jueves, 27 de octubre de 2016

Lutero: una "idea loca" que ha evolucionado en herejía y cisma, por Jorge Mario Bergoglio (1985/2013)



Lutero: una "idea loca" 
que ha evolucionado en herejía y cisma

por Jorge Mario Bergoglio (1985/2013)

Muchas veces, San Ignacio ha sido definido como el bastión de la Contrarreforma. Esto es verdad; sin embargo […] los jesuitas estaban más preocupados con Calvino que con Lutero. […] Habían descubierto con perspicacia que ahí se escondía el verdadero peligro para la Iglesia.

Calvino ha sido el gran pensador de la Reforma protestante, quien la ha organizado y conducido en el plano de la cultura, de la sociedad de la Iglesia; ha plasmado una organización que Lutero no se había propuesto. Éste, el alemán impetuoso que probablemente había proyectado al máximo dar vida a una Iglesia nacional, es releído y reorganizado por aquél francés frío, un genio latino versado en jurisprudencia, que era Calvino.

Lutero era visto como un hereje. Calvino, además, como un cismático. Me explico. La herejía –por usar la definición de Chesterton– es una idea buena que ha enloquecido. Cuando la Iglesia no puede curar su locura, entonces se transforma en un cisma. El cisma implica ruptura, división, separación, consolidación independiente; va creciendo por pasos sucesivos hasta conquistar una propia autonomía. San Ignacio y sus sucesores combatirán contra la herejía cismática.

Y, ¿cuál es el cisma calvinista que provocará la lucha de Ignacio y de los primeros jesuitas? Se trata de un cisma que afecta tres áreas: el hombre, la sociedad y la Iglesia. […]

– En el hombre, el calvinismo provocará el cisma entre razón y emoción. Separa la razón del corazón. En el plano emotivo, el hombre de aquél siglo, y bajo la influencia luterana, vivía la angustia por la propia salvación. Y, según Calvino, de esa angustia no había que preocuparse. Contaba solamente preocuparse de las cuestiones de la inteligencia y de la voluntad.

Este es el origen de la miseria calvinista: una disciplina rígida con una gran desconfianza a lo que es vital, cuyo fundamento es la fe en la total corrupción de la naturaleza humana, que puede ser ordenada solamente por la superestructura de la acción del hombre. Calvino cumple un cisma dentro del hombre: entre la razón y el corazón.

Más aún, Calvino provoca otro cisma en la razón misma: entre el conocimiento positivo y el conocimiento especulativo. Se trata del cientificismo que rompe la unidad metafísica y provoca un cisma en el proceso intelectivo del hombre. Todo objeto científico se asume como absoluto. La ciencia más segura es la geometría. Los teoremas geométricos serán una guía segura de referencia del pensamiento. Este cisma, que se da en la misma razón humana, afecta a toda la tradición especulativa de la Iglesia y a toda la tradición humanística. […]

– El cisma calvinista afecta también a la sociedad, que resultará dividida. Como portadoras de salvación Calvino privilegia las clases burguesas. […] Esto implica y comporta un revolucionario menosprecio de los pueblos. Ya no hay ni pueblo ni nación, y, al contrario, se configura una internacional de la burguesía.

Con un anacronismo podríamos aplicar aquí la fórmula de Marx: "Burgueses de todo el mundo, uníos", despreciando cualquier significado de la nobleza de los pueblos. Con esta actitud Calvino es el verdadero padre del liberalismo, que ha sido un golpe político al corazón de los pueblos, a su modo de ser y de expresarse, a su cultura, a su manera de ser cívica, política, artística y religiosa.

Probablemente en el plano social esto es más evidente en la elaboración, primero de Hobbes (según el cual los hombres debían convivir por medio del engaño y de la fuerza, mientras que el Estado, "moderno Leviatán", existía sencillamente para tener a raya los egoísmos y evitar la anarquía, legitimando una lógica de dominio, dado que ya no había ninguna ley natural), y después de Locke, mucho más sofisticado, pero no menos cruel.

Hobbes reivindica el "poder" sin corazón, con una justificación absolutista y racionalista. Locke reviste todo esto con una "compostura civil" y busca redefinir la sociedad excluyendo al pueblo.

La postura de Locke es la siguiente: parte de la admisión de un cierto derecho natural y se sirve del slogan "la razón enseña que…", para después deducir –como por magia– conclusiones que justifican ese cisma social: el hombre –puesto que supera la propia corrupción natural por medio del activismo– puede poseer el fruto de su trabajo siempre que ese fruto no sea corruptible. He aquí que nace la moneda y la índole monetarista del liberalismo.

Además, la razón enseña que el hombre tiene derecho a comprar trabajo. Y con esto se dan dos tipos de trabajadores: los que poseen bienes no corruptibles y los que no los poseen. El Estado tiene la función de mantener el orden entre estas dos categorías de trabajadores evitando la rebelión de estos contra los primeros. En el fondo, el pensamiento calvinista-cismático-liberal está reivindicando para el segundo grupo de trabajadores el poder de rebelión, lo que hoy llamaríamos la rebelión del proletariado. En última instancia, el marxismo es el hijo obligado del liberalismo.

– En tercer lugar, el cisma calvinista hiere a la Iglesia. […] Sustituye la universalidad del pueblo de Dios con el internacionalismo de la burguesía. […] Decapita el pueblo de Dios de la unidad con el Padre. Decapita todas las cofradías de los oficios privándolas de los santos. Y, suprimiendo la misa, priva al pueblo de Dios de la mediación en Cristo realmente presente. […]

En el fondo Calvino había intentado salvar al hombre, al que la perspectiva luterana había precipitado en la angustia. En Lutero se manifiesta la intención de salvar al hombre del paganismo del renacimiento, pero esa intención había evolucionado hacia una "idea loca", es decir, en herejía. Por eso Calvino, con la frialdad legislativa que le caracteriza, parte del angustioso planteamiento luterano y evoluciona así: el hombre está corrompido; por consiguiente, disciplina.

De aquí nace lo que conocemos como el "rigor protestante". Éste propone signos de salvación diferentes de aquellos católicos –los que hemos citado antes–, y el signo es el trabajo acumulativo. Casi como si pretendiera identificar los frutos del trabajo con los signos de la salvación. Podríamos simplificarlo de manera caricatural con este axioma: "Serás salvado si adquieres la riqueza que se obtiene con el trabajo". Y he aquí plasmada la clase burguesa.

–  A partir del planteamiento luterano, si somos coherentes, quedan solamente dos posibilidades entre las cuales optar en el curso de la historia: o el hombre se disuelve en su angustia y ya no es nada (y es la consecuencia del existencialismo ateo), o bien el hombre, basándose en esa misma angustia y corrupción, da un salto en el vacío y se autodefine superhombre (es la opción de Nietzsche).

En el fondo Nietzsche regenera a Hobbes, en el sentido de que la "última ratio" del hombre es el poder. El dominio es posible solamente contra el amor, a partir de la contraposición, en el hombre, entre la razón y el corazón. Un tal poder, como "última ratio", implica la muerte de Dios. Se trata de un paganismo que, en los casos del nazismo y del marxismo, adquirirá formas organizadas en sistemas políticos.

La perspectiva luterana, porque se fundamenta en el divorcio mismo entre la fe y la religión (efectivamente, concibe la fe como la única salvación, y acusa a la religión –los actos de religión, la piedad, etc.– de ser una mera manipulación de Dios), genera divorcio y cisma; comporta toda clase de individualismos que, en el plano social, afirman su hegemonía.

Toda hegemonía, tanto religiosa, política, social o espiritual, encuentra aquí su origen.

Jorge Mario Bergoglio (1985/2013)

_________

En 1985, cuando pronunció esta conferencia, Jorge Mario Bergoglio tenía 49 años y era rector del Colegio Máximo de San Miguel. De 1973 a 1979 había sido provincial de la Compañía de Jesús en Argentina. Se ha vuelto a publicar tal cual, en español, en un libro que ha autorizado de hecho, salido después de su elección como Papa:



***

miércoles, 24 de agosto de 2016

Messori: El significado providencial del islam


Messori: El significado providencial del islam

Hace algún tiempo nos preguntábamos cuál era el significado, la función del islam en el misterioso plan divino. ¿Por qué, después de Jesucristo, Mahoma? ¿Qué misión iba a cumplir en la organización providencial este monoteísmo surgido de improviso e imprevisto?

A estas consideraciones que intentamos hacer al plantearnos estas cuestiones, tal vez se le añadiría otra de igual importancia, cuyo rango se pone de especial manifiesto a causa de la guerra en el golfo Pérsico contra el Iraq de Saddam Hussein.

El despliegue en los desiertos de Arabia de la mayor coalición de la historia, con una potencia de alcance varias veces superior a la exhibida en toda la segunda guerra mundial, sería del todo incomprensible desde una perspectiva puramente política o militar. ¿Se ha hecho todo este gigantesco esfuerzo sólo para permitir el retorno a la patria a un emir multimillonario y a su corte de esposas, concubinas, eunucos y demás acaudalados cortesanos? ¿Las democracias occidentales en acción de guerra —y, por si fuera poco, ondeando motivaciones idealistas— para reinstaurar un régimen semifeudal? ¿El mundo entero decidido a llegar hasta el final en nombre de un país como Kuwait que prácticamente no «existe», siendo poco más que una construcción artificiosa del colonialismo europeo, trazada con una regla sobre el desierto más estéril y sin casi población «indígena», puesto que casi todos los habitantes son emigrados recientes?

En efecto, creemos que, tras la rendición de Iraq, nadie se conmovió viendo a emires y cortesanos abandonar, con sus gruesos anillos y relojes de oro macizo, el lujoso hotel de Arabia Saudí utilizado como «sede del gobierno en el exilio» para regresar a Kuwait City con un cortejo de Rolls Royce. Por otro lado, Kuwait era famoso (y criticado) en el mundo por su fuerte rechazo a compartir con los «hermanos musulmanes» la increíble riqueza producida por el petróleo. Alguna que otra dádiva, como la efectuada para la construcción de la mezquita de Roma, no anulaba en modo alguno la fama de avaricia egoísta. ¿Se había enviado a la juventud de Occidente a sufrir y a arriesgar la vida por amor a estos sátrapas mimados?

Por supuesto, el petróleo explica algunas cosas. Estados Unidos e Inglaterra, los líderes de la coalición pro Kuwait, poseen en sus respectivos territorios pozos suficientes como para llegar a la autosuficiencia. Pero el pequeño país del golfo Pérsico no interesa tanto por ser proveedor de crudo como por su enorme concentración financiera: de sus miles de millones de dólares (de los que sólo una pequeña parte se consigue invertir en el propio país) dependen increíbles intereses con sede en las bolsas de Londres y Nueva York. Estados Unidos (y, en parte también Gran Bretaña) tienen además una deuda pública alarmante apuntalada con los medios financieros que obtienen sin esfuerzo los magnates kuwaitíes de esos novecientos pozos que los iraquíes han incendiado por el camino.

Probablemente, la cruzada internacional proclamada por Estados Unidos, con la cobertura de la ONU, a favor de aquel remoto arenal es uno de los poquísimos casos en los que el tosco esquematismo marxista (la guerra como medio de defensa y ofensa del capitalismo) se ha acercado en cierto punto a la realidad. Pero tampoco aquí, como de costumbre, puede explicarlo todo la economía. En esta guerra ha habido «algo» más. Ese «algo» que se esconde detrás del «Nuevo Orden Mundial» del que tantas veces habló el presidente norteamericano Bush, al igual que el líder británico y el presidente francés.

¿No parecería demasiado excesivo sacar a colación un «Nuevo Orden Mundial» para una guerra de trasfondo regional, contra un país cuyo ejército, a pesar de estar armado por rusos y también por occidentales, prácticamente no pudo reaccionar? El balance de víctimas en la coalición occidental fue al final igual a una pequeña parte de los muertos en las carreteras de cualquier fin de semana.

Un principio de explicación puede venir del hecho, recordado explícitamente por el Gran Maestro de la masonería italiana, Di Bernardo, en una entrevista publicada en La Stampa en marzo de 1990. Al igual que casi todos sus predecesores desde los tiempos de George Washington, George Bush es desde siempre un seguidor de las logias. Es más, posee «un grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Admitido». O sea, ocupa el grado más alto de la pirámide de los «Hermanos». 




El Dios tantas veces invocado por el presidente, antes, durante y después de la guerra es, sin la menor duda — según la tradición del poder americano, por otro lado—, el Gran Arquitecto, cuya simbología se basa antes en el dólar que en el Dios de Jesucristo.

Éstas son ideas complejas, que han de exponerse con mucha prudencia dado el peligro de caer en el delirio del «ocultismo» esotérico o en la obsesión de quien detrás de la Historia sólo ve el «gran complot» de sociedades secretas. Sin embargo, es cierto que el término «Nuevo Orden Mundial» pertenece desde siempre al vocabulario masónico, es más, representa la meta final de esta orden. Un mundo «nuevo», una humanidad «nueva», una religión «nueva», sincretista y, por consiguiente, tolerante y universal que se alzará sobre las ruinas de los credos «dogmáticos», los grandes enemigos contra los cuales combate el «humanismo» masónico desde 1717.

El cristianismo y el islamismo son los «grandes enemigos». El primero, al menos en su versión protestante, hace tiempo que además de capitular se unió sin rodeos a la lucha de las logias: la presencia de los grandes dignatarios anglicanos (seguidos luego por los de otras confesiones) es constante desde los inicios de la masonería. Algo similar ocurrió en la ortodoxia oriental, cerrada en parte sobre su arqueologismo y, al nivel de las altas jerarquías, en parte también convertidas al Gran Arquitecto. Es un dato cierto, por ejemplo, que el difunto y prestigioso patriarca de Constantinopla, Atenágoras, perteneció a las logias. Respecto al catolicismo, es muy evidente la actual conversión de al menos una parte de la intelligentsia clerical de Occidente a un «humanismo» entreverado de sincretismo, defendido en nombre de la «tolerancia».

El islamismo permanece como un resistente baluarte, enrocado en la defensa del «dogmatismo» religioso. Como ya se dijo: «El único grave y, por el momento, insuperable obstáculo para el Nuevo Orden, para el Gobierno Mundial masónico lo constituye el islam: aunque las altas cúpulas de esos pueblos también estén infiltradas, las masas musulmanas no están dispuestas a aceptar una ley que no sea la del Corán y un poder político basado en un "Dios" impreciso y no en el Alá del que habló Mahoma. Si tiene que haber un gobierno mundial, el islam no está dispuesto a aceptar ninguno que no lleve el sello del Corán y sus mandamientos».

¿Es éste, pues, el significado providencial (que sólo ahora empieza a quedarnos claro) de la aparición y la persistencia del islam? ¿Tal vez se encuentra en su oposición radical a un mundo unificado por la economía occidental y por un vago espiritualismo basado en una divinidad desvinculada de cualquier verdad revelada, y que por eso pone a todos de acuerdo? ¿Son aquellos que quieren seguir creyendo en el monoteísmo revelado por las Santas Escrituras semíticas y no en el que subyace en la Carta de la ONU los que, al constituir un verdadero obstáculo para el programa masónico, cumplen así el papel establecido ab aeterno por la Providencia?

No hay que olvidar, para seguir con el Golfo, la campaña de odio y difamación desarrollada en Occidente contra la teocracia del Irán de Jomeini: precisamente, para destruir este régimen fue por lo que Estados Unidos armó a Iraq, al que ahora combaten para premiarlo por su espíritu «laico», o, más aún, «agnóstico». Y puede que el conocimiento de todo este entramado explique la tenaz oposición a la guerra de un Papa que, por esta muestra de pacifismo, ha tenido que sufrir la campaña de difamaciones de los líderes «atlánticos» y sus medios de comunicación.

Fuente: Vittorio Messori, «Leyendas negras de la Iglesia». Editorial Planeta, S.A. 1ª ed., 9ª imp. (10/2000). IX. Las otras historias. 54. Islam (páginas 223-228).

[Tr.: Stefanía María Ciminelli; Celia Filipetto; Juana María Furió]. ISBN 13: 978-84-08-01778-3. ISBN 10: 84-08-01778-0.

Imagen: A Muslim prays at a British mosque in solidarity with the family of a taxi driver (AFP).

***

jueves, 6 de agosto de 2015

Encíclica de San Pío X sobre la miserable condición de los indios de América Latina, 1912



SAN PÍO X, Carta Encíclica ‘Lacrimabili statu’ [7 Jun. 1912]: AAS 004 [1912] 521-525 [español-latine]

[ESPAÑOL] S. Pío X, Carta Encíclica ‘Lacrimabili statu’ [7 Jun. 1912]

CARTA ENCÍCLICA

A LOS ARZOBISPOS Y OBISPOS DE AMÉRICA LATINA, 
PARA PONER REMEDIO A LA MISERABLE CONDICIÓN DE LOS INDIOS

PÍO PP. X

VENERABLES HERMANOS SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA

Vehementemente conmovido por el penoso estado de los indios de la América inferior, Nuestro ilustre antecesor, Benedicto XIV, trató su causa con gran preocupación, como bien lo sabéis, en su Carta Immensa Pastorum aparecida el día 22 del mes de diciembre del año 1741, y como casi lo mismo que él lamentó en aquella carta también Nosotros debemos deplorarlo en muchos lugares, llamamos ahora solícitamente vuestra atención hacia la misma. En ella se queja entre otras cosas de que, aun cuando la Sede apostólica mucho tiempo hace que se preocupa de aliviar la afligida situación de aquéllos, no obstante existen aún

«cristianos que como si hubieren olvidado totalmente el sentido de la caridad derramada por el Espíritu Santo en nuestros corazones, a los pobres indios no sólo carentes de la luz de la Fe, sino también a los limpios por el bautismo, los reducen a la esclavitud, los venden como esclavos, los privan de sus bienes, y realizan con los mismos tales obras de inhumanidad que los apartan principalmente de abrazar la fe de Cristo, y sobre todo hacen que se obstinen en su odio para la misma».

De todas estas cosas indignas, empero, aquella que es la peor, o sea la esclavitud propiamente dicha, poco después, por obra de Dios misericordioso, ha sido abolida totalmente; y para su abolición pública en el Brasil y en otras regiones mucho contribuyó la maternal instancia de la Iglesia ante hombres esclarecidos que gobernaban esas Repúblicas. Y de buena gana confesamos que, si no lo hubiesen impedido muchos y grandes obstáculos, las resoluciones de aquéllos hubiesen tenido muchísimo mayor éxito. Sin embargo, aun cuando algo se ha hecho en favor de los indios, no obstante es mucho lo que resta por hacer. En verdad cuando examinamos los crímenes y las maldades, que aún ahora suelen cometerse con ellos, ciertamente quedamos horrorizados y profundamente conmovidos. Pues ¿qué puede haber de más y de más cruel y de más bárbaro, que el matar los hombres a azotes, o con láminas de hierro ardientes, por causas levísimas a veces o por el mero placer de ejercitar su crueldad, o impulsados por súbita violencia conducir a la matanza de una vez cientos y miles, o devastar pueblos y aldeas para realizar matanzas de indígenas; de lo cual hemos recibido noticia que en estos pocos años han sido destruidas casi totalmente algunas tribus? Para excitar de tal manera los ánimos influye en alto grado el inmoderado deseo de lucro; pero no menos también el clima y la situación de esos lugares. Así pues, estando aquellas regiones sujetas a un clima ardiente, que penetra hasta lo más íntimo del ser, y destruye la fortaleza de los nervios, estando alejados de la Religión, de la vigilancia de los que gobiernan y casi puede decirse, de la misma sociedad, fácilmente ocurre que, si los que si hasta allí han llegado no tenían aún depravadas sus costumbres, en breve tiempo comiencen a tenerlas, y por lo tanto, quebradas las barreras del deber y del derecho, se entreguen a todas las depravaciones de los vicios. Ni tampoco se perdona por estos el sexo ni la debilidad de la edad: avergüenza realmente referir la infamia y los crímenes de aquellos en comprar y vender a las mujeres y a los niños; siendo realmente sobrepasados por ellos los peores ejemplos de salvajismo.

En realidad Nosotros, al recibir algunas veces rumores de estas cosas, pusimos en duda la certeza de hechos tan atroces, ya que parecían increíbles. Pero, habiendo llegado a la certeza por medio de testigos muy seguros, esto es, por medio de muchos de vosotros, venerables Hermanos, por los Delegados de la Sede apostólica, por los misioneros y por otras personas de entera fe, ya no Nos es lícito tener ninguna duda de la veracidad de estos hechos.

Por lo tanto, es el momento de que movidos por esta preocupación intentemos poner término a tanto mal, suplicando humildemente a Dios, quiera mostrarnos benignamente algún camino para poner remedio oportuno a esto. Él, pues, que es el Creador y el Redentor amantísimo de todos los hombres, como Nos inspirara el trabajar a favor de los indios, ciertamente Nos inspirará aquello que mejor se acomode a Nuestro propósito. Entre tanto mucho Nos consuela, el que aquellos que gobiernan esas Repúblicas, intenten en todas formas arrojar esa ignominia y mancha de sus dominios; por cuya preocupación mucho podemos alabarlos y aprobarlos. Aunque ciertamente en aquellas regiones, como están muy alejadas de las sedes del poder y muchísimas veces inaccesibles, estos intentos de la potestad civil, llenos de humanidad, ya sea por la astucia de los malhechores, que rápidamente pasan los límites, o ya por la inercia y perfidia de los administradores, a menudo tiene poco efecto, y no raramente también cae en la nada. Por lo cual, si a la labor del Gobierno se uniese la de la Iglesia, entonces ciertamente se obtendrían muchísimo mejores frutos.

Por lo tanto, antes que a nadie, apelamos a vosotros, venerables Hermanos, a fin de que aportéis cuidados y resoluciones peculiares a esta causa, que pertenece a lo más digno de vuestro pastoral oficio y cargo. Y dejando de lado las demás cosas de vuestra solicitud e industria, os exhortamos encarecidamente ante todo, que todas aquellas cosas que en vuestras diócesis están instituidas para el bien de los indios, la promováis con toda vuestra preocupación, y al mismo tiempo cuidéis de instituir aquellas otras que parezcan necesarias a la misma causa. De aquí que aconsejaréis con toda diligencia a vuestros pueblos acerca de su propio oficio de ayudar a las sagradas expediciones a los indios, que habitan primeramente ese suelo americano. Sepan por lo tanto que deben ayudar en esto principalmente con una doble acción: por la limosna y por la oración, y que esto lo hagan no sólo por la Religión, sino porque lo exige la Patria misma. Vosotros empero, en todos aquellos lugares de educación, como puede ser, en los Seminarios, en los colegios, en los internados de niñas, principalmente religiosos, haced que no cese en ningún momento ni el consejo ni la predicación de la caridad cristiana, que obliga a todos los hombres, sin distinción de nacionalidad ni de color, como hermanos, hijos de un mismo Padre; la cual debe probarse no sólo con palabras sino con hechos. Igualmente, no debe dejarse de lado ninguna ocasión de demostrar, siempre que se ofrezca, cuan indecorosos son para el nombre de cristiano estos hechos indignos, que denunciamos.

En cuanto a lo que a Nosotros respecta, teniendo no sin causa una gran esperanza del consentimiento y el favor de las potestades públicas, tomamos principalmente el cuidado para que podamos aumentar el campo de la acción apostólica, en estas inmensas latitudes, el disponer de otras puertas misionales, en las cuales los indios encuentren un refugio y un amparo para su salud. La Iglesia católica nunca fue estéril en hombres apostólicos, quienes urgidos por la caridad de Jesucristo estuvieron prontos y preparados aún para dar su propia vida por sus hermanos. Y hoy, cuando tantos odian la Fe, o la dejan, el ardor por diseminar el Evangelio entre los salvajes no sólo no ha decrecido entre los hombres de todo el clero y de las religiones, sino que crece y aún más se difunde, por virtud principalmente del Espíritu Santo, el cual protege en las cosas temporales a la Iglesia, su esposa. Por lo cual estas ayudas que, por beneficio divino, Nos han sido concedidas, juzgamos necesario usarlas tanto más copiosamente con los indios para librarlos de la esclavitud de Satanás y de los hombres perversos, cuanto más los apremia esa necesidad. Por lo demás, habiendo los predicadores del Evangelio empapado esta parte de la tierra no sólo con sus sudores sino también a veces con su misma sangre, confiamos en el futuro, que de tantos trabajos de cristiana humanidad alguna vez la alegre mies florezca en inmejorables frutos.

Además, para que todo aquello que vosotros, o por vuestra iniciativa o por consejo ejecutéis para utilidad de los indios, tenga la máxima eficacia dimanante de Nuestra apostólica autoridad, Nosotros, recordando el ejemplo de Nuestro Antecesor, condenamos y declaramos reo de inhumano crimen a cualesquiera que, como él mismo dice:

«a los predichos indios pongan en esclavitud, los vendan, los compren, los cambien o regalen, los separen de sus mujeres o de sus hijos, se apoderen de sus cosas o de sus bienes, o de cualquier manera los priven de su libertad reteniéndolos en esclavitud; también a los que para tales cosas dan su consejo, auxilio, favor y acción cualquiera sea el pretexto y cualquiera sea su color a que enseñen o aconsejen que esto es lícito o en alguna otra forma o pretendan cooperar a lo ya dicho».

Por lo tanto queremos que la potestad de absolver de estos crímenes a los penitentes en el fuero sacramental sea reservada a los Ordinarios del lugar.

Siendo conformes a Nuestra paterna voluntad también continuando lo hecho por muchos de Nuestros predecesores, entre los cuales también debe conmemorarse nominalmente a León XIII, de feliz memoria, hemos querido escribiros estas cosas a vosotros, venerables Hermanos, sobre la causa de los Indios. De vosotros empero será el luchar con todas vuestras fuerzas, para que Nuestros deseos se cumplan con todo éxito en estas cosas os habrán de favorecer ciertamente los que gobiernan las Repúblicas; no faltarán tampoco, entregándose con toda actividad al trabajo y al estudio, aquellos que pertenecen al clero, y principalmente los dedicados a las sagradas misiones, y por último están sin ninguna duda todos los buenos, que ya por sus obras, los que pueden, ya por otros oficios de caridad ayudarán a la causa, en la que se unen al mismo tiempo razones en pro de la Religión y de la dignidad humana. Porque realmente al que gobierna se agrega la gracia de Dios omnipotente bajo cuyo auspicio, Nosotros, como testimonio también de Nuestra benevolencia a vosotros, venerables Hermanos, y a vuestra grey impartimos solícitamente Nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a S. Pedro, el 7 de junio de 1912, noveno año de Nuestro Pontificado.

PÍO PP. X.

[LATINE] S. Pius Pp. X, Litterae Encyclicae ‘Lacrimabili statu’ [7 Iun. 1912]: AAS 004 [1912] 521-525


LITTERAE ENCYCLICAE

AD ARCHIEPISCOPOS ET EPISCOPOS AMERICAE LATINAE DE MISERA INDORUM CONDITIONE SUBLEVANDA

PIUS PP. X

VENERABILES FRATRES SALUTEM ET APOSTOLICAM BENEDICTIONEM

Lacrimabili statu Indorum ex inferiori America vehementer commotus, decessor Noster illustris, Benedictus XIV gravissime eorum causam egit, ut nostis, in Litteris Immensa Pastorum, die XXII mensis decembris anno MDCCXLI datis; et quia, quae ille deploravit scribendo, ea fere sunt etiam Nobis multis locis deploranda, idcirco ad earum Litterarum memoriam sollicite Nos animos vestros revocamus. Ibi enim cum alia, tum haec conqueritur Benedictus, etsi diu multumque apostolica Sedes relevandae horum afflictae fortunae studuisset, esse tamen etiamtum

«homines orthodoxae Fidei cultores, qui veluti caritatis in cordibus nostris per Spiritum Sanctum diffusae sensuum penitus obliti, miseros Indos non solum Fidei luce carentes, verum etiam sacro regenerationis lavacro abluios, aut in servitutem redigere, aut veluti mancipia aliis vendere, aut eos bonis privare, eaque inhumanitate cum iisdem agere praesumant, ut ab amplectenda Christi fide potissimum avertantur, et ad odio habendam maximopere obfirmentur».

Harum quidem indignitatum ea quae est pessima, id est servitus proprii nominis, paullatim postea, Dei miserentis munere, de medio pulsa est: ad eamque in Brasilia aliisque regionibuspublice abolendam multum contulit materna Ecclesiae instantia apud egregios viros qui eas Respublicas gubernabant. Ac libenter fatemur nisi multa et magna rerum et locorum impedimenta obstitissent, eorum consilia longe meliores exitus habitura fuisse. Tametsi igitur pro Indis aliquid est actum, tamen multo plus est quod superest. Equidem cum scelera et maleficia reputamus, quae in eos adhuc admitti solent, sane horremus animo summaque calamitosi generis miseratione afficimur. Nam quid tam crudele tamque barbarum, quam levissimas saepe ob causas nec raro ex mera libidine saeviendi, aut flagris homines laminisque ardentibus caedere; aut repentina oppressos vi, ad centenos, ad millenos, una occidione perimere; aut pagos vicosque vastare ad internecionem indigenarum: quorum quidem nonnullas tribus accepimus his paucis annis prope esse deletas? Ad animos adeo efferandos plurimum sane valet cupiditas lucri; sed non paullum quoque valet caeli natura regionumque situs. Etenim, cum subiecta ea loca sint austro aestuoso, qui, languore quodam venis immisso, nervos virtutis tamquam elidit; cumque a consuetudine Religionis, a vigilantia Reipublicae, ab ipsa propemodum civili consortione procul absint, facile fit, ut, si qui non perditis moribus illuc advenerint, brevi tamen depravari incipiant, ac deinceps, effractis officii iurisque repagulis, ad omnes immanitates vitiorum delabantur. Nec vero ab istis sexus aetatisve imbecillitati parcitur: quin imo pudet referre eorum in conquirendis mercandisque feminis et pueris flagitia atque facinora; quibus postrema ethnicae turpitudinis exempla vinci verissime dixeris.

Nos equidem aliquandiu, cum de his rebus rumores afferrentur, dubitavimus tantae atrocitati factorum adiungere fidem: adeo incredibilia videbantur. Sed postquam a locupletissimis testibus, hoc est, a plerisque vestrum, venerabiles Fratres, a Delegatis Sedis apostolicae, a missionalibus aliisque viris fide prorsus dignis certiores facti sumus, iam non licet Nobis hic de rerum veritate ullum habere dubium.

Iam dudum igitur in ea cogitatione defixi, ut, quantum est in Nobis, nitamur tantis mederi malis, prece humili ac supplici petimus a Deo, velit benignus opportunam aliquam demonstrare Nobis viam medendi. Ipse autem, qui Conditor Redemptorque amantissimus est omnium hominum, cum mentem Nobis iniecerit elaborandi pro salute Indorum, tum certo dabit quae proposito conducant. Interim vero illud Nos valde consolatur, quod qui istas Respublicas gerunt, omni ope student insignem hanc ignominiam et maculam a suis Civitatibus depellere: de quo quidem studio laudare eos et probare haud satis possumus. Quamquam in iis regionibus, ut sunt procul ab imperii sedibus remotae ac plerumque inviae, haec, plena humanitatis, conata civilium potestatum, sive ob calliditatem maleficorum qui tempori confinia transeunt, sive ob inertiam atque perfidiam administrorum, saepe parum proficiunt, non raro etiam in irritum cadunt. Quod si ad Reipublicae operam opera Ecclesiae accesserit, tum demum qui optantur fructus, multo exsistent uberiores.

Itaque vos ante alios appellamus, venerabiles Fratres, ut peculiares quasdam curas cogitationesque conferatis in hanc causam, quae vestro dignissima est pastorali officio et munere. Ac cetera permittentes sollicitudini industriaeque vestrae, hoc primum omnium vos impense hortamur, ut quaecumque in vestris dioecesibus instituta sunt Indorum bono, ea perstudiose promoveatis, itemque curetis instituenda quae ad eamdem rem utilia fore videantur. Deinde admonebitis populos vestros diligenter de proprio ipsorum sanctissimo officio adiuvandi sacras expeditiones ad indígenas, qui Americanum istud solum, primi incoluerint. Sciant igitur duplici praesertim ratione se huic rei debere prodesse: collatione stipis et suffragio precum; idque ut faciant non solum Religionem a se, sed Patriam ipsam postulare. Vos autem, ubicumque datur opera conformandis rite moribus, id est, in Seminariis, in ephebeis, in domibus puellaribus maximeque in sacris aedibus efficite, ne unquam commendatio praedicatioque cesset caritatis christianae, quae omnes homines, sine ullo nationis aut coloris discrimine, germanorum fratrum loco habet; quaeque non tam verbis, quam rebus factisque probanda est. Pariter nulla praetermitti debet, quae offeratur, occasio demonstrandi quantum nomini christiano dedecus aspergant hae rerum indignitates, quas hic denunciamus.

Ad Nos quod attinet, bonam habentes non sine causa spem de assensu et favore potestatum publicarum, eam praecipue suscepimus curam, ut, in ista tanta latitudine regionum, apostolicae actionis amplificemus campum, aliis disponendis missionalium stationibus, in quibus Indi perfugium et praesidium salutis inveniant. Ecclesia enim catholica numquam sterilis fuit hominum apostolicorum, qui, urgente Iesu Christi caritate, prompti paratique essent vel vitam ipsam pro fratribus ponere. Hodieque, cum tam multi a Fide vel abhorrent, vel deficiunt, ardort amen disseminandi apud barbaros Evangelii non modo non inter viros utriusque cleri sacrasque virgines remittitur, sed crescitetiam lateque diffunditur, virtute nimirum Spiritus Sancti, qui Ecclesiae, sponsae suae, pro temporibus subvenit. Quare his praesidiis quae, divino beneficio, Nobis praesto sunt, oportere putamus eo copiosius uti ad Indos e Satanae hominumque perversorum servitute liberandos, quo maior eos necessitas premit. Ceterum, cum istam terrarum partem praecones Evangelii suo non solum sudore, sed ipso non numquam cruore imbuerint, futurum confidimus, ut extantis laboribus aliquando christianae humanitatis laeta messis efflorescat in optimos fructus.

Iam, ut ad ea quae vos vel vestra sponte vel hortatu Nostro acturi estis in utilitatem Indorunx, quanta maxima potest, efficacitatis accessio ex apostolica Nostra auctoritate fiat, Nos, memorati Decessoris exemplo, immanis criminis damnamus declaramusque reos, qui cumque, ut idem ait,

«praedictos Indos in servitutem redigere, vendere, emere, commutare vel donare, ab uxoribus et filiis separare, rebus et bonis suis spoliare, ad alia loca dece ducere et transmittere, aut quoquo modo libertate privare, in servitute retinere; nec non praedicta agentibus consilium, auxilium, favorem etoperam quocumque praetextu et quaesito colore praestare, aut id licitum praedicare seu docere, atque alias quomodolibet praemissis cooperari audeant seu praesumant».

Itaque potestatem absolvendi ab his criminibus poenitentes in foro sacramentali Ordinariis locorum reservatam volumus.

Haec Nobis, cum paternae voluntati Nostrae obsequentibus, tum etiam vestigia persequentibus complurium e decessoribus Nostris, in quibus commemorandus quoque est nominatim Leo XIII fel. rec., visum est ad vos, venerabiles Fratres, Indorum causa, scribere. Vestrum autem erit contendere pro viribus, ut votis Nostris cumulate satisfiat. Fauturi certe hac in re vobis sunt, qui Respublicas istas administrant; non deerunt sane, operam studiumque navando, qui de clero sunt, in primisque addicti sacris missionibus; denique aderunt sine dubio omnes boni, ac sive opibus, quipossunt, sive aliis caritatis officiis causam iuvabunt, in qua rationes simul versantur Religionis et humanae dignitatis. Quod vero caput est, aderit Dei omnipotentis gratia; cuius Nos auspicem, itemque benevolentiae Nostrae testem, vobis, venerabiles Fratres, gregibusque vestris apostolicam benedictionem peramanter impertimus.

Datum Romae apud S. Petrum, die VII mensis iunii MCMXII, Pontificatus Nostri anno nono.

PIUS PP. X.

***

martes, 8 de abril de 2014

Emigración por motivos de trabajo, no explotación financiera




Emigración por motivos de trabajo, no explotación financiera

2433 El acceso al trabajo’ y a la profesión debe estar abierto a todos sin discriminación injusta, a hombres y mujeres, sanos y disminuidos, autóctonos e inmigrados (cf LE 19; 22-23). Habida consideración de las circunstancias, la sociedad debe, por su parte, ayudar a los ciudadanos a procurarse un trabajo y un empleo (cf CA 48).


[Latine] 2433 ‘Accessus ad laborem’ et ad muneris professionem sine iniusta discriminatione esse debet omnibus apertus, viris et mulieribus, sanis et infirmitate laborantibus, autochthonibus et advenis (cf Ioannes Paulus II, Litt. enc. ‘Laborem exercens’, 19: AAS 73 [1981] 625-629; ‘Ibid.’, 22-23: AAS 73 [1981] 634-637). Societas, e parte sua, cives, secundum adiuncta, debet adiuvare ut laborem sibi et officium comparent (cf Ioannes Paulus II, Litt. enc. ‘Centesimus annus’, 48: AAS 83 (1991) 852-854).


23. Es menester, finalmente, pronunciarse al menos sumariamente sobre el tema de la llamada ‘emigración por trabajo’. Este es un fenómeno antiguo, pero que todavía se repite y tiene, también hoy, grandes implicaciones en la vida contemporánea. El hombre tiene derecho a abandonar su País de origen por varios motivos —como también a volver a él— y a buscar mejores condiciones de vida en otro País. Este hecho, ciertamente se encuentra con dificultades de diversa índole; ante todo, constituye generalmente una pérdida para el País del que se emigra. Se aleja un hombre y a la vez un miembro de una gran comunidad, que está unida por la historia, la tradición, la cultura, para iniciar una vida dentro de otra sociedad, unida por otra cultura, y muy a menudo también por otra lengua. Viene a faltar en tal situación un sujeto de trabajo’, que con el esfuerzo del propio pensamiento o de las propias manos podría contribuir al aumento del bien común en el propio País; he aquí que este esfuerzo, esta ayuda se da a otra sociedad, la cual, en cierto sentido, tiene a ello un derecho menor que la patria de origen.

Sin embargo, aunque la emigración es bajo cierto aspecto un mal, en determinadas circunstancias es, como se dice, un mal necesario. Se debe hacer todo lo posible —y ciertamente se hace mucho— para que este mal, en sentido material, no comporte mayores ‘males en sentido moral’, es más, para que, dentro de lo posible, comporte incluso un bien en la vida personal, familiar y social del emigrado, en lo que concierne tanto al País donde llega, como a la Patria que abandona. En este sector muchísimo depende de una justa legislación, en particular cuando se trata de los derechos del hombre del trabajo. Se entiende que tal problema entra en el contexto de las presentes consideraciones, sobre todo bajo este punto de vista.

Lo más importante es que el hombre, que trabaja fuera de su País natal, como emigrante o como trabajador temporal, no se encuentre en desventaja’ en el ámbito de los derechos concernientes al trabajo respecto a los demás trabajadores de aquella determinada sociedad. La emigración por motivos de trabajo no puede convertirse de ninguna manera en ocasión de explotación financiera o social. En lo referente a la relación del trabajo con el trabajador inmigrado deben valer los mismos criterios que sirven para cualquier otro trabajador en aquella sociedad. El valor del trabajo debe medirse con el mismo metro y no en relación con las diversas nacionalidades, religión o raza. Con mayor razón no puede ser explotada una situación de coacción’ en la que se encuentra el emigrado. Todas estas circunstancias deben ceder absolutamente, —naturalmente una vez tomada en consideración su cualificación específica—, frente al valor fundamental del trabajo, el cual está unido con la dignidad de la persona humana. Una vez más se debe repetir el principio fundamental: la jerarquía de valores, el sentido profundo del trabajo mismo exigen que el capital esté en función del trabajo y no el trabajo en función del capital.

S. JUAN PABLO II, Carta enc. ‘Laborem exercens’ (14 de septiembre de 1981), 23.

[Latine] 23. Postremo denique oportet aliquid summatim pronuntietur de argumento migrationis ob laborem’, quae dicitur. Haec quidem perantiqua res est, quae nihilo minus usque iteratur atque hodie etiam late diffunditur propter vitae hodiernae implicatam naturam. Homini est quidem ius deserendae terrae natalis ex rationibus variis et illuc dein redeundi quo meliores alia in regione quaerat vitae condiciones. Hoc certe non caret difficultatibus varii generis; ante omnia significat plerumque aliquam iacturam Civitati ipsi, unde migratur, allatam. Discedit enim homo simulque membrum permagnae communitatis, quae ex historia, traditione, humano cultu coaluit, ut vitam incipiat aliam intra societatem, quae alia colligatur animi cultura saepiusque alio sermone. Deest ideo subiectum operis’ hoc in casu, ille nempe, qui proprii ingenii vi suisque manibus possit aliquid ad bonum commune suae nationis conferre; sed, ecce, illae vires ac partes tribuuntur alii societati, quae earum minus quodammodo habet ius quam patria, unde origin em ducit.

Verumtamen, etsi migratio quadam ex parte est aliquod malum, tamen quibusdam in condicionibus malum istud — uti dicitur — est malum necessarium. Omnia sane efficienda sunt — et multa iam quidem huius rei causa sine dubio fiunt — ne malum illud sensu materiali acceptum maiora secum ferat damna sensu morali’, uti intellegunt; immo vero ut — quantum fieri possit — apportet etiam bona vitae privatae, familiari, sociali eius qui emigravit, quod attinet turn ad nationem, in quam pervenit, tum ad nationem, quam reliquit. Plurimum hac in re vertitur iustis in legibus, praesertim cum iura hominis labori addicti aguntur. Qua quidem potissimum ex parte, quemadmodum est apertum, hanc quaestionem consideratio nostra complectitur.

Summopere igitur refert ut homo, qui extra natalem suam regionem opus facit vel ut migrator perpetuus vel ut opifex temporarius, nihil patiatur detrimenti’ suis in laboris iuribus respectu aliorum operariorum alicuius societatis. Migrationem ergo operis causa nullo modo fieri licet occasionem quaestus, cui in re nummaria aut sociali homines habeantur. Quod spectat vero ad nexum laboris cum operario, qui immigravit, eaedem valeant regulae oportet, quae pro ceteris omnibus illius societatis opificibus vigent. Pretium namque operis eadem metiendum est regula, diversae originis, religionis, stirpis nulla habita ratione. Tanto igitur magis nefas est perverse uti condicione coactus’, in qua versatur homo, qui emigravit. Debent enim haec omnia adiuncta sine condicione cedere principali bono laboris, quod cum personae humanae dignitate cohaeret, consideratis quid em opificum peculiaribus proprietatibus. Praecipuum rursus inculcetur necesse est principium: ordo bonorum sensus que ipse altus laboris postulant ut opes «capitales» operi serviant neve opibus «capitalibus» labor.

S. IOANNES PAULUS II, Litt. enc. ‘Laborem exercens’, 23: AAS 73 (1981) 635-637.

***



viernes, 24 de febrero de 2012

Ein Gott, ein Volk, ein Reich, ein Vaterland


Ein Gott, ein Volk, ein Reich, ein Vaterland

HEIMAT-GRÜSSE / Fr.] [Kainzinger [Illustr.]. FR. KAINZINGER [Sign.].
Nürnberg : Volkhardt & Wilbert, Postkarte ; s/w ; Hochformat. - Original.

Bildunterschrift:

EIN GOTT, EIN VOLK, EIN REICH, EIN VATERLAND.

Escolio

El nazismo no fue culpable sólo de los horrores cometidos. Al fingirse afín a ciertos temas nobles de la meditación germánica, asesinó también la esperanza de un nuevo florecer de Occidente.

Nicolás Gómez Dávila, NEI, 169d.

☩☩☩

sábado, 6 de agosto de 2011

Juan Pablo II sobre el personalismo


Juan Pablo II sobre el personalismo

El acto moral – Teleología y teleologismo

71. La relación entre la libertad del hombre y la ley de Dios, que encuentra su ámbito vital y profundo en la conciencia moral, se manifiesta y realiza en los actos humanos. Es precisamente mediante sus actos como el hombre se perfecciona en cuanto tal, como persona llamada a buscar espontáneamente a su Creador y a alcanzar libremente, mediante su adhesión a él, la perfección feliz y plena (cf. Gaudium et spes, 17).

Los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que realiza esos actos (cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 1, a. 3: «Idem sunt actus morales et actus humani»). Éstos no producen sólo un cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su profunda fisonomía espiritual, como pone de relieve, de modo sugestivo, san Gregorio Niseno: «Todos los seres sujetos al devenir no permanecen idénticos a sí mismos, sino que pasan continuamente de un estado a otro mediante un cambio que se traduce siempre en bien o en mal... Así pues, ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente... Pero aquí el nacimiento no se produce por una intervención ajena, como es el caso de los seres corpóreos... sino que es el resultado de una decisión libre y, así, nosotros somos en cierto modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos» (De vita Moysis, II, 2-3: PG 44, 327-328).

Dado en Roma, junto a san Pedro, el 6 de agosto —fiesta de la Transfiguración del Señor— del año 1993, décimo quinto de mi Pontificado.

Actus moralis – Teleologia et teleologismus

71. Nexus inter hominis libertatem et legem Dei, cuius interior vivaque sedes in conscientia morali inest, patet ac perficitur actibus humanis. Ipsis enim actibus suis homo ut talis se perficit, hominem dicimus, qui vocatur, “ut Creatorem suum sponte quaerat et libere ad plenam et beatam perfectionem ei inhaerendo perveniat” (cfr. Gaudium et Spes, 17).

Humani actus sunt actus morales, quia auctoris sui probitatem aut malitiam designant atque constituunt (cfr. S. Thomae Summa Theologiae, I-II, q. 1, a. 3: «Idem sunt morales et actus humani»). Ii non modo exteras commutant hominis condiciones, sed, utpote optiones deliberatae, etiam moralem proprietatem suo tribuunt auctori, cuius et intimorum spiritalium lineamentorum sunt causa, sicut sanctus Gregorius Nyssenus animadvertit praeclare: “Cuncta ergo quae in mutatione ac fluxu posita sunt, numquam firma manent, sed alterum ex altero gignitur, et aut ad melius aut ad peius semper exitus fit... Est autem vita humana mutationi continenter supposita: quare oportet, cum non sit aeterna et immutabilis, semper nasci. Sic autem nasci non aliena fit appetitione, non extrinsecus, ut in corporali nativitate, sed electione propria unusquisque nascitur: unde fit, ut nos ipsi patres quodammodo simus nostri, qualescumque nos volumus electione gignentes” (S. Gregorii Nysseni, De vita Moysis, II, 2-3: PG 44, 327-328).

Datum Romae, apud Sanctum Petrum, die VI mensis Augusti, in festo Transfigurationis Domini, anno MCMXCIII, Pontificatus Nostri quinto decimo.


miércoles, 11 de mayo de 2011

Frente al capitalismo, Doctrina Social (y Política) de la Iglesia




Me complace saludaros al inicio de vuestra decimosexta sesión plenaria, dedicada a un análisis de la crisis económica mundial a la luz de los principios éticos consagrados por la doctrina social de la Iglesia. Agradezco a su presidenta, la profesora Mary Ann Glendon, sus amables palabras de saludo, y os expreso mis mejores deseos de que vuestras deliberaciones sean fructíferas.

El colapso financiero en todo el mundo, como sabemos, ha demostrado la fragilidad del sistema económico actual y de las instituciones relacionadas con él. También ha demostrado el error de la hipótesis según la cual el mercado es capaz de autorregularse, independientemente de la intervención pública y del apoyo de los criterios morales interiorizados. Esta hipótesis se basa en una noción empobrecida de la vida económica, como una especie de mecanismo de auto-calibración impulsado por el interés propio y la búsqueda de beneficios. Como tal, pasa por alto el carácter esencialmente ético de la economía, como una actividad de y para los seres humanos. Más que una espiral de producción y consumo en función de unas necesidades humanas definidas de un modo limitado, la vida económica debería ser un ejercicio de responsabilidad humana, intrínsecamente orientada hacia la promoción de la dignidad de la persona, la búsqueda del bien común y el desarrollo integral –político, cultural y espiritual– de individuos, familias y sociedades. Una apreciación de esta dimensión humana más plena exige, a su vez, precisamente el tipo de investigación y reflexión interdisciplinar que esta sesión de la Academia ha emprendido.

En la encíclica Caritas in veritate observé que «la crisis actual nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso» (n. 21). Ciertamente, volver a planificar el camino supone también buscar criterios generales y objetivos según los cuales juzgar las estructuras, las instituciones y las decisiones concretas que orientan y dirigen la vida económica. La Iglesia, basándose en su fe en Dios Creador, afirma la existencia de una ley natural universal que es la fuente última de estos criterios (cf. ib., 59). Sin embargo, también está convencida de que los principios de este orden ético, inscrito en la creación misma, son accesibles a la razón humana y, como tal, deben ser adoptados como base para las decisiones prácticas. Como parte de la gran herencia de la sabiduría humana, la ley moral natural, que la Iglesia ha asumido, purificado y desarrollado a la luz de la Revelación cristiana, es un faro que orienta los esfuerzos de individuos y comunidades a buscar el bien y evitar el mal, a la vez que dirige su compromiso de construir una sociedad auténticamente justa y humana.

Entre los principios indispensables que constituyen este enfoque ético integral de la vida económica debe encontrarse la promoción del bien común, basada en el respeto de la dignidad de la persona humana y reconocida como principal objetivo de los sistemas de producción y de comercio, de las instituciones políticas y del bienestar social. En nuestros días, la preocupación por el bien común ha adquirido una dimensión global más marcada. También es cada vez más evidente que el bien común implica la responsabilidad respecto a las futuras generaciones. En consecuencia, la solidaridad entre generaciones se debe reconocer como criterio ético fundamental para juzgar cualquier sistema social. Estas realidades ponen de relieve la urgencia de reforzar los procedimientos de gobierno de la economía mundial, aunque con el debido respeto al principio de la subsidiariedad. Al final, sin embargo, todas las decisiones económicas y políticas deben estar encaminadas a «la caridad en la verdad», ya que la verdad preserva y canaliza la fuerza liberadora de la caridad en medio de las vicisitudes y las estructuras humanas, siempre contingentes. Pues «sin verdad, sin confianza y amor por lo que es verdadero, no hay conciencia social y responsabilidad, y la acción social termina sirviendo a los intereses privados y a las lógicas de poder, dando lugar a la fragmentación social» (Caritas in veritate, 5).

Con estas consideraciones, queridos amigos, expreso una vez más mi confianza en que esta sesión plenaria contribuya a un discernimiento más profundo de los graves desafíos sociales y económicos que afronta nuestro mundo, y ayude a señalar el camino para afrontar esos desafíos con espíritu de sabiduría, justicia y auténtica humanidad. Os aseguro una vez más mis oraciones por vuestro importante trabajo e invoco sobre vosotros y sobre vuestros seres queridos las bendiciones divinas de alegría y paz.


Padre Lombardi.- Gracias, Santidad, sigamos entonces con el tema de Europa. La crisis económica se ha agravado recientemente en Europa y afecta particularmente también a Portugal. Algunos líderes europeos piensan que el futuro de la Unión Europea está en peligro. ¿Qué lección se puede aprender de esta crisis, también en el plano ético y moral? ¿Cuáles son las claves para consolidar la unidad y la cooperación de los países europeos en el futuro?

Papa.- Diría que precisamente esta crisis económica, con su componente moral, que nadie puede dejar de ver, es un caso de aplicación, de concretización de lo que he dicho antes, es decir, que dos corrientes culturales separadas deben encontrarse; de otro modo no encontramos el camino hacia el futuro. Vemos también aquí un falso dualismo, esto es, un positivismo económico que piensa poderse realizar sin la componente ética, un mercado que sería regulado solamente por sí mismo, por las meras fuerzas económicas, por la racionalidad positivista y pragmatista de la economía; la ética sería otra cosa, extraña a esto. En realidad, ahora vemos que un puro pragmatismo económico, que prescinde de la realidad del hombre –que es un ser ético– no concluye positivamente, sino que crea problemas insolubles. Por eso, ahora es el momento de ver cómo la ética no es algo externo, sino interno a la racionalidad y al pragmatismo económico. Por otro lado, hemos de confesar también que la fe católica, cristiana, era con frecuencia demasiado individualista, dejaba las cosas concretas, económicas, al mundo, y pensaba sólo en la salvación individual, en los actos religiosos, sin ver que éstos implican una responsabilidad global, una responsabilidad respecto al mundo. Por tanto, también aquí hemos de entablar un diálogo concreto. En mi encíclica Caritas in veritate –y toda la tradición de la Doctrina social de la Iglesia va en este sentido– he tratado de ampliar el aspecto ético y de la fe más allá del individuo, a la responsabilidad respecto al mundo, a una racionalidad «performada» de la ética. Por otra parte, lo que ha sucedido en el mercado en estos últimos dos o tres años ha mostrado que la dimensión ética es interna y debe entrar dentro de la actividad económica, porque el hombre es uno y se trata del hombre, de una antropología sana, que implica todo, y sólo así se resuelve el problema, sólo así Europa desarrolla y cumple su misión.

***

↗☩↖

lunes, 9 de mayo de 2011

El misterio de la sacrosanta Trinidad


Parrocchia della Santissima Trinità dei Pellegrini (Roma)

El misterio de la sacrosanta Trinidad


3. Antes de entrar en materia será conveniente y útil tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.

Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo han sido creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los ángeles a los hombres: «Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él nos lo ha revelado» (Jn 1, 18).

Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico: «Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues como dice Agustín en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado» (I q. 31 a. 2; De Trin. 1, 3). Peligro que procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.

4. Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza; y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión. Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar en todas partes; permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, después de celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.

Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Ángeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, también se hace mención de las otras; en las letanías, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación común; todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: «Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente» (Rom 11, 36); significando así la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas, procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: «No se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice “de Dios, por Dios, en Dios”; pues dice “de Dios”, por el Padre; “por Dios”, a causa del Hijo; “en Dios”, por relación al Espíritu Santo» (De Trin. 6 10; 1, 6).

Apropiaciones

5. Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia (S. Agustín, De Trin., 1, 4 y 5), porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente (S. Agustín, ibíd.); sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter «propio» de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o como dicen «se apropian». Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los atributos divinos se dice «apropiación» (S. Th., I q. 39 a. 7).

De esta manera, el Padre, que es principio de toda la Trinidad (S. Agustín, De Trin. 4, 20), es la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnación del Verbo y de la santificación de las almas: «de Dios son todas las cosas»; «de Dios», por relación al Padre; el Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios; «por Dios», por relación al Hijo; finalmente, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así El, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación: «en Dios», por relación al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo y Jesucristo

6. Precisados ya los actos de fe y de culto debidos a la augustísima Trinidad, todo lo cual nunca se inculcará bastante al pueblo cristiano, nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder del Espíritu Santo. Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador de la Iglesia y Redentor del género humano. Entre todas las obras de Dios ad extra, la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros. Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como «propio» al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18. 20), y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina (1 Tim 3, 16), que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16). Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión personal con el Verbo, no por mérito alguno, sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu Santo: El admirable modo, dice San Agustín, con que Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre (Enchir. 30. S. Thom., II q. 32 a. 1).

Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros (Hech 10, 38), y así es como toda acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu (S. Basil., De Sp. S. 16), que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: «Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios» (Heb 9, 14). Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en El hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías (4, 1; 11, 2. 3), ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Testamento.

Con razón nota San Agustín que Cristo no recibió el Espíritu Santo siendo ya de treinta años, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo; entonces, es decir, en el bautismo, no hizo sino prefigurar a su cuerpo místico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu Santo (De Trin. 15, 26). Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.

***