29 jun 2007

Artículo de comentario a las Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia



CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE





Las diversas cuestiones a las que la Congregación para la Doctrina de la Fe quiere contestar con el presente “Responsa”, se encuadran en la visión general de la Iglesia tal como emerge de los documentos de carácter dogmático y ecuménico del Concilio Vaticano II: el Concilio «de la Iglesia sobre la Iglesia» que, según las palabras de Pablo VI, ha señalado para ella una «nueva época», pues tuvo el mérito de haber «mejor trazado y descubierto el rostro genuino de la Esposa de Cristo» [1]. No faltan, además, menciones de los principales documentos de los Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, y de la Congregación para la Doctrina de la Fe, todos inspirados en una inteligencia cada vez más profunda de la Iglesia, que a menudo han tenido la finalidad de echar luz sobre la notable producción teológica post-conciliar, no siempre inmune de desviaciones e inexactitudes.

La misma finalidad se refleja en el presente documento, con el que la Congregación quiere recordar el sentido auténtico de algunas intervenciones del Magisterio en materia de eclesiología, para que la sana investigación teológica no sea contaminada por errores o ambigüedades. A este respecto, se debe tener presente el género literario de los “Responsa ad quaestiones” que, por su propia naturaleza, no aducen argumentos para comprobar la doctrina que exponen, sino que se limitan a recordar el Magisterio anterior y, por tanto, tienen sólo la intención de pronunciar una palabra cierta y segura sobre la materia que tratan.

La primera cuestión es si el Concilio Vaticano II ha cambiado la doctrina sobre la Iglesia.

La pregunta se refiere al sentido de aquel “nuevo rostro” de la Iglesia que, según las citadas palabras de Pablo VI, ha querido ofrecer el Vaticano II.

La respuesta, basada en la enseñanza de Juan XXIII y Pablo VI, es muy explícita: el Vaticano II no tuvo la intención de cambiar, y de hecho no cambió la doctrina anterior sobre la Iglesia, sino que más bien la profundizó y expuso de manera más orgánica. En este sentido se retoman las palabras de Pablo VI en su discurso de promulgación de la Constitución dogmática conciliar Lumen gentium, con las cuales afirma que la doctrina tradicional no ha sido en absoluto cambiada, sino que, «ahora se ha expresado lo que simplemente se vivía; se ha esclarecido lo que estaba incierto; ahora consigue una serena formulación lo que se meditaba, discutía y en parte era controvertido» [2].

Del mismo modo, hay continuidad entre la doctrina expuesta por el Concilio y la presentada en las siguientes intervenciones magisteriales, que han retomado y profundizado la misma doctrina, y la han desarrollado ulteriormente. En este sentido, por ejemplo, la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe Dominus Iesus, ha retomado sólo los textos conciliares y los documentos post-conciliares, sin añadir o quitar nada.

A pesar de estos claros testimonios, en el período post-conciliar la doctrina del Vaticano II ha sido objeto, y sigue siéndolo, de interpretaciones desviadas y sin continuidad con la doctrina católica tradicional sobre la naturaleza de la Iglesia: si, por una parte, se vio en ella una “revolución copernicana”, por otra parte, se concentró la atención sobre algunos aspectos considerados casi contrapuestos. En realidad el Concilio Vaticano II tuvo la clara intención de unir y subordinar la reflexión sobre la Iglesia a la reflexión sobre Dios, proponiendo una eclesiología en sentido específicamente teo-lógico. Sin embargo, la recepción del Concilio ha descuidado con frecuencia esta característica para favorecer afirmaciones eclesiológicas individuales y concentrarse en algunas palabras de fácil recuerdo, favoreciendo lecturas unilaterales y parciales de la misma doctrina conciliar.

Por lo que atañe a la eclesiología de la Lumen gentium, han quedado en la conciencia eclesial algunas palabras claves: la idea de pueblo de Dios, la colegialidad de los obispos como revalorización de su ministerio junto al primado del Papa, la toma de conciencia del significado de las Iglesias particulares dentro de la Iglesia universal, la apertura ecuménica del concepto de Iglesia y a las otras religiones; en fin, la cuestión del estatuto específico de la Iglesia católica, que se expresa en la fórmula según la cual la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de que habla el Credo, subsistit in Ecclesia catholica.

Algunas de estas afirmaciones, especialmente la que se refiere al estatuto específico de la Iglesia católica con sus reflejos en campo ecuménico, constituyen las principales temáticas afrontadas por este documento en las sucesivas cuestiones.

La segunda cuestión afronta el modo en el que hay que entender la afirmación según la cual la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica.

Cuando G. Philips escribió que la expresión “subsistit in” habría hecho correr ríos de tinta [3], probablemente no había previsto que la discusión continuaría por tanto tiempo y con tanta intensidad, al punto de empujar a la Congregación para la Doctrina de la Fe a publicar el presente documento.

Tanta insistencia, fundada por lo demás en los citados textos conciliares y del Magisterio siguiente, refleja la preocupación de salvaguardar la unidad y la unicidad de la Iglesia, que sufrirían menoscabo si se admitiera que pueden darse muchas subsistencias de la Iglesia fundada por Cristo. En efecto, como se dice en la Declaración Mysterium Ecclesiae, si así fuera se llegaría a imaginar «la Iglesia de Cristo como la suma —diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo— de las Iglesias y Comunidades eclesiales» o a «pensar que la Iglesia de Cristo hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda por parte de todas las Iglesias y Comunidades» [4]. La única Iglesia de Cristo ya no existiría como “una” en la historia, o existiría sólo de modo ideal, o sea in fieri en una convergencia o reunificación futura de las muchas Iglesias hermanas, auspiciada y promovida por el diálogo.

Aún más explícita es la Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre un escrito de Leonardo Boff, según el cual la única Iglesia de Cristo «podría también subsistir en otras iglesias cristianas»; al contrario, —puntualiza la Notificación— «el Concilio había escogido la palabra “subsistit” precisamente para aclarar que existe una sola “subsistencia” de la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible existen sólo “elementa Ecclesiae”, los cuales —siendo elementos de la misma Iglesia— tienden y conducen a la Iglesia católica» [5].

La tercera cuestión se refiere a la razón por la cual se usó la expresión “subsistit in” y no el verbo “est”.

Ha sido precisamente este cambio de terminología en la descripción de la relación entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica lo que ha dado lugar a las más variadas ilaciones, sobre todo en campo ecuménico. En realidad los Padres conciliares tuvieron la simple intención de reconocer la presencia de elementos eclesiales propios de la Iglesia de Cristo en las Comunidades cristianas no católicas en cuanto tales. En consecuencia, la identificación de la Iglesia de Cristo con la Iglesia católica no se puede entender como si fuera de la Iglesia católica hubiera un “vacío eclesial”. Al mismo tiempo, esa identificación significa que, si se considera el contexto en que se sitúa la expresión subsistit in, es decir la referencia a la única Iglesia de Cristo «constituida y ordenada en este mundo como sociedad… gobernada por el sucesor de Pedro y los obispos en comunión con él», el paso de est a subsistit in no reviste un sentido teológico particular de discontinuidad con la doctrina católica anterior.

En efecto, ya que la Iglesia como la quiso Cristo, de hecho, sigue existiendo (subsistit in) en la Iglesia católica, la continuidad de subsistencia comporta una substancial identidad de esencia entre Iglesia de Cristo e Iglesia católica. El Concilio quiso enseñar que la Iglesia de Jesucristo, como sujeto concreto en este mundo, se puede encontrar en la Iglesia católica. Esto puede ocurrir una sola vez y, por ello, la concepción de que el “subsistit” tendría que multiplicarse no correspondo con lo que se quiso decir. Con la palabra “subsistit” el Concilio quiso expresar la singularidad y no multiplicabilidad de la Iglesia de Cristo: la Iglesia existe como sujeto único en la realidad histórica.

Por consiguiente, la sustitución de “est” con “subsistit in”, contra tantas interpretaciones infundadas, no significa que la Iglesia católica renuncie a su convicción de ser la única verdadera Iglesia de Cristo. Indica más bien una mayor apertura a las exigencias del ecumenismo: Se trata de reconocer el carácter y la dimensión realmente eclesiales de las Comunidades cristianas que no están en plena comunión la Iglesia católica, a causa de los “plura elementa sanctificationis et veritatis” presentes en ellas. En consecuencia, aunque la Iglesia sea solamente una y “subsista” en un único sujeto histórico, también fuera de este sujeto visible existen verdaderas realidades eclesiales.

La cuarta cuestión se refiere a la razón por la cual el Concilio Vaticano II atribuyó el nombre de “Iglesias” a las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica.

A pesar de la afirmación explícita de que la Iglesia de Cristo “subsiste” en la Iglesia católica, reconocer que también fuera de su organismo visible se encuentran «muchos elementos de santificación y verdad» [6], comporta admitir el carácter eclesial, aunque sea peculiar, de las Iglesias o Comunidades eclesiales no católicas. También ellas, en efecto, «no están desprovistas de sentido y de valor» en cuanto que «el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación» [7].

El texto toma especialmente en consideración la realidad de las Iglesias orientales que no están en plena comunión con la Iglesia católica. Haciendo, pues, referencia a varios textos conciliares, les reconoce el título de “Iglesias particulares o locales” y “son llamadas Iglesias hermanas de las Iglesias particulares católicas”, porque permanecen unidas a la Iglesia católica a través de la Sucesión Apostólica y de la Eucaristía válidamente consagrada. Por esto, «en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la Iglesia de Dios» [8]. Es más, la Declaración Dominus Iesus las llama expresamente «verdaderas Iglesias particulares» [9].

Aún reconociendo explícitamente su “ser Iglesia particular”, dotadas incluso de valor salvífico, el documento no deja de subrayar la falta (defectus) que acusan, justamente en cuanto son Iglesia particular. En efecto, a causa de su visión eucarística de la Iglesia, que acentúa la realidad de la Iglesia particular reunida en el nombre de Cristo en la celebración de la Eucaristía y bajo la guía del obispo, ellas consideran las Iglesias particulares completas en su particularidad [10]. Por consiguiente, debido a la igualdad fundamental entre todas las Iglesias particulares y entre todos los obispos que las presiden, cada una de ellas tiene la misma autonomía interior. Tal visión tiene evidentes repercusiones sobre la doctrina del primado, que según la fe católica es un “principio constitutivo interno” para la existencia misma de una Iglesia particular [11]. Naturalmente será siempre necesario subrayar que el Primado del Sucesor de Pedro, Obispo de Roma, no debe entenderse como algo extraño o en rivalidad con los obispos de las Iglesias particulares. El primado ha de ejercitarse como servicio a la unidad de la fe y la comunión, dentro de los límites que proceden de la ley de Dios y de la inviolable constitución divina de la Iglesia contenida en la Revelación [12].

La quinta cuestión se refiere a la razón por la cual no se les reconoce el título de Iglesias a las Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma.

Al respecto hay decir que «la herida es todavía más profunda en las comunidades eclesiales que no han conservado la sucesión apostólica y la Eucaristía válida» [13]; pues «no son Iglesia en sentido propio» [14], sino “Comunidades eclesiales”, como certifica la enseñanza conciliar y post-conciliar [15].

A pesar de que estas claras afirmaciones hayan creado malestar en las Comunidades interesadas e incluso en campo católico, no se ve, por otro lado, cómo se les puede atribuir el título de “Iglesia” a tales Comunidades, puesto que no aceptan el concepto teológico de Iglesia en sentido católico y carecen de elementos que la Iglesia católica considera esenciales.

De todos modos, hay que recordar que, en cuanto tales, dichas Comunidades poseen realmente muchos elementos de santificación y verdad, por lo que, sin duda, tienen un carácter eclesial y un consiguiente valor salvífico.

Retomando substancialmente la enseñanza conciliar y el Magisterio post-conciliar, el nuevo documento, promulgado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, constituye un recuerdo claro de la doctrina católica sobre la Iglesia. Además de descartar visiones inaceptables, todavía difusas en el mismo ámbito católico, también ofrece indicaciones importantes para la continuación del diálogo ecuménico. Dicho diálogo es una de las prioridades de la Iglesia católica, según lo ha confirmado Benedicto XVI en su primer mensaje a la Iglesia (20 de abril de 2005) y en muchas otras ocasiones, como en su viaje apostólico a Turquía (28 de noviembre–1 de Diciembre de 2006). Pero para que el diálogo pueda ser verdaderamente constructivo, además de la apertura a los interlocutores, es necesaria la fidelidad a la identidad de la fe católica. Sólo así se podrá llegar a la unidad de todos los cristianos en «un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10, 16), y sanear de esta forma la herida que aún impide a la Iglesia católica la realización plena de su universalidad en la historia.

El ecumenismo católico puede presentarse a primera vista paradójico. Con la expresión “subsistit in”, el Concilio Vaticano II quiso armonizar dos afirmaciones doctrinales: por un lado, que la Iglesia de Cristo, a pesar de las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, y, por el otro, la existencia de numerosos elementos de santificación y verdad fuera de su entramado, o sea, en las Iglesias y Comunidades eclesiales que todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica. Al respecto, el mismo Decreto del Concilio Vaticano II sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, introdujo el término plenitudo (unitatis/catholicitatis) precisamente para ayudar a comprender mejor esta situación en cierto modo paradójico. Aunque la Iglesia católica tenga la plenitud de los medios de salvación, «sin embargo, las divisiones de los cristianos impiden que la Iglesia lleve a efecto su propia plenitud de catolicidad en aquellos hijos que, estando verdaderamente incorporados a ella por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión» [16]. Se trata, pues, de la plenitud de la Iglesia católica, que es ya actual, pero que tiene que crecer en los hermanos que no están en plena comunión con ella y en sus propios hijos, que son pecadores, hasta que el pueblo de Dios «arribe gozoso a la total plenitud de la gloria eterna en la Jerusalén celestial» [17]. El progreso en la plenitud está arraigado en el dinamismo de la unión con Cristo: «La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos» [18].

NOTAS

[1] Pablo VI, Discurso de clausura de la III sesión del Concilio Vaticano II, (21 de noviembre de 1964), n. 12: AAS 56 [1964] 1012.

[2] Ibidem, n. 7: AAS 56 [1964] 1010.

[3] Cf. G. Philips, L’Eglise et son mystère au IIème Concile du Vatican. Histoire, texte et commentaire de la Constitution Lumen Gentium, Tome I, Desclée, Paris 1966, p. 119.

[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Mysterium Ecclesiae, n. 1: AAS 65 [1973] 398.

[5] Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre el volumen «Iglesia: Carisma y poder», del P. Leonardo Boff, O.F.M.: AAS 77 [1985] 758-759.

[6] Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, 8.

[7] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 3.

[8] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 15.

[9] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, n. 17: AAS 92 [2000] 758.

[10] Cf. Comitato misto Cattolico-Ortodosso in Francia, Il primato romano nella comunione delle Chiese, Conclusioni: en “Enchiridion oecumenicum” [1991], vol. 4, n. 956.

[11] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, n. 17: AAS 85 [1993-II] 849.

[12] Congregación para la Doctrina de la Fe, Considerazioni su Il primato del Successore di Pietro nel mistero della Chiesa, n. 7 e n.10, in: Il primato del Successore di Pietro nel mistero della Chiesa, Documenti e Studi, Librería Editrice Vaticana, 2002,16 e 18.

[13] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, n. 17: AAS 85 [1993-II] 849.

[14] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, n. 17: AAS 92 [2000-II] 758.

[15] Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 4; Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo millenium ineunte, n. 48: AAS 93 [2001] 301-302.

[16] Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, n. 4.

[17] Ibidem, n. 3.

[18] Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, n. 14: AAS 98 [2006] 228-229.

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26 jun 2007

El secreto de Fátima



PRIMERA Y SEGUNDA PARTE DEL «SECRETO»

En la redacción hecha por Sor Lucía en la «tercera memoria» del 31 de agosto de 1941 destinada al Obispo de Leiria-Fátima [traducción] (1)


Tendré que hablar algo del secreto, y responder al primer punto interrogativo.

¿Qué es el secreto? Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo licencia del Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han autorizado a ello varias veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia. Rvma. conserva una de ellas, del R. P. José Bernardo Gonçalves, aquella en que me manda escribir al Santo Padre. Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Sí, ya dije algo; pero, para no alargar más ese escrito que debía ser breve, me limité a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más favorable.

Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el 13 de junio al 13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición todo se desvaneció.

Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales voy a revelar dos.

La primera fue, pues, la visión del infierno.

Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.

Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo! (en la primera aparición). De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de susto y pavor.

Inmediatamente levantamos los ojos hacia Nuestra Señora que nos dijo con bondad y tristeza:

— Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra pronto terminará. Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz (2).


TERCERA PARTE DEL «SECRETO» [traducción] (3)



«J.M.J.

Tercera parte del secreto revelado el 13 de julio de 1917 en la Cueva de Iria-Fátima.

Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.

Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: «algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él» a un Obispo vestido de Blanco «hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios.

Tuy-3-1-1944».

Notas

(1) En la «cuarta memoria», del 8 de diciembre de 1941, Sor Lucía escribe: «Comienzo, pues, mi nuevo trabajo y cumpliré las órdenes de V. E. Rvma. y los deseos del sr. Dr. Galamba. Exceptuando la parte del secreto que, por ahora, no me es permitido revelar, diré todo. Advertidamente no dejaré nada. Supongo que se me podrán quedar en el tintero sólo unos pocos detalles de mínima importancia».

(2) En la citada «cuarta memoria», Sor Lucía añade: «En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe, etc...».

(3) En la traducción se ha respetado el texto original incluso en las imprecisiones de puntuación que, por otra parte, no impiden la comprensión de lo que la vidente ha querido decir.


O «SEGREDO» DE FÁTIMA




PRIMEIRA E SEGUNDA PARTE DO «SEGREDO»

Segundo a redacção feita pela Irmã Lúcia na «terceira memória», de 31 de agosto de 1941, destinada ao Bispo de Leiria-Fátima [transcrição] (1)


Terei para isso que falar algo do segredo e responder ao primeiro ponto de interrogação.

O que é o segredo?

Parece-me que o posso dizer, pois que do Céu tenho já a licença. Os representantes de Deus na terra, têm-me autorizado a isso várias vezes, e em várias cartas, uma das quais, julgo que conserva V. Ex.cia Rev.ma do Senhor Padre José Bernardo Gonçalves, na em que me manda escrever ao Santo Padre. Um dos pontos que me indica é a revelação do segredo. Algo disse, mas para não alongar mais esse escrito que devia ser breve, limitei-me ao indispensável, deixando a Deus a oportunidade d’um momento mais favorável.

Expus já no segundo escrito a dúvida que de 13 de Junho a 13 de Julho me atormentou e que n’essa aparição tudo se desvaneceu.

Bem o segredo consta de três coisas distintas, duas das quais vou revelar.

A primeira foi pois a vista do inferno!

Nossa Senhora mostrou-nos um grande mar de fôgo que parcia estar debaixo da terra. Mergulhados em êsse fôgo os demónios e as almas, como se fossem brasas transparentes e negras, ou bronziadas com forma humana, que flutuavam no incêndio levadas pelas chamas que d’elas mesmas saiam, juntamente com nuvens de fumo, caindo para todos os lados, semelhante ao cair das faulhas em os grandes incêndios sem peso nem equilíbrio, entre gritos e gemidos de dôr e desespero que horrorizava e fazia estremecer de pavor. Os demónios destinguiam-se por formas horríveis e ascrosas de animais espantosos e desconhecidos, mas transparentes e negros. Esta vista foi um momento, e graças à nossa bôa Mãe do Céu; que antes nos tinha prevenido com a promeça de nos levar para o Céu (na primeira aparição) se assim não fosse, creio que teríamos morrido de susto e pavor.

Em seguida, levantámos os olhos para Nossa Senhora que nos disse com bondade e tristeza:

— Vistes o inferno, para onde vão as almas dos pobres pecadores, para as salvar, Deus quer establecer no mundo a devoção a meu Imaculado Coração. Se fizerem o que eu disser salvar-se-ão muitas almas e terão paz. A guerra vai acabar, mas se não deixarem de ofender a Deus, no reinado de Pio XI começará outra peor. Quando virdes uma noite, alumiada por uma luz desconhecida, sabei que é o grande sinal que Deus vos dá de que vai a punir o mundo de seus crimes, por meio da guerra, da fome e de perseguições à Igreja e ao Santo Padre. Para a impedir virei pedir a consagração da Rússia a meu Imaculado Coração e a comunhão reparadora nos primeiros sábados. Se atenderem a meus pedidos, a Rússia se converterá e terão paz, se não, espalhará seus erros pelo mundo, promovendo guerras e perseguições à Igreja, os bons serão martirizados, o Santo Padre terá muito que sufrer, várias nações serão aniquiladas, por fim o meu Imaculado Coração triunfará. O Santo Padre consagrar-me-á a Rússia, que se converterá, e será consedido ao mundo algum tempo de paz (2).


TERCEIRA PARTE DO «SEGREDO» [transcrição] (3)



«J.M.J.

A terceira parte do segredo revelado a 13 de Julho de 1917 na Cova da Iria-Fátima.

Escrevo em acto de obediência a Vós Deus meu, que mo mandais por meio de sua Ex.cia Rev.ma o Senhor Bispo de Leiria e da Vossa e minha Santíssima Mãe.

Depois das duas partes que já expus, vimos ao lado esquerdo de Nossa Senhora um pouco mais alto um Anjo com uma espada de fôgo em a mão esquerda; ao centilar, despedia chamas que parecia iam encendiar o mundo; mas apagavam-se com o contacto do brilho que da mão direita expedia Nossa Senhora ao seu encontro: O Anjo apontando com a mão direita para a terra, com voz forte disse: Penitência, Penitência, Penitência! E vimos n’uma luz emensa que é Deus: “algo semelhante a como se vêem as pessoas n’um espelho quando lhe passam por diante” um Bispo vestido de Branco “tivemos o pressentimento de que era o Santo Padre”. Varios outros Bispos, Sacerdotes, religiosos e religiosas subir uma escabrosa montanha, no cimo da qual estava uma grande Cruz de troncos toscos como se fôra de sobreiro com a casca; o Santo Padre, antes de chegar aí, atravessou uma grande cidade meia em ruínas, e meio trémulo com andar vacilante, acabrunhado de dôr e pena, ia orando pelas almas dos cadáveres que encontrava pelo caminho; chegado ao cimo do monte, prostrado de juelhos aos pés da grande Cruz foi morto por um grupo de soldados que lhe dispararam varios tiros e setas, e assim mesmo foram morrendo uns trás outros os Bispos Sacerdotes, religiosos e religiosas e varias pessoas seculares, cavalheiros e senhoras de varias classes e posições. Sob os dois braços da Cruz estavam dois Anjos cada um com um regador de cristal em a mão, n’êles recolhiam o sangue dos Martires e com êle regavam as almas que se aproximavam de Deus.

Tuy-3-1-1944».

(1) Na «quarta memória», de 8 de Dezembro de 1941, a Irmã Lúcia escreve: «Começo pois a minha nova tarefa, e cumprirei as ordens de V. Ex.cia Rev.ma e os desejos do Senhor Dr. Galamba. Excetuando a parte do segredo que por agora não me é permitido revelar, direi tudo; advertidamente não deixarei nada. Suponho que poderão esquecer-me apenas alguns pequenos detalhes de mínima importância».

(2) Na citada «quarta memória», a Irmã Lúcia acrescenta: «Em Portugal se conservará sempre o dogma da fé etc.».

(3) Na transcrição, respeitou-se o texto original mesmo quando havia erros e imprecisões de escrita e pontuação, os quais, aliás, não impedem a compreensão daquilo que a vidente quis dizer.

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28 may 2007

Poderosa oración en caracteres rúnicos



Pater noster

Pater noster qui es in caelis:
sanctificetur Nomen Tuum;
adveniat Regnum Tuum;
fiat voluntas Tua,
sicut in caelo, et in terra.
Panem nostrum cotidianum da nobis hodie;
et dimitte nobis debita nostra,
sicut et nos dimittimus debitoribus nostris;
et ne nos inducas in tentationem;
sed libera nos a Malo.

Santo Tomás de Aquino, Suma Teólogica, II-II qu. 83 a. 9.

La oración dominical es perfectísima, porque, como escribe San Agustín, Ad Probam, si oramos digna y convenientemente, no podemos decir otra cosa que lo que en la oración dominical se nos propuso. Y puesto que la oración es, en cierto modo, intérprete de nuestros deseos ante Dios, sólo aquello lícitamente pedimos que lícitamente podemos desear. Pero en la oración dominical no sólo se piden las cosas lícitamente deseables, sino que se suceden en ella las peticiones según el orden en que debemos desearlas, de suerte que la oración dominical no sólo regula, según esto, nuestras peticiones, sino que sirve de norma a todos nuestros afectos.

Ahora bien: es cosa manifiesta que lo primero que deseamos es el fin, y en segundo lugar, los medios para alcanzarlo. Pero nuestro fin es Dios. Y nuestra voluntad tiende hacia Él de dos maneras: en cuanto que deseamos Su gloria y en cuanto que queremos gozar de ella. La primera de estas dos maneras se refiere al amor con que amamos a Dios en Sí mismo; la segunda, al amor con que nos amamos a nosotros en Dios.

Por esta razón decimos en la primera de las peticiones Santificado sea Tu Nombre, con lo que pedimos la gloria de Dios.

La segunda de las peticiones es: Venga a nosotros Tu Reino. Con ella pedimos llegar a la gloria de Su Reino.

Los medios nos ordenan a dicho fin de dos maneras: por sí mismos o accidentalmente. Nos ordena por sí mismo al fin el bien que es útil para conseguirlo. Y una cosa es útil para conseguir el fin de la bienaventuranza de dos modos:

1.° Directa y principalmente, por razón del mérito con que nos hacemos dignos de la bienaventuranza obedeciendo a Dios. Es por lo que aquí pedimos: Hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo;

2.° Instrumentalmente, como algo de que nos servimos para merecerla. A esto se refiere lo que aquí decimos: El pan nuestro de cada día dánoslo hoy,

• ya se trate del pan sacramental, cuyo uso cotidiano es saludable a los hombres, y en el que se sobrentiende que están incluidos todos los demás sacramentos;
• ya se trate del pan corporal, de tal suerte que por pan se entienda toda clase de alimentos, conforme a las palabras de San Agustín: «pues lo mismo que la Eucaristía es el principal entre los sacramentos, también es el pan el alimento principal» (Ad Probam).

De ahí el que en el Evangelio de San Mateo se lo llame «supersubstancial» (Mt 6,11), o sea, «principal», como expone San Jerónimo.

«De cada día». La palabra griega, epiousios, no tiene otro sentido en el Nuevo Testamento.

• Tomada en un sentido temporal, es una repetición pedagógica de “hoy” (cf. Ex 16, 19-21) para confirmarnos en una confianza “sin reserva”.
• Tomada en un sentido cualitativo, significa lo necesario a la vida, y más ampliamente cualquier bien suficiente para la subsistencia (cf 1 Tm 6, 8).
• Tomada al pie de la letra [epiousios: “lo más esencial”], designa directamente el Pan de Vida, el Cuerpo de Cristo, “remedio de inmortalidad” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Ephesios, 20, 2) sin el cual no tenemos la Vida en nosotros (cf. Jn 6, 53-56)
• Finalmente, ligado a lo que precede, el sentido celestial es claro: este “día” es el del Señor, el del Festín del Reino, anticipado en la Eucaristía, en que pregustamos el Reino venidero. Por eso conviene que la liturgia eucarística se celebre “cada día”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2837).

De manera accidental nos conduce a la bienaventuranza la eliminación de obstáculos. Y son tres los obstáculos que nos cierran el paso hacia la bienaventuranza.

En primer lugar, el pecado, que excluye directamente del Reino, según aquello de: «Ni los fornicarios, ni los idólatras, etc., poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6,9-10). Y a esto se refiere lo que aquí se dice: Perdónanos nuestras deudas.

En segundo lugar, la tentación, que pone trabas al cumplimiento de la voluntad divina. Y a este propósito decimos: Y no nos dejes caer en la tentación; con lo cual no pedimos vernos libres de tentaciones, sino que no seamos vencidos por la tentación, lo que equivaldría a caer en ella.

En tercer lugar, las penalidades de la vida presente, que impiden el que tengamos lo suficiente para vivir. Es por lo que aquí pedimos: Líbranos del Mal.

«En esta petición, el Mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios. El “diablo” [dia-bolos] es aquél que “se atraviesa” en el designio de Dios y Su obra de salvación cumplida en Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2851).

«Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2854).

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13 may 2007

Ni marxismo ni capitalismo




Los problemas sociales y políticos

Llegados a este punto podemos preguntarnos: ¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria? Los problemas de [Hispano]américa y del Caribe, así como del mundo de hoy, son múltiples y complejos, y no se pueden afrontar con programas generales. Sin embargo, la cuestión fundamental sobre el modo como la Iglesia, iluminada por la fe en Cristo, deba reaccionar ante estos desafíos, nos concierne a todos. En este contexto es inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia. En realidad, las estructuras justas son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad. Pero, ¿cómo nacen?, ¿cómo funcionan?

Tanto el capitalismo como el marxismo prometieron encontrar el camino para la creación de estructuras justas y afirmaron que éstas, una vez establecidas, funcionarían por sí mismas; afirmaron que no sólo no habrían tenido necesidad de una precedente moralidad individual, sino que ellas fomentarían la moralidad común. Y esta promesa ideológica se ha demostrado que es falsa. Los hechos lo ponen de manifiesto.



El sistema marxista, donde ha gobernado, no sólo ha dejado una triste herencia de destrucciones económicas y ecológicas, sino también una dolorosa opresión de las almas.

Y lo mismo vemos también en Occidente, donde crece constantemente la distancia entre pobres y ricos y se produce una inquietante degradación de la dignidad personal con la droga, el alcohol y los sutiles espejismos de felicidad.

Las estructuras justas son, como he dicho, una condición indispensable para una sociedad justa, pero no nacen ni funcionan sin un consenso moral de la sociedad sobre los valores fundamentales y sobre la necesidad de vivir estos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal.

Donde Dios está ausente —el Dios del rostro humano de Jesucristo— estos valores no se muestran con toda su fuerza, ni se produce un consenso sobre ellos. No quiero decir que los no creyentes no puedan vivir una moralidad elevada y ejemplar; digo solamente que una sociedad en la que Dios está ausente no encuentra el consenso necesario sobre los valores morales y la fuerza para vivir según la pauta de estos valores, aun contra los propios intereses.

Por otro lado, las estructuras justas han de buscarse y elaborarse a la luz de los valores fundamentales, con todo el empeño de la razón política, económica y social. Son una cuestión de la recta ratio y no provienen de ideologías ni de sus promesas. Ciertamente existe un tesoro de experiencias políticas y de conocimientos sobre los problemas sociales y económicos, que evidencian elementos fundamentales de un Estado justo y los caminos que se han de evitar. Pero en situaciones culturales y políticas diversas, y en el cambio progresivo de las tecnologías y de la realidad histórica mundial, se han de buscar de manera racional las respuestas adecuadas y debe crearse —con los compromisos indispensables— el consenso sobre las estructuras que se han de establecer.

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10 may 2007

A los Mártires españoles. Paul Claudel




Paul Claudel escribió un largo poema, cargado de admiración a los Mártires que dieron su vida por la Fe católica durante la sangrienta persecución religiosa en la España


«A los Mártires españoles»

Santa España, cuadrilátero al extremo de Europa, concentración de fe, macizo duro, trinchera de la Virgen Madre, y última zancada de Santiago, que no acaba más que donde acaba la tierra, patria de Domingo y de Juan, y de Francisco el conquistador y de Teresa, arsenal de Salamanca, Pilar de Zaragoza y cepa ardiente de Manresa.

Inconmovible España, rechazo de medias tintas jamás aceptadas, espaldar contra el hereje, razonadora de la plegaria y colonizadora de otro mundo, en esta hora de tu crucifixión, Santa España, hermana España, con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas, te envío mi admiración y mi amor.

Cuando todos los cobardes traicionaban, tú, una vez más, no aceptaste; como en tiempos de Pelayo y del Cid, una vez más, tú desenvainaste tu espada.

Se nos pone el cielo y el infierno en la mano, y tenemos cuarenta segundos para elegir; cuarenta segundos es demasiado, hermana España, santa España. Tú has elegido: once obispos, miles de sacerdotes masacrados, y ¡ni una sola apostasía!

¡Ah! ¡Ojalá pudiera yo, como tú, testimoniar un día en alta voz en el esplendor del mediodía!

Se había dicho que estabas dormida, hermana España y, de repente, ¡miles de mártires!

Las puertas del cielo no bastan ya, ni de grado ni por fuerza, para tan densa legión; lo que se llamaba desierto, mirad, ¿esto era el desierto?, pues he aquí el manantial y la palmera:

¡Miles de sacerdotes!, un ejército de un solo golpe, y el cielo, y una sola llamarada.

¡Ya está! Todo se ha consumado, el cielo ha bebido, es la misa de los mártires.

Una vez más, todo se ha consumado y en el cielo se ha hecho un silencio de una media hora, y nosotros también, en silencio, con la cabeza descubierta, alma mía, guardemos silencio ante la tierra en sementera.

La tierra ha concebido en lo más hondo de sus entrañas, y ya se ha iniciado la reiniciación.

El tiempo de cultivo ha terminado, ahora es ya el momento de la semilla; brota por todas partes la represalia inmensa del amor.

Paul Claudel
Baranques, 10 mayo 1937


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9 may 2007

Teología política



Teología política

Hay todavía muchos exponentes de la teología de la liberación en diversos lugares de Brasil. ¿Cuál es el mensaje específico para estos exponentes de la teología de la liberación?

Papa: Yo diría que, al cambiar la situación política, también ha cambiado profundamente la situación de la teología de la liberación, y ahora es evidente que estaban equivocados esos milenarismos fáciles, que prometían inmediatamente, como consecuencia de la revolución, las condiciones completas de una vida justa. Esto hoy lo saben todos. Ahora la cuestión es cómo la Iglesia debe estar presente en la lucha por las reformas necesarias, en la lucha por condiciones de vida más justas. En esto se dividen los teólogos, en particular los exponentes de la teología política. Nosotros, con la Instrucción dada a su tiempo por la Congregación para la doctrina de la fe, tratamos de realizar una labor de discernimiento, es decir, tratamos de librarnos de falsos milenarismos, de librarnos también de una mezcla errónea de Iglesia y política, de fe y política; y de mostrar la parte específica de la misión de la Iglesia, que consiste precisamente en responder a la sed de Dios y por tanto también educar en las virtudes personales y sociales, que son condición necesaria para hacer que madure el sentido de la legalidad. Por otra parte, tratamos de indicar las líneas directrices para una política justa, una política que no hacemos nosotros, sino para la cual nosotros debemos indicar las grandes líneas y los grandes valores determinantes, y crear las condiciones humanas, sociales y psicológicas en las que puedan crecer esos valores. Por tanto, existe el espacio para un debate difícil, pero legítimo, sobre cómo llegar a esto y sobre cómo hacer eficaz del mejor modo posible la doctrina social de la Iglesia. En este sentido, también algunos teólogos de la liberación tratan de avanzar dentro de este camino; otros toman otras posiciones. En cualquier caso, la intervención del Magisterio no ha pretendido destruir el compromiso por la justicia, sino guiarlo por los caminos correctos y también en el respeto de la debida diferencia entre responsabilidad política y responsabilidad eclesial.

Viaje Apostólico de Su Santidad Benedicto XVI a Brasil con ocasión de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe

Entrevista concedida por el Santo Padre a los periodistas durante el vuelo hacia Brasil (9 de mayo de 2007)

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7 may 2007

Consecuencias negativas de la pornografía y de las escenas de violencia



Sancta Maria, Mater Pulchrae Dilectionis
Santa María, Madre del Amor Hermoso

INTRODUCCIÓN

1. En el curso de estos últimos años ha tenido lugar una revolución mundial en el modo de percibir los valores morales, seguida de cambios profundos en la manera de pensar y actuar de la gente. Los medios de comunicación social han tenido y continúan teniendo un importante papel en este proceso de transformación individual y social, en la medida que introducen y reflejan nuevas actitudes y estilos de vida (1). [...]

EFECTOS DE LA PORNOGRAFÍA Y LA VIOLENCIA

9. La experiencia cotidiana confirma los estudios realizados en el mundo entero acerca de las consecuencias negativas de la pornografía y de las escenas de violencia que transmiten los medios de comunicación social (5).

Se entiende por pornografía, en este contexto, la violación merced al uso de las técnicas audiovisuales, del derecho a la privacidad del cuerpo humano en la naturaleza masculina y femenina, una violación que reduce la persona humana y el cuerpo humano a un objeto anónimo destinado a una mala utilización con la intención de obtener una gratificación concupiscente.

[Catecismo de la Iglesia Católica, 2354: «La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada.
• Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual.
• Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio.
Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico».]

La violencia, en este contexto, puede ser entendido como la presentación destinada a excitar instintos humanos fundamentales hacia actos contrarios a la dignidad de la persona, y que describe una fuerza física intensa ejercida de manera profundamente ofensiva y a menudo pasional. Los especialistas a veces no están de acuerdo sobre el impacto de este fenómeno y sobre el modo en que afecta a los individuos y los grupos aquejados por el mismo, pero las líneas maestras de la cuestión aparecen claras, limpias e inquietantes.

10. Nadie puede considerarse inmune a los efectos degradantes de la pornografía y la violencia, o a salvo de la erosión causada por los que actúan bajo su influencia. Los niños y los jóvenes son especialmente vulnerables y expuestos a ser víctimas. La pornografía y la violencia sádica deprecian la sexualidad, pervierten las relaciones humanas, explotan los individuos –especialmente las mujeres y los niños–, destruyen el matrimonio y la vida familiar, inspiran actitudes antisociales y debilitan la fibra moral de la sociedad.

11. Es evidente que uno de los efectos de la pornografía es el pecado. La participación voluntaria en la producción y en la difusión de estos productos nocivos ha de ser considerada como un serio mal moral. Además, esta producción y difusión no podrían tener lugar si no existiera una demanda. Así, pues, quienes hacen uso de estos productos no sólo se perjudican a sí mismos, sino que también contribuyen a la promoción de un comercio nefasto.

12. Una exposición frecuente de los niños a la violencia en las comunicaciones sociales puede resultar turbadora para ellos, al ser todavía incapaces de distinguir claramente la fantasía de la realidad.

Además, la violencia sádica en estos medios puede condicionar a las personas impresionables, sobre todo a los jóvenes, hasta el punto de que la lleguen a considerar normal, aceptable y digna de ser imitada.

13. Se ha dicho que puede haber una vinculación sicológica entre la pornografía y la violencia sádica. Una cierta pornografía ya es abiertamente violenta en su contenido y expresión. Quienes ven, escuchan o leen un material así corren el riesgo de introducirlo en el propio comportamiento. Acaban perdiendo el respeto hacia los demás, en cuanto hijos de Dios y hermanos y hermanas de la misma familia humana. Una vinculación tal entre pornografía y violencia sádica tiene especiales implicaciones para quienes están afectados de ciertas enfermedades mentales.

14. También la llamada pornografía blanda (“soft core”) puede paralizar progresivamente la sensibilidad, ahogando gradualmente el sentido moral de los individuos hasta el punto de hacerles moral y personalmente indiferentes a los derechos y a la dignidad de los demás.

La pornografía –como la droga– puede crear dependencia y empujar a la búsqueda de un material cada vez más excitante (“hard core”) y perverso. La probabilidad de adoptar comportamientos antisociales crecerá en la medida que se vaya dando este proceso.

15. La pornografía favorece insalubres preocupaciones en los terrenos de la imaginación y el comportamiento. Puede interferir en el desarrollo moral de la persona y en la maduración de las relaciones humanas sanas y adultas, especialmente en el matrimonio y en la familia, que exigen confianza recíproca y actitudes e intenciones de explícita integridad moral.

16. La pornografía, además, cuestiona el carácter familiar de la sexualidad humana auténtica. En la medida en que la sexualidad se considere como una búsqueda frenética del placer individual, más que como una expresión perdurable del amor en el matrimonio, la pornografía aparecerá como un factor capaz de minar la vida familiar en su totalidad.

17. En el peor de los casos, la pornografía puede actuar como agente de incitación o de reforzamiento, un cómplice indirecto, en agresiones sexuales graves y peligrosas, tales como la pedofilia, los secuestros y asesinatos.

18. Una de las consecuencias fundamentales de la pornografía y de la violencia es el menosprecio de los demás, al considerarles como objetos en vez de personas. La pornografía y la violencia suprimen la ternura y la compasión para dejar su espacio a la indiferencia, cuando no a la brutalidad.

CAUSAS DEL PROBLEMA

19. Uno de los motivos básicos de la difusión de la pornografía y de la violencia sádica, en el ámbito de los medios de comunicación, parece ser la propagación de una moral permisiva, basada en la búsqueda de la satisfacción individual a todo coste. Un nihilismo moral de la desesperación se añade a ello que acaba haciendo del placer la sola felicidad accesible a la persona humana.

20. Un cierto número de causas más inmediatas contribuyen ulteriormente a la escalada de la pornografía y la violencia en los media. Entre estas cabe citar:

• El beneficio económico. La pornografía es una industria lucrativa. Algunos sectores de la industria de las comunicaciones han sucumbido trágicamente a la tentación de explotar la debilidad humana, especialmente la de los jóvenes y la de las mentes impresionables, para obtener provecho de producciones pornográficas y violentas. Esta industria pornográfica, en algunas sociedades, resulta lucrativa hasta el punto de que se ha vinculado al crimen organizado;

• Falsos argumentos libertarios. La libertad de expresión exige, según algunos, la tolerancia hacia la pornografía, aún a precio de la salud moral de los jóvenes y del derecho a la intimidad, así como un ambiente de pública decencia. Algunos, también erróneamente, afirman que el mejor medio de combatir la pornografía consiste en legalizarla. Estos argumentos son a veces propuestos por grupos minoritarios que no se suman a los criterios morales de la mayoría y que se olvidan de que a cada derecho corresponde una responsabilidad. El derecho a la libertad de expresión no es un absoluto. La responsabilidad pública de promover el bien moral de los jóvenes, de garantizar el respeto de las mujeres, de la vida privada y de la decencia pública muestra claramente que la libertad no puede equipararse al libertinaje;

• La ausencia de leyes cuidadosamente preparadas o su no aplicación, para la protección del bien común, en particular de la moralidad de los jóvenes;

• Confusión y apatía por parte de muchos incluso miembros de la comunidad religiosa, los cuales se consideran erróneamente a sí mismos extraños a la problemática de la pornografía y de la violencia en los media, o sin posibilidades de contribuir a la solución del problema.

RESPUESTAS AL PROBLEMA

21. La propagación de la pornografía y de la violencia a través de los medios de comunicación social es una ofensa a los individuos y a la sociedad y plantea un problema urgente que exige respuestas realistas por parte de las personas y los grupos. El legítimo derecho a la libertad de expresión y al intercambio libre de información ha de ser protegido. Al mismo tiempo, hay que salvaguardar el derecho de los individuos, de las familias y de la sociedad a la vida privada, a la decencia pública y a la protección de los valores esenciales de la vida.

22. Se hará referencia a siete sectores con especiales deberes en la materia: profesionales de la comunicación, padres, educadores, juventud, público en general, autoridades públicas e Iglesia y grupos religiosos.

23. Profesionales de la comunicación.

Sería desleal sugerir que todos los medios y todos los comunicadores están implicados en este negocio nocivo. Son muchos los comunicadores que se distinguen por sus cualidades personales y profesionales. Tratan de asumir su responsabilidad aplicando con fidelidad las normas morales y les anima un gran deseo de servicio al bien común. Se merecen nuestra admiración y estímulo, especialmente los que se dedican a la creación de sanos esparcimientos familiares.

Se invita encarecidamente a estos comunicadores a unirse para la elaboración y aplicación de códigos éticos en materia de comunicación social y publicidad, inspirados en el bien común y orientados al desarrollo integral del hombre. Estos códigos se hacen especialmente necesarios en el contexto de la televisión, que permite que las imágenes entren en los hogares, allí donde los niños se encuentran a su aire y sin vigilancia. El auto control es siempre el mejor control, así como la autodisciplina, en el seno de los propios medios, es la primera y más deseable de las líneas de defensa contra quienes buscan provecho mediante la producción de programas pornográficos y violentos que envilecen los medios de comunicación y corrompen la sociedad misma.

Se urge vivamente a los comunicadores a que, también a través de estos medios, hagan conocer las medidas necesarias que pongan un dique a la marea de la pornografía y de la exaltación de la violencia en la sociedad.

24. Padres.

Se invita a los padres a que multipliquen sus esfuerzos en orden a una completa formación moral de niños y jóvenes. La cual supone una educación en favor de una actitud sana hacia la sexualidad humana, basada en el respeto a la dignidad de la persona como hija de Dios, en la virtud de la castidad y en la práctica de la autodisciplina. Una vida familiar equilibrada, en la que los padres sean fieles practicantes y totalmente entregados el uno al otro y a sus hijos, constituirá la escuela ideal para la formación a los sanos valores morales.

Los niños y jóvenes de nuestro tiempo necesitan la educación que les permita discernir los programas y madurar en su condición de usuarios responsables de la comunicación. El ejemplo de los padres es determinante en esta materia. La pasividad o autoindulgencia de cara a ciertos programas será fuente de malentendidos perjudiciales para la juventud. Hay que dar especial importancia –para el bien de los jóvenes– al ejemplo de los padres en lo que concierne a la autenticidad de su amor y a la ternura que sepan manifestar en su vida matrimonial; así como a su disponibilidad a discutir con los hijos las cuestiones de interés, en una atmósfera amable y afectuosa. Conviene no olvidar que, cuando se está educando, «se obtiene más con una explicación que prohibiendo» (6).

25. Educadores.

Los principales colaboradores de los padres, en la formación moral de los jóvenes, son los educadores. Las escuelas y los programas educativos han de promover e inculcar los valores éticos y sociales, de cara a garantizar la unidad y el sano desarrollo de la familia y de la sociedad.

Los programas de mayor valor serán en el contexto educativo, aquellos que formen a los jóvenes a una actitud crítica y a una capacidad de discernimiento en el uso de la televisión, de la radio y de los otros medios de comunicación social. De este modo los jóvenes serán también capaces de resistir a las manipulaciones y sabrán luchar contra los hábitos meramente pasivos en la escucha y visión de estos medios.

Hay que subrayar la importancia de que las escuelas sepan poner de relieve el respeto a la persona humana, el valor de la vida familiar y la importancia de la integridad moral personal.

26. Jóvenes.

Los jóvenes contribuirán a poner muros al avance de la pornografía y la violencia en los media si saben responder, positivamente, a las iniciativas de sus padres y educadores y asumir sus responsabilidades en lo que reclama capacidad de decisión moral, así como en la elección de sus diversiones.

27. El público.

El público en general debe también hacer oír su voz. Los ciudadanos –incluidos los jóvenes– tienen la tarea de expresar individual y colectivamente su punto de vista respecto a productores, intereses comerciales y autoridades civiles. Se hace urgente mantener un diálogo continuado entre los comunicadores y los representantes del público, a fin de que quienes actúan en las comunicaciones sociales estén al corriente de las exigencias reales e intereses de los usuarios.

28. Autoridad pública.

Los legisladores, los encargados de la administración del Estado y de la justicia están llamados a dar una respuesta al problema de la pornografía y de la violencia sádica difundidas por los medios de comunicación. Se han de promulgar leyes sanas, se han de clarificar las ambiguas y se han de reforzar las leyes que ya existen.

Dadas las implicaciones internacionales que presentan la producción y distribución de material pornográfico, hay que actuar a nivel regional, continental e internacional de cara a controlar con éxito este insidioso tráfico. Quienes han tomado ya iniciativas de este tipo merecen todo nuestro apoyo y estímulo (7).

Las leyes y los agentes de la ley tienen el deber sagrado de proteger el bien común, especialmente el que concierne a la juventud y a los miembros más vulnerables de la comunidad.

Ya hemos señalado algunos de los efectos negativos de la pornografía y la violencia. Cabe sacar también la conclusión de que se pone en tela de juicio y amenaza el bien común especialmente cuando este material se produce, expone y distribuye sin restricciones ni reglamentos.

La autoridad civil está obligada a emprender una rápida acción de cara al problema, allí donde exista, y a emanar criterios preventivos en donde la cuestión comience a plantearse o todavía no haya llegado a ser angustiosa y urgente.

29. Iglesia y grupos religiosos.

La primera responsabilidad de la Iglesia consiste en la enseñanza constante y clara de la fe y, asimismo de la verdad moral objetiva, incluidas aquellas verdades referentes a la moral sexual. Una era de permisividad y de confusión moral como la nuestra pide que la voz de la Iglesia sea profética, lo que la hará aparecer a menudo como signo de contradicción.

La llamada «ética» de la gratificación individual inmediata se opone fundamentalmente a la realización plena e integral de la persona humana. La educación a la vida familiar y a la inserción responsable en la vida social exige la formación a la castidad y la autodisciplina. La pornografía y la violencia generalizada tienden a ofuscar la imagen divina en cada persona humana, debilitan el matrimonio y la vida familiar y dañan gravemente a los individuos y a la sociedad.

En donde sea posible, la Iglesia está llamada a colaborar con otras Iglesias cristianas, comunidades y grupos religiosos a fin de enseñar y promover este mensaje. Debe igualmente empeñar a sus personas e instituciones en una acción formativa al uso de los medios de comunicación social y su papel en la vida individual y social. En este campo los padres merecen una asistencia y atención especial.

Por estos motivos, la formación a la comunicación debiera ser parte de los programas educativos de las escuelas católicas y de otras iniciativas educativas de la Iglesia, así como en la formación en los seminarios (8). Cabe decir lo mismo para los programas de formación de religiosos y religiosas y de los miembros de los institutos seculares, así como para la formación permanente del clero y la catequesis parroquial de jóvenes y adultos. Tanto sacerdotes como religiosos y religiosas que trabajan en la educación pastoral debieran comenzar por ellos mismos dando ejemplo de discernimiento en medios escritos y audiovisuales.

30. Por último, una actitud de pura restricción o de censura por parte de la Iglesia de cara a estos medios no resulta ni suficiente ni apropiada. La Iglesia tiene, al contrario, que iniciar un diálogo continuo con los comunicadores conscientes de sus responsabilidades. Debe animarles y sostenerles en su misión allí donde sea posible y deseable. Los comunicadores católicos y sus organizaciones, con sus perspectivas y experiencias propias, están llamados a jugar un papel decisivo en tales conversaciones.

31. La crítica y las organizaciones católicas, al evaluar concienzudamente las producciones y publicaciones en función de criterios morales claros y substanciales, ofrecen una valiosa asistencia a los profesionales de la comunicación y a las familias. Asimismo, las orientaciones que ofrecen los documentos ya existentes sobre comunicación social –incluidas las recientes tomas de posición de numerosos obispos sobre la pornografía y la violencia– merecen ser cuidadosamente estudiadas y objeto de aplicación sistemática.

32. El presente documento quiere ser una respuesta a las preocupaciones ampliamente expresadas por familias y Pastores de la Iglesia, a quienes se invita a una reflexión –de carácter ético y práctico– cada vez más amplia acerca del problema de la pornografía y la violencia en los medios de comunicación social. Al tiempo que se anima a todos a poner en práctica la advertencia de San Pablo: «No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal con el bien». (Rm 12, 21).

Ciudad del Vaticano, 7 de mayo de 1989, XXIII Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales.

John P. Foley
Presidente


Pierfranco Pastore
Secretario


Notas

(1) Communio et progressio, 22.

[...]

(5) Entre ellos cabe citar: 1. Pornography: The Longford Report, Ricerche - Mursia, Milán, Italia, 1978; 2. Final Report of the Attorney General’s Commission on Pornography, Rutledge Hill Press, Nashville, Tennessee, U.S.A, 1986; 3. ISPES, «Istituto di Studi Politici, Economici e Sociali», I e II Rapporto sulla Pornografia in Italia, Roma, Italia, 1986 y 1988.
(6) Communio et progressio, 67.
(7) La CEE, Comunidad Económica Europea, el Consejo de Europa y la UNESCO, entre otras organizaciones, están actuando en este sentido.
(8) Cf. Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para la formación de los futuros sacerdotes en los medios de comunicación social, Ciudad del Vaticano, 1986.

«Pornografía y violencia en las comunicaciones sociales: una respuesta pastoral». Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales.

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1 may 2007

Libertades regionales


Esas libertades regionales tienen el paladín más esforzado en la Comunión Tradicionalista, y ellas son elementos esenciales de aquel programa que en el orden político nosotros defendemos; nosotros, que nos apoyamos en la tradición, creemos en esa realidad histórica que se ha fundado sin obedecer a más programas que el de la Iglesia católica, en el cuál, el plan y el arquitecto, como el principio de la creación, fueron un mismo ser, para que sirviese de bosquejo a la sociedad española; nosotros, que sabemos eso, creemos que cuanto más trabaje cada región y más ahonde en las capas históricas que la forman, más llegará a encontrar los cimientos de su constitución interna, y, soterrada en ellos, alguna veta que la una con las demás regiones; y cuando todas hayan cavado lo bastante para dejar al descubierto el edificio que la Revolución ha tratado de cubrir con escombros, no habrán hecho otra cosa que sacar a la luz del sol, a recibir los esplendores de una nueva vida, la constitución interna de toda nuestra España.

Así, señores, yo brindo por las libertades regionales, una de las bases y de los fundamentos esenciales en nuestro programa; y brindo, como su coronamiento natural, por la unidad española y por la del Estado, que sobre esa unidad ha de fundar la suya. Y brindo por esas dos unidades apoyadas en los principios históricos y tradicionales, sin los cuáles ni la unidad española ni la del Estado serían posibles. Y al brindar por ellas y por esas gloriosas libertades a que tienen derecho todas las regiones españolas, por carácter de hijo adoptivo de Navarra, por la representación que ostento, va por sexta vez, que esa gloriosísima tierra, que tengo el deber, que es además sentimiento gratísimo, de brindar por ella. ¡Quién no ha de brindar por aquella heroica, maravillosa Navarra, que, en medio del desierto centralista, ha sido, con las provincias Vascongadas, el oasis de las libertades patrias que todas las regiones tuvieron con sus municipios libres y sus gloriosas Cortes; pero que,una vez perdidas, quedaron en Navarra y en las Vascongadas, como se dijo en un Congreso Internacional, conservándose a manera de un grano de almizcle para que perfumara la atmósfera de España emponzoñada por el centralismo. Así salvaron las libertades éuskaras y las libertades navarras esas gentes vigorosas y dispuestas al sacrificio y que son el lazo entre la nobilísima raza vascongada y la potentísima raza aragonesa. Esa raza navarra, de hombres viriles y enérgicos, está representada por aquella gloriosos personificación. San Francisco Javier, el Apóstol sublime, el Bautista español, que trajo millones de hombres a la grey católica en Asia, cuando en Europa intentaba robárnoslos la protesta. El personificaba gloriosamente a aquella Navarra que yo contemplé como petrificada en una sola imagen: en el Monasterio de San Salvador de Leire (1), representación de su vida, siendo a la vez sepulcro de reyes, salón de Cortes y de Concilios y palacio de Monarcas, como si allí se quisiera aunar toda la historia de Navarra y su fe y su carácter, encarnados en aquel famoso monje Virila, que, embebido oyendo el canto de un ave misteriosa, como sumergido en la eternidad durante tres siglos, sólo al despertar a la vida terrenal y volver a su monasterio advirtió los cambios del tiempo.

En él me parece ver como reflejada esa alma heroica navarra, que, en medio de los cambios de los sucesos y los siglos, permanece enérgica, inmutable, con la misma virtualidad de los españoles de los siglos XVI y XVII, como desafiando al tiempo con los músculos de acero de sus hijos, más fuertes que las raíces de los robles que abrazan secularmente el granito de las montañas, que es uno de los pedestales sobre los que se ha de asentar la regeneración de la Patria española.

Y brindo por Castilla en nombre de todos los regionalistas españoles, porque yo he oído de labios de uno de los más ilustres regionalistas catalanes, el Sr. Doménech, unas palabras que han quedado grabadas en mi corazón, y que expresan cuáles son los sentimientos íntimos y verdaderos de todas las regiones, de una Prensa, que no siempre responde a la moralidad de la referencia, suele alterar muchas veces. Si se dijese lo que realmente piensan unas regiones de otras, cesarían esos odios y antagonismos que encienden aquellos que a todas horas hablan de la unidad de la Patria contra los que son más patriotas que ellos. Yo he oído, repito, a un ilustre regionalista catalán, el Sr, Doménech –hablando de Castilla después de reconocer, con una imparcialidad que tenía algo de dura, no sólo las grandezas y el carácter catalán, sino algo que él señalaba como sus defectos-, las siguientes frases:

«Yo en Castilla admiro dos cosas singulares, en las cuáles está sin duda ninguna un principio de regeneración de España, y en las que supera a las demás regiones: la manera admirable de representarla en el extranjero, y el carácter singular de dominadores que tienen los castellanos; sí, tienen algo de romanos, como diplomáticos y guerreros; y creo que una de las causas de la decadencia peninsular es la decadencia de Castilla».

El Sr. Mañé y Flaquer afirmaba en un libro, defendiendo el regionalismo contra los ataques del Sr. Núñez de Arce, que, aunque, pareciese e los pocos observadores una paradoja, era lo cierto que, de los caracteres peninsulares, dos eran los que más semejanza tenían, hallándose ligados por una profunda intimidad: el de los castellanos viejos y el de los catalanes.

Pues bien, cuando eso se dice por esos hombres, observadores atentos de la realidad regional, es justo que desaparezcan estos antagonismos entre región y región que fomentan aquellos que temen la hermandad de esas regiones para la defensa común.

Divide y vencerás, será eternamente lema de todos los tiranos; y el tirano centralista tiene que sembrar odio y discordias entre aquellos que, si se unen y se juntan, lo harán desaparecer para siempre de los anales de la historia. Esa es la causa, y no otra, que mueve tantas plumas y mueve tantos labios al lanzar el epíteto de separatistas contra aquéllos que por sus hechos están demostrando que no defienden la causa de una sola región, sino la de todas las de España; y como en la región heroica admirable, viril de Cataluña, a la que tantos vínculos de afecto me ligan, no sólo se siente el espíritu regional, sino que, animado y fortalecido por el tesón heroico de su raza, traspasa los linderos de su glorioso principado y desciende a otras regiones, levanto mi copa y brindo por la gloriosa Cataluña, que está defendiendo, ahora más que nunca, la causa común de España.

Brindo por la España regionalista, que tuvo la última magnífica expresión histórica en la Guerra de la Independencia, a un tiempo regional y regionalista; y en la cuál, se vio por raro prodigio, de qué manera aunaron el sentimiento común y el sentimiento regional, cuando las regiones, instintivamente y sin querer, cambiaban entre sí de caudillo para dirigir sus ejércitos; pues, como se ha notado muy bien, un catalán, el general Manso, mandaba las fuerzas castellanas y un andaluz, el general Álvarez de Castro, se levantaba un pedestal en la pira gloriosa y sangrienta de Gerona.

Yo no puedo brindar por la España regionalista sin brindar por la Monarquía tradicional, a cuya sombra me he formado; y no puedo hacerlo por la Monarquía tradicional sin brindar por su glorioso Caudillo, al que va entusiasta mi brindis para que siga manteniendo, sin plegarla jamás, que no lo hará (ya conocemos su carácter, la bandera en donde brilla el blasón regionalista al lado de la integridad de la fe religiosa, que seguirá ondeando hasta el último momento de su vida y de la España; porque, si llegaran tiempos adversos en que esta Patria pudiera extinguirse, sobre la pira que formen sus escombros, esa bandera amarilla y roja que es la catalana, que llevó a Alfonso V a Nápoles a España Carlos III para hacerla enseña común de todas las regiones, sería como la última llama, que se elevaría al cielo simbolizando la plegaria de un pueblo y de una raza, que, al morir, daba el postres testimonio de lo que fue siempre el ideal de su vida.

Juan Vázquez de Mella y Fanjul, Discurso pronunciado en Madrid, mayo de 1907.

(1) Monasterio Panteón de los Reyes de Navarra, hoy reconstruido, que se alza en la sierra del mismo nombre en una estribación de los Pirineos.