17 nov 2011

Lo razonable de la tradición. Una revisión crítica de algunos principios premodernos. I. El punto de partida: el desencanto con la modernidad


Lo razonable de la tradición.
Una revisión crítica de algunos principios premodernos

Por H. C. F. MANSILLA

SUMARIO

I. EL PUNTO DE PARTIDA: EL DESENCANTO CON LA MODERNIDAD.— II. LA RELIGIÓN EN CUANTO FUENTE DE SENTIDO.— III. LA MONARQUÍA Y LA ARISTOCRACIA HEREDITARIAS COMO CONTRAPESOS A LA PLUTOCRACIA PLEBEYA.— IV. LA NECESIDAD DE UNA ESTÉTICA EDIFICADA SOBRE LA BELLEZA.— V. LA NECESIDAD DE UNA SÍNTESIS ENTRE LO TRADICIONAL Y LO MODERNO.

I. EL PUNTO DE PARTIDA:
EL DESENCANTO CON LA MODERNIDAD

H. C. F. MANSILLA, Lo razonable de la tradición.
Una revisión crítica de algunos principios premodernos (I)

Vid. el estudio al completo en
“Lo razonable de la tradición” n. I, n. II, n. III, n. IV y n. V

La eliminación de instituciones, normas y concepciones premodernas fue considerada por marxistas y liberales, tecnócratas y empresarios como imprescindible y, por ende, como altamente positiva y promisoria para acelerar la evolución histórica de todas las sociedades y alcanzar aceleradamente el anhelado objetivo del progreso material. La tradicionalidad, en cuanto noción global opuesta a la modernidad, ha sido desde entonces percibida como algo fundamentalmente negativo o, dicho de modo más benevolente, como algo anacrónico y digno de desaparecer lo más pronto posible. Este proceso, celebrado por los padres del marxismo y los apologistas del capitalismo, engloba, sin embargo, factores destructivos, que recién ahora empiezan a ser percibidos en toda su magnitud e intensidad. Numerosos aspectos de la tradicionalidad, por el mero hecho de pertenecer al mundo premoderno y preindustrial, no pueden ser calificados de retrógrados, perniciosos e inhumanos, sobre todo a la vista de la profunda desilusión que ha causado la modernidad en varios campos.

Como se sabe, las exhaustivas incursiones de la razón meramente instrumental en la praxis cotidiana del hombre y la expansión de mecanismos burocráticos en las relaciones sociales («la colonización del mundo de la vida por los sistemas técnicos») (1) han conllevado el empobrecimiento de las estructuras de comunicación interhumanas y el aumento de los fenómenos clásicos de alienación hasta alturas insospechadas para los clásicos del pensamiento social progresista. Y esta patología social puede ser analizada adecuadamente si se toman en consideración puntos de vista comparativos, por ejemplo los que brinda la confrontación con los elementos positivos que también ha poseído el orden premoderno y preburgués.

Los progresos de las ciencias modernas (2), los triunfos de la tecnología y hasta los adelantos de la filosofía, las artes y la literatura han producido un mundo donde el hombre experimenta un desamparo existencial, profundo e inescapable que no sintió en las comunidades premodernas que le brindaban, a pesar de todos sus innumerables inconvenientes, la solidaridad inmediata de la familia extendida y del círculo de allegados, un sentimiento generalizado de pertenencia a un hogar y una experiencia de consuelo y comprensión —es decir: algo que daba sentido a su vida. En la segunda mitad del siglo xx esta situación se agravó a causa de un sistema civilizatorio centrado en el crecimiento y el desarrollo materiales a ultranza, sistema que, por un lado, fomenta la soledad del individuo en medio de una actividad frenética, y, por otro, tiende a diluir las diferencias entre lo privado y lo público, entre el saber objetivo y la convicción pasajera, entre el arte genuino y la impostura de moda, entre al amor verdadero y el libertinaje hedonista. No es de extrañar que dilatados fenómenos de anomia desintegradora surjan cada vez más frecuentemente en estas sociedades de impecable desenvolvimiento tecnológico: se incrementa notoriamente el número de personas y grupos autistas, que ya no pueden distinguir entre agresión a otros y autodestrucción (y que no poseen justificativo alguno para cometerlas) (3).

El hombre no se reduce, empero, a una racionalidad práctico-pragmática, que puede ser explicada suficientemente por medio de los conflictos de intereses materiales. Como todos los seres vivientes, los humanos tienen que vivir en medio del mundo material y en confrontación con éste, pero lo hacen de acuerdo a creencias, instituciones, normas y convenciones que dan sentido y significación a sus esfuerzos. Como afirmó Marshall Sahlins, lo decisivo no estriba en que los modelos civilizatorios obedezcan a coerciones materiales —todas las especies animales hacen lo mismo—, sino en que el hombre se doblega ante estas presiones del entorno natural siguiendo las reglas de sistemas simbólicos y normativos, que no están predeterminados exhaustivamente por el sustrato material y entre los cuales reina, por consiguiente, una cierta variabilidad. La utilidad es algo ya interpretado culturalmente (4). En este campo es donde mantienen su relevancia fenómenos como la religión, las jerarquías no económicas y la esfera de la estética, que la modernidad y, más aún, sus últimos apéndices posmodernistas, tratan de disipar. La decadencia de la dimensión simbólica ha conllevado un empobrecimiento inocultable de la civilización actual, y éste tiene que ver directamente con el decaimiento de las tradiciones aristocráticas. La ruina de las convenciones en el trato social, la abolición de ritos y ceremonias, la dilución del tacto y la cortesía, la transformación del arte en una técnica de publicidad y la declinación de la estética y el ornato públicos han conducido a estabilizar un mundo regido exclusivamente por principios técnicos, dominado por la uniformidad cultural y caracterizado por la pobreza emotiva, la difusión de un narcisismo tan cínico como obvio y la pérdida del sentido de responsabilidad. Las personas se saben intercambiables entre sí: al no recibir el reconocimiento de los otros, despliegan una baja autoestima, muy proclive a la destrucción del entorno y a la automutilación, sin que esta violencia anómica esté basada o, por lo menos, acompañada de justificaciones ideológicas. La situación es agravada por factores estrictamente modernos, como ser el surgimiento de enormes aglomeraciones urbanas, el incremento poblacional (debido paradójicamente a modestas pero continuas mejoras de la salud e higiene públicas) y la intensificación de la presión demográfica (en un mundo finito e inelástico), lo que aumenta el desamparo existencial, el autodesprecio y la sensación de la escasa valía de cada persona (5). Hasta en sociedades bien administradas, como en la Suecia socialdemocrática del presente, se advierten el hastío de la vida despersonalizada, la mezquindad burocrática y el centralismo asfixiante causados por la tutela omnipotente del Estado benefactor y la ruina de la esfera simbólico-cultural (6).

La modernidad y el orden burgués-capitalista han significado, sin duda alguna, el triunfo del individualismo y del racionalismo, pero, al mismo tiempo, han minado desde adentro al individuo y a la razón. Cuanto más racional funciona la sociedad, cuanto más justicia social brinda a sus miembros, tanto más reemplazable resulta cada individuo y tanto menos es éste diferenciable de sus congéneres. La lógica de la evolución histórica conlleva la disolución de las odiosas formas exteriores de las jerarquías y diferencias sociales, pero también significa la nivelización de los individuos por obra de los grandes colectivos y las necesidades tecnológicas del presente (7). Parece que la dialéctica entre libertad e igualdad puede llevar a una antítesis insalvable entre ambas. El florecimiento de la tecnología, en cuanto la manifestación más patente de la razón instrumental, y la exacerbación del narcisismo asocial, como la culminación del neoliberalismo, han terminado por hacer superfluos el espíritu crítico y la consciencia personal. El endiosamiento de la evolución técnica ha conducido a que la máquina pueda prescindir del maquinista. El perfeccionamiento de los instrumentos técnicos hace superflua la reflexión en torno a las metas para las cuales aquéllos fueron creados: los medios desplazan a los fines (8). Comportamientos basados en la solidaridad y la espontaneidad, la capacidad de reflexión crítica y los elementos lúdicos asociados a la fantasía creativa han sido reemplazados paulatinamente por otras destrezas que gobiernan el mundo actual; las pericias técnicas, la capacidad de adaptación al entorno, la mimetización con la mayoría de turno y la astucia en las cosas pequeñas de la vida constituyen las virtudes indispensables de nuestra era. «Hoy se ha hecho realidad el sueño de que las máquinas desplieguen habilidades humanas, pero los hombres actúan cada vez más como si fuesen máquinas» (9).

El funcionamiento específico de las grandes organizaciones en los campos de la economía, la administración y la política nos hacen ver los límites históricos a los que ha llegado el individuo: como lo entrevió Max Weber de manera clarividente, la burocracia ha sido la gran triunfadora en las lides del siglo xx, con independencia del régimen político concreto. La burocratización ha equiparado distintas clases de trabajo, ha «parcelado el alma», ha conllevado la pérdida de la libertad, ha compelido al hombre a ser un engranaje bien aceitado de una maquinaria difícil de controlar, ha creado la «jaula de hierro de la servidumbre» y ha separado la moral de la razón instrumental —una evolución que Weber, pese a su anhelada abstención de juicios de valor, criticó acerbamente: un pueblo sin valores éticos se vuelve servil, y una administración pública altamente burocratizada produce indefectiblemente políticos corruptos y oportunistas (10).

La modernidad ha engendrado formas contemporáneas y menos visibles de prejuicios, discriminación y dogmatismo, que, debido a su envoltorio técnico y módico, no pueden ser constatadas fácilmente. Mediante una gran encuesta empírica a mitad del siglo xx, Theodor W. Adorno y sus colaboradores encontraron que en los Estados Unidos una porción relevante de la población, que había recibido una adecuada instrucción especializada y estaba dotada de considerables destrezas laborales, compartía prejuicios irracionales, anticuados e insostenibles sobre otros grupos humanos y acerca de poblaciones enteras a nivel mundial. Estas personas disponían de una buena base de conocimientos científicos y exhibían simultáneamente supersticiones curiosas; estaban orgullosas de ser «individualistas» y, al mismo tiempo, vivían en el temor constante de no ser exactamente como los otros; se jactaban de su «independencia», pero se sometían dócilmente a aquellos que detentaban poder y autoridad. Se segregaban rápidamente en grupos antagónicos: los propios (ingroups), que congregaban todas las virtudes positivas, y los otros (outgroups), donde parecía acumularse todo lo negativo (11). Las cosas no han cambiado fundamentalmente desde entonces. Después de un largo proceso histórico, en el cual la Ilustración, el racionalismo en todas las esferas y la democracia liberal han jugado los roles determinantes, nos enfrentamos hoy en día con dilatados sectores sociales que alimentan comportamientos atávicos, rígidos y autoritarios: son incapaces de acercarse en cuando individuos a las personas de los otros grupos y siguen percibiendo en éstos al otro por excelencia, es decir al extraño, al adversario y al inferior. En medio del progreso actual persiste una personalidad autoritaria que se la creía superada hacía muchísimo tiempo; los individuos alienados y desorientados de las sociedades modernas —que conforman probablemente una sólida mayoría y que se destacan por una remarcable ignorancia acerca de todo aquello que no cae dentro de su inmediata esfera laboral— buscan y encuentran chivos expiatorios en las minorías de todo tipo, aminorando así a largo plazo la validez de los derechos humanos y del Estado de Derecho (12).

El designio de crecer y desarrollarse sin restricciones en un mundo finito no deja de exhibir aspectos irracionales. Ya en 1966, en su crítica del programa «The Great Society» del entonces presidente norteamericano Lyndon Johnson, Herbert Marcuse señaló que la dinámica representada por una economía que crece sin fin y por una productividad que se incrementa sin límites es esencialmente irracional, pues los factores de esta dinámica se transforman en objetivos en sí mismos, en metas normativas autónomas, desligadas de necesidades y dimensiones humanas. Una sociedad de despliegue económico inexorable e imparable es asimismo un sistema de inmenso derroche y pésima asignación de recursos y no podría, por ende, constituir nunca un «puerto seguro», un «lugar de paz», donde el hombre se encuentre consigo mismo, liberado de los incesantes imperativos de las maquinarias productiva y administrativa, imperativos que van siempre ligados a procesos de manipulación masiva. Además: un modelo económico de crecimiento infinito perpetúa paradójicamente la escasez, puesto que hace brotar incesantemente nuevas necesidades artificiales de bienes y servicios; se vuelve perenne la lucha de los individuos por sobrevivir en medio de una competencia despiadada y para tratar —infructuosamente— de elevar permanentemente el propio nivel de consumo (13). Erich Fromm, siguiendo un argumento de John Stuart Mili, afirmó acertadamente que una suspensión del incremento del sector productivo y del aumento demográfico no significaría de ninguna manera una paralización del progreso civilizatorio. Una congelación de los índices de crecimiento abriría unas perspectivas bastante aceptables para el progreso en otras áreas, incluyendo las culturales y ecológicas (14). Aunque estrictamente razonable en términos científicos, el llamado crecimiento cero se perfila como muy impopular en el Tercer Mundo, donde la religión contemporánea del desarrollo continuo se ha transformado en un dogma incontrovertible.

Los costes de la modernización van subiendo tanto en los países del Tercer Mundo —contaminación ambiental, pérdida de tiempo por congestiones de tráfico, aire irrespirable, acumulación impresionante de basura en los mejores barrios, destrucción de todo lo verde, horario cotidiano dictado hasta en sus más mínimos detalles por imposiciones de una burocracia despersonalizada, criminalidad alarmante, pérdida de la identidad de las ciudades, los barrios y hasta los ciudadanos, donde los aburridos centros comerciales de estilo provinciano norteamericano se transforman en los templos y coliseos contemporáneos— que mucha gente ya se pregunta si vale la pena «subirse en estos términos al carro de la modernidad. Al punto que los términos de modernización y calidad de la vida aparecen cada vez más, en las evaluaciones silenciosas que hacemos todos, como términos en conflicto» (15). O dicho en una perspectiva más amplia: ¿vale la pena —ya a mediano plazo— acabar con los últimos bosques y poner en peligro los ecosistemas naturales por conseguir un desarrollo material según el modelo norteamericano?

Finalmente, y por razones de equidad, hay que mencionar los aspectos negativos del orden premoderno. Como la critica racionalista se ha consagrado a ello de manera exhaustiva desde el siglo xviii, podemos resumirla en pocas palabras. La tradicionalidad ha sido el mundo del colectivismo y el conformismo, en el cual la variabilidad de roles era muy restringida; el hombre estaba habitualmente condenado a asumir una sola función durante toda su vida, que era simultáneamente su identidad. Las estructuras político-institucionales premodemas eran débiles, improductivas e inconfiables; su capacidad de actuación era tan limitada como su penetración geográfica y espacial era fragmentaria. Los sistemas premodernos se destacaban por ser estáticos y altamente jerárquicos, en los cuales la autonomía del individuo estaba, como se sabe, sometida a los avatares más diversos, como los caprichos del gobernante de turno y la tuición asfixiante de las confesiones religiosas (16).

Pero, como ya se mencionó, son los aspectos negativos de la modernidad los que nos hacen volver la vista a la tradicionalidad. Últimamente las ciencias sociales y la etnografía han subrayado la enorme relevancia social de valores normativos preindustriales y preburgueses, como la heterogeneidad estructural, la familia extendida, los sistemas de solidaridad y reciprocidad inmediatas, la estabilidad emotiva brindada por lazos primarios sólidos —que luego resultan tan indispensables para producir individualidades bien conformadas—, el tener campo para entregarse a la imaginación y la fantasía, un espacio para el ocio y la existencia de jerarquías sociales transparentes y más o menos razonables. Todo esto nos exime de examinar estos factores una vez más en este ensayo.

Por otra parte: muchas de las normativas y las pautas de comportamiento tradicionales, y precisamente algunas de las más difundidas, no merecen francamente ser rescatadas. Los elementos populares de la tradicionalidad han sido los más ligados al irracionalismo y colectivismo, los más próximos a las supersticiones y a los cultos groseros, política y culturalmente los más proclives al servilismo y, ante todo, los que estaban más atados al espíritu de su época; en una palabra: los ingredientes populares de la tradicionalidad resultan ser los más anacrónicos y obsoletos, los más representativos de una cultura plebeya de mal gusto y enteramente propensa a caer bajo los dictados de modas efímeras de consumo masivo y alienante. Los principios premodernos de carácter aristocrático se manifiestan, por lo contrario, como dignos de ser preservados hoy en día. Su religiosidad es notablemente más intelectual y, por consiguiente, menos extrovertida, santurrona y farisaica. Su estética es más depurada y sensual, menos mojigata y atada a asuntos circunstanciales, y, por lo tanto, menos pasajera y transitoria. Su distancia frente a los gustos y inclinaciones del momento les confiere a los principios aristocráticos una relevancia cosmopolita y de largo aliento, favorable, por ejemplo, a planteamientos ecológicos y conservacionistas y, por ende, propicia a una ética de la responsabilidad. Para este ensayo se han elegido precisamente los aspectos más vilipendiados del orden premoderno, para mostrar, en base a estos casos de trabajosa comprensión, lo rescatable de la tradicionalidad:

— la religión en cuanto fuente de sentido y consuelo;
— la monarquía y la aristocracia hereditarias como modelos institucionales que nos unen con la historia y que encarnan lealtad, dignidad, valores no cuantificables financieramente y estrategias de largo aliento y responsabilidad; y
— la concepción del arte y la literatura como una estética fundamentada en lo bello.

Continúa en...


Notas:

(1) JÜRGEN HABERMAS: Theorie des kommunikativen Handelns (Teoría de la actuación comunicativa), vol. I, Suhrkamp, Frankfurt, 1981, pág. 107 sq.; vol. II, pág. 171 sqq., 229 sqq.; sobre esta temática cf. WILLEM VAN REIJEN: «Die Aushöhlung der abendländischen Kultur. Jürgen Habermas' magnum opus» (La socavación de la cultura occidental. La obra magna de Jürgen Habermas), en DETLEF HORSTER: Habermas zur Einführung (Introducción a Habermas), Junius, Hamburgo, 1990, págs. 75-81.

(2) Cf. la espléndida y breve obra de KARL LÖWITZ: Wissen, Glaube und Skepsis (Saber, creer y escepticismo), Vandenhoeck & Ruprecht, Göttingen, 1962, pág. 76 sg. Ya a partir del siglo xvii se expande en Europa Occidental la convicción de que el mundo pierde su acostumbrada coherencia, descomponiéndose en fragmentos ininteligibles, y para subsanar lo cual no se encuentra una brújula adecuada.

(3) Sobre esta temática cf. PETER WALDMANN: Anomie. Versuch ein in Verruf geratenes Konzept zu rehabilitieren (Anomia. Intento de rehabilitar un concepto desprestigiado), Universidad de Augsburgo, Augsburgo, 1995 (con amplia bibliografía); sobre la anomia asociada al terrorismo irracional cf. HANS MAGNUS ENZENSBERGER: Aussichten aufden Bürgerkrieg (Perspectivas de la guerra civil), Suhrkamp, Frankfurt, 1996, págs. 20, 29, 48.

(4) Cf. el interesante estudio de MARSHALL SAHLINS: Culture and Practical Reason. Chicago U.P., Chicago/Londres, 1976, passim, en la cual SAHLINS criticó el potencial explicativo de conocidas teorías de la evolución histórica centradas en el interés y la utilidad materiales, como el marxismo.

(5) Cf. la espléndida obra de HANNAH ARENDT: The Origins of Totalitarianism [1951], Harcourt Brace, New York/Londres, 1973, págs. 323, 330, 475, 477. Cf. también STEFAN BREUER: Die Gesellschaft des Verschwindens. Von der Selbstzerstörung der technischen Zivilisation (La sociedad de la disipación. Sobre la autodestrucción de la civilización técnica), Junius, Hamburgo, 1993, pág. 14; NEIL POSTMAN: Das Verschwinden der Kindheit (La desaparición de la infancia), Frankfurt, 1983, pág. 151; RICHARD SENNETT: Verfall und Ende des öffentlichen Lebens. Die Tyrannei der Intimität (Decadencia y fin de la vida pública. La tiranía de la intimidad), Suhrkamp, Frankfurt, 1983, pág. 299.

(6) Cf. HANS MAGNUS ENZENSBERGER: Ach Europa! (Ah Europa), Suhrkamp, Frankfurt, 1987, págs. 9-49.

(7) MAX HORKHEIMER: «Pessimisraus heute» (Pesimismo hoy), en KORKHEIMER: Sozialphilosophische Studien (Estudios social-filosóficos), Athenäum-Fischer, Frankfurt, 1972, pág. 142.

(8) MAX HORKHEIMER: Zur Kritik der instrumentellen Vernunft (Critica de la razón instrumental), Fischer, Frankfurt, 1967, págs. 124, 144.

(9) MAX HORKHEIMER: Gesellschaft im Übergang (Sociedad en transición), Athenäum-Fischer, Frankfurt, 1972, pág. 101.

(10) MAX WEBER: Gesammelle Aufsätze zur Soziologie und Sozialpolitik (Trabajos compilados sobre sociología y política social), Mohr-Siebeck, Tübingen, 1924, pág. 414; WEBER: Gesammelte Aufsätze zur Religionssoziologie (Ensayos reunidos sobre sociología de la religión), 1.1, Mohr-Siebeck, Tübingen, 1920/1921, págs. 204, 521, 552, 569; t. III, pág. 120; WEBER: Gesammelte politische Schriften (Escritos políticos reunidos; compilación de Johannes Winckelmann), Mohr-Siebeck, Tübingen, 1980, págs. 308, 330-332, 556-558. Testimonios de esta crítica weberiana altamente emotiva, basada en la necesidad de solidaridad y fraternidad, en el excelente trabajo de ARTHUR MITZMAN: La jaula de hierro. Una interpretación histórica de Max Weber [1969], Alianza, Madrid, 1976, págs. 161-163.

(11) THEODOR W. ADORNO et al.: The Authoritarian Personality [1950], t. 1, Wiley, New York, 1967, págs. IX, 104, 147-150.

(12) Ibid., t. II, págs. 618 sq., 653, 658-663.

(13) HERBERT MARCUSE: «Das Individuum in der "Great Society"» (El individuo en la «Gran Sociedad») [1966], en MARCUSE: Ideen zu einer krilischen Theorie der Gesellschaft (Ideas sobre una teoría crítica de la sociedad), Suhrkamp, Frankfurt, 1969, pág. 158 sq.

(14) ERICH FROMM: Die Revolution der Hoffnung. Für eine humanisierte Technik (La revolución de la esperanza. Para una técnica humanizada) [1968], Rowohlt, Reinbek, 1974, pág. 108 sq.

(15) MARTIN HOPENHAYN: «Respirar Santiago», en Nueva Sociedad, núm. 136, Caracas, marzo/abril de 1985, pág. 51.

(16) Entre la enorme literatura existente sobre esta temática cf. el brillante compendio de PATRICIA CRONE: Pre-Industrial Societies. Blackwell, Oxford, 1989.

25 sept 2011

Oración a San Miguel Arcángel del Exorcismo contra Satanás


Oh gloriosísimo príncipe

Oración a San Miguel Arcángel del Exorcismo contra Satanás y los ángeles apóstatas, publicado por orden del sumo pontífice León XIII (Motu Propr., 25 sept. 1888: cf. ASS 23 [1890-91], pp. 743-744)

Oh gloriosísimo príncipe de las celestiales milicias, san Miguel Arcángel, defendednos en el combate y en la terrible lucha que sostenemos contra los Principados y las Potestades, contra los príncipes de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos. Venid en auxilio de los hombres, que Dios creó inmortales, formó a su imagen y semejanza y rescató a gran precio de la tiranía del demonio. Pelead, en este día, con el ejército de los santos Ángeles, las batallas del Señor, como ya peleasteis contra el jefe de los soberbios, Lucifer, y contra sus ángeles apóstatas, que fueron impotentes para resistiros y para los cuales no hubo ya lugar en el cielo. Y aquel ángel rebelde, transformado en ángel de tinieblas que todavía se arrastra por la tierra para nuestra ruina, fue precipitado con sus secuaces en los abismos. Mas he aquí que aquel primer enemigo y homicida ha tomado nuevos bríos. Transfigurado en ángel de luz, va dando vueltas, con toda la turba de los malignos espíritus, para invadir la tierra y desterrar el nombre de Dios y de su Cristo, para arrebatar, matar y precipitar en la eterna perdición las almas destinadas a la eterna corona de la gloria. Este dragón maligno, inocula, como río inmundo, en los de mente torcida y corrompido corazón, el veneno de su malicia, el espíritu de mentira, de impiedad y de blasfemia, el hálito pestífero de la impureza, de todos los vicios y de toda iniquidad. Enemigos llenos de astucia han colmado de amargura, han saturado de hiel la Iglesia, esposa del Cordero Inmaculado y han puesto sus impías manos sobre las cosas más santas. Vos, pues, oh príncipe invictísimo, socorred contra las acometidas de los espíritus réprobos al pueblo de Dios y dadnos la victoria. Amén.

Enchiridion indulgentiarum. Preces et pia opera [MCMLII], conc. 446.

Indulgencia de quinientos días. (León XIII, Motu Propr., 25 sept. 1888; S. Pen. Ap., 4 mayo 1934).

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6 ago 2011

Juan Pablo II sobre el personalismo


Juan Pablo II sobre el personalismo

El acto moral – Teleología y teleologismo

71. La relación entre la libertad del hombre y la ley de Dios, que encuentra su ámbito vital y profundo en la conciencia moral, se manifiesta y realiza en los actos humanos. Es precisamente mediante sus actos como el hombre se perfecciona en cuanto tal, como persona llamada a buscar espontáneamente a su Creador y a alcanzar libremente, mediante su adhesión a él, la perfección feliz y plena (cf. Gaudium et spes, 17).

Los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que realiza esos actos (cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q. 1, a. 3: «Idem sunt actus morales et actus humani»). Éstos no producen sólo un cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su profunda fisonomía espiritual, como pone de relieve, de modo sugestivo, san Gregorio Niseno: «Todos los seres sujetos al devenir no permanecen idénticos a sí mismos, sino que pasan continuamente de un estado a otro mediante un cambio que se traduce siempre en bien o en mal... Así pues, ser sujeto sometido a cambio es nacer continuamente... Pero aquí el nacimiento no se produce por una intervención ajena, como es el caso de los seres corpóreos... sino que es el resultado de una decisión libre y, así, nosotros somos en cierto modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos» (De vita Moysis, II, 2-3: PG 44, 327-328).

Dado en Roma, junto a san Pedro, el 6 de agosto —fiesta de la Transfiguración del Señor— del año 1993, décimo quinto de mi Pontificado.

Actus moralis – Teleologia et teleologismus

71. Nexus inter hominis libertatem et legem Dei, cuius interior vivaque sedes in conscientia morali inest, patet ac perficitur actibus humanis. Ipsis enim actibus suis homo ut talis se perficit, hominem dicimus, qui vocatur, “ut Creatorem suum sponte quaerat et libere ad plenam et beatam perfectionem ei inhaerendo perveniat” (cfr. Gaudium et Spes, 17).

Humani actus sunt actus morales, quia auctoris sui probitatem aut malitiam designant atque constituunt (cfr. S. Thomae Summa Theologiae, I-II, q. 1, a. 3: «Idem sunt morales et actus humani»). Ii non modo exteras commutant hominis condiciones, sed, utpote optiones deliberatae, etiam moralem proprietatem suo tribuunt auctori, cuius et intimorum spiritalium lineamentorum sunt causa, sicut sanctus Gregorius Nyssenus animadvertit praeclare: “Cuncta ergo quae in mutatione ac fluxu posita sunt, numquam firma manent, sed alterum ex altero gignitur, et aut ad melius aut ad peius semper exitus fit... Est autem vita humana mutationi continenter supposita: quare oportet, cum non sit aeterna et immutabilis, semper nasci. Sic autem nasci non aliena fit appetitione, non extrinsecus, ut in corporali nativitate, sed electione propria unusquisque nascitur: unde fit, ut nos ipsi patres quodammodo simus nostri, qualescumque nos volumus electione gignentes” (S. Gregorii Nysseni, De vita Moysis, II, 2-3: PG 44, 327-328).

Datum Romae, apud Sanctum Petrum, die VI mensis Augusti, in festo Transfigurationis Domini, anno MCMXCIII, Pontificatus Nostri quinto decimo.

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24 jul 2011

Crítica a los derechos del hombre. Michel Villey y Edmund Burke



Burke y los derechos del hombre

Donde yo daría la razón a Bentham es en su crítica de los derechos del hombre revolucionarios; una crítica que ha sido reasumida, con diversos matices, por muchos otros. Principalmente Burke, del lado de los conservadores (Reflexiones sobre la Revolución francesa, 1790), y más tarde, Karl Marx (sobre todo, en la Cuestión Judía) han demostrado cuanto de especioso había en la Declaración de Derechos de 1789.

Pero tengamos cuidado. Será mejor avanzar con prudencia. No olvidemos que gran parte de nuestros contemporáneos se hallan comprometidos con todo su ser en la religión de los derechos humanos. Poderosas asociaciones, prestigiosas instituciones internacionales, parte del clero de las iglesias cristianas, un amplio abanico de buenas intenciones se entregan al culto de los derechos del hombre. Séanos permitido observar, sin embargo (observación elemental), que estos pretendidos derechos, cualquiera que sea la definición de su contenido, aparecen como irrealizables.

El modelo revolucionario

Estas son las observaciones de Burke sobre los derechos proclamados por la Revolución Francesa. Al mismo tiempo que la Constituyente proclamaba tan liberalmente el derecho del hombre a no ser condenado sino después de un proceso en buena y debida forma, y el carácter inviolable y sagrado de la propiedad, la gente se paseaba ante las ventanas de la Constituyente con las cabezas de personas del Antiguo Régimen, alzadas sobre picas, cortadas, sin otra forma de proceso; y la Asamblea ponía en marcha la expoliación de los emigrados. Los derechos del hombre no son nunca para todos.

La misma observación podemos hacer de los «derechos substanciales, llamados sociales, económicos y culturales». Nuestras nuevas Declaraciones son uno de los productos más acreditados de la literatura de nuestro tiempo; pero ante el jurista no pasan sin presentar problemas. El derecho de los pueblos a disponer libremente de ellos mismos puede servir para defender la causa de los palestinos; y para otros, la de los israelíes; pero, difícilmente, de unos y de otros a la vez.

Todos estos derechos son contradictorios. Supongamos que, por una vez, nos tomamos en serio el derecho de todo el mundo a la salud, y mediante los cuidados de la Seguridad Social, reconocemos el derecho a un trasplante de corazón a todo enfermo cardíaco; tendríamos que reducir los derechos de cada uno al mínimo vital, a la huelga, y a la cultura y, para comenzar, a la libertad.

No llegamos fácilmente a conciliar estos derechos que nuestra época segrega por doquier: derechos al pudor y a la libertad sexual; derechos a la vida y a la interrupción del embarazo; derechos al matrimonio y al divorcio; derechos a la información escrita y televisada, y al silencio y a la creatividad; derechos «a la ciudad», a las viviendas protegidas y a la calidad de vida... Los americanos nos aventajan aún más en la producción intensiva y cotidiana de los derechos del hombre. Esta sobreabundancia sirve, sobre todo, para alimentar multitud de reivindicaciones imposibles de realizar: cuando la gente vuelve a la vida real, queda decepcionada y amargada.

Un lenguaje engañoso

Inmensamente ambiciosos pero indefinidos, los derechos del hombre poseen un carácter ilusorio. Se ha podido decir que constituyen «promesas insostenibles», «falsos créditos», como ha ocurrido con nuestra moneda tras la inflación. ¿Es deformación de romanista? Cuando se nos otorga un derecho, esperamos que ese derecho nos pertenezca verdaderamente, que nos sea realmente debido, y que pueda ser, en el verdadero sentido de la palabra, reivindicado con alguna posibilidad de éxito. Cosa que no ocurre con los «derechos del hombre». Ante la inflación de los derechos del hombre, uno se extraña de que tan pocos juristas, en lugar de aplaudir, se pongan a protestar contra ese abuso de lenguaje.

Fuente

MICHEL VILLEY, Compendio de Filosofía del Derecho. Tomo I. Definiciones y fines del Derecho [Primera parte. Tratado de los fines del arte del Derecho. Sección segunda. Otras concepciones de la finalidad del Derecho. Capítulo II. El servicio de los hombres. Artículo IV. Crítica de los derechos del hombre], párrafo 88 (páginas 172-174).


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20 jul 2011

20 Jul. 1944: Salvaron el Honor del Ejército y de Alemania




20 de Julio de 1944

Con el sacrificio de su sangre y con su heroísmo
salvaron el Honor del Ejército y de Alemania

¡Gloria a los Caídos de la Wehrmacht de 20 de Julio de 1944!

Es lebe das heilige Deutschland!
¡Viva la sagrada Alemania!

Catecismo de la Iglesia Católica n. 2243: La 'resistencia' a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: 1) en caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; 2) después de haber agotado todos los otros recursos; 3) sin provocar desórdenes peores; 4) que haya esperanza fundada de éxito; 5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores.

Salvaron el Honor del Ejército y de Alemania

1. Generalfeldmarschall Erwin Rommel (* 15. November 1891 Heidenheim an der Brenz; † 14. Oktober 1944 Herrlingen bei Ulm)
2. Generalfeldmarschall Erwin von Witzleben (* 4. Dezember 1881 Breslau; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)

3. Generaloberst Ludwig August Theodor Beck, ehemaliger Generalstabschef des Heeres (* 29. Juni 1880 Biebrich; † 21. Juli 1944 Berlin, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
4. Generaloberst Erich Hoepner (* 14. September 1886 Frankfurt (Oder); † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)

5. General der Nachrichtentruppe Erich Fellgiebel (* 4. Oktober 1886 Pöpelwitz bei Breslau; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
6. General der Artillerie Fritz Lindemann (* 11. April 1890 Charlottenburg; † 22. September 1944 Berlin, erliegt den Schussverletzungen, die er sich während seiner Verhaftung zuzog)
7. General der Infanterie Friedrich Olbricht (* 4. Oktober 1888 Leisnig; † 21. Juli 1944, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
8. General der Artillerie Eduard Wagner, Generalquartiermeister des Heeres (* 1. April 1894 Kirchenlamitz; † 23. Juli 1944 Zossen)

9. Generalleutnant Paul von Hase, Kommandant von Berlin (* 24. Juli 1885 Hannover; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
10. Generalleutnant Adolf Heusinger (* 4. August 1897 Holzminden; † 30. November 1982 Köln); Oktober 1944 aus der Haft entlassen, da man keine Beweise gegen ihn finden konnte. Ab 1957 erster Generalinspekteur der Bundeswehr und Ernennung zum General
11. Generalleutnant Fritz Thiele (* 14. April 1894 Berlin; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)

12. Generalmajor Otto Herfurth (* 22. Januar 1893 Hasserode; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
13. Generalmajor Wilhelm Kunze (* 15. November 1894 in Leipzig; † 20. August 1960 ebenda); eingeweiht, blieb unentdeckt
14. Generalmajor Erwin von Lahousen-Vivremont, Leiter der Sabotage-Abteilung des Amtes Ausland/Abwehr der Wehrmacht (* 25. Oktober 1897 Wien; † 24. Februar 1955 Innsbruck); blieb unentdeckt
15. Generalmajor Hans Oster (* 9. August 1887 Dresden; † 9. April 1945 KZ Flossenbürg, hingerichtet)
16. Generalmajor Hellmuth Stieff (* 6. Juni 1901 Deutsch-Eylau; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
17. Generalmajor Henning von Tresckow (* 10. Januar 1901 Magdeburg; † 21. Juli 1944)

18. Oberst Otto Armster, Leiter der Abwehrstelle Wien (* 11. Juli 1891 in Preetz; † 21. September 1957); von Juli 1944 bis Kriegsende in Haft, von 1945 bis 1955 in sowjetischer Haft
19. Oberst Georg Freiherr von Boeselager (* 25. August 1915 Burg Heimerzheim; † 27. August 1944 Lomza/Russland, gefallen)
20. Oberst i.G. Eberhard Finckh (* 7. November 1899 Kupferzell; † 30. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
21. Oberst i.G. Wessel Freiherr von Freytag-Loringhoven (* 22. November 1899 Groß Born/Kurland; † 26. Juli 1944 Mauerwald/Ostpreußen)
22. Oberst Rudolph-Christoph Freiherr von Gersdorff (* 27. März 1905 Lüben/Schlesien; † 27. Januar 1980 München)
23. Oberst i.G. Helmuth Groscurth, Mitverfasser der geheimen Denkschrift Das drohende Unheil, einer Aufforderung an die militärische Führung zum Hochverrat (* 16. Dezember 1898 Lüdenscheid; † 7. April 1943 in sowjetischer Gefangenschaft)
24. Oberst Kurt Hahn (* 22. Juli 1901 Januschkau/Ostpreußen; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
25. Oberst i.G. Georg Hansen (* 5. Juli 5. Juli 1904 Sonnefeld/Coburg; † 8. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
26. Oberst i.G. Bodo von Harbou (* 7. April 1887; † 29. Juli 1943 Berlin)
27. Oberst Friedrich Gustav Jaeger (* 25. September 1895 Kirchberg an der Jagst; † 21. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
28. Oberst im Generalstab Heinrich Kodré, löste Walküre im Wehrkreis XVII aus (* 8. August 1899 Wien, † 22. Mai 1977 Linz) vom Ehrenhof freigesprochen
29. Oberst i.G. Hans Otfried von Linstow (* 16. März 1899 Wittenberg; † 30. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
30. Oberst Rudolf Graf von Marogna-Redwitz (* 15. Oktober 1886 München; † 12. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
31. Oberst i.G. Joachim Meichßner (* 4. April 1906 Deutsch-Eylau; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
32. Oberst Albrecht Ritter Mertz von Quirnheim (* 25. März 1905 München; † 21. Juli 1944 Berlin, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
33. Oberst Wolfgang Müller, Abteilungschef d. Infanterieabt. d. Allgm. Heeresamts; nach dem 20. Juli bis Kriegsende inhaftiert (* 15. Dezember 1901 in Bad Rehburg; † 6. Januar 1986 in Mettmann)
34. Oberst Alexis Freiherr von Roenne (* 22. Februar 1903 Tuckum/Kurland; † 12. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
35. Oberst Hermann Schöne, Fabrikant (* 6. Mai 1888 Kirchhain/Niederlausitz; † 15. Januar 1945 Brandenburg-Görden, hingerichtet)
36. Oberst i.G. Georg Schulze-Büttger (* 5. Oktober 1904 Posen; † 13. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
37. Oberst Wilhelm Staehle (* 20. November 1877 Neuenhaus; † 23. April 1945 Berlin, erschossen trotz Urteil auf 2 Jahre Haft)
38. Oberst i.G. Claus Schenk Graf von Stauffenberg (* 15. November 1907 Jettingen; † 20. Juli 1944 Berlin, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
39. Oberst i.G. Hans-Joachim Freiherr von Steinaecker (* 30. Dezember 1887; in sowjetische Kriegsgefangenschaft geraten und am 26. Juli 1945 in Rüdersdorf bei Berlin erschossen aufgefunden)
40. Oberst z.V. Nikolaus Graf von Üxküll-Gyllenband (* 14. Februar 1877 Güns/Ungarn; † 14. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
41. Oberst Siegfried Wagner (* 16. Februar 1881; † 26. Juli 1944 KZ Sachsenhausen)

42. Oberstleutnant i.G. Robert Bernardis (* 7. August 1908 Innsbruck; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
43. Oberstleutnant i.G. Hasso von Boehmer (* 9. August 1904 Groß-Lichterfelde; † 5. März 1945 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
44. Oberstleutnant i.G. Karl Heinz Engelhorn (* 6. September 1905; † 24. Oktober 1944 Brandenburg-Görden, hingerichtet)
45. Oberstleutnant Hans Otto Erdmann (* 18. Dezember 1896 Insterburg; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
46. Oberstleutnant i.G. Carl-Hans Graf von Hardenberg, Landwirt (* 22. Oktober 1891 Glogau; † 24. Oktober 1958 Frankfurt am Main)
47. Oberstleutnant Friedrich Wilhelm Heinz (* 7. Mai 1899 Frankfurt am Main; † 26. Februar 1968 Bad Nauheim); überlebte im Untergrund
48. Oberstleutnant d. R. Dr. jur. Caesar von Hofacker (* 11. März 1896 Ludwigsburg; † 20. Dezember 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
49. Oberstleutnant Bernhard Klamroth (* 20. November 1910 Berlin, † 15. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
50. Oberstleutnant i.G. Wilhelm Kuebart (* 4. März 1913; verurteilt zu 5 Jahren Zuchthaus)
51. Oberstleutnant Fritz von der Lancken, Internatsleiter (* 21. Juli 1890 Diedenhofen; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
52. Oberstleutnant i.G. Karl Michel (* 28. März 1904 in Wiesbaden; † 14. Januar 1945 bei Ozoli bei einem Todeskommando im Kurland-Kessel, zu dem er auf Himmlers Geheiß abkommandiert worden war)
53. Oberstleutnant Ernst Munzinger (* 6. Juli 1887; † 23. April 1945 Berlin, ohne Urteil erschossen)
54. Oberstleutnant i.G. Karl Ernst Rahtgens (* 27. August 1908 Lübeck; † 30. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
55. Oberstleutnant i.G. Joachim Sadrozinski (* 20. September 1907 Tilsit; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
56. Oberstleutnant Werner Schrader (* 7. März 1895 Rottorf; † 28. Juli 1944 Zossen)
57. Oberstleutnant i.G. Günther Smend (* 29. November 1912 Trier; † 8. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
58. Oberstleutnant Gustav Tellgmann (* 22. Oktober 1891; † 26. Februar 1945, hingerichtet)
59. Oberstleutnant Gerd von Tresckow (* 21. März 1899 Lüben; † 6. September 1944)
60. Oberstleutnant Hans-Alexander von Voss (* 13. Dezember 1907 Charlottenburg; † 8. November 1944 Heinersdorf bei Berlin)

61. Major Wolfgang Abshagen (* 17. November 1897 in Stralsund; † August 1945 in Brest)
62. Major Hans-Jürgen Graf von Blumenthal (* 23. Februar 1907 Potsdam; † 13. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
63. Major Philipp Freiherr von Boeselager (* 6. September 1917 Burg Heimerzheim; † 1. Mai 2008 Burg Kreuzberg)
64. Major Axel Freiherr von dem Bussche-Streithorst (* 24. April 1919 Braunschweig; † 26. Januar 1993 Bonn); entkam der Verhaftungswelle, da er sich seit Januar 1944 im Lazarett befand;
65. Major i.G. Egbert Hayessen (* 28. Dezember 1913 Eisleben † 15. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
66. Major Roland von Hößlin (* 21. Februar 1915 München; † 13. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
67. Major der Reserve Georg Conrad Kißling (* 20. Juli 1893 Breslau; † 22. Juli 1944 Berlin)
68. Major der Reserve bei der Abwehr (Nachrichtendienst) Hans Georg Klamroth, Kaufmann (* 12. Oktober 1898 Halberstadt; † 26. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
69. Major Gerhard Knaak (* 19. Juni 1906 Königsberg; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
70. Korvettenkapitän Alfred Kranzfelder (* 10. Februar 1908 Kempten; † 10. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
71. Major i.G. Joachim Kuhn (* 2. August 1913 Berlin; † 6. März 1994 Römershag bei Bad Brückenau); konnte sich der Festnahme entziehen
72. Major Ludwig Freiherr von Leonrod (* 17. September 1906 München; † 26. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
73. Major Wilhelm Graf zu Lynar, Landwirt, Adjutant von Witzlebens (* 3. Februar 1899 Berlin; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
74. Major i.G. Hans-Ulrich von Oertzen (* 6. März 1915 Berlin; † 21. Juli 1944 Berlin)
75. Major Hans-Viktor Graf von Salviati (* 23. August 1897 Stuttgart; † 23. April 1945 Berlin Zellengefängnis Lehrter Straße, von der SS hingerichtet)
76. Major Adolf Friedrich Graf von Schack (* 3. August 1888 St. Goar; † 15. Januar 1945 Brandenburg-Görden, hingerichtet)
77. Major Carl Szokoll (* 15. Oktober 1915 Wien, † 25. August 2004ebd); blieb unentdeckt, nach dem Krieg Filmproduzent
78. Major Busso Thoma (* 31. Oktober 1899 St. Blasien-Immeneich; † 23. Januar 1945 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)

79. Rittmeister Arthur Eberhard Börries Wolf Alfred von Breitenbuch, Dipl.-Forstingenieur (* 20. Juli 1910 Dietzhausen bei Suhl; † 22. September 1980 Göttingen); nach dem Krieg im niedersächsischen Forstdienst
80. Hauptmann Max Ulrich Graf von Drechsel (* 3. Oktober 1911 Karlstein; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
81. Hauptmann Albrecht Eggert (* 23. März 1903; † 5. Januar 1977), Stab Heeresgruppe Mitte,
82. Hauptmann Ludwig Gehre (* 5. Oktober 1895 Düsseldorf; † 9. April 1945 KZ Flossenbürg, hingerichtet)
83. Hauptmann Friedrich Karl Klausing, Adjutant Stauffenbergs, (* 24. Mai 1920 München; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
84. Hauptmann im OKW Bernhard Letterhaus, bis 1933 christlicher Gewerkschafter, Zentrumsabgeordneter und Vizepräsident des Kath. Kirchentages in Münster (* 10. Juli 1894; † 14. November 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
85. Rittmeister d. R Friedrich Scholz-Babisch (* 10. April 1890; † 13. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
86. Hauptmann d. R. im OKW Dr. jur. Theodor Strünck (* 5. April 1895 Pries bei Kiel; † 9. April 1945 im KZ Flossenbürg)

87. Oberleutnant Dr. jur. Randolph Freiherr von Breidbach-Bürresheim, Jurist (* 10. August 1912 Bonn; † 13. Juni 1945 KZ Sachsenhausen)
88. Oberleutnant Hans-Martin Dorsch († 13. März 1945, hingerichtet)
89. Oberleutnant Werner von Haeften (* 9. Oktober 1908 Berlin; † 21. Juli 1944, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
90. Oberleutnant d.R. Dr. rer. nat. Hermann Kaiser, Studienrat (* 31. Mai 1885 Remscheid; † 23. Januar 1945 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
91. Oberleutnant d. R. Heinrich Graf von Lehndorff-Steinort, Volkswirt und Gutsbesitzer (* 22. Juni 1909 Hannover; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
92. Oberleutnant Dr. jur. Fabian von Schlabrendorff (* 1. Juli 1907 Halle (Saale); † 3. September 1980); ohne Urteil bis Kriegsende inhaftiert

93. Leutnant d.R. Albrecht von Hagen, Jurist (* 11. März 1904 Langen/Pommern; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
94. Infanterieleutnant Ewald-Heinrich von Kleist-Schmenzin (* 10. Juli 1922 Gut Schmenzin bei Belgard/Pommern)

9 may 2011

El misterio de la sacrosanta Trinidad


Parrocchia della Santissima Trinità dei Pellegrini (Roma)

El misterio de la sacrosanta Trinidad


3. Antes de entrar en materia será conveniente y útil tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.

Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo han sido creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los ángeles a los hombres: «Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él nos lo ha revelado» (Jn 1, 18).

Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico: «Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues como dice Agustín en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado» (I q. 31 a. 2; De Trin. 1, 3). Peligro que procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.

4. Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza; y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión. Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar en todas partes; permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, después de celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.

Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Ángeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, también se hace mención de las otras; en las letanías, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación común; todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: «Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente» (Rom 11, 36); significando así la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas, procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: «No se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice “de Dios, por Dios, en Dios”; pues dice “de Dios”, por el Padre; “por Dios”, a causa del Hijo; “en Dios”, por relación al Espíritu Santo» (De Trin. 6 10; 1, 6).

Apropiaciones

5. Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia (S. Agustín, De Trin., 1, 4 y 5), porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente (S. Agustín, ibíd.); sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter «propio» de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o como dicen «se apropian». Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los atributos divinos se dice «apropiación» (S. Th., I q. 39 a. 7).

De esta manera, el Padre, que es principio de toda la Trinidad (S. Agustín, De Trin. 4, 20), es la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnación del Verbo y de la santificación de las almas: «de Dios son todas las cosas»; «de Dios», por relación al Padre; el Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios; «por Dios», por relación al Hijo; finalmente, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así El, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación: «en Dios», por relación al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo y Jesucristo

6. Precisados ya los actos de fe y de culto debidos a la augustísima Trinidad, todo lo cual nunca se inculcará bastante al pueblo cristiano, nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder del Espíritu Santo. Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador de la Iglesia y Redentor del género humano. Entre todas las obras de Dios ad extra, la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros. Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como «propio» al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18. 20), y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina (1 Tim 3, 16), que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16). Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión personal con el Verbo, no por mérito alguno, sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu Santo: El admirable modo, dice San Agustín, con que Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre (Enchir. 30. S. Thom., II q. 32 a. 1).

Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros (Hech 10, 38), y así es como toda acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu (S. Basil., De Sp. S. 16), que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: «Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios» (Heb 9, 14). Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en El hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías (4, 1; 11, 2. 3), ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Testamento.

Con razón nota San Agustín que Cristo no recibió el Espíritu Santo siendo ya de treinta años, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo; entonces, es decir, en el bautismo, no hizo sino prefigurar a su cuerpo místico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu Santo (De Trin. 15, 26). Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.

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20 abr 2011

El ayuno pascual de Viernes santo y Sábado santo


El ayuno pascual de Viernes santo y Sábado santo

II CONCILIO VATICANO, Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’, sobre la sagrada liturgia (4 de diciembre de 1963), n. 110

La penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social. Foméntese la práctica penitencial de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles y recomiéndese por parte de las autoridades de que se habla en el artículo 22.

Sin embargo, téngase como sagrado el ayuno pascual; ha de celebrarse en todas partes el Viernes de la Pasión y Muerte del Señor y aun extenderse, según las circunstancias, al Sábado Santo, para que de este modo se llegue al gozo del Domingo de Resurrección con ánimo elevado y entusiasta.

El Viernes Santo conmemoraremos la pasión y la muerte del Señor; adoraremos a Cristo crucificado; participaremos en sus sufrimientos con la penitencia y el ayuno. «Mirando al que traspasaron» (cf. Jn 19, 37), podremos acudir a su corazón desgarrado, del que brota sangre y agua, como a una fuente; de ese corazón, de donde mana el amor de Dios para cada hombre, recibimos su Espíritu. Acompañemos, por tanto, también nosotros a Jesús que sube al Calvario; dejémonos guiar por él hasta la cruz; recibamos la ofrenda de su cuerpo inmolado.

Por último, en la noche del Sábado Santo celebraremos la solemne Vigilia Pascual, en la que se nos anuncia la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre la muerte, que nos invita a ser en él hombres nuevos. Al participar en esta santa Vigilia, en la noche central de todo el año litúrgico, conmemoraremos nuestro Bautismo, en el que también nosotros hemos sido sepultados con Cristo, para poder resucitar con él y participar en el banquete del cielo (cf. Ap 19, 7-9).

El Viernes santo, que conmemora los acontecimientos que van desde la condena a muerte hasta la crucifixión de Cristo, es un día de penitencia, de ayuno, de oración, de participación en la pasión del Señor. La asamblea cristiana, en la hora establecida, vuelve a recorrer, con la ayuda de la palabra de Dios y de los gestos litúrgicos, la historia de la infidelidad humana al designio divino, que sin embargo precisamente así se realiza, y vuelve a escuchar la narración conmovedora de la dolorosa pasión del Señor.

Luego dirige al Padre celestial una larga «oración de los fieles», que abarca todas las necesidades de la Iglesia y del mundo. Seguidamente, la comunidad adora la cruz y recibe la Comunión eucarística, consumiendo las especies sagradas conservadas desde la misa in Cena Domini del día anterior. San Juan Crisóstomo, comentando el Viernes santo, afirma: «Antes la cruz significaba desprecio, pero hoy es algo venerable; antes era símbolo de condena, y hoy es esperanza de salvación. Se ha convertido verdaderamente en manantial de infinitos bienes; nos ha librado del error, ha disipado nuestras tinieblas, nos ha reconciliado con Dios; de enemigos de Dios, nos ha hecho sus familiares; de extranjeros, nos ha hecho sus vecinos: esta cruz es la destrucción de la enemistad, el manantial de la paz, el cofre de nuestro tesoro» (De cruce et latrone I, 1, 4).

Para vivir de una manera más intensa la pasión del Redentor, la tradición cristiana ha dado vida a numerosas manifestaciones de religiosidad popular, entre las que se encuentran las conocidas procesiones del Viernes santo, con los sugerentes ritos que se repiten todos los años. Pero hay un ejercicio de piedad, el «vía crucis», que durante todo el año nos ofrece la posibilidad de imprimir cada vez más profundamente en nuestro espíritu el misterio de la cruz, de avanzar con Cristo por este camino, configurándonos así interiormente con él. Podríamos decir que el vía crucis, utilizando una expresión de san León Magno, nos enseña a «contemplar con los ojos del corazón a Jesús crucificado para reconocer en su carne nuestra propia carne» (Sermón 15 sobre la pasión del Señor). Precisamente en esto consiste la verdadera sabiduría del cristiano, que queremos aprender siguiendo el vía crucis del Viernes santo en el Coliseo.

El Sábado santo es el día en el que la liturgia calla, el día del gran silencio, en el que se invita a los cristianos a mantener un recogimiento interior, con frecuencia difícil de cultivar en nuestro tiempo, para prepararse mejor a la Vigilia pascual. En muchas comunidades se organizan retiros espirituales y encuentros de oración mariana, para unirse a la Madre del Redentor, que espera con trepidante confianza la resurrección de su Hijo crucificado.

El Viernes santo, centrado en el misterio de la Pasión, es un día de ayuno y penitencia, totalmente orientado a la contemplación de Cristo en la cruz. En las iglesias se proclama el relato de la Pasión y resuenan las palabras del profeta Zacarías: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37). Y durante el Viernes santo también nosotros queremos fijar nuestra mirada en el corazón traspasado del Redentor, en el que, como escribe san Pablo, «están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 3), más aún, en el que «reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2, 9).

Por eso el Apóstol puede afirmar con decisión que no quiere saber «nada más que a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2, 2). Es verdad: la cruz revela «la anchura y la longitud, la altura y la profundidad» –las dimensiones cósmicas, este es su sentido– de un amor que supera todo conocimiento –el amor va más allá de todo cuanto se conoce– y nos llena «hasta la total plenitud de Dios» (cf. Ef 3, 18-19).

En el misterio del Crucificado «se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical» (Deus caritas est, 12). La cruz de Cristo, escribe en el siglo V el Papa san León Magno, «es fuente de todas las bendiciones y causa de todas las gracias» (Discurso 8 sobre la pasión del Señor, 6-8: PL 54, 340-342).

En el Sábado santo la Iglesia, uniéndose espiritualmente a María, permanece en oración junto al sepulcro, donde el cuerpo del Hijo de Dios yace inerte como en una condición de descanso después de la obra creadora de la Redención, realizada con su muerte (cf. Hb 4, 1-13). Ya entrada la noche comenzará la solemne Vigilia pascual, durante la cual en cada Iglesia el canto gozoso del Gloria y del Aleluya pascual se elevará del corazón de los nuevos bautizados y de toda la comunidad cristiana, feliz porque Cristo ha resucitado y ha vencido a la muerte.

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16 feb 2011

San Juan de la Cruz a propósito de supuestas visiones o revelaciones




San Juan de la Cruz a propósito de supuestas visiones o revelaciones

«Porque en darnos, como nos dio a Su Hijo, que es una Palabra Suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra [...]; porque lo que hablaba antes en partes a los Profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es Su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad».

– San Juan de la Cruz, ‘Subida del monte Carmelo’, 2, 22, 3-5: ‘Biblioteca Mística Carmelitana’, v. 11 (Burgos 1929) p. 184.

[Latine]: «Dando quippe nobis, sicut dedit, Filium Suum, qui est unicum solumque Ipsius Verbum, omnia nobis simul unaque vice in hoc unico Verbo locutus est nihilque amplius habet loquendum. [...] Id enim quod antea per partes loquebatur Prophetis, iam nobis totum in Ipso dixit, Ipsum nobis totum dando, id est, Filium Suum. Quamobrem ille qui nunc vellet aliquid a Deo sciscitari, vel visionem aliquam aut revelationem ab Eo postulare, non solum stultum quid faceret, sed videretur iniuriam Deo inferre, non defigendo omnino suos oculos in Christum vel aliam rem aut novitatem extra illum requirendo».

– Sanctus Ioannes a Cruce, ‘Subida del monte Carmelo’, 2, 22, 3-5: ‘Biblioteca Mística Carmelitana’, v. 11 (Burgos 1929) p. 184.

Cf. Catequesis de Benedicto XVI sobre San Juan de la Cruz, ‘Audiencia General’ (16 de febrero de 2011); ‘Vídeo’.

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