jueves, 6 de agosto de 2015

SAN PÍO X, Carta Encíclica ‘Lacrimabili statu’ [7 Jun. 1912]: AAS 004 [1912] 521-525 [español-latine]



SAN PÍO X, Carta Encíclica ‘Lacrimabili statu’ [7 Jun. 1912]: AAS 004 [1912] 521-525 [español-latine]

[ESPAÑOL] S. Pío X, Carta Encíclica ‘Lacrimabili statu’ [7 Jun. 1912]

CARTA ENCÍCLICA

A LOS ARZOBISPOS Y OBISPOS DE AMÉRICA LATINA, PARA PONER REMEDIO A LA MISERABLE CONDICIÓN DE LOS INDIOS

PÍO PP. X

VENERABLES HERMANOS SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA

Vehementemente conmovido por el penoso estado de los indios de la América inferior, Nuestro ilustre antecesor, Benedicto XIV, trató su causa con gran preocupación, como bien lo sabéis, en su Carta Immensa Pastorum aparecida el día 22 del mes de diciembre del año 1741, y como casi lo mismo que él lamentó en aquella carta también Nosotros debemos deplorarlo en muchos lugares, llamamos ahora solícitamente vuestra atención hacia la misma. En ella se queja entre otras cosas de que, aun cuando la Sede apostólica mucho tiempo hace que se preocupa de aliviar la afligida situación de aquéllos, no obstante existen aún

«cristianos que como si hubieren olvidado totalmente el sentido de la caridad derramada por el Espíritu Santo en nuestros corazones, a los pobres indios no sólo carentes de la luz de la Fe, sino también a los limpios por el bautismo, los reducen a la esclavitud, los venden como esclavos, los privan de sus bienes, y realizan con los mismos tales obras de inhumanidad que los apartan principalmente de abrazar la fe de Cristo, y sobre todo hacen que se obstinen en su odio para la misma».

De todas estas cosas indignas, empero, aquella que es la peor, o sea la esclavitud propiamente dicha, poco después, por obra de Dios misericordioso, ha sido abolida totalmente; y para su abolición pública en el Brasil y en otras regiones mucho contribuyó la maternal instancia de la Iglesia ante hombres esclarecidos que gobernaban esas Repúblicas. Y de buena gana confesamos que, si no lo hubiesen impedido muchos y grandes obstáculos, las resoluciones de aquéllos hubiesen tenido muchísimo mayor éxito. Sin embargo, aun cuando algo se ha hecho en favor de los indios, no obstante es mucho lo que resta por hacer. En verdad cuando examinamos los crímenes y las maldades, que aún ahora suelen cometerse con ellos, ciertamente quedamos horrorizados y profundamente conmovidos. Pues ¿qué puede haber de más y de más cruel y de más bárbaro, que el matar los hombres a azotes, o con láminas de hierro ardientes, por causas levísimas a veces o por el mero placer de ejercitar su crueldad, o impulsados por súbita violencia conducir a la matanza de una vez cientos y miles, o devastar pueblos y aldeas para realizar matanzas de indígenas; de lo cual hemos recibido noticia que en estos pocos años han sido destruidas casi totalmente algunas tribus? Para excitar de tal manera los ánimos influye en alto grado el inmoderado deseo de lucro; pero no menos también el clima y la situación de esos lugares. Así pues, estando aquellas regiones sujetas a un clima ardiente, que penetra hasta lo más íntimo del ser, y destruye la fortaleza de los nervios, estando alejados de la Religión, de la vigilancia de los que gobiernan y casi puede decirse, de la misma sociedad, fácilmente ocurre que, si los que si hasta allí han llegado no tenían aún depravadas sus costumbres, en breve tiempo comiencen a tenerlas, y por lo tanto, quebradas las barreras del deber y del derecho, se entreguen a todas las depravaciones de los vicios. Ni tampoco se perdona por estos el sexo ni la debilidad de la edad: avergüenza realmente referir la infamia y los crímenes de aquellos en comprar y vender a las mujeres y a los niños; siendo realmente sobrepasados por ellos los peores ejemplos de salvajismo.

En realidad Nosotros, al recibir algunas veces rumores de estas cosas, pusimos en duda la certeza de hechos tan atroces, ya que parecían increíbles. Pero, habiendo llegado a la certeza por medio de testigos muy seguros, esto es, por medio de muchos de vosotros, venerables Hermanos, por los Delegados de la Sede apostólica, por los misioneros y por otras personas de entera fe, ya no Nos es lícito tener ninguna duda de la veracidad de estos hechos.

Por lo tanto, es el momento de que movidos por esta preocupación intentemos poner término a tanto mal, suplicando humildemente a Dios, quiera mostrarnos benignamente algún camino para poner remedio oportuno a esto. Él, pues, que es el Creador y el Redentor amantísimo de todos los hombres, como Nos inspirara el trabajar a favor de los indios, ciertamente Nos inspirará aquello que mejor se acomode a Nuestro propósito. Entre tanto mucho Nos consuela, el que aquellos que gobiernan esas Repúblicas, intenten en todas formas arrojar esa ignominia y mancha de sus dominios; por cuya preocupación mucho podemos alabarlos y aprobarlos. Aunque ciertamente en aquellas regiones, como están muy alejadas de las sedes del poder y muchísimas veces inaccesibles, estos intentos de la potestad civil, llenos de humanidad, ya sea por la astucia de los malhechores, que rápidamente pasan los límites, o ya por la inercia y perfidia de los administradores, a menudo tiene poco efecto, y no raramente también cae en la nada. Por lo cual, si a la labor del Gobierno se uniese la de la Iglesia, entonces ciertamente se obtendrían muchísimo mejores frutos.

Por lo tanto, antes que a nadie, apelamos a vosotros, venerables Hermanos, a fin de que aportéis cuidados y resoluciones peculiares a esta causa, que pertenece a lo más digno de vuestro pastoral oficio y cargo. Y dejando de lado las demás cosas de vuestra solicitud e industria, os exhortamos encarecidamente ante todo, que todas aquellas cosas que en vuestras diócesis están instituidas para el bien de los indios, la promováis con toda vuestra preocupación, y al mismo tiempo cuidéis de instituir aquellas otras que parezcan necesarias a la misma causa. De aquí que aconsejaréis con toda diligencia a vuestros pueblos acerca de su propio oficio de ayudar a las sagradas expediciones a los indios, que habitan primeramente ese suelo americano. Sepan por lo tanto que deben ayudar en esto principalmente con una doble acción: por la limosna y por la oración, y que esto lo hagan no sólo por la Religión, sino porque lo exige la Patria misma. Vosotros empero, en todos aquellos lugares de educación, como puede ser, en los Seminarios, en los colegios, en los internados de niñas, principalmente religiosos, haced que no cese en ningún momento ni el consejo ni la predicación de la caridad cristiana, que obliga a todos los hombres, sin distinción de nacionalidad ni de color, como hermanos, hijos de un mismo Padre; la cual debe probarse no sólo con palabras sino con hechos. Igualmente, no debe dejarse de lado ninguna ocasión de demostrar, siempre que se ofrezca, cuan indecorosos son para el nombre de cristiano estos hechos indignos, que denunciamos.

En cuanto a lo que a Nosotros respecta, teniendo no sin causa una gran esperanza del consentimiento y el favor de las potestades públicas, tomamos principalmente el cuidado para que podamos aumentar el campo de la acción apostólica, en estas inmensas latitudes, el disponer de otras puertas misionales, en las cuales los indios encuentren un refugio y un amparo para su salud. La Iglesia católica nunca fue estéril en hombres apostólicos, quienes urgidos por la caridad de Jesucristo estuvieron prontos y preparados aún para dar su propia vida por sus hermanos. Y hoy, cuando tantos odian la Fe, o la dejan, el ardor por diseminar el Evangelio entre los salvajes no sólo no ha decrecido entre los hombres de todo el clero y de las religiones, sino que crece y aún más se difunde, por virtud principalmente del Espíritu Santo, el cual protege en las cosas temporales a la Iglesia, su esposa. Por lo cual estas ayudas que, por beneficio divino, Nos han sido concedidas, juzgamos necesario usarlas tanto más copiosamente con los indios para librarlos de la esclavitud de Satanás y de los hombres perversos, cuanto más los apremia esa necesidad. Por lo demás, habiendo los predicadores del Evangelio empapado esta parte de la tierra no sólo con sus sudores sino también a veces con su misma sangre, confiamos en el futuro, que de tantos trabajos de cristiana humanidad alguna vez la alegre mies florezca en inmejorables frutos.

Además, para que todo aquello que vosotros, o por vuestra iniciativa o por consejo ejecutéis para utilidad de los indios, tenga la máxima eficacia dimanante de Nuestra apostólica autoridad, Nosotros, recordando el ejemplo de Nuestro Antecesor, condenamos y declaramos reo de inhumano crimen a cualesquiera que, como él mismo dice:

«a los predichos indios pongan en esclavitud, los vendan, los compren, los cambien o regalen, los separen de sus mujeres o de sus hijos, se apoderen de sus cosas o de sus bienes, o de cualquier manera los priven de su libertad reteniéndolos en esclavitud; también a los que para tales cosas dan su consejo, auxilio, favor y acción cualquiera sea el pretexto y cualquiera sea su color a que enseñen o aconsejen que esto es lícito o en alguna otra forma o pretendan cooperar a lo ya dicho».

Por lo tanto queremos que la potestad de absolver de estos crímenes a los penitentes en el fuero sacramental sea reservada a los Ordinarios del lugar.

Siendo conformes a Nuestra paterna voluntad también continuando lo hecho por muchos de Nuestros predecesores, entre los cuales también debe conmemorarse nominalmente a León XIII, de feliz memoria, hemos querido escribiros estas cosas a vosotros, venerables Hermanos, sobre la causa de los Indios. De vosotros empero será el luchar con todas vuestras fuerzas, para que Nuestros deseos se cumplan con todo éxito en estas cosas os habrán de favorecer ciertamente los que gobiernan las Repúblicas; no faltarán tampoco, entregándose con toda actividad al trabajo y al estudio, aquellos que pertenecen al clero, y principalmente los dedicados a las sagradas misiones, y por último están sin ninguna duda todos los buenos, que ya por sus obras, los que pueden, ya por otros oficios de caridad ayudarán a la causa, en la que se unen al mismo tiempo razones en pro de la Religión y de la dignidad humana. Porque realmente al que gobierna se agrega la gracia de Dios omnipotente bajo cuyo auspicio, Nosotros, como testimonio también de Nuestra benevolencia a vosotros, venerables Hermanos, y a vuestra grey impartimos solícitamente Nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a S. Pedro, el 7 de junio de 1912, noveno año de Nuestro Pontificado.

PÍO PP. X.

[LATINE] S. Pius Pp. X, Litterae Encyclicae ‘Lacrimabili statu’ [7 Iun. 1912]: AAS 004 [1912] 521-525


LITTERAE ENCYCLICAE

AD ARCHIEPISCOPOS ET EPISCOPOS AMERICAE LATINAE DE MISERA INDORUM CONDITIONE SUBLEVANDA

PIUS PP. X

VENERABILES FRATRES SALUTEM ET APOSTOLICAM BENEDICTIONEM

Lacrimabili statu Indorum ex inferiori America vehementer commotus, decessor Noster illustris, Benedictus XIV gravissime eorum causam egit, ut nostis, in Litteris Immensa Pastorum, die XXII mensis decembris anno MDCCXLI datis; et quia, quae ille deploravit scribendo, ea fere sunt etiam Nobis multis locis deploranda, idcirco ad earum Litterarum memoriam sollicite Nos animos vestros revocamus. Ibi enim cum alia, tum haec conqueritur Benedictus, etsi diu multumque apostolica Sedes relevandae horum afflictae fortunae studuisset, esse tamen etiamtum

«homines orthodoxae Fidei cultores, qui veluti caritatis in cordibus nostris per Spiritum Sanctum diffusae sensuum penitus obliti, miseros Indos non solum Fidei luce carentes, verum etiam sacro regenerationis lavacro abluios, aut in servitutem redigere, aut veluti mancipia aliis vendere, aut eos bonis privare, eaque inhumanitate cum iisdem agere praesumant, ut ab amplectenda Christi fide potissimum avertantur, et ad odio habendam maximopere obfirmentur».

Harum quidem indignitatum ea quae est pessima, id est servitus proprii nominis, paullatim postea, Dei miserentis munere, de medio pulsa est: ad eamque in Brasilia aliisque regionibuspublice abolendam multum contulit materna Ecclesiae instantia apud egregios viros qui eas Respublicas gubernabant. Ac libenter fatemur nisi multa et magna rerum et locorum impedimenta obstitissent, eorum consilia longe meliores exitus habitura fuisse. Tametsi igitur pro Indis aliquid est actum, tamen multo plus est quod superest. Equidem cum scelera et maleficia reputamus, quae in eos adhuc admitti solent, sane horremus animo summaque calamitosi generis miseratione afficimur. Nam quid tam crudele tamque barbarum, quam levissimas saepe ob causas nec raro ex mera libidine saeviendi, aut flagris homines laminisque ardentibus caedere; aut repentina oppressos vi, ad centenos, ad millenos, una occidione perimere; aut pagos vicosque vastare ad internecionem indigenarum: quorum quidem nonnullas tribus accepimus his paucis annis prope esse deletas? Ad animos adeo efferandos plurimum sane valet cupiditas lucri; sed non paullum quoque valet caeli natura regionumque situs. Etenim, cum subiecta ea loca sint austro aestuoso, qui, languore quodam venis immisso, nervos virtutis tamquam elidit; cumque a consuetudine Religionis, a vigilantia Reipublicae, ab ipsa propemodum civili consortione procul absint, facile fit, ut, si qui non perditis moribus illuc advenerint, brevi tamen depravari incipiant, ac deinceps, effractis officii iurisque repagulis, ad omnes immanitates vitiorum delabantur. Nec vero ab istis sexus aetatisve imbecillitati parcitur: quin imo pudet referre eorum in conquirendis mercandisque feminis et pueris flagitia atque facinora; quibus postrema ethnicae turpitudinis exempla vinci verissime dixeris.

Nos equidem aliquandiu, cum de his rebus rumores afferrentur, dubitavimus tantae atrocitati factorum adiungere fidem: adeo incredibilia videbantur. Sed postquam a locupletissimis testibus, hoc est, a plerisque vestrum, venerabiles Fratres, a Delegatis Sedis apostolicae, a missionalibus aliisque viris fide prorsus dignis certiores facti sumus, iam non licet Nobis hic de rerum veritate ullum habere dubium.

Iam dudum igitur in ea cogitatione defixi, ut, quantum est in Nobis, nitamur tantis mederi malis, prece humili ac supplici petimus a Deo, velit benignus opportunam aliquam demonstrare Nobis viam medendi. Ipse autem, qui Conditor Redemptorque amantissimus est omnium hominum, cum mentem Nobis iniecerit elaborandi pro salute Indorum, tum certo dabit quae proposito conducant. Interim vero illud Nos valde consolatur, quod qui istas Respublicas gerunt, omni ope student insignem hanc ignominiam et maculam a suis Civitatibus depellere: de quo quidem studio laudare eos et probare haud satis possumus. Quamquam in iis regionibus, ut sunt procul ab imperii sedibus remotae ac plerumque inviae, haec, plena humanitatis, conata civilium potestatum, sive ob calliditatem maleficorum qui tempori confinia transeunt, sive ob inertiam atque perfidiam administrorum, saepe parum proficiunt, non raro etiam in irritum cadunt. Quod si ad Reipublicae operam opera Ecclesiae accesserit, tum demum qui optantur fructus, multo exsistent uberiores.

Itaque vos ante alios appellamus, venerabiles Fratres, ut peculiares quasdam curas cogitationesque conferatis in hanc causam, quae vestro dignissima est pastorali officio et munere. Ac cetera permittentes sollicitudini industriaeque vestrae, hoc primum omnium vos impense hortamur, ut quaecumque in vestris dioecesibus instituta sunt Indorum bono, ea perstudiose promoveatis, itemque curetis instituenda quae ad eamdem rem utilia fore videantur. Deinde admonebitis populos vestros diligenter de proprio ipsorum sanctissimo officio adiuvandi sacras expeditiones ad indígenas, qui Americanum istud solum, primi incoluerint. Sciant igitur duplici praesertim ratione se huic rei debere prodesse: collatione stipis et suffragio precum; idque ut faciant non solum Religionem a se, sed Patriam ipsam postulare. Vos autem, ubicumque datur opera conformandis rite moribus, id est, in Seminariis, in ephebeis, in domibus puellaribus maximeque in sacris aedibus efficite, ne unquam commendatio praedicatioque cesset caritatis christianae, quae omnes homines, sine ullo nationis aut coloris discrimine, germanorum fratrum loco habet; quaeque non tam verbis, quam rebus factisque probanda est. Pariter nulla praetermitti debet, quae offeratur, occasio demonstrandi quantum nomini christiano dedecus aspergant hae rerum indignitates, quas hic denunciamus.

Ad Nos quod attinet, bonam habentes non sine causa spem de assensu et favore potestatum publicarum, eam praecipue suscepimus curam, ut, in ista tanta latitudine regionum, apostolicae actionis amplificemus campum, aliis disponendis missionalium stationibus, in quibus Indi perfugium et praesidium salutis inveniant. Ecclesia enim catholica numquam sterilis fuit hominum apostolicorum, qui, urgente Iesu Christi caritate, prompti paratique essent vel vitam ipsam pro fratribus ponere. Hodieque, cum tam multi a Fide vel abhorrent, vel deficiunt, ardort amen disseminandi apud barbaros Evangelii non modo non inter viros utriusque cleri sacrasque virgines remittitur, sed crescitetiam lateque diffunditur, virtute nimirum Spiritus Sancti, qui Ecclesiae, sponsae suae, pro temporibus subvenit. Quare his praesidiis quae, divino beneficio, Nobis praesto sunt, oportere putamus eo copiosius uti ad Indos e Satanae hominumque perversorum servitute liberandos, quo maior eos necessitas premit. Ceterum, cum istam terrarum partem praecones Evangelii suo non solum sudore, sed ipso non numquam cruore imbuerint, futurum confidimus, ut extantis laboribus aliquando christianae humanitatis laeta messis efflorescat in optimos fructus.

Iam, ut ad ea quae vos vel vestra sponte vel hortatu Nostro acturi estis in utilitatem Indorunx, quanta maxima potest, efficacitatis accessio ex apostolica Nostra auctoritate fiat, Nos, memorati Decessoris exemplo, immanis criminis damnamus declaramusque reos, qui cumque, ut idem ait,

«praedictos Indos in servitutem redigere, vendere, emere, commutare vel donare, ab uxoribus et filiis separare, rebus et bonis suis spoliare, ad alia loca dece ducere et transmittere, aut quoquo modo libertate privare, in servitute retinere; nec non praedicta agentibus consilium, auxilium, favorem etoperam quocumque praetextu et quaesito colore praestare, aut id licitum praedicare seu docere, atque alias quomodolibet praemissis cooperari audeant seu praesumant».

Itaque potestatem absolvendi ab his criminibus poenitentes in foro sacramentali Ordinariis locorum reservatam volumus.

Haec Nobis, cum paternae voluntati Nostrae obsequentibus, tum etiam vestigia persequentibus complurium e decessoribus Nostris, in quibus commemorandus quoque est nominatim Leo XIII fel. rec., visum est ad vos, venerabiles Fratres, Indorum causa, scribere. Vestrum autem erit contendere pro viribus, ut votis Nostris cumulate satisfiat. Fauturi certe hac in re vobis sunt, qui Respublicas istas administrant; non deerunt sane, operam studiumque navando, qui de clero sunt, in primisque addicti sacris missionibus; denique aderunt sine dubio omnes boni, ac sive opibus, quipossunt, sive aliis caritatis officiis causam iuvabunt, in qua rationes simul versantur Religionis et humanae dignitatis. Quod vero caput est, aderit Dei omnipotentis gratia; cuius Nos auspicem, itemque benevolentiae Nostrae testem, vobis, venerabiles Fratres, gregibusque vestris apostolicam benedictionem peramanter impertimus.

Datum Romae apud S. Petrum, die VII mensis iunii MCMXII, Pontificatus Nostri anno nono.

PIUS PP. X.


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lunes, 15 de junio de 2015

Dios es extranjero




Dios es extranjero

«… el otro fermento más farisaico todavía es reconocerlo como Mesías, pero adjudicarlo a la ciudad de Nazareth, “que casi lo vio nacer”. Esas adjudicaciones nacionales son muy comunes y naturales y parecería que Cristo no debería echarlas tan a mal. ¡Si las habré oído yo hacer en Italia y en España, países de arraigada fe! Y en la Argentina, país de fe dormilona.

“Dios es criollo”, “Dios es francés”, “Dios es alemán”, “Dios es español”... Parece que le basta a Dios a oír eso para marcharse sin hacer milagros. ¿Qué malicia tan grande habrá en esa cariñosa apropiación de paisanos? Vea ¿no? —como dicen los gauchos. Cristo no dio otra razón más que esa: “No hago milagros aquí porque soy de aquí; hago milagros en el extranjero”.

Dios es extranjero.

Mas yo oigo sin cesar sermones en que se promete la ayuda de Dios, incluso milagrosa, a los naturales de una región por el solo hecho de ser de ella, por la profunda y arraigada fe que siempre ha distinguido a este pueblo, por la santidad de nuestros padres y nuestras gloriosas tradiciones. Éste es inocente fariseísmo.

Y este inocente fariseísmo puede terminar por un atentado contra Cristo. Ya es un atentado hacerlo servir al pobre para sermones vanos, presuntuosos, adulones y vacíos…».

LEONARDO CASTELLANI S.J., ‘Cristo y los fariseos’.

«… vigilad, venerables hermanos, con cuidado contra el abuso creciente, que se manifiesta en palabras y por escrito, de emplear el nombre tres veces santo de Dios como una etiqueta vacía de sentido para un producto más o menos arbitrario de una especulación o aspiración humana; y procurad que tal aberración halle entre vuestros fieles la vigilante repulsa que merece. Nuestro Dios es el Dios personal, trascendente, omnipotente, infinitamente perfecto, único en la trinidad de las personas y trino en la unidad de la esencia divina, creador del universo, señor, rey y último fin de la historia del mundo, el cual no admite, ni puede admitir, otras divinidades junto a sí.

Este Dios ha dado sus mandamientos de manera soberana, mandamientos independientes del tiempo y espacio, de región y raza. Como el sol de Dios brilla indistintamente sobre el género humano, así su ley no reconoce privilegios ni excepciones. Gobernantes y gobernados, coronados y no coronados, grandes y pequeños, ricos y pobres, dependen igualmente de su palabra. De la totalidad de sus derechos de Creador dimana esencialmente su exigencia de una obediencia absoluta por parte de los individuos y de toda la sociedad. Y esta exigencia de una obediencia absoluta se extiende a todas las esferas de la vida, en las que cuestiones de orden moral reclaman la conformidad con la ley divina y, por esto mismo, la armonía de los mudables ordenamientos humanos con el conjunto de los inmutables ordenamientos divinos.

Solamente espíritus superficiales pueden caer en el error de hablar de un Dios nacional, de una religión nacional, y emprender la loca tarea de aprisionar en los límites de un pueblo solo, en la estrechez étnica de una sola raza, a Dios, creador del mundo, rey y legislador de los pueblos, ante cuya grandeza las naciones son ‘[quasi stilla situlae] como gotas de agua en el caldero’ (Is 40, 15)».

PÍO XI, Carta Encíclica ‘Mit brennender Sorge’ (Dominica de Pasión, 14 de marzo de 1937), nn. 13-15.


miércoles, 28 de enero de 2015

Sobre algunos aspectos de la meditación cristiana



12. Con la actual difusión de los métodos orientales de meditación en el mundo cristiano y en las comunidades eclesiales, nos encontramos ante un poderoso intento, no exento de riesgos y errores, de mezclar la meditación cristiana con la no cristiana.

Las propuestas en este sentido son numerosas y más o menos radicales:

– {12.1} algunas utilizan métodos orientales con el único fin de conseguir la preparación psicofísica para una contemplación realmente cristiana;
– {12.2} otras van más allá y buscan originar, con diversas técnicas, experiencias espirituales análogas a las que se mencionan en los escritos de ciertos místicos católicos {véase, por ejemplo, ‘The Cloud of Unknowing’ [«Nubes non-scientiae»] “La nube del no saber”, obra espiritual de un escritor anónimo inglés del siglo XIV};
– {12.3} otras incluso no temen colocar aquel absoluto sin imágenes y conceptos, propio de la teoría budista {el concepto “nirvana” se entiende, en los textos religiosos del budismo, como un estado de quietud que consiste en la anulación de toda realidad concreta por ser transitoria y, precisamente por eso, decepcionante y dolorosa}, en el mismo plano de la majestad de Dios, revelada en Cristo, que se eleva por encima de la realidad finita;
– {12.4} para tal fin, se sirven de una «teología negativa» que trascienda cualquier afirmación que tenga algún contenido sobre Dios, negando que las criaturas del mundo puedan mostrar algún vestigio, ni siquiera mínimo, que remita a la infinitud de Dios.

Por esto, proponen abandonar no sólo la meditación de las obras salvíficas que el Dios de la Antigua y Nueva Alianza ha realizado en la historia, sino también la misma idea de Dios, Uno y Trino, que es Amor, en favor de una inmersión «en el abismo indeterminado de la divinidad».

{El Maestro Eckhart habla de una inmersión ‘in den weiselosen Abgrund der Gottheit, der eine Finsternis ist, in der das Licht der Dreifaltigkeit nie geschienen hat’ [«in indeterminatam Divinitatis abyssum», quae sunt «tenebrae in quibus Trinitatis lux nunquam refulsit»] “en el abismo indeterminado de la divinidad” que es una “tiniebla en la cual la luz de la Trinidad nunca ha resplandecido”. Cf. Sermo “Ave gratia plena”, al final (J. Quint, ‘Deutsche Predigten und Traktate’, Hanser 1955, p. 261)}.

FONS: Congregatio pro Doctrina Fidei, Carta a los obispos de la Iglesia católica ‘Orationis formas’, sobre algunos aspectos de la meditación cristiana – (Epistula ad totius Catholicae Ecclesiae Episcopos de quibusdam rationibus christianae meditationis), 15 de octubre de 1989, n. 12



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domingo, 25 de enero de 2015

Cave canem! Key ‘New Age’ places



«Videte canes, videte malos operarios, videte concisionem! Nos enim sumus circumcisio». Epistula ad Philippenses 3, 2-3 [en] «Beware of the dogs, beware of the evil workers, beware of those who mutilate the flesh (katatom)! For it is we who are the circumcision (peritom)». [sp] «Atención a los perros; atención a los obreros malos; atención a la mutilación (katatomê); pues nosotros somos la circuncisión (peritomê)».

Key ‘New Age’ places

Esalen: a community founded in Big Sur, California, in 1962 by Michael Murphy and Richard Price, whose main aim was to arrive at a self-realisation of being through nudism and visions, as well as “bland medicines”. It has become one of the most important centres of the Human Potential Movement, and has spread ideas about holistic medicine in the worlds of education, politics and economics. This has been done through courses in comparative religion, mythology, mysticism, meditation, psychotherapy, expansion of consciousness and so on. Along with Findhorn, it is seen as a key place in the growth of Aquarian consciousness. The Esalen Soviet-American Institute co-operated with Soviet officials on the Health Promotion Project.


Findhorn: this holistic farming community started by Peter and Eileen Caddy achieved the growth of enormous plants by unorthodox methods. The founding of the Findhorn community in Scotland in 1965 was an important milestone in the movement which bears the label of the ‘New Age’. In fact, Findhorn was seen as embodying its principal ideals of transformation. The quest for a universal consciousness, the goal of harmony with nature, the vision of a transformed world, and the practice of ‘channeling’, all of which have become hallmarks of the ‘New Age’ Movement, were present at Findhorn from its foundation. The success of this community led to its becoming a model for, and/or an inspiration to, other groups, such as Alternatives in London, Esalen in Big Sur, California, and the Open Center and Omega Institute in New York” (cf. John Saliba, ‘Christian Responses to the New Age Movement. A Critical Assessment’, London, [Geoffrey Chapman] 1999, p. 1).


Monte Verità: a utopian community near Ascona in Switzerland. Since the end of the 19th century it was a meeting point for European and American exponents of the counter-culture in the fields of politics, psychology, art and ecology. TheEranos conferences have been held there every year since 1933, gathering some of the great luminaries of the ‘New Age’. The yearbooks make clear the intention to create an integrated world religion (cf. M. Fuss, “New Age and Europe – A Challenge for Theology”, in ‘Mission Studies’ Vol. VIII-2, 16, 1991, pp. 195-196). It is fascinating to see the list of those who have gathered over the years at Monte Verità.


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SOURCE:




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viernes, 19 de diciembre de 2014

Los 81 Papas Santos



Los 81 Papas Santos

Santo n. 1: San Pedro [Papa n. 1] (-64 ó 67) [Bethsaida in Galilea]
Santo n. 2: San Lino [Papa n. 2] (68-79) [Tuscia]
Santo n. 3: San Anacleto [Papa n. 3] (80-92) [Romano]
Santo n. 4: San Clemente [Papa n. 4] (92-99) [Romano]
Santo n. 5: San Evaristo [Papa n. 5] (99 ó 96-108) [Greco]
Santo n. 6: San Alejandro I [Papa n. 6] (108 ó 109-116 ó 119) [Romano]
Santo n. 7: San Sixto I [Papa n. 7] (117 ó 119-126 ó 128) [Romano]
Santo n. 8: San Telesforo [Papa n. 8] (127 ó 128-137 ó 138) [Greco]
Santo n. 9: San Higinio [Papa n. 9] (138-142 ó 149) [Greco]
Santo n. 10: San Pío I [Papa n. 10] (142 ó 146-157 ó 161) [Aquileia]
Santo n. 11: San Aniceto [Papa n. 11] (150 ó 157-153 ó 168) [Emesa (Siria)]
Santo n. 12: San Sotero [Papa n. 12] (162 ó 168-170 ó 177) [Fondi]
Santo n. 13: San Eleuterio [Papa n. 13] (171 ó 177-185 ó 193) [Nicopoli (Epiro)]
Santo n. 14: San Víctor I [Papa n. 14] (186 ó 189-197 ó 201) [Africano]
Santo n. 15: San Ceferino [Papa n. 15] (198-217 ó 218) [Romano]
Santo n. 16: San Calixto I [Papa n. 16] (218-222)
Santo n. 17: San Urbano I [Papa n. 17] (222-230) [Romano]
Santo n. 18: San Ponciano [Papa n. 18] (21. VII. 230-28. IX. 235) [Romano]
Santo n. 19: San Antero [Papa n. 19] (21. XI. 235-3. I. 236) [Greco]
Santo n. 20: San Fabián [Papa n. 20] (... 236-20. I. 250) [Romano]
Santo n. 21: San Cornelio [Papa n. 21] (6 ó 13. III. 251-... VI. 253) [Romano]
Santo n. 22: San Lucio I [Papa n. 22] (... VI ó VII. 253-5. III. 254) [Romano]
Santo n. 23: San Esteban I [Papa n. 23] (12. III. 254-2. VIII. 257) [Romano]
Santo n. 24: San Sixto II [Papa n. 24] (30. VIII. 257-6. VIII. 258) [Greco]
Santo n. 25: San Dionisio [Papa n. 25] (22. VII. 259-26. XII. 268) [patria ignota]
Santo n. 26: San Félix I [Papa n. 26] (5. I. 269-30. XII. 274) [Romano]
Santo n. 27: San Eutiquiano [Papa n. 27] (4. I. 275-7. XII. 283) [Luni]
Santo n. 28: San Cayo [Papa n. 28] (17. XII. 283-22. IV. 296) [Dalmata]
Santo n. 29: San Marcelino [Papa n. 29] (30. VI. 296-25. X. 304) [Romano]
Santo n. 30: San Marcelo I [Papa n. 30] (306-16. I. 309) [Romano]
Santo n. 31: San Eusebio [Papa n. 31] (18. IV. 309-17. VIII. 309) [Greco]
Santo n. 32: San Melquíades [Papa n. 32] (2. VII. 311-10. I. 314) [Africano]
Santo n. 33: San Silvestre I [Papa n. 33] (31. I. 314-31. XII. 335) [Romano]
Santo n. 34: San Marcos [Papa n. 34] (18. I. 336-7. X. 336) [Romano]
Santo n. 35: San Julio I [Papa n. 35] (6. II. 337-12. IV. 352) [Romano]
Santo n. 36: San Liberio [Papa n. 36] (17. V. 352-24. IX. 366) [Romano]
Santo n. 37: San Dámaso I [Papa n. 37] (1. X. 366-11. XII. 384) [Romano]
Santo n. 38: San Siricio [Papa n. 38] (15 ó 22 ó 29. XII. 384-26. XI. 399) [Romano]
Santo n. 39: San Anastasio I [Papa n. 39] (27. XI. 399-19. XII. 401) [Romano]
Santo n. 40: San Inocencio I [Papa n. 40] (22. XII. 401-12. III. 417) [Albano]
Santo n. 41: San Cósimo [Papa n. 41] (18. III. 417-26. XII. 418) [Greco]
Santo n. 42: San Bonifacio I [Papa n. 42] (28, 29. XII. 418-4. IX. 422) [Romano]
Santo n. 43: San Celestino I [Papa n. 43] (10. IX. 422-27. VII. 432) [Campania]
Santo n. 44: San Sixto III [Papa n. 44] (31. VII. 432-19. VIII. 440) [Romano]
Santo n. 45: San León I [Papa n. 45] (29. IX. 440-10. XI. 461) [Tuscia]
Santo n. 46: San Hilario [Papa n. 46] (19. XI. 461-29. II. 468) [Sardo]
Santo n. 47: San Simplicio [Papa n. 47] (3. III. 468-10. III. 483) [Tivoli]
Santo n. 48: San Félix III [Papa n. 48] (13. III. 483-25. II ó 1. III. 492) [Romano]
Santo n. 49: San Gelasio I [Papa n. 49] (1. III. 492-21. XI. 496) [Africano]
Santo n. 50: San Atanasio II [Papa n. 50] (24. XI. 496-19. XI. 498) [Romano]
Santo n. 51: San Símaco [Papa n. 51] (22. XI. 498-19. VII. 514) [Sardo]
Santo n. 52: San Hormisdas [Papa n. 52] (20. VII. 514-6. VIII. 523)
Santo n. 53: San Juan I [Papa n. 53] (13. VIII. 523-18. V. 526) [Tuscia]
Santo n. 54: San Félix IV [Papa n. 54] (12. VII. 526-20 ó 22. IX. 530) [Sannio]

{531-534}

Santo n. 55: San Agapito I [Papa n. 57] (13. V. 535-22. IV. 536) [Romano]
Santo n. 56: San Silverio, mártir [Papa n. 58] (8. VI. 536-... 537) [Frosinone]

{538-589}

Santo n. 57: San Gregorio I, Magno [Papa n. 64] (3. IX. 590-12. III. 604) [Romano]

{605-607}

Santo n. 58: San Bonifacio IV [Papa n. 67] (25. VIII. 608-8. V. 615) [Territorio dei Marsi]
Santo n. 59: San Adeodato I [Papa n. 68] (19. X. 615-8. XI. 618) [Romano]

{619-648}

Santo n. 60: San Martín I [Papa n. 74] (5. VII. 649-16. IX. 655) [Todi]
Santo n. 61: San Eugenio I [Papa n. 75] (10. VIII. 654-2. VI. 657) [Romano]
Santo n. 62: San Vitaliano [Papa n. 76] (30. VII. 657-27. I. 672) [Segni]

{673-677}

Santo n. 63: San Agatón [Papa n. 79] (27. VI. 678-10. I. 681) [Siciliano]
Santo n. 64: San León II [Papa n. 80] (... I. 681, 17. VIII. 682-3. VII. 683) [Siciliano]
Santo n. 65: San Benedicto II [Papa n. 81] (26. VI. 684-8. V. 685) [Romano]

{686}

Santo n. 66: San Sergio I [Papa n. 84] (15. XII. 687-7. IX. 701) [Siro]

{702-714}

Santo n. 67: San Gregorio II [Papa n. 89] (19. V. 715-11. II. 731) [Romano]
Santo n. 68: San Gregorio III [Papa n. 90] (18. III. 731-28. XI. 741) [Siro]
Santo n. 69: San Zacarías [Papa n. 91] (3. XII. 741-15. III. 752) [Greco]

{753-756}

Santo n. 70: San Paulo I [Papa n. 93] (... IV, 29. V. 757-28. VI. 767) [Romano]

{768-794}

Santo n. 71: San León III [Papa n. 96] (26, 27. XII. 795-12. VI. 816) [Romano]

{816}

Santo n. 72: San Pascual I [Papa n. 98] (25. I. 817-... II-V. 824) [Romano]

{825-846}

Santo n. 73: San León IV [Papa n. 103] (... I, 10. V. 847-17. VII. 855) [Romano]

{856-857}

Santo n. 74: San Nicolás [Papa n. 105] (24. IV. 858-13. XI. 867) [Romano]

{868-1048}

Santo n. 75: San León IX [Papa n. 152] (2, 12. II. 1049-19. IV. 1054). Brunone dei conti di Egisheim [Alsaziano]

{1055-1072}

Santo n. 76: San Gregorio VII [Papa n. 157] (22. IV, 30. VI. 1073-25. V. 1085). Ildebrando [Tuscia]

{1086-1291}

Santo n. 77: San Celestino V [Papa n. 192] (5. VII, 29. VIII. 1294-13. XII. 1294). Pietro del Morrone [Molise]

{1295-1565}

Santo n. 78: San Pío V [Papa n. 225] (7, 17. I. 1566-1. V. 1572). Antonio (Michele) Ghisleri [Bosco (Alessandria)]

{1573-1902}

Santo n. 79: San Pío X [Papa n. 257] (4, 9. VIII. 1903-20. VIII. 1914). Giuseppe Melchiorre Sarto [Riese (Treviso)]

{1915-1957}

Santo n. 80: San Juan XXIII [Papa n. 261] (28. X, 4. XI. 1958-3. VI. 1963). Angelo Giuseppe Roncalli [Sotto il Monte (Bergamo)]

{1964-1977}

Santo n. 81: San Juan Pablo II [Papa n. 264] (16, 22. X. 1978-2. IV. 2005). Karol Wojtyła [Wadowice (Kraków)]

{2006-2014}



lunes, 8 de diciembre de 2014

... España de rodillas, te ofrece el corazón




... España de rodillas, te ofrece el corazón

EN LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE SANTA MARÍA VIRGEN, Patrona de España y del Arma de Infantería, Servicio de Estado Mayor y de los Cuerpos Jurídico Militar, Eclesiástico, Veterinario, Farmacia, Oficinas Militares y Servicio Geográfico del Ejército.

¡FELIZ PATRONA 2014!

Señora Inmaculada de las gentes de España

De victoria en Lepanto, de dolor en Rocroi,
rezada a flor de espadas desde el mar de Corinto
a la ribera virgen del río Paraná.
¡Señora Inmaculada de los indios ingenuos
y del Hidalgo altivo y de la Inquisición!
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España, de rodillas, te ofrece el corazón.

¡Señora Inmaculada del Pilar Jacobeo!
Consuelo de amarguras en empresas de amar.
El fruto que sembraste para la Fe de Cristo
salido de tus manos, ¿no había de granar?.
¡Señora Inmaculada del Apóstol del Trueno,
de la hazaña difícil y la tribulación!
Viniste a Zaragoza para salvar a España,
y España, desde entonces, parece una oración.

¡Señora Inmaculada de los Picos de Europa!
¡Cuántos te parecían pues cuanta era su Fe!
Y vino de los cielos tu auxilio y la victoria
del Dios de las Batallas, del Santo, de Yahvé.
¡Señora Inmaculada de esperanzas de Patria!
Se eleva una plegaria de Asturias a Aragón.
Sus ecos en las rocas, los bosques y los muertos
hablaron en romance y hablaron en canción.

¡Señora Inmaculada de la Santa María,
de los vientos propicios y de la tempestad!
Temblando amor de Madre llegaste al nuevo mundo
y el indio fue el hermano y Cristo la Verdad.
¡Señora Inmaculada del santo misionero,
de los conquistadores y del Emperador!
Resuena aun el Caribe las voces de Triana
y rezan todavía los indios al Señor.

¡Señora Inmaculada del indio mexicano!
América es España, y España es para ti.
El inca y el azteca cayeron de rodillas
y fue el Ave María caricia en guaraní.
¡Señora Inmaculada de la Rosa de Lima,
de García Moreno, de la persecución!
Son hijos de españoles, amándote nacieron:
no saben de mentira, ni saben de traición.

¡Señora Inmaculada del Valle de los Muertos,
del niño asesinado y el viejo Requeté!
Ganaron la victoria, la sangre y el martirio
de la España de Cristo por la España sin fe.
¡Señora Inmaculada del muerto por la vida!
En tus brazos de madre morir es salvación.
Y la semilla santa rebrota en Patria nueva
con ecos del Prudente y voz de Calderón.

¡Señora Inmaculada de la historia de España!
Tu misma nos la hiciste y huele a santidad.
Derrotas son honores, que las guerras de Cristo,
se ganan en el cielo y allí está la verdad.
¡Señora Inmaculada! Somos aquellos mismos
que siglos defendieron tu pura Concepción.
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
¡España de rodillas, te ofrece el corazón!

Francisco José Fernández de la Cigoña

***

[Imagen] Bartolomé Esteban Murillo. 1680 ca. Hermitage Museum, Moscow.

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viernes, 10 de octubre de 2014

Sobre la cooperación al pecado del cónyuge que voluntariamente hace infecundo el acto unitivo


Sobre la cooperación al pecado del cónyuge que voluntariamente hace infecundo el acto unitivo

La enseñanza eclesial posconciliar deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca de la cooperación al pecado del cónyuge que voluntariamente hace infecundo el acto unitivo: no hay dos tipos de doctrina moral de la Iglesia, una preconciliar y otra posconciliar, diferentes entre sí, sino una única y siempre coherente enseñanza moral.

El Santo Padre Pío XI, a propósito del abuso del matrimonio, enseña lo siguiente en la Encíclica ‘Casti Connubii’ (31 de diciembre de 1930), n. 20 (AAS 22 [1930], pp. 559-560; Dz 2239, DS 3716):

[Latine] «De prole sit sermo, quam multi molestum connubii onus vocare audent, quamque a coniugibus, non per honestam continentiam (etiam in matrimonio, utroque consentiente coniuge, permissam), sed vitiando naturae actum, studiose arcendam praecipiunt. Quam quidem facinorosam licentiam alii sibi vindicant, quod prolis pertaesi solam sine onere voluptatem explere cupiunt, alii quod dicunt, se neque continentiam servare, neque ob suas vel matris vel rei familiaris difficultates prolem admittere posse.

At nulla profecto ratio, ne gravissima quidem, efficere potest, ut quod intrinsece est contra naturam, id cum natura congruens et honestum fiat. Cum autem actus coniugii suapte natura proli generandae sit destinatus, qui, in eo exercendo, naturali hac eum vi atque virtute de industria destituunt, contra naturam agunt et turpe quid atque intrinsece inhonestum operantur.

Quare mirum non est, ipsas quoque s. Litteras testari, divinam Maiestatem summo prosequi odio hoc nefandum facinus illudque interdum morte puniisse, ut memorat S. Augustinus: “Illicite namque et turpiter etiam cum legitima uxore concumbitur, ubi prolis conceptio devitatur. Quod faciebat Onan, filius Iudae, et occidit illum propter hoc Deus”» (S. AUGUST., De coniug. adult., lib. II, n. 12; cfr. Gen., XXXVIII, 8-10; S. Poenitent., 3 April., 3 Iun. 1916).

[Español] «Hay que hablar de la prole que muchos se atreven a llamar carga pesada del matrimonio, y estatuyen que ha de ser cuidadosamente evitada por los cónyuges, no por medio de la honesta continencia (que también en el matrimonio se permite, supuesto el consentimiento de ambos esposos), sino viciando el acto de la naturaleza. Esta criminal licencia, unos se la reivindican, porque, aburridos de la prole, desean procurarse el placer solo sin la carga de la prole; otros, diciendo que ni son capaces de guardar la continencia, ni pueden tampoco admitir la prole, por sus propias dificultades, las de la madre o las de la hacienda.

Pero ninguna razón, aun cuando sea gravísima, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza, se convierta en conveniente con la naturaleza y honesto. Ahora bien, como el acto del matrimonio está por su misma naturaleza destinado a la generación de la prole, quienes en su ejercicio lo destituyen adrede de esta su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción intrínsecamente torpe y deshonesta.

Por lo cual no es de maravillar que las mismas Sagradas Letras nos atestigüen el aborrecimiento sumo de la Divina Majestad contra ese nefando pecado, y que alguna vez lo haya castigado de muerte, como lo recuerda San Agustín: “Porque ilícita y torpemente yace aun con su legítima esposa, el que evita la concepción de la prole; pecado que cometió Onán, hijo de Judá, y por él le mató Dios”». (S. AUGUST., ‘De coniug adult.’, 2, 12 [PL 40, 482]; cf. Gn 38, 8-10; S. Penitenciaría, 3 abr. y 3 jun. 1916).

– Estas respuestas aparecieron primero en la obra Institutiones Alphonsianae, de Cl. Marc., t. II (1917) 2116 s. En la respuesta de 3 abr. de 1916, se declara:

a) que la mujer, por causa de peligro de muerte o por molestias graves, puede cooperar a la interrupción de la cópula del marido;
b) pero en ningún caso, ni aun con peligro de muerte, a la cópula sodomítica.

En la Respuesta de 3 jun. de 1916 se declara:

a) que la mujer está obligada a la resistencia positiva, cuando el marido quiere usar instrumentos para practicar el onanismo;
b) que en éste caso no basta la resistencia pasiva; c) que el marido que usa de tales instrumentos ha de equipararse con el opresor, a quien por tanto la mujer ha de oponer la misma resistencia que la doncella al forzador.

[V. el texto mismo en la o. c., en A. VERMEERSCH, De castitate (1919) 263, o en otros autores].

Esta doctrina ha sido expresada en diversos textos magisteriales de los últimos tiempos (B. PIUS PP. IX, Resp. S. Officii 6 [19] Aprilis 1853; BENEDICTUS PP. XV, Resp. S. Paenitentiariae 3 Aprilis 1916). Con una terminología algo diversa, pero con remisión expresa a estos documentos, insiste también en esta doctrina el PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA, ‘Vademécum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal’ (12 de febrero de 1997), n. 13:

13. «Presentan una dificultad especial los casos de cooperación al pecado del cónyuge que voluntariamente hace infecundo el acto unitivo. En primer lugar, es necesario distinguir la cooperación propiamente dicha de la violencia o de la injusta imposición por parte de uno de los cónyuges, a la cual el otro no se puede oponer.

{‘Optime etiam novit Sancta Ecclesia, non raro alterum ex coniugibus pati potius quam patrare peccatum, cum ob gravem omnino causam perversionem recti ordinis permittit, quam ipse non vult, eumque ideo sine culpa esse, modo etiam tunc caritatis legem meminerit et alterum a peccando arcere et removere ne negligat’}. “Sabe muy bien la Santa Iglesia que no raras veces uno de los cónyuges, más que cometer el pecado, lo soporta, al permitir, por causa muy grave, el trastorno del recto orden que aquél rechaza, y que carece, por lo tanto, de culpa, siempre que tenga en cuenta la ley de la caridad y no se descuide en disuadir y apartar del pecado al otro cónyuge”. PÍO XI, Enc. Casti Connubii, (31 de diciembre de 1930), n. 22 (AAS 22 [1930], p. 561; Dz 2241, DS 3718).

Tal cooperación puede ser lícita cuando se dan conjuntamente estas tres condiciones:

1. La acción del cónyuge cooperante no sea en sí misma ilícita (cf. Denzinger-Schönmetzer, ‘Enchiridion Symbolorum’, 2795, 3634);


2795 Qu. l) An usus imperfectus matrimonii, sive onanistice sive condomistice (seu adhibito nefario instrumento vulgo 'condom') fiat, prout in casu, sit licitus?
2) An uxor sciens in congressu condomistico possit passive se praebere?

Resp. (decr. 6., publ. 19 avril):

Ad 1) Negative; est enim intrinsece malus.
Ad 2) Negative; daret enim operam rei intrinsece illicitae.

Resp. S. Paenitentiariae, 3 avril 1916

3634 Qu.: Utrum mulier alicui actioni mariti, qui, ut voluptati indulgeat, crimen Onan aut Sodomitarum committere vult, illique sub mortis poena aut gravium molestiarum minatur, nisi obtemperet, cooperari licite possit?


Resp.:

a) Si maritus in usu coniugii committere vult crimen Onan effundendo scilicet semen extra vas post inceptam copulam idemque minetur uxori aut mortem aut graves molestias, nisi perversae eius voluntati sese accommodet, uxor ex probatorum theologorum sententia licite potest hoc in casu sic cum marito suo coire, quippe cum ipsa ex parte sua det operam rei et actioni licitae, peccatum autem mariti permittat ex gravi causa, quae eam excusat, quoniam caritas, qua illud impedire teneretur, cum tanto incommodo non obligat.
b) At si maritus committere cum ea velit Sodomitarum crimen, cum hic sodomiticus coitus actus sit contra naturam ex parte utriusque coniugis sic coeuntis isque doctorum omnium iudicio graviter malus, hinc nulla plane de causa ne mortis quidem vitandae licite potest uxor hac in re impudico suo marito morem gerere.

2. Existan motivos proporcionalmente graves para cooperar al pecado del cónyuge;

3. Se procure ayudar al cónyuge (pacientemente, con la oración, con la caridad, con el diálogo: no necesariamente en aquel momento, ni en cada ocasión) a desistir de tal conducta».

***

No hay dos tipos de doctrina moral de la Iglesia, una preconciliar y otra posconciliar, diferentes entre sí, sino una única y siempre coherente enseñanza moral: es utópico y anárquico, considerar que después del concilio Vaticano II la doctrina sobre la cooperación al pecado del cónyuge que voluntariamente hace infecundo el acto unitivo es nueva; es utópico y anárquico, en fin, considerar que después del concilio Vaticano II hay otra Iglesia, que la Iglesia pre-conciliar ha acabado y que ha surgido otra, totalmente “otra”:

«… llegados a este punto, quizá es útil decir que también hoy existen visiones según las cuales toda la historia de la Iglesia en el segundo milenio ha sido una decadencia permanente; algunos ya ven la decadencia inmediatamente después del Nuevo Testamento. En realidad, “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, las obras de Cristo no retroceden, sino que avanzan. ¿Qué sería la Iglesia sin la nueva espiritualidad de los cistercienses, de los franciscanos y de los dominicos, de la espiritualidad de santa Teresa de Ávila y de san Juan de la Cruz, etcétera? También hoy vale esta afirmación: “Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt”, avanzan. San Buenaventura nos enseña el conjunto del discernimiento necesario, incluso severo, del realismo sobrio y de la apertura a los nuevos carismas que Cristo da, en el Espíritu Santo, a su Iglesia. Y mientras se repite esta idea de la decadencia, existe también otra idea, este “utopismo espiritualista”, que se repite. De hecho, sabemos que después del concilio Vaticano II algunos estaban convencidos de que todo era nuevo, de que había otra Iglesia, de que la Iglesia pre-conciliar había acabado e iba a surgir otra, totalmente “otra”. ¡Un utopismo anárquico! Y, gracias a Dios, los timoneles sabios de la barca de Pedro, el Papa Pablo vi y el Papa Juan Pablo II, por una parte defendieron la novedad del Concilio y, por otra, al mismo tiempo, defendieron la unicidad y la continuidad de la Iglesia, que siempre es Iglesia de pecadores y siempre es lugar de gracia».

→ BENEDICTO XVI, ‘Audiencia general’ (10 de marzo de 2010), n. 3.


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domingo, 14 de septiembre de 2014

La Cruz de Cristo es ‘sacramentum’ y ‘exemplum’



Gnadenkapelle. Erzabtei St. Martin zu Beuron

«Crucem Christi nobis esse sacramentum et exemplum». (Sanctus Leo Magnus, ‘Sermo’ 72).

... Por supuesto, hay que conceder todo su valor a la eficacia del ejemplo de Cristo, que el Nuevo Testamento menciona explícitamente (cf. Jn 13, 15; 1 Pe 2, 21). Es una dimensión de la soteriología que no se debe olvidar. Pero no se puede reducir la eficacia de la muerte de Jesús al ejemplo, o, según las palabras del Autor, a la aparición del homo verus, fiel a Dios hasta la cruz. El P. Sobrino usa en el texto citado expresiones como “al menos” y “más bien”, que parecen dejar abierta la puerta a otras consideraciones. Pero al final esta puerta se cierra con una explícita negación: no se trata de causalidad eficiente, sino de causalidad ejemplar. La redención parece reducirse a la aparición del homo verus, manifestado en la fidelidad hasta la muerte. La muerte de Cristo es exemplum y no sacramentum (don). La redención se reduce al moralismo. Las dificultades cristológicas notadas ya en relación con el misterio de la encarnación y la relación con el Reino afloran aquí de nuevo. Sólo la humanidad entra en juego, no el Hijo de Dios hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Las afirmaciones del Nuevo Testamento y de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia sobre la eficacia de la redención y de la salvación operadas por Cristo no pueden reducirse al buen ejemplo que éste nos ha dado. El misterio de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la fuente única e inagotable de la redención de la humanidad, que se hace eficaz en la Iglesia mediante los sacramentos.


... Para referirse a estos dos aspectos del lavatorio de los pies, los santos Padres utilizaron las palabras sacramentum y exemplum. En este contexto, sacramentum no significa uno de los siete sacramentos, sino el misterio de Cristo en su conjunto, desde la encarnación hasta la cruz y la resurrección. Este conjunto es la fuerza sanadora y santificadora, la fuerza transformadora para los hombres, es nuestra metabasis, nuestra transformación en una nueva forma de ser, en la apertura a Dios y en la comunión con él.

Pero este nuevo ser que él nos da simplemente, sin mérito nuestro, después en nosotros debe transformarse en la dinámica de una nueva vida. El binomio don y ejemplo, que encontramos en el pasaje del lavatorio de los pies, es característico para la naturaleza del cristianismo en general. El cristianismo no es una especie de moralismo, un simple sistema ético. Lo primero no es nuestro obrar, nuestra capacidad moral. El cristianismo es ante todo don: Dios se da a nosotros; no da algo, se da a sí mismo. Y eso no sólo tiene lugar al inicio, en el momento de nuestra conversión. Dios sigue siendo siempre el que da. Nos ofrece continuamente sus dones. Nos precede siempre. Por eso, el acto central del ser cristianos es la Eucaristía: la gratitud por haber recibido sus dones, la alegría por la vida nueva que él nos da.

Con todo, no debemos ser sólo destinatarios pasivos de la bondad divina. Dios nos ofrece sus dones como a interlocutores personales y vivos. El amor que nos da es la dinámica del «amar juntos», quiere ser en nosotros vida nueva a partir de Dios. Así comprendemos las palabras que dice Jesús a sus discípulos, y a todos nosotros, al final del relato del lavatorio de los pies: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34). El «mandamiento nuevo» no consiste en una norma nueva y difícil, que hasta entonces no existía. Lo nuevo es el don que nos introduce en la mentalidad de Cristo.

Si tenemos eso en cuenta, percibimos cuán lejos estamos a menudo con nuestra vida de esta novedad del Nuevo Testamento, y cuán poco damos a la humanidad el ejemplo de amar en comunión con su amor. Así no le damos la prueba de credibilidad de la verdad cristiana, que se demuestra con el amor. Precisamente por eso, queremos pedirle con más insistencia al Señor que, mediante su purificación, nos haga maduros para el mandamiento nuevo.

En el pasaje evangélico del lavatorio de los pies, la conversación de Jesús con Pedro presenta otro aspecto de la práctica de la vida cristiana, en el que quiero centrar, por último, la atención. En un primer momento, Pedro no quería dejarse lavar los pies por el Señor. Esta inversión del orden, es decir, que el maestro, Jesús, lavara los pies, que el amo realizara la tarea del esclavo, contrastaba totalmente con su temor reverencial hacia Jesús, con su concepto de relación entre maestro y discípulo. «No me lavarás los pies jamás» (Jn 13, 8), dice a Jesús con su acostumbrada vehemencia. Su concepto de Mesías implicaba una imagen de majestad, de grandeza divina. Debía aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; que consiste precisamente en abajarse, en la humildad del servicio, en la radicalidad del amor hasta el despojamiento total de sí mismo. Y también nosotros debemos aprenderlo sin cesar, porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión; porque no somos capaces de caer en la cuenta de que el Pastor viene como Cordero que se entrega y nos lleva así a los pastos verdaderos.

Cuando el Señor dice a Pedro que si no le lava los pies no tendrá parte con él, Pedro inmediatamente pide con ímpetu que no sólo le lave los pies, sino también la cabeza y las manos. Jesús entonces pronuncia unas palabras misteriosas: «El que se ha bañado, no necesita lavarse excepto los pies» (Jn 13, 10). Jesús alude a un baño que los discípulos ya habían hecho; para participar en el banquete sólo les hacía falta lavarse los pies.

Pero, naturalmente, esas palabras encierran un sentido muy profundo. ¿A qué aluden? No lo sabemos con certeza. En cualquier caso, tengamos presente que el lavatorio de los pies, según el sentido de todo el capítulo, no indica un sacramento concreto, sino el sacramentum Christi en su conjunto, su servicio de salvación, su abajamiento hasta la cruz, su amor hasta el extremo, que nos purifica y nos hace capaces de Dios.

Con todo, aquí, con la distinción entre baño y lavatorio de los pies, se puede descubrir también una alusión a la vida en la comunidad de los discípulos, a la vida de la Iglesia. Parece claro que el baño que nos purifica definitivamente y no debe repetirse es el bautismo, por el que somos sumergidos en la muerte y resurrección de Cristo, un hecho que cambia profundamente nuestra vida, dándonos una nueva identidad que permanece, si no la arrojamos como hizo Judas.

Pero también en la permanencia de esta nueva identidad, dada por el bautismo, para la comunión con Jesús en el banquete, necesitamos el «lavatorio de los pies». ¿De qué se trata? Me parece que la primera carta de san Juan nos da la clave para comprenderlo. En ella se lee: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos —si confesamos— nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia» (1Jn 1, 8-9).

Necesitamos el «lavatorio de los pies», necesitamos ser lavados de los pecados de cada día; por eso, necesitamos la confesión de los pecados, de la que habla san Juan en esta carta. Debemos reconocer que incluso en nuestra nueva identidad de bautizados pecamos. Necesitamos la confesión tal como ha tomado forma en el sacramento de la Reconciliación. En él el Señor nos lava sin cesar los pies sucios para poder así sentarnos a la mesa con él.

Pero de este modo también asumen un sentido nuevo las palabras con las que el Señor ensancha el sacramentum convirtiéndolo en un exemplum, en un don, en un servicio al hermano: «Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14). Debemos lavarnos los pies unos a otros en el mutuo servicio diario del amor. Pero debemos lavarnos los pies también en el sentido de que nos perdonamos continuamente unos a otros.

La deuda que el Señor nos ha condonado, siempre es infinitamente más grande que todas las deudas que los demás puedan tener con respecto a nosotros (cf. Mt 18, 21-35). El Jueves santo nos exhorta a no dejar que, en lo más profundo, el rencor hacia el otro se transforme en un envenenamiento del alma. Nos exhorta a purificar continuamente nuestra memoria, perdonándonos mutuamente de corazón, lavándonos los pies los unos a los otros, para poder así participar juntos en el banquete de Dios.

El Jueves santo es un día de gratitud y de alegría por el gran don del amor hasta el extremo, que el Señor nos ha hecho. Oremos al Señor, en esta hora, para que la gratitud y la alegría se transformen en nosotros en la fuerza para amar juntamente con su amor. Amén.

→ SU SANTIDAD BENEDICTO XVI, ‘Homilía en la misa «In Cena Domini»’ (Basílica de San Juan de Letrán, Jueves Santo 20 de marzo de 2008)

... Santo Tomás de Aquino lo dice de modo muy preciso cuando escribe: «La nueva ley es la gracia del Espíritu Santo» (Summa theologiae, I-II, q. 106, a. 1). La nueva ley no es otro mandamiento más difícil que los demás: la nueva ley es un don, la nueva ley es la presencia del Espíritu Santo que se nos da en el sacramento del Bautismo, en la Confirmación, y cada día en la santísima Eucaristía. Aquí los Padres han distinguido «sacramentum» y «exemplum». «Sacramentum» es el don del nuevo ser, y este don también se convierte en ejemplo para nuestro actuar, pero el «sacramentum» precede, y nosotros vivimos del sacramento. Aquí vemos la centralidad del sacramento, que es centralidad del don.

Procedamos en nuestra reflexión. El Señor dice: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer». Ya no siervos, que obedecen al mandamiento, sino amigos que conocen, que están unidos en la misma voluntad, en el mismo amor. La novedad, por lo tanto, es que Dios se ha dado a conocer, que Dios se ha mostrado, que Dios ya no es el Dios ignoto, buscado pero no encontrado o sólo adivinado de lejos. Dios se ha dejado ver: en el rostro de Cristo vemos a Dios, Dios se ha hecho «conocido», y así nos ha hecho amigos. Pensemos como en la historia de la humanidad, en todas las religiones arcaicas, se sabe que existe un Dios. Este es un conocimiento inmerso en el corazón del hombre, que Dios es uno, los dioses no son «el» Dios. Pero este Dios queda muy lejos, parece que no se da a conocer, no se hace amar, no es amigo, sino que está lejos. Por eso, las religiones se ocupan poco de este Dios; la vida concreta se ocupa de los espíritus, de las realidades concretas que encontramos cada día y con las cuales debemos echar cuentas diariamente. Dios permanece lejano.

Después vemos el gran movimiento de la filosofía: pensemos en Platón, Aristóteles, que comienzan a intuir que este Dios es el agathòn, la bondad misma, es el eros que mueve el mundo y, sin embargo, este sigue siendo un pensamiento humano, es una idea de Dios que se acerca a la verdad, pero es una idea nuestra y Dios sigue siendo el Dios escondido.

Hace poco me escribió un profesor de Ratisbona, un profesor de física, que había leído con gran retraso mi discurso en la Universidad de Ratisbona, para decirme que no podía estar de acuerdo con mi lógica o podía estarlo sólo en parte. Dijo: «Ciertamente me convence la idea de que la estructura racional del mundo exija una razón creadora, la cual ha hecho esta racionalidad que no se explica por sí misma». Y proseguía: «Pero si bien existe un demiurgo —se expresa así—, un demiurgo me parece seguro por lo que usted dice, no veo que exista un Dios amor, bueno, justo y misericordioso. Puedo ver que existe una razón que precede a la racionalidad del cosmos, pero lo demás no». Y de este modo Dios permanece escondido. Es una razón que precede a nuestras razones, nuestra racionalidad, la racionalidad del ser, pero no existe un amor eterno, no existe la gran misericordia que nos da para vivir.

Y en Cristo, Dios se ha mostrado en su verdad total, ha mostrado que es razón y amor, que la razón eterna es amor y así crea. Lamentablemente, también hoy muchos viven alejados de Cristo, no conocen su rostro y, así, la eterna tentación del dualismo, que se esconde también en la carta de este profesor, se renueva siempre, es decir, que quizá no existe sólo un principio bueno, sino también un principio malo, un principio del mal; que el mundo está dividido y son dos realidades igualmente fuertes: el Dios bueno es sólo una parte de la realidad. También en la teología, incluida la católica, se difunde actualmente esta tesis: Dios no sería omnipotente. De este modo se busca una apología de Dios, que así no sería responsable del mal que encontramos ampliamente en el mundo. Pero ¡qué apología tan pobre! ¡Un Dios no omnipotente! ¡El mal no está en sus manos! ¿Cómo podríamos encomendarnos a este Dios? ¿Cómo podríamos estar seguros de su amor si este amor acaba donde comienza el poder del mal?

Pero Dios ya no es desconocido: en el rostro de Cristo crucificado vemos a Dios y vemos la verdadera omnipotencia, no el mito de la omnipotencia. Para nosotros, los hombres, la potencia, el poder siempre se identifica con la capacidad de destruir, de hacer el mal. Pero el verdadero concepto de omnipotencia que se manifiesta en Cristo es precisamente lo contrario: en él la verdadera omnipotencia es amar hasta tal punto que Dios puede sufrir: aquí se muestra su verdadera omnipotencia, que puede llegar hasta el punto de un amor que sufre por nosotros. Y así vemos que él es el verdadero Dios y el verdadero Dios, que es amor, es poder: el poder del amor. Y nosotros podemos encomendarnos a su amor omnipotente y vivir en él, con este amor omnipotente.

Pienso que debemos meditar de nuevo esta realidad, siempre, agradecer a Dios que se haya manifestado, porque conocemos su rostro, le conocemos cara a cara; ya no es como Moisés que podía ver sólo la espalda del Señor. También esta es una idea bonita, de la cual san Gregorio de Niza dice: «Ver sólo la espalda significa que debemos ir siempre detrás de Cristo». Pero, al mismo tiempo, con Cristo Dios ha mostrado su cara, su rostro. El velo del templo está rasgado, está abierto, el misterio de Dios es visible. El primer mandamiento, que excluye imágenes de Dios, porque sólo disminuirían la realidad, ha cambiado, se ha renovado, tiene otra forma. Ahora podemos, en el hombre Cristo, ver el rostro de Dios, podemos tener iconos de Cristo y ver así quién es Dios.

Pienso que quien ha entendido esto, quien se ha dejado tocar por este misterio, que Dios se ha desvelado, ha rasgado el velo del templo, mostrado su rostro, encuentra una fuente de alegría permanente. Sólo podemos decir: «Gracias. Sí, ahora sabemos quién eres, quién es Dios y cómo responder a él». Y pienso que esta alegría de conocer a Dios que se ha manifestado, revelado hasta lo íntimo de su ser, implica también la alegría del comunicar: quien ha entendido esto, vive tocado por esta realidad, tiene que hacer como hicieron los primeros discípulos que fueron a decir a sus amigos y hermanos: «Hemos encontrado a aquel de quien hablan los profetas. Ahora está presente». La misión no es algo añadido exteriormente a la fe, sino la dinámica misma de la fe. Quien ha visto, quien ha encontrado a Jesús, tiene que ir a decir a sus amigos: «Lo hemos encontrado, es Jesús, crucificado por nosotros».

Prosiguiendo, el texto dice: «Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca». Con esto volvemos al inicio, a la imagen, a la parábola de la vid: ha sido creada para dar fruto. ¿Y cuál es el fruto? Como hemos dicho, el fruto es el amor. En el Antiguo Testamento, con la Torá como primera etapa de la autorrevelación de Dios, el fruto se comprendía como justicia, es decir, vivir según la Palabra de Dios, vivir en la voluntad de Dios, y así vivir bien.

Esto queda, pero al mismo tiempo se ve excedido: la verdadera justicia no consiste en una obediencia a algunas normas, sino que es amor, amor creativo, que encuentra por sí solo la riqueza, la abundancia del bien. Abundancia es una de las palabras clave del Nuevo Testamento, Dios mismo da siempre con abundancia. Para crear al hombre, crea esta abundancia de un cosmos inmenso; para redimir al hombre se da a sí mismo, en la Eucaristía se da a sí mismo. Y quien está unido a Cristo, quien es sarmiento en la vid, vive de esta ley, no pregunta: «¿Todavía puedo o no puedo hacer esto?», «¿debo o no debo hacer esto?», sino que vive en el entusiasmo del amor que no pregunta: «esto todavía es necesario o está prohibido», sino que, simplemente, en la creatividad del amor, quiere vivir con Cristo y para Cristo y entregarse totalmente a sí mismo por él y así entrar en la alegría del dar fruto. Recordemos también que el Señor dice: «Os he destinado para que vayáis»: es el dinamismo que vive en el amor de Cristo; ir, es decir, no quedarme sólo para mí, ver mi perfección, garantizarme la felicidad eterna, sino olvidarme de mí mismo, ir como Cristo fue, ir como Dios fue desde su inmensa majestad hasta nuestra pobreza, para encontrar fruto, para ayudarnos, para darnos la posibilidad de llevar el verdadero fruto del amor. Cuanto más llenos estemos de esta alegría de haber descubierto el rostro de Dios, tanto más el entusiasmo del amor será real en nosotros y dará fruto.

Y, para concluir, llegamos a la última palabra de este pasaje: «Os digo: “todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá”». Una breve catequesis sobre la oración, que siempre nos sorprende de nuevo. Dos veces en este capítulo 15 el Señor dice «lo que pidáis os doy» y otra vez en el capítulo 16. Y nosotros querríamos decir: «No, Señor, no es verdad». Cuántas oraciones buenas y profundas de madres que rezan por el hijo que está muriendo y no son escuchadas, cuántas oraciones para que suceda alguna cosa buena y el Señor no escucha. ¿Qué significa esta promesa? En el capítulo 16 el Señor nos da la clave para comprender: nos dice cuánto nos da, qué es este todo, la charà, la alegría: si uno ha encontrado la alegría ha encontrado todo y ve todo en la luz del amor divino. Como san Francisco, que compuso la gran poesía sobre la creación en una situación desolada y, sin embargo, precisamente allí, cerca del Señor sufriente, redescubrió la belleza del ser, la bondad de Dios, y compuso esta gran poesía.

Es útil recordar, al mismo tiempo, algunos versículos del Evangelio de san Lucas, donde el Señor, en una parábola, habla de la oración diciendo: «Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan». El Espíritu Santo —en el Evangelio de san Lucas— es alegría, en el Evangelio de san Juan es la misma realidad: la alegría es el Espíritu Santo y el Espíritu Santo es la alegría, o, en otras palabras, de Dios no pedimos algo pequeño o grande, de Dios invocamos el don divino, Dios mismo; este es el gran don que Dios nos da: Dios mismo. En este sentido debemos aprender a rezar, rezar por la gran realidad, por la realidad divina, para que él nos dé su persona, nos dé su Espíritu y de este modo podamos responder a las exigencias de la vida y ayudar a los demás en sus sufrimientos. Naturalmente, el Padre Nuestro nos lo enseña. Podemos rezar por muchas cosas, en todas nuestras necesidades podemos pedir: «¡Ayúdame!». Esto es muy humano y Dios es humano, como hemos visto; por lo tanto, es justo pedir a Dios también por las pequeñas cosas de nuestra vida de todos los días.

Pero, al mismo tiempo, rezar es un camino, diría una escalera: debemos aprender cada vez más por qué podemos rezar y por qué no podemos rezar, porque son expresiones de mi egoísmo. No puedo rezar por cosas que son dañinas para los demás, no puedo rezar por cosas que favorecen mi egoísmo, mi soberbia. Así rezar, ante los ojos de Dios, se convierte en un proceso de purificación de nuestros pensamientos, de nuestros deseos. Como dice el Señor en la parábola de la vid: debemos ser podados, purificados, cada día; vivir con Cristo, en Cristo, permanecer en Cristo, es un proceso de purificación, y sólo en este proceso de lenta purificación, de liberación de nosotros mismos y de la voluntad de tener sólo nosotros, está el camino verdadero de la vida, se abre el camino de la alegría.

Como ya hemos apuntado, todas estas palabras del Señor tienen un fondo sacramental. El fondo fundamental de la parábola de la vid es el Bautismo: estamos implantados en Cristo; y la Eucaristía: somos un pan, un cuerpo, una sangre, una vida con Cristo. Y así también este proceso de purificación tiene un fondo sacramental: el sacramento de la Penitencia, de la Reconciliación en el cual aceptamos esta pedagogía divina que día a día, a lo largo de toda la vida, nos purifica y nos hace miembros cada vez más verdaderos de su cuerpo. De este modo podemos aprender que Dios responde a nuestras oraciones, a menudo con su bondad responde también a las oraciones pequeñas, pero con frecuencia también las corrige, las transforma y las guía para que seamos finalmente y realmente sarmientos de su Hijo, de la vid verdadera, miembros de su cuerpo.

Agradezcamos a Dios la grandeza de su amor, recemos para que nos ayude a crecer en su amor, a permanecer realmente en su amor.

→ SANTO PADRE BENEDICTO XVI, ‘«Lectio Divina» en la visita al Pontificio Seminario Romano Mayor en la Fiesta de la Virgen de la Confianza’ (Capilla de la Virgen de la Confianza, viernes 12 de febrero de 2010)


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