciones hechas en rito anglicano han sido y son absolutamente inválidas y totalmente nulas...

S.S. PÍO XII, 1939-1958

De la intención que ha de tenerse en el bautismo [Respuesta del Santo Oficio, de 28 de diciembre de 1949]

Dz 2304, DS 3874 A esta Suprema Sagrada Congregación le fue propuesta la duda:

Si en los juicios sobre causas matrimoniales, el bautismo conferido en las sectas de los Discípulos de Cristo, Presbiterianos, Congregacionalistas, Baptistas y Metodistas, puesta la necesaria materia y forma, ha de presumirse inválido por falta de la intención requerida en el ministro de hacer lo que hace la Iglesia o lo que Cristo instituyó por lo contrario ha de presumirse válido, a no ser que en caso particular se pruebe lo contrario.

Resp.: Negativamente a la primera parte, afirmativamente a la segunda.

***

19 dic. 2011

Racionalización del calendario laboral: culto al mercado antes que a Dios


[Culto a la diosa Razón en la Revolución Francesa]

La racionalización del calendario laboral

El señor RAJOY BREY (Candidato a la Presidencia del Gobierno):

Hemos planteado como bases para esta reforma las siguientes...

Fomentar la eficiencia del mercado de trabajo: entre otras medidas, racionalizaremos el calendario laboral para hacer compatibles los derechos de los trabajadores con la competitividad de las empresas y, en concreto, abordaremos los costes que para nuestra economía suponen los puentes, de manera que se trasladarán las fiestas al lunes más cercano, con la excepción de aquellas fechas de mayor arraigo social. 

(Aplausos).

Fuente:

CORTES GENERALES, Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, Año 2011, X Legislatura, Núm. 2, Sesión plenaria núm. 2, celebrada el lunes 19 de diciembre de 2011; Debate sobre la Investidura del Candidato a la Presidencia del Gobierno (Número de Expediente 080/000001), página 13.




El Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113 nos enseña que

La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del Estado, del dinero, etc. “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia” (cf. Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf. Gál 5, 20; Ef 5, 5).

A su vez, la historia nos enseña que en el verano de 1793, la Convención estableció el “culto a la diosa razón” y a la religión de la naturaleza. El cambio de Calendario había llegado casi un año antes, en otoño de 1792, y buscaba eliminar del mismo las referencias religiosas.

218 años después, en el invierno de 2011, como en una mueca blasfema al “rationabile obsequium” debido a la sacrosanta Trinidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, hemos sabido de una aplaudida “racionalización del calendario laboral”, en la que se vislumbra como la primicia de un culto remozado que se ofrecerá a una nueva y perversa Tríada formada por la Razón, el Trabajo, el Dinero.

Ahora que cada uno se retrate. Se escuchan vanas apelaciones a unos “valores” supuestamente cristianos en la vida pública, pero precisamente en aquellos que vuelven a exclamar “nosotros no tenemos más rey que al César” (y ahora el Mercado es su Ley), excluyendo de la vida pública al mismo Cristo, que reclama una exigencia tan absoluta como ésta: Qui non est mecum, contra me est “El que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30)...

Como ha recordado el Santo Padre Benedicto XVI, en la Bendición ‘Urbi et Orbi’ de 2011, Cristo Rey, Príncipe de la Paz, no puede, no quiere limitarse a reinar privadamente, únicamente en los corazones de los individuos; también Cristo ha de reinar públicamente, en las familias y en los pueblos:

“¡Feliz Navidad! Que la Paz de Cristo reine en vuestros corazones, en las familias y en todos los pueblos”. Benedicto XVI, Bendición ‘Urbi et Orbi’ 2011.

La celebración del domingo cumple la prescripción moral, inscrita en el corazón del hombre, de “dar a Dios un culto exterior, visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia los hombres” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 122, a. 4). Es por eso y a pesar de todo, que el Domingo es sagrado, y también a pesar de las presiones económicas, que el descanso dominical deba ser asegurado: “los cristianos deben esforzarse por obtener el reconocimiento de los domingos y días de fiesta de la Iglesia como días festivos legales” (Catecismo 2187).

Tres son los agentes implicados en salvaguardar la sacralidad del Domingo, [1] los poderes públicos, [2] los patronos y [3] todos los fieles, cada cristiano. En este punto, cada uno tenemos nuestra personal responsabilidad, que no podemos delegar y que nos será exigida. Pues seremos juzgados por nuestras obras de caridad personal y también por nuestras obras de “caridad social”: «A la tarde te examinarán en el amor» (San Juan de la Cruz, Avisos y sentencias, 57).

No se nos prometió que sería fácil... Releamos el Catecismo: “No podéis servir a Dios y al dinero”, dice Jesús (Mt 6, 24). Numerosos mártires han muerto por no adorar a “la Bestia” (cf. Ap 13-14), negándose incluso a simular su culto. La idolatría rechaza el único Señorío de Dios; es, por tanto, incompatible con la comunión divina (cf. Gál 5, 20; Ef 5, 5).

Veamos ahora en detalle que exige la “caridad social” de cada uno de nosotros, en este momento de la historia:

[1. Los poderes públicos]

“Santificar los domingos y los días de fiesta exige un esfuerzo común. [...] A pesar de las presiones económicas, los poderes públicos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino” (Catecismo 2187).

[2. Los patronos]

“Los patronos tienen una obligación análoga con respecto a sus empleados” (Catecismo 2187).

[3. Los fieles, cada cristiano]

a) “El domingo y las demás fiestas de precepto [...] los fieles se abstendrán de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo” (Catecismo 2193).

b) “Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otro lo que le impediría guardar el día del Señor” (Catecismo 2187).

FUENTES

Catecismo de la Iglesia Católica, Día de gracia y de descanso (15 de agosto de 1997), nn. 2184-2188.
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, El descanso festivo (2 de abril de 2004), nn. 258. 284-286.

CODA

JUAN PABLO II, Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo de 1998), n. 66

[66]. Rige aún en nuestro contexto histórico la obligación de empeñarse para que todos puedan disfrutar de la libertad, del descanso y la distensión que son necesarios a la dignidad de los hombres, con las correspondientes exigencias religiosas, familiares, culturales e interpersonales, que difícilmente pueden ser satisfechas si no es salvaguardado por lo menos un día de descanso semanal en el que gozar juntos de la posibilidad de descansar y de hacer fiesta. Obviamente este derecho del trabajador al descanso presupone su derecho al trabajo y, mientras reflexionamos sobre esta problemática relativa a la concepción cristiana del domingo, recordamos con profunda solidaridad el malestar de tantos hombres y mujeres que, por falta de trabajo, se ven obligados en los días laborables a la inactividad.

BENEDICTO XVI, Exhortación apostólica Sacramentum Caritatis (22 de febrero de 2007), n. 74

Sentido del descanso y del trabajo

74. Es particularmente urgente en nuestro tiempo recordar que el día del Señor es también el día de descanso del trabajo. Esperamos con gran interés que la sociedad civil lo reconozca también así, a fin de que sea posible liberarse de las actividades laborales sin sufrir por ello perjuicio alguno. En efecto, los cristianos, en cierta relación con el sentido del sábado en la tradición judía, han considerado el día del Señor también como el día del descanso del trabajo cotidiano. Esto tiene un significado propio, al ser una relativización del trabajo, que debe estar orientado al hombre: el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al hombre en cuanto se emancipa de una posible forma de esclavitud. Como he afirmado, «el trabajo reviste una importancia primaria para la realización del hombre y el desarrollo de la sociedad, y por eso es preciso que se organice y desarrolle siempre en el pleno respeto de la dignidad humana y al servicio del bien común. Al mismo tiempo, es indispensable que el hombre no se deje dominar por el trabajo, que no lo idolatre, pretendiendo encontrar en él el sentido último y definitivo de la vida».[209] En el día consagrado a Dios es donde el hombre comprende el sentido de su vida y también de la actividad laboral.[210]

[209] Homilía (19 marzo 2006): AAS 98 (2006), 324.
[210] Señala a este respecto el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 258: «El descanso abre al hombre, sujeto a la necesidad del trabajo, la perspectiva de una libertad más plena, la del Sábado eterno (cf. Hb 4,9-10). El descanso permite a los hombres recordar y revivir las obras de Dios, desde la Creación hasta la Redención, reconocerse a sí mismos como obra suya (cf. Ef 2,10), y dar gracias por su vida y su subsistencia a Él, que de ellas es el Autor».

☩☩☩

22 nov. 2011

C.S. Lewis, Narnia y el diálogo interreligioso (y la esclavitud capitalista)



C.S. Lewis, Narnia y el diálogo interreligioso (y la esclavitud capitalista)

– Y hay otra cosa más que deben aprender –continuó el Mono–. He oído que algunos de ustedes dicen que soy un Mono. Pues no; soy un Hombre. Si parezco un Mono es sencillamente por lo viejo que soy: tengo cientos y cientos de años. Y debido a mi vejez, soy muy sabio. Y porque soy muy sabio soy el único a quien Aslan hablará. No se le puede molestar para que hable con un montón de animales estúpidos. Él me dirá a mí lo que tienen que hacer ustedes, y yo se los comunicaré. Y les doy un consejo: háganlo todo con la mayor rapidez, pues Él no va a tolerar ninguna tontería.

Hubo un silencio sepulcral, excepto el ruido de llanto de un tejón pequeñito a quien su madre trataba de mantener callado.

– Y ahora otra cosa –prosiguió el Mono, poniendo una nueva nuez dentro de su carrillo–. He oído que algunos de los caballos dicen: “Apurémonos y liquidemos lo más pronto posible este asunto de acarrear madera y volveremos a recuperar nuestra libertad”. Bueno, pueden sacarse esa idea de sus cabezas inmediatamente. Y no crean que sólo los caballos. Cualquiera capaz de trabajar será de ahora en adelante obligado a hacerlo. Aslan ha convenido todo con el Rey de Calormen, el Tisroc, como lo llaman nuestros amigos de la cara morena, los calormenes. Todos ustedes, caballos y toros y burros serán enviados a Carlormen a ganarse la vida trabajando, de tiro y de carga como hacen todos los caballos y sus semejantes en los demás países. Y ustedes, los animales que saben cavar como los topos y los conejos y los Enanos, irán a trabajar a las minas del Tisroc. Y...

– No, no, no –aullaron las Bestias–. No puede ser verdad. Aslan jamás nos vendería como esclavos al Rey de Calormen.

– ¡No es eso! ¡Callen ese griterío! –exclamó el Mono, con un gruñido–. ¿Quién ha hablado de esclavitud? No serán esclavos. Se les pagará, y muy buenos salarios. Es decir, la paga que reciban irá a las arcas de Aslan y él la usará sólo para el bien de todos.

Luego dio una rápida mirada, casi haciendo un guiño, al calormene jefe. El calormene hizo una reverencia y contestó en el pomposo estilo calormene:

– Muy sapiente Portavoz de Aslan, el Tisroc (que viva para siempre) está absolutamente de acuerdo con Su Señoría respecto a este juicioso plan.

– ¡Ahí tienen! ¡Ya lo ven! –exclamó el Mono–. Está todo arreglado. Y todo para vuestro propio bien. Nos será posible, con el dinero que ustedes ganen, hacer de Narnia un país donde valga la pena vivir. Habrá naranjas y plátanos en abundancia, y caminos y grandes ciudades y escuelas y oficinas y látigos y bozales y monturas y jaulas y perreras y prisiones... ¡Oh, habrá de todo!

– Pero nosotros no queremos todas esas cosas –dijo un anciano Oso–. Queremos ser libres. Y queremos escuchar a Aslan hablando en persona.

– Mira, no empieces a discutir –replicó el Mono–, porque eso es algo que no voy a tolerar. Soy un Hombre; tú eres sólo un Oso gordo, estúpido y viejo. ¿Qué sabes tú de libertad? Crees que la libertad significa hacer lo que quieras. Bueno, estás muy equivocado. Esa no es la verdadera libertad. La verdadera libertad consiste en hacer lo que yo te diga.

– Grñmmm –gruñó el Oso, rascándose la cabeza; le parecía que esta clase de cosas era muy difícil de entender.

– Por favor, por favor – dijo la voz aguda de un lanudo cordero, tan joven que todos se sorprendieron de que se atreviese a hablar.

– ¿Qué pasa ahora? –dijo el Mono–. Habla rápido.

– Por favor –continuó el Cordero–, no puedo entender. ¿Qué tenemos que ver nosotros con los calormenes? Nosotros pertenecemos a Aslan. Ellos pertenecen a Tash. Tienen un dios llamado Tash. Dicen que tiene cuatro brazos y la cabeza de un buitre. Matan Hombres ante su altar. Yo no creo que exista un ser como Tash. Pero si lo hubiera, ¿cómo podría Aslan ser amigo de él?

Todos los animales ladearon sus cabezas y sus ojos brillantes relampaguearon mirando al Mono. Sabían que era la mejor pregunta que se había hecho hasta ahora.

El Mono dio un salto y escupió al Cordero.

– ¡Qué infantil! –silbó–. ¡Tú, tonto balador! Andate a tu casa con tu mamacita a tomar tu leche. ¿Qué sabes tú de estas cosas? Pero los demás, escuchen. Tash es simplemente otro nombre de Aslan. Todas esas antiguas ideas de que nosotros estamos en lo cierto y los calormenes equivocados, es una tontería. Ahora lo sabemos mejor. Los calormenes usan diferentes palabras, pero todos queremos decir la misma cosa. Tash y Aslan son sólo dos nombres diferentes para Quién ustedes saben. Es por esa razón por la cual jamás puede haber una disputa entre ellos. Métanselo en sus cabezas, brutos estúpidos. Tash es Aslan; Aslan es Tash.

Tú sabes lo triste que puede ponerse a veces la cara de tu perro. Piensa en eso y piensa luego en las caras de aquellas Bestias que Hablan –todos aquellos honrados, humildes, desconcertados pájaros, osos, tejones, conejos, topos y ratones–, muchísimo más tristes todavía. Todos tenían la cola gacha, los bigotes caídos. Se te habría partido el corazón de pena de ver sus caras. Había uno solo que no parecía desdichado.

Era un gato rojizo, un inmenso Tom en la flor de la edad, que estaba sentado muy derecho con la cola enroscada en sus pies, en plena primera fila del grupo de Bestias. Había estado mirando fijo al Mono y al capitán calormene todo el tiempo y no había pestañeado jamás.

– Perdóname –dijo el Gato con gran cortesía–, pero esto me interesa. ¿Tú amigo de Calormen dice lo mismo?

– Ciertamente –contestó el calormene–. El ilustrado Mono, Hombre quiero decir, está en lo correcto. Aslan quiere decir, ni más ni menos, Tash.

– En especial, ¿Aslan no significa más que Tash? –sugirió el Gato.

– No significa más en absoluto – respondió el calormene, mirando al Gato directo a los ojos.

– ¿Es suficiente para ti, Jengibre? –preguntó el Mono.

– ¡Oh, por supuesto! –dijo Jengibre, con toda calma–. Muchas gracias. Sólo quería tenerlo bien claro. Creo que ya empiezo a entender.

Hasta ahora el Rey y Alhaja no habían dicho una palabra; esperaban que el Mono los invitara a hablar, ya que pensaban que no tenía objeto interrumpir. Pero cuando Tirian miró las caras tristes de los narnianos, y vio que estaban por creer que Aslan y Tash eran una sola cosa, no pudo soportar más.

– Mono –gritó a toda boca–, mientes. Mientes como un condenado. Mientes como un calormene. Mientes como un Mono.

Pretendía seguir y preguntar cómo el terrible dios Tash, que se alimentaba de la sangre de su pueblo, podría de alguna manera ser lo mismo que el buen León, cuya sangre salvó a toda Narnia. Si le hubiesen permitido hablar, probablemente el reinado del Mono habría terminado ese mismo día; las Bestias hubieran comprendido la verdad y habrían depuesto al Mono. Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra más, dos calormenes lo golpearon con todas sus fuerzas en la boca, y un tercero, por detrás de él, le dio un puntapié, haciéndole una zancadilla. Cuando cayó, el Mono chilló de rabia y terror:

– Llévenselo. Llévenselo. Llévenlo donde no pueda oírnos, ni nosotros podamos oírlo a él. Amárrenlo a un árbol allá. Yo, es decir Aslan, lo someterá a juicio más tarde.

FUENTE

C.S. LEWIS, Las Crónicas de Narnia, Libro VII. La última batalla, Cap. III. El mono en su esplendor.

☩☩☩

17 nov. 2011

El Imperio a España vendrá por los caminos del mar



DISCURSO DEL SANTO PADRE PÍO XII
A LA TRIPULACIÓN
DEL BUQUE-ESCUELA  DE LA ARMADA ESPAÑOLA

Jueves 17 de noviembre de 1955

He aquí, hijos amadísimos, —Jefes y Oficiales, Alumnos, Suboficiales y Marinería, que formáis la tripulación del buque-escuela «Neptuno»— he aquí una visita que, por la amabilidad que supone el haberla colocado entre los objetivos primordiales de vuestro crucero, Nos queremos agradecer de modo especial, mientras os damos, de todo corazón, la más paternal bienvenida.

Bienvenida sea, pues, a la Casa del Padre común, la gente de mar, los fieles servidores de un ideal, que hace de vuestras existencias casi un holocausto en el riesgo nunca interrumpido, en la dureza del servicio y en todo un modo de ser que parece mirar solamente a la defensa y protección de una Patria, olvidando toda comodidad en el severo engranaje de vuestra férrea disciplina.

Pero, precisamente en este, llamémoslo así, ascetismo de vuestra vida, está la fuente segura de esas virtudes que os deben distinguir. «Si quieres aprender a rezar —dice el refrán castellano— métete en el mar». Pero la verdad es mucho más amplia: métete en el mar y verás cómo el mar te lleva a Dios, no solamente en el momento del peligro, cuando la oración sube tumultuosa y vacilante a los labios, invocando socorro contra las iris del ventarrón furioso o el imponente asalto de las olas embravecidas, sino también, y mucho más, en las horas serenas, cuando parece que se vive en medio de la inmensidad de Dios al dejar perder la vista en los horizontes infinitos, o cuando nos parece contemplar Su belleza al mirar embelesados un sol —disco de oro— que se hunde solemne en las aguas, tiñendo de arreboles los cielos y arrancando reflejos de plata a las ondas tranquilas. ¡Entonces sí que se siente cercano a Aquel que puso en el mar sus caminos (cf. Sal 76, 20), a Aquel a quien el viento y el mar obedecen (cf. Mc 4, 41)!

Vuestra Nación, hijos queridísimos, entre dos mares providencialmente colocada, por el mar recibió aquellos grandes aportaciones que fueron para ella las culturas griega y fenicia; y a través del mar comenzó bien pronto a lanzar sus bajeles para demostrar de lo que era capaz, unas veces en empresas puramente peninsulares, como la del gran almirante Bonifaz, y otras proyectando ya sus ímpetus al exterior, como con los dos Rogeres, el de Flor y el de Lauria. Después, al abrirse los tiempos, al caer la barrera de lo desconocido y quedar como centinela avanzado del mundo viejo, el mar se quedó pequeño ante el empuje de vuestras proas. Era la hora de Dios, cuando en la cofa más alta de la nave campeaba siempre una cruz, y cuando junto el descubridor no faltaba nunca el misionero. Vocación heroica y providencial de una estirpe, a la que ella supo tan generosamente corresponder.

Aquellos días han pasado y hoy la ciencia náutica —no encerrada ya en los estrechos muros de una escuela de Sagres o de un aula de Salamanca— ha superado con mucho las carabelas y los bergantines, los astrolabios y las tablas de declinación de aquellos tiempos, poniendo a vuestra disposición medios perfectísimos, de increíble potencia, de rapidez inaudita, para los que no son obstáculo las distancias, las nieblas, las calmas del viento y hasta las mismas sombras de la noche. Pero hoy, como entonces, el hombre, que lo maneja todo, será el elemento decisivo, y al fin y al cabo dependerá de vosotros el poner el espíritu de sacrificio, característico de vuestra profesión; el sentimiento de fraternidad universal, fruto de vuestros continuos viajes; y hasta vuestra capacidad técnica al servicio de la humanidad, del bien común, del progreso y utilidad en todos los ramos y, en una palabra, para protección, conservación y fomento de la verdadera paz.

Id con Dios, amadísimos, especialmente vosotros, la florida juventud que se prepara para el futuro; aprended a respetar y a amar a vuestros Jefes; a trataros entre vosotros con sincera y fraternal Camaradería, donde la principal emulación consista en ver quién es el mejor en todo; a ser afectuosos y deferentes con esta Marinería, símbolo de la que mañana ha de formar vuestra gran familia en vuestros respectivos destinos; y aprovechad lo más posible esta travesía, sobre todo para vuestra formación humana y espiritual, a fin de que mañana y siempre, en todos los puertos, en todos los mares, sigáis siendo ejemplo no sólo de corrección, de prestancia, y de gallardía, sino también de Caballeros cristianos, que van predicando por todas partes la Fe que profesan con el ejemplo de su vida.

Marinos o marineros somos un poco todos, que a través de este viaje, que es la vida, vamos dando bordadas para capear el viento contrario, para sortear escollos, para huir los enemigos, que ahora a babor y luego a estribor nunca dejan de insidiarnos; y bien desgraciado sería el que, después de tantos sudores, acabase arrumbando o yéndose al garete. Del pueblo de Dios, dice el gran Apóstol de las gentes (cf. He 11, 29), que, gracias a su fe, consiguió pasar a través del mar como por tierra seca. Es la misma fe que vosotros profesáis y que os ha de servir de luz y de dirección en todas vuestras travesías.


Y si mirando a lo alto buscáis una estrella, Nos os invitamos a contemplarla en la que vosotros mismos llamáis «Estrella de los mares», en vuestra Virgen del Carmen, que tantas veces y de tantas maneras ha mostrado su predilección por los que a las aguas inestables confían sus vida al servicio de Dios y de la Patria.

Una Bendición, hijos amadísimos, para vuestra España querida; una Bendición para todas las naves que en cualquier parte del mundo en estos momentos se mezan sobre las olas la sombra de la gloriosa Enseña roja y gualda; una Bendición para todos vuestros colegas, para vuestras familias y para todas vuestras intenciones. Y cuando, muy pronto, al caer el día, os reunáis la primera vez en la toldilla para entonar la Oración de la tarde, haced una intención especial por vuestro Padre de Roma que aquí, en el centro de la Cristiandad, en esos momentos ora por vosotros y, como si os tuviera presentes, uno a uno, afectuosamente os bendice.

Fuente:

Discurso del Santo Padre Pío XII A la tripulación del buque-escuela «Neptuno» de la Armada española (17 de noviembre de 1955), Discorsi e Radiomessaggi, vol.XVII, págs, 395-397.

***

V. La necesidad de una síntesis entre lo tradicional y lo moderno


V. LA NECESIDAD DE UNA SÍNTESIS
ENTRE LO TRADICIONAL Y LO MODERNO

H. C. F. MANSILLA, Lo razonable de la tradición.
Una revisión crítica de algunos principios premodernos (V)

Vid. el estudio al completo en
“Lo razonable de la tradición” n. I, n. II, n. III, n. IV y n. V



No podemos retornar al mundo preindustrial, pero sí podemos intentar una simbiosis entre los elementos positivos de lo premoderno y de la modernidad: podemos, por ejemplo, tratar de no destruir ni desvirtuar nuestras tradiciones razonables, y combinarlas con lo rescatable de la modernidad. Estos esfuerzos sincretistas no son ni tan raros ni condenados a priori al fracaso: en gran parte la historia universal está construida por ellos. Max Horkheimer señaló que una de las tareas primordiales de la teoría crítica en la actualidad era discernir lo que había que preservar del pasado —sobre todo normativas y logros culturales— y lo que era necesario combatir del presente (79). Cada progreso conlleva la eliminación de algo que ha sido positivo: es conveniente tener consciencia y dejar constancia de ello. El dolor y el duelo por estas pérdidas sirven para relativizar el progreso material, no siempre tan razonable: lo irracional sería aceptar todo progreso por el mero hecho de serlo. Es sintomático que un gran pensador como Max Weber, quien consagró una notable porción de su obra teórica a fundamentar la necesidad de la abstención de juicios valorativos en la actividad científica, sintiese una enorme nostalgia reprimida por sentimientos y valores: la «modernidad» de su enfoque fue horadada por su añoranza de elementos premodernos, como la fraternidad, la religiosidad, la espontaneidad y la búsqueda de sentido (80).

En la actual sociedad compleja y sobredesarrollada la solidaridad humana sólo se puede dar como la consciencia de un desamparo existencial que atañe a todos; lo que puede unir a los hombres es la sensación de soledad colectiva, el percatarse de la precariedad de la vida a largo plazo en un mundo finito y amenazado por la propia evolución humana y el reconocer la serie interminable de horrores e injusticias que jalonan la historia. Y este abandono liminar sólo puede ser compensado por la creencia en lo transcendente y por la preservación de modelos de convivencia humana que conservan los cimientos de una sociedad genuinamente humana: amor y solidaridad inmediatas (no mediatizadas por estructuras burocráticas, por más eficientes que éstan sean), y una creencia racional que otorgue sentido a nuestra existencia individual y colectiva.

La síntesis postulada puede ser explicitada brevemente mediante la mención del rol que la religiosidad (y aspectos afines) puede aun jugar en el mundo moderno. Las diferencias entre religión y mitos, por un lado, y saberes objetivos y conocimientos derivados de experimentos científicos, por otro, son importantes. Sobre esa diferencia —su especificidad, cultivo e intensificación— se basan la civilización occidental y los logros de la modernidad. Sería una absoluta necedad negar esta distinción palpable y simplemente fundamental. Pero hay también semejanzas entre ambas formas del quehacer humano, similitudes que ahora comienzan a ser reconocidas en cuanto tales y que impiden la desvalorización y el desprecio sistemáticos del mito, la religión y, en general, de los valores y las instituciones premodernas. Las ciencias naturales parecen gozar de injustificados privilegios respecto de las sociales y espirituales, privilegios que se derivan de una curiosa convicción en la mayor objetividad y exactitud de las primeras. Las ciencias naturales han resultado ser, empero, tan tributarias como las otras del entorno personal, cultural e histórico de los científicos, y sus practicantes tan proclives a prejuicios e influencias de todo tipo, incluidas las políticas, como aquéllos que investigan leyendas y costumbres de otros pueblos. Insistiendo en esta posibilidad, ya Emile Durkheim llegó a la conclusión de que el proceso de constitución de las ciencias no difiere sustancialmente del de las religiones (81).

Las actuales inclinaciones a deconstruir y desmistificar todo fenómeno relacionado con lo religioso y lo mítico conllevan a menudo la imposición del propio criterio del investigador, para quien la grandeza y la lógica interna de los asuntos estudiados no son fácilmente comprensibles (82). Los mitos y las doctrinas religiosas tienen la función de recordar a los hombres su índole pasajera y lo efímero de todos sus actos. La religión puede ayudar al hombre a que éste evite el acto máximo de soberbia, que es colocarse en lugar de Dios en la esfera de lo absoluto. Las versiones más plausibles de la teología, que en este punto se asemejan a los rasgos centrales del misticismo, abandonan la pretensión de conocer inequívocamente a Dios y, por lo tanto, a penetrar la esencia de todo el universo, reconociendo así los límites de nuestras facultades cognoscitivas, pero postulando la idea de que si bien no podemos comprender exhaustivamente el mundo, sí podemos amarlo y conservarlo. Concepciones metafísicas pueden tener una remarcable función antidogmática. Paul K. Feyerabend, uno de los padres del postmodernismo, escribió: «Una ciencia, que se cree exenta de toda metafísica, está en el mejor camino de convertirse en un sistema metafísico dogmático» (83). Es sintomático que la oposición vehemente a toda forma de fundamentación metafísica proviene de aquellos que, de manera subrepticia, intentan descubrir valores sólidos y verdades incontrovertibles, como lo han demostrado los marxistas a lo largo de ciento cincuenta años. La necesidad de la metafísica se hace patente en el momento de su caída (84), que coincide con la modernidad: liberándola de sus aspiraciones objetivistas y apologéticas, que había heredado de la teología y la ideología, la metafísica permanece indispensable para la constitución de una consciencia crítica (85). La verdad de la metafísica reside en un impulso que transciende la pretensión de lo absoluto que tiene todo status quo, que posee todo sistema social o moda teórica por el mero hecho de prevalecer en un momento dado. Sin este ímpetu que sobrepasa y pone en cuestionamiento lo existente, que, como su propio nombre indica, va más allá de lo tangible, no se daría la verdad en sentido enfático. «La experiencia subjetiva liberada y la metafísica convergen en humanidad» (86). El genuino saber es impensable sin un motivo que hoy, en la era del predominio total del principio de rendimiento y eficacia, puede ser calificado de platónico y, obviamente, de premoderno: el entusiasmo. Se añora aquello que no es y no puede ser una posesión segura: la auténtica sabiduría ama lo que no puede ser utilizado estratégica o instrumentalmente, y cuyo modelo último es el amor de Dios (87).

No hay que apoyar, obviamente, la módica confusión entre opinar, saber y creer, como si todos estos factores tuviesen exactamente la misma validez. Pero no hay duda de que la investigación comparada en sociología, lingüística, etnografía y estudios religiosos ha conmovido la antigua certidumbre de que la religión se ocupaba de cuestiones meramente especulativas y la ciencia de fenómenos estrictamente verificables. Como ya afirmó Georg Wilhelm Friedrich Hegel en sus primeros escritos fragmentarios, la contraposición que se manifiesta a menudo entre la razón y el acto de creer puede ser considerada como una oposición aparente, puesto que ambas esferas se mueven dentro del mismo elemento y están influidas por un mismo designio humano, que es el de percibir lo absoluto. Su oposición es fructífera, y es conveniente que ambas no se diluyan, sino que más bien se mantengan diferenciables en sus modos de proceder (88). El peligro actual consiste en que a la filosofía contemporánea y al pensamiento postmodernista les es indiferente esta compleja, pero diferenciada relación entre saber y creer, entre la comprensión del mundo de los fenómenos relativos y el vislumbrar lo absoluto. Hoy en día se da preferencia a una amalgama mal aderezada de todo un poco, para la cual no existen distinciones —y, por lo tanto, vínculos discernibles— entre la mera opinión (doxa), el saber genuino (episteme) y el credo auténtico (pistis). Por ello se ha disuelto asimismo la base de toda moralidad auténtica, que no se puede demostrar empíricamente, pero que ha constituido siempre la base para nuestra razón práctica, es decir para aquella que rige las interacciones con nuestros semejantes (89).

Los nuevos conocimientos de la sociogenética (90) —que se destacan por un total desinterés por la temática religiosa— han brindado nuevas luces al nexo entre saber y creer. Cada paso en la evolución de las especies en general y de la humana en particular sirve al objetivo de optimizar las oportunidades de supervivencia del organismo y sólo secundariamente de brindarle informaciones objetivas sobre su entorno. Una percepción absolutamente fiel del mundo exterior no se puede dar mediante órganos a medio construir, por más que éstos hayan surgido precisamente para aprehender el medio ambiente, ya que todos ellos denotan marcadas debilidades «subjetivas» como los nuestros. Esto nos lleva a la conclusión de que la razón, tal como la conciben los científicos, representa una de las formas de comunicarse con el mundo: una manera de gran relevancia y éxito, sin duda alguna, pero no la única, lo que rehabilita la esfera de la teología y la poesía. Además: la evolución humana es una entre muchos otros procesos similares. Su duración excepcionalmente breve en el gran libro de la historia natural no nos permite la aseveración de que con ella se alcanza la culminación del despliegue del universo. Ni siquiera la posesión de la razón nos distingue de modo radical de la evolución de otros seres vivientes. Esto confirma las viejas convicciones de las grandes confesiones orientales y de los credos animistas. Y justamente esa duración tan corta de la especie humana no le da ningún derecho para destruir los ecosistemas en un lapso temporal reducidísimo y para conseguir ventajas materiales en el fondo mezquinas, tal como gozar de más juguetes técnicos y consumo ostentoso por espacio de pocas décadas y para el solaz de pocas naciones, ventajas que resultan ridículas y autodestructivas desde la perspectiva de largo aliento de la naturaleza.

Por otro lado nuestro cerebro, que se halla aún en pleno desarrollo, contiene porciones muy antiguas, las que retienen emociones y son probablemente responsables por reacciones irracionales. Esta parte de nuestro cerebro no puede ser eliminada. Los intentos de modificar nuestro mundo de acuerdo a principios estrictamente racionales —como lo trató de hacer el marxismo en todas sus variantes y lo intenta la razón instrumental del presente— están condenados al fracaso. Requerimos de instancias, como la sabiduría ancestral contenida en los mitos y en las creencias religiosas, que refrenen esos designios demoniacos y nos inspiren algo de modestia con respecto a la Tierra y el cosmos. Principios aristocráticos tradicionales pueden, paradójicamente, aportar impulsos a este anhelo.

Hoy en día es imprescindible un cuestionamiento radical del mito moderno (y postmoderno) por excelencia: la razón predominante es aquella de la conformidad con lo que existe en un momento dado (91). La filosofía y el impulso crítico, esas ocupaciones de origen premoderno, no nos pueden brindar con seguridad respuestas correctas a todas nuestras preguntas, pero, al inducirnos a la reflexión, nos abren posibilidades de conocimiento y asombro, de las cuales no nos habíamos percatado a causa de nuestros hábitos. Al ensanchar nuestras perspectivas, relativizan la arrogante certidumbre de la racionalidad instrumental hoy prevaleciente, nos liberan de falsas firmezas y de la tiranía de lo acostumbrado, y nos conducen así a nuevas formas de nuestra propia dignidad. La tradición rescatable se revela como la herencia razonable: se halla al final y no al comienzo de nuestros esfuerzos interpretativos y presupone el tamizado del espíritu crítico (92).

Fuente:

Revista de Estudios Políticos (Nueva Época) Núm. 113. Julio-Septiembre 2001 (pp. 9-42)

Notas:

(79) MAX HORKHEIMER: «Kritische Theorie gestern und heute» (La teoría crítica ayer y hoy), en HORKHEIMER: Gesellschaft.... op. cit.. nota 9, pág. 166. Sobre lo razonable del espíritu conservador en la actualidad cf. HERMANN LÜBBE: Fortschritt ais Orientierungsproblem. Aufklärung in der Gegenwart (El progreso como problema de orientación. Esclarecimiento en el presente), Rombach, Freiburgo, 1975, pág. 62 sq.

(80) A este respecto cf. ARTHUR MITZMAN: op. cit., nota 10, pág. 163, 170, 179, 203, 256, 263, 271.

(81) Cf. EMILE DURKHEIM: Les formes élémentaires de la vie religieuse, París, 1912. La idea del progreso material e histórico y la concepción de los costes sociales del mismo pueden poseer un fundamento teológico: el avance hacia la redención mesiánica que pasa ineluctablemente por el valle de lágrimas de los sacrificios colecticos. Cf. sobre esta temática KARL LÖWITH: Weltgeschichte und Heilsgeschehen. Die theologischen Voraussetzungen der Geschichtsphilosophie, Kohlhammer, Stuttgart, 1957, passim; FERNANDO MIRES: El discurso de la naturaleza. Ecología y política en América Latina, DEI, San José, 1990, pág. 21, 70 sq.

(82) Cf. MIRCEA ELIADE: Le sacré et le profane. Gallimard, París, 1965, pág. 9.

(83) PAUL K. FEYERBAND: «How to Be a Good Empiricist-A Plea for Tolerance in Matters Epistemological», en P. H. NIDDITCH (comp.): The Philosophy of Science. Londres, 1968, pág. 15; JOACHIM ISRAEL: Der Begriff Dialektik (El concepto de dialéctica), Rowohlt, Reinbek, 1979, pág. 18. Sobre el carácter metafísico de los conceptos filosóficos decisivos, que no pueden ser verificados empíricamente, cf. HERBERT MARCUSE: Der eindimensionale..., op. cit, nota 70, pág. 241.

(84) La expresión es de THEODOR W. ADORNO: Negative Dialektik. op. cit.. nota 68, pág. 398.

(85) Como afirmó THEODOR W. ADORNO, la metafísica no es un estadio posterior y secularizado de la teología. La genuina metafísica preserva lo teológico en su crítica de la teología. ADORNO: ibid., pág. 387.

(86) THEODOR W. ADORNO: ibid. pág. 387; cf. también págs. 383, 394-398. Cf. la brillante exposición y critica de esta posición por ALBRECHT WELLMER: Endspiele: Die unversöhnliche Moderne (Juegos finales: la modernidad irreconciliable), Suhrkamp, Frankfurt, 1993, págs. 207-214.

(87) Cf. el magnífico texto de THEODOR W. ADORNO: Philosophische Terminologie (Terminología filosófica), t. I, Suhrkamp, Frankfurt, 1973, págs. 80-84, 131 sq., 118 sq., 171, 210 sq.

(88) G. W. F. HEGEL: «Fragmente über Volksreligion und Christentum» (Fragmentos sobre la religiosidad popular y el cristianismo) [1793/1794], en HEGEL: Werke in 20 Bänden (Obras en 20 tomos; compilación de Eva Moldenhauer y Karl Markxis Michel), 1.1, Suhrkamp, Frankfurt, 1971; Frühe Schriften (Escritos tempranos), págs. 11,15 sq., 89 sqq. 101-103; HEGEL: «Entwürfe über Religion und Liebe» (Esbozos sobre religión y amor) [1797/1798], en ibid., págs. 250-254. Cf. también HEGEL: «Phänomenologie des Geistes» (Fenomenología del espíritu), en HEGEL: Werke... ibid.. t. III, págs. 495-498, 502, 558.

(89) Cf. KARL LÖWITH: Wissen..., op. cit.. nota 2, págs. 5-9 (sobre la compleja relación entre estos factores en la filosofía de IMMANUEL KANT y cómo esta vinculación fue concebida de otra manera por G. W. F. HEGEL). Cf. IMMANUEL KANT: «Kritik der reinen Vernunft» (Critica de la razón pura) [1781], segunda parte, en KANT: Werke (Obras; compilación de Wilhelm Weischedel), t. 4, WBG, Darmstadt, 1968, págs. 687-695.

(90) Cf. HOlMAR VON DITFURTH: Der Geist fiel nicht vom Himmel. Die Evolution unseres Bewusstseins (El espíritu no cayó del cielo. La evolución de nuestra consciencia), DTV, Munich, 1980, págs. 263, 316.

(91) Sobre esta temática cf. LORD BERTRAND RUSSELL: Probleme der Phüosophie (Problemas de la filosofía) [1912], Suhrkamp, Frankfurt, 1967, págs. 138-140.

(92) Cf. ZYGMUNT BAUMAN: Moderne und Ambivalenz. Das Ende der Eindeuligkeil (Modernidad y ambivalencia. El fin de la univocidad) [1991], Fischer, Frankrurt, 1996, pág. 305 (siguiendo un argumento de OCTAVIO PAZ).