19 oct 2008

Conspiradores de Acuario



1. Consejo Pontificio de la Cultura, «Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era», 2.1:

A finales de 1977, Marilyn Ferguson envió un cuestionario a 210 «personas comprometidas en la transformación social» (persons engaged in social transformation), a los que también llama «Conspiradores de Acuario» (Aquarian Conspirators). Es interesante lo que sigue:

«Cuando se pedía a los encuestados que dieran el nombre de los individuos cuyas ideas les habían influido, bien a través del contacto personal, bien por medio de sus escritos, los más nombrados, por orden de frecuencia, fueron:

Pierre Teilhard de Chardin, C. G. Jung, Abraham Maslow, Carl Rogers, Aldous Huxley, Roberto Assagioli y J. Krishnamurti.

También aparecen mencionados frecuentemente:

Paul Tillich, Hermann Hesse, Alfred North Whitehead, Martin Buber, Ruth Benedict, Margaret Mead, Gregory Bateson, Tarthang Tulku, Alan Watts, Sri Aurobindo, Swami Muktananda, D. T. Suzuki, Thomas Merton, Willis Harman, Kenneth Boulding, Elise Boulding, Erich Fromm, Marshall McLuhan, Buckminster Fuller, Frederic Spiegelberg, Alfred Korzybski, Heinz von Foerster, John Lilly, Werner Erhard, Oscar Ichazo, Maharishi Mahesh Yoghi, Joseph Chilion Pearce, Karl Pribram, Gardner Murphy y Albert Einstein».

The Aquarian Conspiracy. Personal and Social Transformation in Our Time, Los Angeles, (Tarcher) 1980, p. 50 (nota 1) y p. 434.

(Trad. esp. La conspiración de Acuario. Transformaciones personales y sociales en este fin de siglo, Barcelona [Kairós] 1985).

2. Consejo Pontificio de la Cultura, «Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era», 7.3:

Monte Verità: comunidad utópica cerca de Ascona, Suiza. Desde finales del siglo XIX fue punto de encuentro de los exponentes europeos y americanos de la contracultura en ámbitos tales como la política, la psicología y la ecología. Las conferencias Eranos se vienen celebrando allí todos los años desde 1933, reuniendo a grandes luminarias de la Nueva Era. Sus anuarios manifiestan claramente la intención de crear una religión mundial integrada [cf. Michael Fuss, «New Age and Europe. A Challenge for Theology», en Mission Studies Vol. VIII-2, 16, 1991, pp. 195-196]. Resulta fascinante ver la lista de quienes se han reunido en Monte Verità a lo largo de los años.

3. Eranos Foundation. Lecturers (1933-1988)

Charles R.C. Allberry, A. Hilary Armstrong, Leo Baeck, Hans Bänziger, Julius Baum, Charlotte A. Baynes, Louis Beirnaert, Ernst Benz, Rudolf Bernoulli, Jean Brun, Martin Buber, Ernesto Buonaiuti, Walter Burkert, Frederik Jakobus Johannes Buytendijk, Carl Moritz Von Cammerloher, Joseph Campbell, Chung-Yuan Chang, Paul Citroen, Vera Christina Chute Collum, Henry Corbin, Walter Robert Corti, Jean Daniélou, Theodor-Wilhelm Danzel, Martin Cyril D'arcy, Yves A. Dauge, Bernard Delfgaauw, Friedrich Dessauer, Peter Dronke, Gilbert Durand, Robert Eisler, Mircea Eliade, Antoine Faivre, Markus Fierz, Marie-Louise Von Franz, Olga Fröbe-Kapteyn, Joseph Gantner, Kurt Gerhardt, Wolfgang Giegerich, Erwin R. Goodenough, Michel Guiomar, Pierre Hadot, Jakob Wilhelm Hauer, Friedrich Heiler, Erich Heller, Pjotr Hendrix, Gustav-Richard Heyer, James Hillman, Helmut Hoffmann, Gerald Holton, Stanley Romaine Hopper, Erik Hornung, Graham Hough, Michel Hulin, René Huyghe, Toshihiko Izutsu, Helmuth Jacobsohn, Anjela Jaffé, Edwin Oliver James, Adolf E. Jensen, Carl Gustav Jung, Werner Kaegi, Hayao Kawai, Hans Kayser, Károly Kerényi, Goeffrey S. Kirk, Hans-Joachim Klimkeit, Max Knoll, Wilhelm Koppers, Hermann Landolt, Joseph Bernhard Lang, Detlef I. Lauf, John Layard, Gerardus Van Der Leeuw, Hans Leisegang, Karl Löwith, Ulrich Mann, Louis Massignon, Paul Masson-Oursel, Fritz Meier, Pierre-Jean De Menasce, Reinhold Merkelbach, David L. Miller, Siegfried Morenz, Alexander Moret, Paul Mus, Georges Hermann Nagel, Erich Neumann, Walter Friedrich Otto, Paul Pelliot, Willard J. Peterson, Raffaele Pettazzoni, Charles Picard, Herbert Pietschmann, Helmuth Plessner, Manfred Porkert, Adolf Portmann, Laurens Van Der Post, Emil Preetorius, Ira Progroff, Jean Przyluski, Henry-Charles Puech, Max Pulver, Gilles Quispel, Paul Radin, Hugo Rahner, Kathleen Raine, Herbert Read, Karl Reinhardt, Caroline A.F. Rhys Davids, Peter Anselm Riedl, Rudolf Ritsema, Erwin Rousselle, Christopher Rowe, Hans Sachsse, Shmuel Sambursky, Tilo Schabert, Karl Ludwig Schmidt, Paul Schmitt, Herbert W. Schneider, Gershom Scholem, Erwin Schrödinger, François Secret, Jean Servier, Daryush Shayegan, Morton Smith, Andreas Speiser, Roger Alfred Stamm, Sigrid Strauss-Kloebe, Hildemarie Streich, Daisetz Teitaro Suzuki, Joël Thomas, Richard Thurnwald, Paul Tillich, Giuseppe Tucci, Shizuteru Ueda, Thure Von Uexküll, Sàndor Végh, Charles Virolleaud, Eric Voegelin, Boris P. Vysheslavtzeff, Wladimir Weidlé, Joseph G. Weiss, Victor Weisskopf, R.J. Zwi Werblowsky, Heinz Westman, Hermann Weyl, Victor White, Lancelot Law Whyte, Hellmuth Wilhelm, Walter Wili, Swami Yatiswarananda, Robert Charles Zaehner, Dominique Zahan, Alfred J. Ziegler, Heinrich Zimmer, Victor Zuckerkandl.

***

7 oct 2008

Sobre la adoración a la cruz de Cristo



«El Cristo de Lepanto»
Catedral de Barcelona, Cataluña

Un cartel allí dice: «Santo Cristo de Lepanto. Según la tradición oral esta imagen (siglo XV) presidió la Galera Capitana del bando cristiano que en el golfo de Lepanto hundió la flota otomana el 7 de octubre de 1571, durante el Pontificado del Santo Padre Pío V».

Según un relato, una bala de cañón llevaba dirección de impactar sobre Él pero la figura, milagrosamente, se ladeó ligeramente esquivando el proyectil. Así quedó. Se le atribuyen muchos milagros.


Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III Qu.25 a.4



Pasamos ahora a tratar de las cosas que atañen a Cristo en relación con nosotros. Y, en primer lugar, de nuestra adoración a Él; después, de su título de mediador nuestro ante Dios. Sobre lo primero se plantean seis interrogantes: 1. ¿Debemos adorar la divinidad y la humanidad de Cristo con una sola y misma adoración? 2. ¿Es preciso que adoremos su cuerpo con adoración de latría? 3. ¿Se debe rendir adoración de latría a la imagen de Cristo? 4. ¿Debe prestarse esa misma adoración a la cruz de Cristo? 5. ¿Ha de rendirse tal adoración a su Madre? 6. ¿Son objeto de adoración las reliquias de los santos?


[…] Parece que no debe tributarse adoración de latría a la cruz de Cristo.

Contra esto: Está que rendimos culto de latría a la realidad en que ponemos la esperanza de nuestra salvación. Pero ponemos tal esperanza en la cruz de Cristo, ya que canta la Iglesia: Salve, ¡oh Cruz!, única esperanza. En este tiempo de la pasión aumenta la justicia a los buenos y otorga el perdón a los culpables. Luego la cruz de Cristo debe ser adorada con adoración de latría.

Respondo: Como antes hemos expuesto (a.3), el honor o la reverencia sólo se deben a la criatura racional; a la criatura insensible solamente le son debidos por razón de la naturaleza racional. Y esto sucede de dos modos: uno, en cuanto que representa a la criatura racional; otro, en cuanto que de alguna manera está unida a ésta. Por el primer motivo ha sido costumbre de los hombres venerar la imagen del rey, y, por el segundo, lo ha sido venerar su vestido. A ambas cosas les prestan los hombres la misma veneración que al rey en persona.

Por consiguiente, si hablamos de la misma cruz en que Cristo fue crucificado, ésta debe ser venerada por nosotros por ambos motivos: primero, porque nos representa la figura de Cristo extendido en ella; segundo, a causa de su contacto con los miembros de Cristo, y porque fue regada con su sangre. De donde, por ambos motivos, debe ser adorada con la misma adoración que Cristo, esto es, con adoración de latría. Y ésta es la razón de que nos dirijamos a la cruz y la imploremos como al mismo Crucificado.

Pero, si hablamos de la imagen de la cruz de Cristo en cualquier otra materia, por ejemplo en piedra, madera, plata u oro, entonces veneramos la cruz sólo como imagen de Cristo; la veneramos con adoración de latría, como antes hemos dicho (a.3) .

Objeciones y soluciones a las objeciones: Objeción 1. Ningún hijo piadoso venera lo que ha sido afrenta de su padre, por ejemplo el látigo con que fue azotado, o el madero en que fue colgado; más bien lo aborrece. Ahora bien, Cristo sufrió en el madero de la cruz una muerte por demás ignominiosa, según (Sg 2,20): Condenémosle a muerte afrentosísima. Luego más bien debemos aborrecer la cruz que venerarla.

Solución a la objeción 1. La cruz es considerada como una infamia de Cristo, según la opinión o intención de los infieles; en cambio, atendiendo al efecto de nuestra salvación, es mirada como el poder divino del propio Cristo, mediante el cual triunfó de los enemigos, según aquel pasaje de (Col 2,14-15): Quitó de en medio el acta de condenación, clavándola en la cruz, y despojando a los principados y potestades, los expuso confiadamente, triunfando abiertamente de ellos en sí mismo. Por eso también escribe el Apóstol en (1Co 1,18): La doctrina de la cruz, necedad para los que se pierden; pero es poder de Dios para los que se salvan, es decir, para nosotros.

Objeción 2. Adoramos la humanidad de Cristo con adoración de latría en cuanto que está unida al Hijo de Dios en su persona. Esto no puede decirse respecto de la cruz. Luego la cruz de Cristo no debe ser adorada con adoración de latría.

Solución a la objeción 2. Aunque la cruz de Cristo no estuviera unida personalmente al Verbo de Dios, lo estuvo, sin embargo, de algún otro modo, a saber, por medio de la representación y del contacto. Y sólo por esta razón es reverenciada.

Objeción 3. Como la cruz de Cristo fue instrumento de su pasión y muerte, así también lo fueron otras cosas, por ejemplo los clavos, la corona y la lanza; y, sin embargo, a éstos no les rendimos culto de latría. Luego da la impresión de que tampoco debemos adorar la cruz de Cristo con adoración de latría.

Solución a las objeción 3. Por lo que se refiere al contacto con los miembros de Cristo, no solamente adoramos la cruz, sino también todo lo relacionado con El en este aspecto. Por eso dice el Damasceno en el libro IV: Se debe adorar con toda justicia el precioso madero como santificado por el contacto con el santo cuerpo y con la sangre, los clavos, los vestidos, la lanza, y los lugares sagrados en que habitó. Sin embargo, todas estas cosas no representan la imagen de Cristo como lo hace la cruz, que es llamada el estandarte del Hijo del hombre, que aparecerá en el cielo, como se dice en (Mt 24,30). Por esto dijo el ángel a las mujeres (Mc 16,6): Buscáis a Jesús Nazareno el crucificado. No le llamó alanceado, sino crucificado. Y de ahí proviene el que veneremos la imagen de la cruz de Cristo en cualquier materia; pero no hacemos lo mismo con la representación de los clavos o de otras cosas parecidas.

***

14 sept 2008

Oración por la curación interior






Oración por la curación interior

Señor Jesús, Tú has venido a curar los corazones heridos y atribulados, te ruego que cures los traumas que provocan turbaciones en mi corazón; te ruego, en especial que cures aquellos que son causa de pecado. Te pido que entres en mi vida, que me cures de los traumas psíquicos que me han afectado en tierna edad y de aquellas heridas que me los han provocado a lo largo de toda la vida.

Señor Jesús, Tú conoces mis problemas, los pongo todos en Tu Corazón de Buen Pastor. Te ruego, en virtud de aquella gran llaga abierta en Tu Corazón, que cures las pequeñas heridas que hay en el mío. Cura las heridas de mis recuerdos, a fin de que nada de cuanto me ha acaecido me haga permanecer en el dolor, en la angustia, en la preocupación.

Señor Jesús, cura todas esas heridas íntimas que son causa de enfermedades físicas. Yo te ofrezco mi corazón, acéptalo, Señor, purifícalo y dame los sentimientos de Tu Corazón divino. Ayúdame a ser humilde y benigno.

Señor Jesús, concédeme la curación del dolor que me oprime por la muerte de las personas queridas. Haz que pueda recuperar la paz y la alegría por la certeza de que Tú eres la Resurrección y la Vida. Hazme testigo auténtico de Tu Resurrección, de Tu victoria sobre el pecado y la muerte, de Tu presencia viviente entre nosotros. Amén.

V/. Cor Iesu. R/. In Te confido.
V/. Cor Iesu. R/. Omnia pro Te.
V/. Cor Iesu sacratissimum. R/. Miserere nobis.

***

2 sept 2008

Pío XII a un grupo de vespistas





Discurso del Santo Padre Pío XII

A un grupo de vespistas y deportistas españoles [*]

Castelgandolfo
Viernes 2 de septiembre de 1955


Desde los mas alto de la meseta castellana —atravesando ríos, subiendo laderas, bordeando mares y devorando siempre kilómetros— habéis querido llegar hasta esta casa del Padre común, amadísimos hijos vespistas y deportistas españoles, para testimoniarle vuestro afecto filial y vuestra más sincera devoción; y Nos, al acogeros cordialmente, os confesamos que pocas veces hemos considerado, con mayor simpatía que en el caso vuestro, lo que significan esos ligeros y eficacísimos medios modernos, que han puesto el motor al alcance de todos y, con el motor, la posibilidad de dominar fácilmente los espacios y consumir las distancias.

Maravillas del ingenio humano que, poco a poco, dibujando manillares, adaptando transmisiones, acoplando rodamientos, discurriendo complementos tan indispensables como son los neumáticos, inventando frenos, instalaciones eléctricas, tipos de cuadros y de suspensiones y otras pequeñeces mil, han venido a concretarse en esas máquinas tan sencillas, tan perfectas y tan al alcance de todos.

No faltarán personas de oído delicado o enemigos de todo riesgo que encuentren algo que decir sobre el inconfundible estruendo que acusa vuestra presencia en las calles de las ciudades, o sobre esa escurridiza agilidad que os permite deslizaros entre vehículos y personas, con rapidez rayana en lo increíble; ni faltarán tampoco quienes pongan por delante los inconvenientes que veces se pueden seguir de esa facilidad para los desplazamientos.

Pero, Nos deseamos poner de relieve el evidente progreso que todo esto significa, al elevar el nivel de villa en aquellas categorías sociales que no pueden disponer de elementos mecánicos más costosos y que, gracias a su pequeña máquina, irán así fácilmente al lejano trabajo, desempeñarán más amplia y más cómodamente su ordinaria profesión y hasta acaso cumplirán mejor con sus deberes religiosos; sin contar aquel honesto esparcimiento al que aspira un día de la semana el que pasa las demás jornadas dedicado a la fatiga y al trabajo, y sin hablar de casos, como el presente, en que vuestras máquinas, en alegre y sencilla caravana, serán un símbolo de esa fraternal unión internacional, que tanto deseamos, y os darán la posibilidad de venir a recibir la bendición del Vicario de Cristo.

Usad vuestras máquinas, pero procurando hacerlo siempre con aquella prudencia, aquella discreción y aquel respeto que os consigan, a vosotros y a ellas, la simpatía y el afecto de todos.

Amad vuestras máquinas, pero acordándoos de que antes que ellas estáis vosotros mismos; están vuestros deberes familiares, sociales y religiosos; está toda una vida humana que no puede convertirse en una especie de anejo de un puro medio de locomoción.

Hemos oído que en vuestro programa están contados hasta los golpes de los pistones de vuestros motores en todo el viaje; como éste tiene por centro esta visita a vuestro Padre común, queremos suponer que esos golpes son como los latidos de vuestros corazones, corno la expresión de un amor filial que ampliamente correspondemos. Gracias por vuestra presencia y gracias por vuestros generosos dones.

Hemos oído también que entro vosotros hay representantes de las diversa regiones, que forman la gran patria española. Así podréis llevar más fácilmente Nuestra Bendición a todos; Bendición que de manera particular queremos daros a vosotros, hijos amadísimos, a vuestras familias, a vuestra Asociación ―cuyo digno presidente, aquí presente, especialmente bendecimos― a todos los vespistas y deportistas españoles y a toda esa España, por Nos siempre tan amada.

[*] Discorsi e Radiomessaggi, vol. XVII, págs, 207-208.

***

1 sept 2008

Rialp publica un conjunto de homilías hecho sobre el Misal de San Pío V



Evangelio y oración. Lectio divina


Mons. Pedro Rodríguez

Conjunto de homilías sobre el evangelio de la Misa de los sucesivos domingos del año litúrgico. Un libro, pues, para hacer oración con la Palabra de Dios. El autor lo denomina con la expresión clásica lectio divina para indicar que ha de ser lectura orante, meditada en diálogo con el Señor y aplicada a la vida cotidiana.

Cód.: 140237 ISBN: 978-84-321-3701-3
12,5X19,0 cms. 304 págs. Rústica

[Más información]

Este libro es un conjunto de homilías sobre el Evangelio de la Misa de los sucesivos domingos del año litúrgico. Un libro, pues, para hacer oración con el Evangelio en referencia a la liturgia. El autor escribió esas homilías va a hacer ahora 50 años [ca. 1958], cuando era capellán en la universidad de Madrid.

La lectio divina del Evangelio en oración, que se ofrece en este libro, está hecha sobre el Misal de San Pío V, que entonces era todavía sencillamente “el Misal”. Estas homilías muestran la continuidad de la Palabra de Dios en medio de los cambios y reformas de los ritos litúrgicos.

«Al releer estos papeles, comenta el autor, he comprobado que hay una continua insistencia en que la donación de la fe y el mensaje cristiano son llamada de Dios para ser respondida no fuera del mundo sino (...) en toda la actividad cotidiana, privada y pública, de hombres y mujeres. Era el impacto en mi predicación de la “unidad de vida” del cristiano, de que nos hablaba de manera inolvidable san Josemaría Escrivá de Balaguer».



En la foto, Benedicto XVI conversa con el profesor de la Universidad de Navarra Mons. Pedro Rodríguez; en el centro, Mons. Grab, Obispo de Coira, Suiza (03/02/2006)


Prof. Dr. Pedro Rodríguez

Mons. Pedro Rodríguez, nació en Cartagena (España) en 1933. Doctor en Teología y en Derecho. Prelado de Honor de Su Santidad (1993). Académico de Número de la Real Academia de Doctores de España y de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino.

Profesor Ordinario Emérito de Teología Dogmática de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, en la que ha sido Director del Departamento de Eclesiología (1975-99), Director de «Scripta Theologica» (1975-88), Director de Investigación (1985-87) y Decano de la Facultad (1992-98).

Miembro del Consejo Asesor de “Revista Española de Teología” (Madrid), “Rivista Teologica di Lugano” (Lugano, Suiza) y “Anuario de Historia de la Iglesia” (Pamplona, Navarra).

***

13 ago 2008

Julián Marías sobre la liturgia


«Quejas litúrgicas de un consumidor».

Autor: Julián Marías. Fuente: ABC, 23 de julio de 1998.



Adelantaré que no tengo ninguna autoridad, pero he comunicado mi descontento a muchos sacerdotes, bastantes obispos y algunos cardenales, y casi todos me han dado la razón; pero no veo que se hayan corregido mis motivos de inquietud por quienes podrían hacerlo.

Siempre he tenido la impresión de que la religión cristiana ha estado acompañada por lo que llamo «adherencias histórico-sociales» que no pertenecen a su núcleo religioso. Los misioneros han tratado con frecuencia de convertir a personas de otros pueblos, no sólo a la fe cristiana, sino a ciertos usos procedentes del origen navarro, escocés, bávaro o provenzal de sus familias. Esto explica el afán de que se vistan los habitantes del África negra, por ejemplo.

Pues bien, encuentro un peso excesivo del Antiguo Testamento en la actual liturgia de la Misa. Es una obra admirable y venerable que representa la primera fase de la revelación, pero procedente de múltiples autores, de diversas épocas y varios géneros literarios, que no se pueden confundir. Está lleno de tales adherencias del pueblo de Israel. Algunos textos son de valor religioso inmarcesible; otros, fuera de contexto, son peligrosos e inquietantes. El exterminio de los primogénitos egipcios o la complacencia en pasar a cuchillo a ciertos habitantes de un pueblo pueden resultar perturbadores. El llamado «salmo responsorial», con sus repeticiones, puede degenerar en una cantinela rutinaria.

Otro aspecto discutible es la lectura habitual de la epístola, encomendada a alguno de los fieles. San Pablo, sobre todo, es de notable concisión y densidad intelectual; si no se lo lee muy bien, con las pausas necesarias, no se entiende nada; me gustaría saber cuánto retienen los oyentes de la lectura usual. Las traducciones de los textos de la Misa son con frecuencia problemáticas. Se solía decir: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Era la traducción literal y fiel del latín (pax hominibus bonae voluntatis), muy próxima al griego, en que se habla de eudokía. Ahora se oye: «Paz a los hombres que ama el Señor». ¿De dónde sale? Sospecho que del francés, fuente no demasiado autorizada, como revela su mala sintaxis; en español habría que decir «a quienes ama el Señor». Pero esto es también inaceptable: ¿es que no los ama a todos? En la iglesia oigo con frecuencia decir: «Los hombres que aman al Señor»; esto no se justifica, pero es una reacción del buen sentido de los fieles.

Más grave es la traducción impuesta del texto Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum, sed tantum dic verbo et sanabitur anima mea. Se oye ahora: «Una palabra tuya bastará para sanarme». No es eso: se convierte un imperativo –la súplica del centurión– «di una sola palabra» en un enunciado. ¿Por qué? ¿De dónde ha salido tal dislate? Personalmente lo digo en latín.

Y llegamos al Padrenuestro, alterado hace unos años. Es una oración de tal concisión y perfección, que me parece un fuerte argumento en favor de la divinidad de Cristo, que lo enseñó. El pretexto del cambio ha sido la «unificación» con el uso de Hispanoamérica. Me permito dudarlo: en muchos países se rezaba igual que en España, y se anunció que se iba a cambiar en lo sucesivo. Dado que los españoles enseñaron la oración a los habitantes del Nuevo Mundo, algún valor tiene ese uso; pero además las modificaciones alteran lo que era versión literal del latín y casi literal del único texto originario, el griego, salvo el problemático epioúsion referido al pan. Yo sigo rezando el Padrenuestro en latín o more antiquo.

Un aspecto delicado es el uso de la lengua. La oficial de la Iglesia había sido el griego, y desde hace muchos siglos el latín. En la Misa quedan restos del hebreo (hosanna, amén) pero han desaparecido los del griego, los kyries, sin que se vea motivo suficiente. La traducción de la Misa a las lenguas vivas está plenamente justificada, pero no la casi absoluta eliminación de las Misas en latín. Esta lengua era la «patria común» de los católicos, y se la podía encontrar en cualquier país. Recuerdo una Misa en Nagasaki en que el único no japonés era yo. Y no pude entender una sola palabra. Creo que se deberían conservar algunas Misas latinas, al menos ciertas porciones de ellas, que se omiten en cualquier lengua. ¿Cuántas veces se oye el Canon romano, admirable teológica y literariamente?

Y la justificada traducción a las lenguas vivas podría matizarse. Las hay absolutamente lejos del latín; pero hay lenguas románicas muy próximas; había innumerables fieles que no sabían latín para leer a Horacio, Virgilio o Tácito, pero que seguían muy bien el texto de la Misa, ayudados por una traducción paralela. ¿No se ha perdido algo?

Y, ¿de qué lenguas se trata? En muchos lugares conviven varias: tal vez una lengua común a una nación entera y otras particulares de algunas regiones. Los criterios religiosos interfieren en ocasiones con «adherencias» o preferencias políticas que no deberían imponerse.

Otra cuestión espinosa es la música. Confieso mi preferencia por las Misas en que no se la oye ni se canta. En España, los fieles suelen cantar mal; pero en eso soy tolerante, porque yo lo hacía peor. Lo que no soporto es que en una Iglesia que cuenta con el gregoriano y con la espléndida música del Renacimiento y el Barroco se escuchen canciones ridículas con una música ratonil.

Y una palabra más sobre la predicación. Aquí hay todas las variedades posibles, desde la casi total perfección hasta lo indeseable. Lo decisivo es que sea «religiosa»; que se hable de religión y no de otras cosas, aunque sean interesantes. La interpretación de las lecturas litúrgicas es exigible, y a veces se soslaya para hablar de otras cosas. Hay cuestiones capitales y que afectan a la vida religiosa y moral, que casi siempre se evitan, lo que lleva a una pavorosa incultura y a una desorientación moral que puede ser gravísima. Parece «mala educación» recordar que existe el pecado, que ciertas conductas lo son, que hay responsabilidad y riesgo de castigo. En los funerales suele darse por supuesto que el difunto era un santo y está sin duda en el cielo.

Hay algunos sacerdotes que tienen una incontenible propensión a hablar durante la celebración de la Misa. Anuncian lo que van a decir –en vez de decirlo sin más–; comentan lo que han dicho, diluyendo su efecto; añaden, fuera de la homilía, consideraciones que pueden ser discretas pero son superfluas. Al mismo tiempo, se echa de menos la lectura de textos litúrgicos que pueden ser inapreciables.

La omisión de tres palabras en la petición de que Dios nos libre de todos los males –se añadía: «Pasados, presentes y futuros»– me parece una pérdida innecesaria. Era consolador pedir a Dios que nos libre de los males pasados; ni Dios mismo puede hacer que no hayan pasado; pero sí que sean males.

Espero que se perdone mi irreverencia, acaso mi impertinencia; pero es lícito aspirar a la perfección en la medida de lo posible.

«Más allá de la liturgia»

Autor: Julián Marías. Fuente: ABC, 13 de agosto de 1998.

Mi reciente artículo «Quejas litúrgicas de un consumidor», tan modesto, con tan escasa autoridad como absoluta sinceridad, me ha proporcionado una sorpresa que tengo que calificar de agradecida. He recibido, de palabra y por escrito, tantos testimonios de interés, comprensión y abrumadora aprobación, que me impiden responder personalmente, como era mi intención. Pido aquí que se disculpe lo que podría parecer indiferencia o descortesía.

Lo más interesante es que ese mínimo artículo ha despertado una atención que se hubiera creído inverosímil. ¿Resultará que la religión importa más de lo que parece, más de lo que dicen algunos de los que más se expresan, más de lo que ellos y otros quisieran?

Añádase a esto que no se trataba del fondo de graves cuestiones –que he tratado ciertamente en libros y cursos–, sino de menudos detalles de la liturgia, de maneras frecuentes de celebrar los actos religiosos. Por lo visto, hay una aguda sensibilidad para el decoro literario o musical, para la fidelidad de la expresión, para la dignidad que debe acompañar a lo religioso.

El descuido, la imprecisión, las modas injustificadas –acabo de comprobarlo– inquietan o irritan a muchas personas, que oscilan entre la sencillez y la más profunda cultura. Siempre he creído que la religión, al menos la cristiana, es para todos, no para filósofos, teólogos o poetas, y que a todos ellos hay que tener en cuenta, sin espantar con pedantería a los más sencillos, sin ahuyentar con vulgaridad a los capaces de desear y apreciar lo mejor.

Todavía tengo que decir algo más. En los últimos días he oído algunas Misas irreprochables, llenas de acierto, dignidad y esmero –porque no se les puede reprochar que sigan algunos usos «establecidos» y que de momento no están en las manos del oficiante–. Incluso en algún caso he podido escuchar algunos de los textos litúrgicos admirables que no oía desde hace bastantes años.

La liturgia tiene mucha importancia. Solía decir cuando era muy joven –hace demasiado tiempo– que era «el espíritu en conserva». Por medio de ella penetra el sentido de la religión en las mentes y en las almas –«alma, palabra gastada», decía Manuel Machado–; llena de problemas pero preciosa y que no se puede arrinconar.

A veces, las expresiones que se usan son inquietantes y peligrosas. En ocasiones proceden de un afán de innovación; la vida humana lo es, qué duda cabe; pero hay que ver en qué consiste. Lo que dura largo tiempo –bien lo sabía Aristóteles– tiene mucho en su favor. Expresiones tradicionales, que se han oído y dicho durante siglos, que se identifican con sus contenidos en lo que se llama memoria histórica, que han adquirido una pátina y un aroma semejante al de un viejo vino, dicen mucho y no hay por qué cambiarlas. Una dosis de arcaísmo no estorba; por lo visto, a aquéllos que conservan el arcaísmo en el pensamiento, que no se enteran de los prodigiosos avances que en nuestro tiempo se han alcanzado, precisamente para comprender el cristianismo.

En el Credo, por fortuna se ha vuelto al singular: «Creo en Dios Padre» y todo lo que sigue, frente al plural que estuvo de moda unos cuantos años. No se trata de una «creencia social», sino de un acto de fe personal. Pero se dice de Cristo, del Hijo, «de la misma naturaleza que el Padre», lo que en otros tiempos habría parecido herejía, ya que se distinguen dos naturalezas, divina y humana. El griego es homooúsios, el latín consubstantialem Patri. ¿No se puede entender «consustancial» o «de la misma sustancia»? En fin, doctores tiene la Iglesia, y en la práctica no es grave.

Más me perturba que el comienzo del evangelio de San Juan (En arkhè ên ho Lógos, en latín In principio erat Verbum) se traduzca con frecuencia «En el principio era la Palabra». Ciertamente lógos significa palabra; pero entre otras muchas cosas, entre ellas nada menos que razón. La palabra «verbo» estaba cargada de lo que podríamos llamar una aureola semántica que permitía entender. Cuesta trabajo –y es arbitrario– identificar a Cristo con la voz «palabra».

¿Y la Encarnación? Verbum caro factum est et habitabit in nobis (muy cerca del griego originario de que disponemos cuando no intentamos inventar). Se oye muchas veces: «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros». Además de la «palabra», «acampó». ¿Es así? Jesús nació en Belén, recorrió diversos lugares, incluso fue llevado a Egipto, residió más de tres decenios en casas, caminos, ciudades, con familia, amigos, discípulos. ¿Es eso lo que se entiende por «acampar»? Es una vida entera, aunque breve, en el mundo, entre nosotros. Con prodigioso acierto antropológico, el texto antepone el «hacerse carne» –lo que yo llamo la instalación corpórea– al habitar en el mundo –la instalación mundana–. Uno de los argumentos más fuertes a favor de la revelación, de la inspiración divina de estos textos es su perfección, más asombrosa cuanto más de cerca se los mira.

No es buena la situación de la religión cristiana en el mundo actual –no lo ha sido en casi ninguno de los pasados–. Ahora despierta una densa hostilidad organizada –es lo propio de la época– en amplias fracciones de la sociedad, especialmente entre los que tienen eficaces medios de comunicación. Parece aconsejable no colaborar con ellos «desde dentro».

Estoy persuadido de que el pensamiento filosófico de nuestro siglo –quiero decir el que merece llamarse pensamiento y no es una supervivencia, diríamos una «superstición»– es el mejor instrumento intelectual para entender el Cristianismo. He dicho que si algo podría llamarse «filosofía cristiana» sería acaso la del siglo XXI, más que la del XIII.

Pero hay algo más elemental y más eficaz, porque afecta a todos, y es la manera sencilla, inmediata de presentar la religión y vivirla. Nada justifica que esto no se haga «lo mejor posible». ¿Es mucho pedir? Si se hiciera, confío en que al cabo de algún tiempo se tomara la religión con respeto, con estimación, se avanzara en ella hasta sus profundidades, que la mayoría de nuestros contemporáneos ni sospechan.

Cristo no habló para teólogos, filósofos o científicos; y, por supuesto, no para pedantes que saben «dos onzas», como dice Cervantes, de alguna lengua, o de física, o de paleontología. El sermón de la Montaña fue pronunciado ante hombres y mujeres sencillos, en su mayoría analfabetos, y estoy seguro de que lo entendieron muy bien.

Me atrevo a imaginar que se caiga en la cuenta de estas cosas, tan elementales que casi da vergüenza decirlas, y se vuelva a tener familiaridad con lo que hasta hace poco llegaba a la mente de cualquier niño de una escuela europea o americana, y que de paso le proporcionaba una visión del mundo que se echa de menos en los universitarios, sin excluir a muchos de los profesores.

***

15 jul 2008

El Padre de toda misericordia cura las heridas del aborto




Encíclica del Sumo Pontífice Juan Pablo II (25-III-1995)

«Una reflexión especial quisiera tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto. La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto.

Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia Os espera para ofreceros Su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor.

Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado eventualmente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atención hacia quien está más necesitado de cercanía, seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre».





«Curar las heridas: los Rachel Groups»
Discurso del Cardenal John O’Connor, Arzobispo de Nueva York, Miembro del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios (15-VII-1999)

«Actualmente en los Estados Unidos, a partir de la infame norma establecida por la Corte Suprema Roe v. Wade, de 1973, cada año son eliminados aproximadamente 1’500,000 niños no nacidos. El cálculo total a partir de 1973 es de más de 30’000,000 de niños. La potencia destructora de cada aborto no permite el cálculo en términos de vidas humanas del gran número de madres, padres, hermanos, abortistas y sus asistentes implicados. Solamente muere el niño. La madre y los demás a menudo viven o tratan de vivir debatiéndose entre sentidos de culpa, tormentos, modelos normales de comportamiento transformados en su contrario. Algunos, creyéndose excluidos para siempre de la redención, entran en un círculo vicioso hecho de promiscuidad, embarazos, abortos, y abandono de la fe; si son católicos, no van a la Misa y no reciben los Sacramentos, pues se creen indignos del perdón que se les ha proporcionado en el confesionario.

Reconociendo que muchos abortos son el resultado del temor, de la pobreza, o de la incapacidad de encontrar ayuda, el 15 de octubre de 1984, en la Archidiócesis de Nueva York he anunciado que toda mujer de cualquier raza o religión, proveniente de cualquier país, encontrándose en espera de un niño podía venir a mí: le habríamos asegurado cuidados médicos gratuitos, hospitalización y asistencia legal, además que aconsejarla y ayudarla a tener al niño o permitir que sea adoptado. He repetido este ofrecimiento muchas veces. Miles de mujeres han respondido; sus niños han sido salvados, sus mismas vidas han quedado relativamente íntegras.

Pero este esfuerzo para prevenir los abortos obviamente no es retroactivo. Para los que ya han sufrido a causa de un aborto nosotros ofrecemos el Project Rachel, nombre tomado del texto del Evangelio: «Raquel llora a sus hijos, y no se quiere consolar, pues ya no existen» (Mt 2, 18). Ellos tienen una profunda necesidad de cuidados.

Desde que el Project Rachel opera en muchas diócesis de los Estados Unidos, miles y miles de mujeres, y a menudo también los que son responsables de sus embarazos y de sus abortos, han encontrado la paz - a menudo ese tipo de paz espiritual que nunca habían experimentado antes. Asimismo, ciertamente es casi seguro que ellos no volverán a caer en el futuro.

En el contexto de las Sagradas Escrituras, de la oración, del testimonio personal y de la confesión sacramental, las personas experimentan la recuperación psicológica y espiritual con Dios, con la Iglesia y consigo mismas. Este programa ha demostrado ser un testimonio real del poder curativo de Cristo y sirve también como fuente de evangelización para quienes han abandonado a la Iglesia después del aborto.

El problema de cada aborto es que incide profunda e inevitablemente en una persona, que no entra en un esquema o en una categoría. Si de alguna manera ella ha tenido una chispa de fe, de convicción religiosa y de educación moral, se siente apesadumbrada por el sentido de culpa, una culpa que puede ser empujada hacia las profundidades del inconsciente por una fuerza cualquiera, pero que se convierte en un cáncer del alma.

La madre que ha recurrido al aborto, por cualquier motivo o porque estaba desorientada o sometida a presión, tiene una gran necesidad de convencerse, más que cualquier otro en el mundo, que ha sido perdonada, no por un consultor o por sí misma, sino por Dios.

Estas madres deben creer que no obstante ello Dios las ama incluso, en un sentido profundamente misterioso, también en razón de su debilidad.

Ellas deben verse junto con María a los pies de la Cruz, uniendo la crucifixión del propio hijo con la del Hijo de María.


Ellas deben saber que habiendo compartido esta crucifixión, comparten Su perdón y que es a cada una de ellas que Él habla cuando grita al Padre: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen».



Deben saber que es a cada una de ellas que Él ha prometido desde la Cruz: «Hoy mismo estarás Conmigo en el Paraíso».
.
Es esta la esperanza, el objetivo luminoso, la oración ardiente del Project Rachel».

***

4 jul 2008

Pseudo-Orders of Chivalry


“L’Osservatore Romano” of 15-16 April 1935:

«For some time there has been intense activity to revive and introduce in Italy the Military Hospitaller Order of Saint Lazarus, Boigny branch, with both offers of honours of the Order for knights and dames, and with articles aimed at supporting the existence of the Order as a French branch of the ancient Order of Saint Lazarus of Jerusalem, the Italian branch of which was joined to the Order of Saint Maurice in 1572.

As the Order of Saint Lazarus of Boigny is not only not recognised in Italy but was also definitively abolished, at least since 1608, by Pope Paul V and by King Henry IV, the above mentioned activity is to be considered illegal and therefore, necessary instructions have been given that the activity be stopped and, where necessary, legal action be taken against those responsible.

We have on many occasions noted the increase of pseudo-Orders of Chivalry, both in Italy and elsewhere.

Whatever the denomination of these soi-disant Orders (St. George of Miolans or of Belgium, St. Mary of Nazareth, St. Mary of Bethlehem, St. Lazarus, and others), they are always revivals of completely extinct ancient Orders of Chivalry by private individuals who carry out intense activity acting on the good faith of those who are unable to judge these initiatives which completely lack any legality.

The phenomenon is even more serious considering that these initiatives, which are cleverly placed under historical religious institutions, are seen by most people, not as private bodies, which they in fact are, by as coming under aegis of the Church and the Holy See.

It is not generally known that ancient Orders of Chivalry were real religious Orders, coming, as other religious Orders, under Ecclesiastical Authority, Orders which consisted of professed members who emitted sacred vows as laid down by Rules and who enjoyed the ecclesiastical benefices with which they were invested.

Yet these ancient Orders have nothing in common, except for their title (when this has been preserved) with modern Equestrian decorations which, as they have undergone a complete juridical revision, exist because a Sovereign of Head of State, within the limits of their jurisdictions, has legitimised them.

The Order of St. Lazarus has none of all this. For the Holy See no such Order under such a denomination has existed canonically for centuries. The Holy See had, in fact, abolished the Order and incorporated it in the Order of St. John (the present Order of Malta) in the 15th Century, then in the 16th century, after a temporary partial resurrection, it was abolished as a body and incorporated in the Order of St. Maurice (1572), thus forming the Order of Saints Maurice and Lazarus.

Because of the then fierce political situation in France, despite the definitive rulings of the Holy See, the Priory of Boigny, with relative ecclesiastical benefices, was able to survive exclusively through royal and civil decrees.

As can be seen, it was everything but canonical and regular for a religious, albeit chivalrous, Order…! However, in order to eliminate the continual difficulties arising from the order, in 1608, King Henry IV of France, obtained from Pope Paul V recognition of the new Order of Our Lady of Mount Carmel, and attributed this new Order with the property, houses and people who, in his realms, had belonged to the Order of St. Lazarus.

Thus, in France, until the revolution, there existed an Order of Chivalry called of Our Lady of Mount Carmel and of St. Lazarus, while for the Holy See and the Roman Curia it was simply the Order of Our Lady of Mount Carmel.

Everyone will see on what shaky ground the house of the purported Order of St. Lazarus, the subject of the above mentioned communication, was built, and how the titles of knight, commander (for lay members) and monsignor (for ecclesiastical members) completely lack any foundation or reality in exactly the same way as other so-called Orders».

“L’Osservatore Romano” of 21 March 1952:

«For some time one has been able to observe the deplorable phenomenon of the appearance of alleged Orders of Knighthood based on private initiative and aimed at taking the place of legitimate knightly honours.


As we have pointed out in the past, these self-styled Orders take their names from Orders which have really existed but have been extinct for centuries or from Orders which never got past the planning stage, and from completely false Orders with no historic precedent whatsoever.

To further confuse those who are unaware of the true history of Orders of Chivalry and their juridical condition, these self-styled autonomous private initiatives, are qualified by appellations, which had cause to exist in the past, or which belonged to authentic Orders, approved at the time by the Holy See.

Thus, with almost monotonous terminology, these so-called Orders describe themselves, with varying degrees, with such titles as: Sacred, Military, Equestrian, Chivalric, Constantinian, Capitular, Sovereign, Nobiliary, Religious, Celestial, Angelical, Lascaris, Imperial, Royal, Delcassian, etc.

Included in these private initiatives, which have in no way whatsoever received approval or recognition by the Holy See are the following self-styled Orders: St. Mary or Our Lady of Bethlehem; St. John of Acre, also called simply St. John Baptist; St. Thomas; St. Lazarus; St. George of Burgundy, also called of Belgium or of Miolans; St. George of Carinthia; Constantinian of St. Stephen; Constantinian Lascaris Angelical Order of the Golden Militia; the Crown of Thorns; the Lion of the Black Cross; St. Hubert of Lorraine, or of Bar; the Concord; Our Lady of Peace... (to these and similar Orders of Chivalry with the more or less international Gold, Silver and Blue Cross Associations etc., must be added, with one of other of the above mentioned appellations, those that have taken the titles: of Mercy; of St. Bridget of Sweden; of St. Rita of Cascia; of the Legion of Honour of the Immaculate; of St. George of Antioch; of St. Michael; of St. Mark; of St. Sebastian; of St. William; of the historical but extinct Order of the Temple; of the Red Eagle; of St. Cyril of Jerusalem etc.).

In order to avoid misunderstandings which are unfortunately possible, also because of the abuse of pontifical and ecclesiastical documents, once granted for religious purposes or for merely monastic Orders, and to put an end to the continuation of such abuses, causing harm to those people in good faith, we are authorised to declare that the Holy See does not recognise the value of the diplomas and insignia conferred by the above mentioned alleged Orders».

“L’Osservatore Romano” of 14-15 December 1970, number 289 p. 2:

«Clarification. The Secretariat of State, following frequent enquiries regarding the validity of ‘honours and distinction’ granted by Bodies styling themselves ‘Chivalric Orders’ considers it opportune to renew the definitions contained in the Communication issued on the 9th April 1970.

Following a solemn investiture of new Knights of the Chivalric Order of ‘St. Bridget of Sweden’ carried out recently in a Parish Church in Rome, several inquiries have reached us for information regarding the attitude of the Holy See vis-à-vis Chivalric Orders bearing the Sacred Dedication of Names of Saints.

We are now in a position to confirm what had already been published on the subject in our paper; viz: The Holy See, besides its own Chivalric Orders, recognised by International Law, considers as Catholic Orders - and adopts as same - only the following two Chivalric Orders, viz: The Sovereign Military Order of St. John of Jerusalem, known as the Order of Malta, and the Equestrian Order of the Holy Sepulchre of Jerusalem.

All the other Orders, whether newly instituted or made to derive from the Medieval Orders, as, for example, the above mentioned ‘Order of St. Bridget’, that of ‘Our Lady of Bethlehem’ and of ‘St. John of Acre’, etc. are not recognised by the Holy See, as the Holy See is in no position to guarantee their historical and juridical legitimacy, their scope or their organisational systems».

“L’Osservatore Romano” of 4 July 2002:

«Clarification: Many letters have been received concerning the attitude of the Holy See toward the knightly orders which were dedicated to Saints or were created Sacred.

Further to this we have been authorised to confirm in this journal what has been written previously: the Holy See, besides its own knightly orders, recognises and protects only two chivalric orders: the Sovereign Military Order of Malta - also known as the Sovereign Military Hospitaller Order of Saint John of Jerusalem, of Rhodes and of Malta - and the Equestrian Order of the Holy Sepulchre of Jerusalem».

Holy See’s clarification concerning ‘The Sovereign Military Order of St. John of Jerusalem’ in “L’Osservatore Romano” of 1st December 1976:

«... Enquiries have been received from various parties asking for further information regarding The Sovereign Military Order of St. John of Jerusalem and in particular regarding how the Holy See considers this Order.

‘We are authorised to repeat the clarifications previously published in “L’Osservatore Romano”.

The Holy See, in addition to its own equestrian Orders recognises only two Orders of Knighthood: The Sovereign Military Order of St. John of Jerusalem and the Equestrian Order of the Holy Sepulchre of Jerusalem.

No other Order, whether it be newly instituted or derived from a medieval Order having the same name, enjoys such recognition, as the Holy See is not in a position to guarantee their historical and juridical legitimacy, their scope or their organisational systems.

This is also the case regarding the above mentioned Sovereign Order of St. John of Jerusalem which assumes, in an almost identical form and in such a way as to cause ambiguity, the name of the Sovereign Military Order of Malta».

***

27 jun 2008

El bueno muere. Los malos se salvan



El bueno muere. Los malos se salvan
Y luego dicen que la Misa no es actual

Autor: Paco Segarra.

Fecha: 27/06/1996

Descripción: Un póster que promueve la actualidad de la historia que encontramos en el Evangelio.

Contacta: http://www.fundacionkolbe.org/


.