La batalla de
Las Navas de Tolosa y la unidad de los Reinos hispánicos
Núcleo de la Lealtad tiene el honor de publicar la presentación de la
conferencia coloquio "La batalla
de Las Navas de Tolosa y la unidad de los Reinos hispánicos" que en sede de la Asociación hermana Memoria Navas de Tolosa, ofreciera don Víctor Javier Ibáñez el pasado sábado día 7 de julio de 2012
Autoridades, estimados amigos.
Damos comienzo al primero de los coloquios que se
desarrollarán a lo largo de esta jornada abordando el hecho de la unidad de los
Reinos hispánicos en la batalla de Las Navas de Tolosa.
Hay por ahí individuos que incluso ocupan escaños en el
congreso y el senado, y por tanto los mantenemos todos los españoles, que
afirman que España no es una nación. Sin embargo la batalla de Las Navas de
Tolosa es un ejemplo más de cómo hace 800 años existía la conciencia nacional
española, pese a la fragmentación de Hispania en diversos Reinos cristianos
tras la invasión mahometana. Todos esos Reinos se llamaban a sí mismos
Regnum Hispaniae. España es una de las
naciones más antiguas del planeta, como pusieron de manifiesto entre otros
estudiosos como José Antonio Maravall en su excelente ensayo
“El concepto de España en la Edad Media”, Claudio Sánchez Albornoz o más recientemente la Real
Academia de Historia en su trabajo conjunto
“España como Nación”.
La Hispania visigótica era unidad política y religiosa
independiente desde el III Concilio de Toledo, producto de una sublimación de
los elementos íberos y celtas por Roma que se había conformado espiritualmente
en otra síntesis de helenismo, romanidad y catolicismo que es la que llamamos
«cultura isidoriana» y la que explica la exaltación del santo sevillano cuando
compone su «laudes Hispaniae» y trata de justificar, en su Crónica, la misión
que Dios le ha encomendado.
Esa España preexistente, fue conquistada por los
mahometanos, en la primera mitad del siglo VIII. Un anónimo cronista mozárabe
definió ese episodio como la «pérdida de España». Dicha conciencia no se
refería solamente a la estructura política del Reino visigodo –los cronistas
insistirán en el mal comportamiento de aquellos monarcas para explicar lo que
era un verdadero castigo de Dios– sino a algo más profundo: a la síntesis
espiritual isidoriana que se conforma como elemento catalizador de una cultura,
civilización e identidad determinada: la hispánica. Por eso la memoria de San
Isidoro se invoca continuamente y los cronistas medievales utilizaron su
Crónica continuándola para relatar lo que venía detrás, pero sin modificar ni
un ápice su conciencia. Cuando sea posible, un monarca leonés, Fernando I,
solicitará el traslado a León de los restos de Isidoro para unir de este modo
con fuertes eslabones la cadena.
Eso es «reconquista», nombre nada superfluo. Había que
recobrar el patrimonio de romanidad y catolicismo, junto con la conciencia de
una dignidad humana que es acorde con la herencia helénica. Muy pronto, desde
el siglo IX, el hallazgo de la tumba de Jacobo, devolvería a esa Hispania en
trance de restitución, la conciencia de una misión muy especial. Un Jacobo
transformado además en campeón guerrero, alimentando el valor de los
cristianos. Así vivieron los españoles durante siglos, apegados a la tierra,
queriéndola como saben quererla los hombres de armas. La épica española y su
derivación historiográfica, moldearon así una conciencia nacional que está
fuertemente penetrada de realismo. Pere Tomich, historiador catalán del siglo XV
señala sobre la reconquista "Perderem, oh dolor, la Espanya ... les Comtes
e Reys ab lurs inmortals virtuts la recobraran". ("Perderemos, ¡oh,
dolor!, España ... los Condes y Reyes, con sus inmortales virtudes, la
recobrarán").
Crecimiento, pues, de una conciencia de libertad que es
resultado de esa defensa y de esa restauración.
Por razones militares, la Reconquista, que comenzó siendo
defensa frente a un poder más fuerte, impuso una diversificación de potestades
que desembocaron en estructuras políticas con algunas peculiaridades sociales y
jurídicas, sin que en ningún momento se perdiera de vista la pertenencia a un conjunto
unitario. El retorno a la unidad política era contemplado como algo necesario,
superior.
Los cinco Reyes, que retuvieron en exclusiva este título
consideraban su soberanía como algo que compartían al estar dotada de un origen
común: la vieja Hispania latino-goda. De modo que entendían como un derecho y
casi como una obligación, intervenir en los asuntos de sus Reinos vecinos y
hermanos. De ahí la falta de compartimentación. No parecía extraño que nobles
tuvieran señoríos en más de un Reino simultáneamente o que un Rey de Navarra
pudiera ser duque de Peñafiel. Juan I de Castilla pediría a su suegro Pedro IV
un ejemplar de sus importantes Leyes Palatinas para poder adaptarlas en sus
dominios, y Las Partidas de Alfonso X el Sabio fueron usadas como doctrina
jurídica unitaria en todos los Reinos hispánicos. En resumen la españolidad
formaba una naturaleza compartida y esto es lo que, en 1414, reconoce el
Concilio de Constanza. En él, todos los españoles formulaban, tras los
oportunos debates internos, un sólo voto.
La batalla de Las Navas es uno de los episodios más
importantes de esa conciencia unitaria hispánica. La desunión explicó la
tremenda tragedia de la derrota de Alarcos. Sin embargo la unión en Las Navas
determinó la victoria. Aún habría que pulir algunos flecos, que dieron como
resultado la no participación del Rey de León, aunque sí de la presencia de
doscientos Caballeros leoneses, incluidos gallegos y asturianos. También
estaban los portugueses, pues como señalaba el gran poeta portugués Almeida
Garret
“Somos Hispanos, e devemos chamar Hispanos a quantos habitamos a
peninsula hispánica”. El eximio polígrafo extremeño
Francisco Elías de Tejada
afirmaba que “en los cuatro primeros siglos de la vida portuguesa el Reino
portugués es uno de los Reinos hispánicos, lo mismo que Castilla, Aragón o
Navarra y los portugueses se apellidan españoles. Es inútil aportar citas
probatorias, porque la actitud es unánime”.
En este coloquio afrontaremos la batalla desde las
singularidades y la unidad de cada uno de los Reinos hispánicos, desde el firme
espíritu de comunidad que les llevó a acometer una magna empresa de enormes
beneficios para España y la Cristiandad, que supuso la reconquista de nuestra
libertad, identidad e independencia.
[Palabras finales de
la intervención]
"Cuando atendiendo a nuestra identidad y realidad
común hemos estado unidos hemos conseguido las mayores gestas de la historia de
la humanidad. Cuando hemos inventado historias para separarnos, exacerbado
particularidades y haciéndolas algo excluyente cuando deberían pertenecer al
patrimonio común de todos los españoles, entonces hemos sido débiles y ha
triunfado la miseria moral de un separatismo cainita que prefiere ser
mahometano antes que español".
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