24 jul 2011

Crítica a los derechos del hombre. Michel Villey y Edmund Burke



Burke y los derechos del hombre

Donde yo daría la razón a Bentham es en su crítica de los derechos del hombre revolucionarios; una crítica que ha sido reasumida, con diversos matices, por muchos otros. Principalmente Burke, del lado de los conservadores (Reflexiones sobre la Revolución francesa, 1790), y más tarde, Karl Marx (sobre todo, en la Cuestión Judía) han demostrado cuanto de especioso había en la Declaración de Derechos de 1789.

Pero tengamos cuidado. Será mejor avanzar con prudencia. No olvidemos que gran parte de nuestros contemporáneos se hallan comprometidos con todo su ser en la religión de los derechos humanos. Poderosas asociaciones, prestigiosas instituciones internacionales, parte del clero de las iglesias cristianas, un amplio abanico de buenas intenciones se entregan al culto de los derechos del hombre. Séanos permitido observar, sin embargo (observación elemental), que estos pretendidos derechos, cualquiera que sea la definición de su contenido, aparecen como irrealizables.

El modelo revolucionario

Estas son las observaciones de Burke sobre los derechos proclamados por la Revolución Francesa. Al mismo tiempo que la Constituyente proclamaba tan liberalmente el derecho del hombre a no ser condenado sino después de un proceso en buena y debida forma, y el carácter inviolable y sagrado de la propiedad, la gente se paseaba ante las ventanas de la Constituyente con las cabezas de personas del Antiguo Régimen, alzadas sobre picas, cortadas, sin otra forma de proceso; y la Asamblea ponía en marcha la expoliación de los emigrados. Los derechos del hombre no son nunca para todos.

La misma observación podemos hacer de los «derechos substanciales, llamados sociales, económicos y culturales». Nuestras nuevas Declaraciones son uno de los productos más acreditados de la literatura de nuestro tiempo; pero ante el jurista no pasan sin presentar problemas. El derecho de los pueblos a disponer libremente de ellos mismos puede servir para defender la causa de los palestinos; y para otros, la de los israelíes; pero, difícilmente, de unos y de otros a la vez.

Todos estos derechos son contradictorios. Supongamos que, por una vez, nos tomamos en serio el derecho de todo el mundo a la salud, y mediante los cuidados de la Seguridad Social, reconocemos el derecho a un trasplante de corazón a todo enfermo cardíaco; tendríamos que reducir los derechos de cada uno al mínimo vital, a la huelga, y a la cultura y, para comenzar, a la libertad.

No llegamos fácilmente a conciliar estos derechos que nuestra época segrega por doquier: derechos al pudor y a la libertad sexual; derechos a la vida y a la interrupción del embarazo; derechos al matrimonio y al divorcio; derechos a la información escrita y televisada, y al silencio y a la creatividad; derechos «a la ciudad», a las viviendas protegidas y a la calidad de vida... Los americanos nos aventajan aún más en la producción intensiva y cotidiana de los derechos del hombre. Esta sobreabundancia sirve, sobre todo, para alimentar multitud de reivindicaciones imposibles de realizar: cuando la gente vuelve a la vida real, queda decepcionada y amargada.

Un lenguaje engañoso

Inmensamente ambiciosos pero indefinidos, los derechos del hombre poseen un carácter ilusorio. Se ha podido decir que constituyen «promesas insostenibles», «falsos créditos», como ha ocurrido con nuestra moneda tras la inflación. ¿Es deformación de romanista? Cuando se nos otorga un derecho, esperamos que ese derecho nos pertenezca verdaderamente, que nos sea realmente debido, y que pueda ser, en el verdadero sentido de la palabra, reivindicado con alguna posibilidad de éxito. Cosa que no ocurre con los «derechos del hombre». Ante la inflación de los derechos del hombre, uno se extraña de que tan pocos juristas, en lugar de aplaudir, se pongan a protestar contra ese abuso de lenguaje.

Fuente

MICHEL VILLEY, Compendio de Filosofía del Derecho. Tomo I. Definiciones y fines del Derecho [Primera parte. Tratado de los fines del arte del Derecho. Sección segunda. Otras concepciones de la finalidad del Derecho. Capítulo II. El servicio de los hombres. Artículo IV. Crítica de los derechos del hombre], párrafo 88 (páginas 172-174).


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20 jul 2011

20 Jul. 1944: Salvaron el Honor del Ejército y de Alemania



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20 de Julio de 1944

Con el sacrificio de su sangre y con su heroísmo
salvaron el Honor del Ejército y de Alemania

¡Gloria a los Caídos de la Wehrmacht de 20 de Julio de 1944!

Es lebe das heilige Deutschland!
¡Viva la sagrada Alemania!

Catecismo de la Iglesia Católica n. 2243: La 'resistencia' a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: 1) en caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; 2) después de haber agotado todos los otros recursos; 3) sin provocar desórdenes peores; 4) que haya esperanza fundada de éxito; 5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores.

Salvaron el Honor del Ejército y de Alemania

1. Generalfeldmarschall Erwin Rommel (* 15. November 1891 Heidenheim an der Brenz; † 14. Oktober 1944 Herrlingen bei Ulm)
2. Generalfeldmarschall Erwin von Witzleben (* 4. Dezember 1881 Breslau; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)

3. Generaloberst Ludwig August Theodor Beck, ehemaliger Generalstabschef des Heeres (* 29. Juni 1880 Biebrich; † 21. Juli 1944 Berlin, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
4. Generaloberst Erich Hoepner (* 14. September 1886 Frankfurt (Oder); † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)

5. General der Nachrichtentruppe Erich Fellgiebel (* 4. Oktober 1886 Pöpelwitz bei Breslau; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
6. General der Artillerie Fritz Lindemann (* 11. April 1890 Charlottenburg; † 22. September 1944 Berlin, erliegt den Schussverletzungen, die er sich während seiner Verhaftung zuzog)
7. General der Infanterie Friedrich Olbricht (* 4. Oktober 1888 Leisnig; † 21. Juli 1944, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
8. General der Artillerie Eduard Wagner, Generalquartiermeister des Heeres (* 1. April 1894 Kirchenlamitz; † 23. Juli 1944 Zossen)

9. Generalleutnant Paul von Hase, Kommandant von Berlin (* 24. Juli 1885 Hannover; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
10. Generalleutnant Adolf Heusinger (* 4. August 1897 Holzminden; † 30. November 1982 Köln); Oktober 1944 aus der Haft entlassen, da man keine Beweise gegen ihn finden konnte. Ab 1957 erster Generalinspekteur der Bundeswehr und Ernennung zum General
11. Generalleutnant Fritz Thiele (* 14. April 1894 Berlin; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)

12. Generalmajor Otto Herfurth (* 22. Januar 1893 Hasserode; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
13. Generalmajor Wilhelm Kunze (* 15. November 1894 in Leipzig; † 20. August 1960 ebenda); eingeweiht, blieb unentdeckt
14. Generalmajor Erwin von Lahousen-Vivremont, Leiter der Sabotage-Abteilung des Amtes Ausland/Abwehr der Wehrmacht (* 25. Oktober 1897 Wien; † 24. Februar 1955 Innsbruck); blieb unentdeckt
15. Generalmajor Hans Oster (* 9. August 1887 Dresden; † 9. April 1945 KZ Flossenbürg, hingerichtet)
16. Generalmajor Hellmuth Stieff (* 6. Juni 1901 Deutsch-Eylau; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
17. Generalmajor Henning von Tresckow (* 10. Januar 1901 Magdeburg; † 21. Juli 1944)

18. Oberst Otto Armster, Leiter der Abwehrstelle Wien (* 11. Juli 1891 in Preetz; † 21. September 1957); von Juli 1944 bis Kriegsende in Haft, von 1945 bis 1955 in sowjetischer Haft
19. Oberst Georg Freiherr von Boeselager (* 25. August 1915 Burg Heimerzheim; † 27. August 1944 Lomza/Russland, gefallen)
20. Oberst i.G. Eberhard Finckh (* 7. November 1899 Kupferzell; † 30. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
21. Oberst i.G. Wessel Freiherr von Freytag-Loringhoven (* 22. November 1899 Groß Born/Kurland; † 26. Juli 1944 Mauerwald/Ostpreußen)
22. Oberst Rudolph-Christoph Freiherr von Gersdorff (* 27. März 1905 Lüben/Schlesien; † 27. Januar 1980 München)
23. Oberst i.G. Helmuth Groscurth, Mitverfasser der geheimen Denkschrift Das drohende Unheil, einer Aufforderung an die militärische Führung zum Hochverrat (* 16. Dezember 1898 Lüdenscheid; † 7. April 1943 in sowjetischer Gefangenschaft)
24. Oberst Kurt Hahn (* 22. Juli 1901 Januschkau/Ostpreußen; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
25. Oberst i.G. Georg Hansen (* 5. Juli 5. Juli 1904 Sonnefeld/Coburg; † 8. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
26. Oberst i.G. Bodo von Harbou (* 7. April 1887; † 29. Juli 1943 Berlin)
27. Oberst Friedrich Gustav Jaeger (* 25. September 1895 Kirchberg an der Jagst; † 21. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
28. Oberst im Generalstab Heinrich Kodré, löste Walküre im Wehrkreis XVII aus (* 8. August 1899 Wien, † 22. Mai 1977 Linz) vom Ehrenhof freigesprochen
29. Oberst i.G. Hans Otfried von Linstow (* 16. März 1899 Wittenberg; † 30. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
30. Oberst Rudolf Graf von Marogna-Redwitz (* 15. Oktober 1886 München; † 12. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
31. Oberst i.G. Joachim Meichßner (* 4. April 1906 Deutsch-Eylau; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
32. Oberst Albrecht Ritter Mertz von Quirnheim (* 25. März 1905 München; † 21. Juli 1944 Berlin, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
33. Oberst Wolfgang Müller, Abteilungschef d. Infanterieabt. d. Allgm. Heeresamts; nach dem 20. Juli bis Kriegsende inhaftiert (* 15. Dezember 1901 in Bad Rehburg; † 6. Januar 1986 in Mettmann)
34. Oberst Alexis Freiherr von Roenne (* 22. Februar 1903 Tuckum/Kurland; † 12. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
35. Oberst Hermann Schöne, Fabrikant (* 6. Mai 1888 Kirchhain/Niederlausitz; † 15. Januar 1945 Brandenburg-Görden, hingerichtet)
36. Oberst i.G. Georg Schulze-Büttger (* 5. Oktober 1904 Posen; † 13. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
37. Oberst Wilhelm Staehle (* 20. November 1877 Neuenhaus; † 23. April 1945 Berlin, erschossen trotz Urteil auf 2 Jahre Haft)
38. Oberst i.G. Claus Schenk Graf von Stauffenberg (* 15. November 1907 Jettingen; † 20. Juli 1944 Berlin, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
39. Oberst i.G. Hans-Joachim Freiherr von Steinaecker (* 30. Dezember 1887; in sowjetische Kriegsgefangenschaft geraten und am 26. Juli 1945 in Rüdersdorf bei Berlin erschossen aufgefunden)
40. Oberst z.V. Nikolaus Graf von Üxküll-Gyllenband (* 14. Februar 1877 Güns/Ungarn; † 14. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
41. Oberst Siegfried Wagner (* 16. Februar 1881; † 26. Juli 1944 KZ Sachsenhausen)

42. Oberstleutnant i.G. Robert Bernardis (* 7. August 1908 Innsbruck; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
43. Oberstleutnant i.G. Hasso von Boehmer (* 9. August 1904 Groß-Lichterfelde; † 5. März 1945 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
44. Oberstleutnant i.G. Karl Heinz Engelhorn (* 6. September 1905; † 24. Oktober 1944 Brandenburg-Görden, hingerichtet)
45. Oberstleutnant Hans Otto Erdmann (* 18. Dezember 1896 Insterburg; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
46. Oberstleutnant i.G. Carl-Hans Graf von Hardenberg, Landwirt (* 22. Oktober 1891 Glogau; † 24. Oktober 1958 Frankfurt am Main)
47. Oberstleutnant Friedrich Wilhelm Heinz (* 7. Mai 1899 Frankfurt am Main; † 26. Februar 1968 Bad Nauheim); überlebte im Untergrund
48. Oberstleutnant d. R. Dr. jur. Caesar von Hofacker (* 11. März 1896 Ludwigsburg; † 20. Dezember 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
49. Oberstleutnant Bernhard Klamroth (* 20. November 1910 Berlin, † 15. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
50. Oberstleutnant i.G. Wilhelm Kuebart (* 4. März 1913; verurteilt zu 5 Jahren Zuchthaus)
51. Oberstleutnant Fritz von der Lancken, Internatsleiter (* 21. Juli 1890 Diedenhofen; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
52. Oberstleutnant i.G. Karl Michel (* 28. März 1904 in Wiesbaden; † 14. Januar 1945 bei Ozoli bei einem Todeskommando im Kurland-Kessel, zu dem er auf Himmlers Geheiß abkommandiert worden war)
53. Oberstleutnant Ernst Munzinger (* 6. Juli 1887; † 23. April 1945 Berlin, ohne Urteil erschossen)
54. Oberstleutnant i.G. Karl Ernst Rahtgens (* 27. August 1908 Lübeck; † 30. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
55. Oberstleutnant i.G. Joachim Sadrozinski (* 20. September 1907 Tilsit; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
56. Oberstleutnant Werner Schrader (* 7. März 1895 Rottorf; † 28. Juli 1944 Zossen)
57. Oberstleutnant i.G. Günther Smend (* 29. November 1912 Trier; † 8. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
58. Oberstleutnant Gustav Tellgmann (* 22. Oktober 1891; † 26. Februar 1945, hingerichtet)
59. Oberstleutnant Gerd von Tresckow (* 21. März 1899 Lüben; † 6. September 1944)
60. Oberstleutnant Hans-Alexander von Voss (* 13. Dezember 1907 Charlottenburg; † 8. November 1944 Heinersdorf bei Berlin)

61. Major Wolfgang Abshagen (* 17. November 1897 in Stralsund; † August 1945 in Brest)
62. Major Hans-Jürgen Graf von Blumenthal (* 23. Februar 1907 Potsdam; † 13. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
63. Major Philipp Freiherr von Boeselager (* 6. September 1917 Burg Heimerzheim; † 1. Mai 2008 Burg Kreuzberg)
64. Major Axel Freiherr von dem Bussche-Streithorst (* 24. April 1919 Braunschweig; † 26. Januar 1993 Bonn); entkam der Verhaftungswelle, da er sich seit Januar 1944 im Lazarett befand;
65. Major i.G. Egbert Hayessen (* 28. Dezember 1913 Eisleben † 15. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
66. Major Roland von Hößlin (* 21. Februar 1915 München; † 13. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
67. Major der Reserve Georg Conrad Kißling (* 20. Juli 1893 Breslau; † 22. Juli 1944 Berlin)
68. Major der Reserve bei der Abwehr (Nachrichtendienst) Hans Georg Klamroth, Kaufmann (* 12. Oktober 1898 Halberstadt; † 26. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
69. Major Gerhard Knaak (* 19. Juni 1906 Königsberg; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
70. Korvettenkapitän Alfred Kranzfelder (* 10. Februar 1908 Kempten; † 10. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
71. Major i.G. Joachim Kuhn (* 2. August 1913 Berlin; † 6. März 1994 Römershag bei Bad Brückenau); konnte sich der Festnahme entziehen
72. Major Ludwig Freiherr von Leonrod (* 17. September 1906 München; † 26. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
73. Major Wilhelm Graf zu Lynar, Landwirt, Adjutant von Witzlebens (* 3. Februar 1899 Berlin; † 29. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
74. Major i.G. Hans-Ulrich von Oertzen (* 6. März 1915 Berlin; † 21. Juli 1944 Berlin)
75. Major Hans-Viktor Graf von Salviati (* 23. August 1897 Stuttgart; † 23. April 1945 Berlin Zellengefängnis Lehrter Straße, von der SS hingerichtet)
76. Major Adolf Friedrich Graf von Schack (* 3. August 1888 St. Goar; † 15. Januar 1945 Brandenburg-Görden, hingerichtet)
77. Major Carl Szokoll (* 15. Oktober 1915 Wien, † 25. August 2004ebd); blieb unentdeckt, nach dem Krieg Filmproduzent
78. Major Busso Thoma (* 31. Oktober 1899 St. Blasien-Immeneich; † 23. Januar 1945 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)

79. Rittmeister Arthur Eberhard Börries Wolf Alfred von Breitenbuch, Dipl.-Forstingenieur (* 20. Juli 1910 Dietzhausen bei Suhl; † 22. September 1980 Göttingen); nach dem Krieg im niedersächsischen Forstdienst
80. Hauptmann Max Ulrich Graf von Drechsel (* 3. Oktober 1911 Karlstein; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
81. Hauptmann Albrecht Eggert (* 23. März 1903; † 5. Januar 1977), Stab Heeresgruppe Mitte,
82. Hauptmann Ludwig Gehre (* 5. Oktober 1895 Düsseldorf; † 9. April 1945 KZ Flossenbürg, hingerichtet)
83. Hauptmann Friedrich Karl Klausing, Adjutant Stauffenbergs, (* 24. Mai 1920 München; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
84. Hauptmann im OKW Bernhard Letterhaus, bis 1933 christlicher Gewerkschafter, Zentrumsabgeordneter und Vizepräsident des Kath. Kirchentages in Münster (* 10. Juli 1894; † 14. November 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
85. Rittmeister d. R Friedrich Scholz-Babisch (* 10. April 1890; † 13. Oktober 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
86. Hauptmann d. R. im OKW Dr. jur. Theodor Strünck (* 5. April 1895 Pries bei Kiel; † 9. April 1945 im KZ Flossenbürg)

87. Oberleutnant Dr. jur. Randolph Freiherr von Breidbach-Bürresheim, Jurist (* 10. August 1912 Bonn; † 13. Juni 1945 KZ Sachsenhausen)
88. Oberleutnant Hans-Martin Dorsch († 13. März 1945, hingerichtet)
89. Oberleutnant Werner von Haeften (* 9. Oktober 1908 Berlin; † 21. Juli 1944, auf persönlichen Befehl von General Friedrich Fromm erschossen)
90. Oberleutnant d.R. Dr. rer. nat. Hermann Kaiser, Studienrat (* 31. Mai 1885 Remscheid; † 23. Januar 1945 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
91. Oberleutnant d. R. Heinrich Graf von Lehndorff-Steinort, Volkswirt und Gutsbesitzer (* 22. Juni 1909 Hannover; † 4. September 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
92. Oberleutnant Dr. jur. Fabian von Schlabrendorff (* 1. Juli 1907 Halle (Saale); † 3. September 1980); ohne Urteil bis Kriegsende inhaftiert

93. Leutnant d.R. Albrecht von Hagen, Jurist (* 11. März 1904 Langen/Pommern; † 8. August 1944 Berlin-Plötzensee, hingerichtet)
94. Infanterieleutnant Ewald-Heinrich von Kleist-Schmenzin (* 10. Juli 1922 Gut Schmenzin bei Belgard/Pommern)

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9 may 2011

El misterio de la sacrosanta Trinidad


Parrocchia della Santissima Trinità dei Pellegrini (Roma)

El misterio de la sacrosanta Trinidad


3. Antes de entrar en materia será conveniente y útil tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.

Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo han sido creados en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios mismo descendió de los ángeles a los hombres: «Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él nos lo ha revelado» (Jn 1, 18).

Así pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico: «Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad, pues –como dice Agustín– en ninguna otra materia intelectual es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez logrado» (I q. 31 a. 2; De Trin. 1, 3). Peligro que procede de confundir entre sí, en la fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.

4. Por ello, nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza; y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino que recuerda su venida o externa misión. Todo ello fue prudentemente establecido para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al distinguir las Personas. Más aún: la Iglesia, a fin de mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar en todas partes; permitió que se dedicasen a este misterio templos y altares y, después de celestial visión, aprobó una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.

Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Ángeles, a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas, también se hace mención de las otras; en las letanías, luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina por su invocación común; todos los salmos e himnos tienen la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase: «Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la gloria eternamente» (Rom 11, 36); significando así la trinidad de las Personas y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica en cada una de las Personas, procede que a cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: «No se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando dice “de Dios, por Dios, en Dios”; pues dice “de Dios”, por el Padre; “por Dios”, a causa del Hijo; “en Dios”, por relación al Espíritu Santo» (De Trin. 6 10; 1, 6).

Apropiaciones

5. Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia (S. Agustín, De Trin., 1, 4 y 5), porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente (S. Agustín, ibíd.); sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter «propio» de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o –como dicen– «se apropian». Así como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos también con los atributos divinos; y la manifestación deducida de los atributos divinos se dice «apropiación» (S. Th., I q. 39 a. 7).

De esta manera, el Padre, que es principio de toda la Trinidad (S. Agustín, De Trin. 4, 20), es la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnación del Verbo y de la santificación de las almas: «de Dios son todas las cosas»; «de Dios», por relación al Padre; el Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él, que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios; «por Dios», por relación al Hijo; finalmente, el Espíritu Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así El, que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra eterna salvación: «en Dios», por relación al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo y Jesucristo

6. Precisados ya los actos de fe y de culto debidos a la augustísima Trinidad, todo lo cual nunca se inculcará bastante al pueblo cristiano, nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder del Espíritu Santo. Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador de la Iglesia y Redentor del género humano. Entre todas las obras de Dios ad extra, la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros. Este gran prodigio, aun cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como «propio» al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18. 20), y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina (1 Tim 3, 16), que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito» (Jn 3, 16). Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión personal con el Verbo, no por mérito alguno, sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu Santo: El admirable modo, dice San Agustín, con que Cristo fue concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la bondad de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno precedente, ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre (Enchir. 30. S. Thom., II q. 32 a. 1).

Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros (Hech 10, 38), y así es como toda acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu (S. Basil., De Sp. S. 16), que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: «Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios» (Heb 9, 14). Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en El hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías (4, 1; 11, 2. 3), ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Testamento.

Con razón nota San Agustín que Cristo no recibió el Espíritu Santo siendo ya de treinta años, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo; entonces, es decir, en el bautismo, no hizo sino prefigurar a su cuerpo místico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu Santo (De Trin. 15, 26). Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.

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20 abr 2011

El ayuno pascual de Viernes santo y Sábado santo


El ayuno pascual de Viernes santo y Sábado santo

II CONCILIO VATICANO, Constitución ‘Sacrosanctum Concilium’, sobre la sagrada liturgia (4 de diciembre de 1963), n. 110

La penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social. Foméntese la práctica penitencial de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles y recomiéndese por parte de las autoridades de que se habla en el artículo 22.

Sin embargo, téngase como sagrado el ayuno pascual; ha de celebrarse en todas partes el Viernes de la Pasión y Muerte del Señor y aun extenderse, según las circunstancias, al Sábado Santo, para que de este modo se llegue al gozo del Domingo de Resurrección con ánimo elevado y entusiasta.

El Viernes Santo conmemoraremos la pasión y la muerte del Señor; adoraremos a Cristo crucificado; participaremos en sus sufrimientos con la penitencia y el ayuno. «Mirando al que traspasaron» (cf. Jn 19, 37), podremos acudir a su corazón desgarrado, del que brota sangre y agua, como a una fuente; de ese corazón, de donde mana el amor de Dios para cada hombre, recibimos su Espíritu. Acompañemos, por tanto, también nosotros a Jesús que sube al Calvario; dejémonos guiar por él hasta la cruz; recibamos la ofrenda de su cuerpo inmolado.

Por último, en la noche del Sábado Santo celebraremos la solemne Vigilia Pascual, en la que se nos anuncia la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre la muerte, que nos invita a ser en él hombres nuevos. Al participar en esta santa Vigilia, en la noche central de todo el año litúrgico, conmemoraremos nuestro Bautismo, en el que también nosotros hemos sido sepultados con Cristo, para poder resucitar con él y participar en el banquete del cielo (cf. Ap 19, 7-9).

El Viernes santo, que conmemora los acontecimientos que van desde la condena a muerte hasta la crucifixión de Cristo, es un día de penitencia, de ayuno, de oración, de participación en la pasión del Señor. La asamblea cristiana, en la hora establecida, vuelve a recorrer, con la ayuda de la palabra de Dios y de los gestos litúrgicos, la historia de la infidelidad humana al designio divino, que sin embargo precisamente así se realiza, y vuelve a escuchar la narración conmovedora de la dolorosa pasión del Señor.

Luego dirige al Padre celestial una larga «oración de los fieles», que abarca todas las necesidades de la Iglesia y del mundo. Seguidamente, la comunidad adora la cruz y recibe la Comunión eucarística, consumiendo las especies sagradas conservadas desde la misa in Cena Domini del día anterior. San Juan Crisóstomo, comentando el Viernes santo, afirma: «Antes la cruz significaba desprecio, pero hoy es algo venerable; antes era símbolo de condena, y hoy es esperanza de salvación. Se ha convertido verdaderamente en manantial de infinitos bienes; nos ha librado del error, ha disipado nuestras tinieblas, nos ha reconciliado con Dios; de enemigos de Dios, nos ha hecho sus familiares; de extranjeros, nos ha hecho sus vecinos: esta cruz es la destrucción de la enemistad, el manantial de la paz, el cofre de nuestro tesoro» (De cruce et latrone I, 1, 4).

Para vivir de una manera más intensa la pasión del Redentor, la tradición cristiana ha dado vida a numerosas manifestaciones de religiosidad popular, entre las que se encuentran las conocidas procesiones del Viernes santo, con los sugerentes ritos que se repiten todos los años. Pero hay un ejercicio de piedad, el «vía crucis», que durante todo el año nos ofrece la posibilidad de imprimir cada vez más profundamente en nuestro espíritu el misterio de la cruz, de avanzar con Cristo por este camino, configurándonos así interiormente con él. Podríamos decir que el vía crucis, utilizando una expresión de san León Magno, nos enseña a «contemplar con los ojos del corazón a Jesús crucificado para reconocer en su carne nuestra propia carne» (Sermón 15 sobre la pasión del Señor). Precisamente en esto consiste la verdadera sabiduría del cristiano, que queremos aprender siguiendo el vía crucis del Viernes santo en el Coliseo.

El Sábado santo es el día en el que la liturgia calla, el día del gran silencio, en el que se invita a los cristianos a mantener un recogimiento interior, con frecuencia difícil de cultivar en nuestro tiempo, para prepararse mejor a la Vigilia pascual. En muchas comunidades se organizan retiros espirituales y encuentros de oración mariana, para unirse a la Madre del Redentor, que espera con trepidante confianza la resurrección de su Hijo crucificado.

El Viernes santo, centrado en el misterio de la Pasión, es un día de ayuno y penitencia, totalmente orientado a la contemplación de Cristo en la cruz. En las iglesias se proclama el relato de la Pasión y resuenan las palabras del profeta Zacarías: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37). Y durante el Viernes santo también nosotros queremos fijar nuestra mirada en el corazón traspasado del Redentor, en el que, como escribe san Pablo, «están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (Col 2, 3), más aún, en el que «reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2, 9).

Por eso el Apóstol puede afirmar con decisión que no quiere saber «nada más que a Jesucristo, y este crucificado» (1 Co 2, 2). Es verdad: la cruz revela «la anchura y la longitud, la altura y la profundidad» –las dimensiones cósmicas, este es su sentido– de un amor que supera todo conocimiento –el amor va más allá de todo cuanto se conoce– y nos llena «hasta la total plenitud de Dios» (cf. Ef 3, 18-19).

En el misterio del Crucificado «se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical» (Deus caritas est, 12). La cruz de Cristo, escribe en el siglo V el Papa san León Magno, «es fuente de todas las bendiciones y causa de todas las gracias» (Discurso 8 sobre la pasión del Señor, 6-8: PL 54, 340-342).

En el Sábado santo la Iglesia, uniéndose espiritualmente a María, permanece en oración junto al sepulcro, donde el cuerpo del Hijo de Dios yace inerte como en una condición de descanso después de la obra creadora de la Redención, realizada con su muerte (cf. Hb 4, 1-13). Ya entrada la noche comenzará la solemne Vigilia pascual, durante la cual en cada Iglesia el canto gozoso del Gloria y del Aleluya pascual se elevará del corazón de los nuevos bautizados y de toda la comunidad cristiana, feliz porque Cristo ha resucitado y ha vencido a la muerte.

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16 feb 2011

San Juan de la Cruz a propósito de supuestas visiones o revelaciones




San Juan de la Cruz a propósito de supuestas visiones o revelaciones

«Porque en darnos, como nos dio a Su Hijo, que es una Palabra Suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra [...]; porque lo que hablaba antes en partes a los Profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es Su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad».

– San Juan de la Cruz, ‘Subida del monte Carmelo’, 2, 22, 3-5: ‘Biblioteca Mística Carmelitana’, v. 11 (Burgos 1929) p. 184.

[Latine]: «Dando quippe nobis, sicut dedit, Filium Suum, qui est unicum solumque Ipsius Verbum, omnia nobis simul unaque vice in hoc unico Verbo locutus est nihilque amplius habet loquendum. [...] Id enim quod antea per partes loquebatur Prophetis, iam nobis totum in Ipso dixit, Ipsum nobis totum dando, id est, Filium Suum. Quamobrem ille qui nunc vellet aliquid a Deo sciscitari, vel visionem aliquam aut revelationem ab Eo postulare, non solum stultum quid faceret, sed videretur iniuriam Deo inferre, non defigendo omnino suos oculos in Christum vel aliam rem aut novitatem extra illum requirendo».

– Sanctus Ioannes a Cruce, ‘Subida del monte Carmelo’, 2, 22, 3-5: ‘Biblioteca Mística Carmelitana’, v. 11 (Burgos 1929) p. 184.

Cf. Catequesis de Benedicto XVI sobre San Juan de la Cruz, ‘Audiencia General’ (16 de febrero de 2011); ‘Vídeo’.

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13 feb 2011

A la caza de la utopía de la igualdad



Auguste Rodin, «La mano de Dios» (1898)

A la caza de la utopía de la igualdad

La teoría del «gender» niega que la humanidad esté diferenciada entre hombres y mujeres

La Universidad de Navarra (España) ha celebrado del 9 al 11 de febrero el I Congreso internacional de ideología de género. Publicamos la intervención –sobre el contexto histórico-cultural en el que nace la teoría del «gender»– que una de las ponentes invitadas ha sintetizado para nuestro periódico.



LUCETTA SCARAFFIA [Universita degli Studi di Roma La Sapienza (Italia)]

En las últimas décadas del siglo XX hemos asistido en los países occidentales a una revolución conceptual fundada sobre manipulaciones del lenguaje, esto es, la sustitución del concepto de diferencia sexual con el término indeterminado gender. En substancia, algunos intelectuales y políticos han intentado hacer concreta y compartida la afirmación del famoso libro de Simone de Beauvoir El segundo sexo: «Mujer no se nace, se hace».

Las razones que han permitido y favorecido la aparición de esta nueva ideología son muchas y de distinta naturaleza. Por un lado, la caída del muro de Berlín, a la que siguió pocos años después la grave recesión económica mundial, pusieron en crisis todos los aparatos ideológicos que habían tejido la vida política: caen de hecho todos los tipos de ideología comunista y socialista, y después también el liberalismo capitalista. En este vacío, la caza de nuevos valores para justificar las opciones políticas ha llevado a una especie de «divinización» de los derechos humanos que, como objetivo que las sociedades se debían plantear, se convirtieron en valores-guía indiscutibles, aunque frecuentemente manipulados, sufriendo una ampliación y una transformación. La utopía de la igualdad, que había animado la lucha política de los siglos XIX y XX, renace en sectores antes marginales, como el feminismo, que se vuelve así una forma ideológica central capaz de llenar el vacío dejado por el fracaso de las ideologías comunistas. Para reforzarse, el feminismo debía constituirse como ideología utópica que se remitía a la utopía de la igualdad y debía tener una confirmación «científica», igual que el comunismo de Marx se había auto-declarado «socialismo científico».

La teoría del gender es una ideología de fondo utópico basada en la idea, ya propia de las ideologías socio-comunistas y fracasada míseramente, de que la igualdad constituye el camino real hacia la realización de la felicidad. Negar que la humanidad esté dividida entre hombres y mujeres pareció un modo de garantizar la igualdad más total y absoluta –y por lo tanto posibilidad de felicidad– a todos los seres humanos.

En el caso de la teoría del gender, el aspecto negativo, constituido por la negación de la diferencia sexual, iba acompañado por un aspecto positivo: la libertad total de elección individual, mito básico de la sociedad moderna que puede llegar incluso a suprimir lo que se consideraba, hasta hace poco tiempo, un dato de constricción natural ineludible.

Aquí la teoría del gender comprende un aspecto político (la realización de la igualdad y la posibilidad sin límites de elección individual), un aspecto histórico-social (la justificación a posteriori del final del papel femenino en las sociedades occidentales), y un aspecto filosófico-antropológico más general, esto es, la definición de ser humano y la relación entre este y la naturaleza.

La ideología del gender es por lo tanto una de las muchas derivas de la utopía de la igualdad. De hecho, escribe Michael Walzer: «de raíz, el significado de la igualdad es negativo»; se orienta a eliminar no todas las diferencias, sino un conjunto particular de diferencias que varía según la época y el lugar.

La transformación social actual se está moviendo hacia la supresión de todas las diferencias –también de aquella, fundamental en todas las culturas, entre hombres y mujeres– con un ritmo que se ha acelerado cada vez más tras la difusión de los anticonceptivos químicos en los años sesenta. En efecto, la separación entre sexualidad y reproducción permitió a las mujeres adoptar un comportamiento sexual de tipo masculino –que tal vez no se adapta a la naturaleza femenina y por ello probablemente no contribuye a aumentar la felicidad de las mujeres, aunque este es otro tema– y por lo tanto desempeñar papeles masculinos cancelando cualquier obstáculo: aboliendo también la maternidad.

La separación entre sexualidad y procreación provocó una separación entre procreación y matrimonio, y por lo tanto entre sexualidad y matrimonio: podemos percibir aquí las condiciones para la afirmación de los «derechos» al matrimonio y al hijo presentados por los grupos homosexuales y estrechamente ligados a la idea de gender, esto es, a la negación de la identidad sexual «natural».

Como evidenció el filósofo francés Marcel Gauchet, estas transformaciones tienen profundas consecuencias en el plano social: si la sexualidad deja de ser un problema colectivo vinculado a la pervivencia del grupo humano en el tiempo, y se convierte en un asunto privado y expresión de la propia individualidad, se desprende obviamente una crisis de la institución familiar y un cambio del estatuto de la homosexualidad. Mientras que antes era la familia la que producía el hijo como obvia consecuencia de la actividad sexual de los cónyuges, hoy es cada vez más frecuente que el hijo deseado sea el que crea la familia. Y se puede considerar familia aquella de cualquiera que desee un hijo.

Unos cincuenta años después de que Simone de Beauvoir escribiera esa frase, su idea parecía por fin triunfar. Si las identidades sexuales son sólo construcciones culturales, es posible deconstruirlas, y es lo que se proponen hacer movimientos feministas y homosexuales.

La clave de la revolución del gender es el lenguaje, como han entendido determinados ordenamientos jurídicos, cambiando por ejemplo algún término –«progenitor» en lugar de «madre» y «padre», «parentalidad» en vez de «familia»– y eliminando así en los documentos a la familia natural. Con otra operación artificiosa se sustituye «sexo» con «sexualidad» y «sexuado» con «sexual» para confirmar que no cuenta la realidad, sino sólo la orientación del deseo. Pero, como recuerda el estudioso Xavier Lacroix, sigue siendo indispensable «reconocer la aportación que lo carnal da a lo simbólico y a lo relacional»: o sea, entender que el anclaje físico de la paternidad en un cuerpo masculino y de la maternidad en un cuerpo femenino constituye un dato de hecho irreducible y estructurante que debe recibirse no sólo como un límite, sino como una fuente de significado. En síntesis, hay que admitir que más allá del espermatozoide o del óvulo hay alguien, mientras que el concepto de homo-parentalidad elimina cualquier legibilidad carnal del origen. Los distintos sistemas de parentesco que existen en el mundo han articulado diversamente lo físico y lo cultural, pero siempre los han articulado, pues el reto central de la familia consiste precisamente en mantener juntos conyugalidad y parentalidad.

Así que se trata de un verdadero desafío antropológico al fundamento cultural no sólo de nuestra sociedad, sino de todas las sociedades humanas, como demuestra la crítica emprendida por los teóricos del gender (por ejemplo, la filósofa americana Judith Butler) a Lévi-Strauss y a Freud, culpables de haber fundado sus sistemas de pensamiento sobre la diferencia sexual entre mujeres y hombres. Y la demonización de todo tipo de diferencia no sólo se basa en una utopía de igualdad propuesta como camino real hacia la felicidad –una utopía que sin duda tiene sus orígenes precisamente en aquella socialista que mostró sus desastrosas realizaciones en el siglo pasado–, sino que en este caso llega a un resultado extremo del pensamiento deconstruccionista, o sea, a la negación de la existencia de la naturaleza misma. Si cada tipo de diferencia, sancionada por una definición social, se lee como un sistema de poder, tras la estela de Foucault, se puede ver en cada superación de paradigma un momento evolutivo de liberación, según una nueva forma de darwinismo social. Así los modos más difundidos y más fácilmente vivibles de relaciones afectivas y sexuales se consideran como los evolucionados, que por lo tanto deben imponerse; mientras el «hetero-centrismo» se considera como un momento de la historia del desarrollo humano ya inadecuado y que se debe superar.

La ideología del gender se acogió con entusiasmo sobre todo en las organizaciones internacionales, porque corresponde a la política de ampliación de los derechos individuales. En substancia significa negar que las diferencias entre mujeres y hombres son naturales, y sostener en cambio que son construidas culturalmente, y que por lo tanto pueden ser modificadas según el deseo individual. La adopción de una «perspectiva de género» fue la línea ideológica que adoptaron algunas de las principales agencias de la ONU y ONGS que se ocupan de control demográfico, con el apoyo de la mayor parte de las feministas de los países occidentales, pero con la oposición de los numerosos grupos de defensa de la maternidad y la familia.

Más elegante y neutro que «sexo», el término gender no sólo ha entrado en nuestro lenguaje, sino que incluso se usa en la denominación de un filón de investigación académica –los Gender Studies–, frecuentemente con la inconsciencia de su revolucionario significado ideológico-cultural. Sin embargo, como los estudios científicos han demostrado y siguen haciéndolo, hablar de identidad masculina y de identidad femenina tiene sentido sobre todo precisamente desde el punto de vista biológico. Además de infundada, la teoría del gender implica una visión política extremadamente peligrosa, haciendo creer que la diferencia es sinónimo de discriminación. Pero el principio de igualdad no requiere en absoluto fingir que todos son iguales: sólo en la medida en que la existencia de la diferencia se reconozca y se considere efectivamente, se podrá en verdad dar a todos, de igual modo y grado, plena dignidad e igualdad de derechos. Ninguna novedad –que quede claro–. Hace tiempo que el derecho y la filosofía están subrayando que el auténtico significado del principio de igualdad reside no en desconocer las características individuales –fingiendo una homogeneidad que no existe–, sino, al contrario, en dar a todos las mismas oportunidades. El laico Norberto Bobbio afirmaba que los hombres no nacen iguales: es tarea del Estado situarlos en condición de serlo. Como recalcan, entre otros, la Iglesia católica y parte del feminismo, la verdadera igualdad se verifica no sólo cuando sujetos iguales son tratados de modo igual, sino también cuando sujetos distintos son tratados de modo des-igual. La paridad de sexos no se logra ciertamente haciendo entrar a las mujeres en una categoría abstracta de individuo (categoría que, entre otras cosas, no existe, al estar calibrada sobre el modelo masculino), sino que se alcanza partiendo del presupuesto de que la sociedad está formada por ciudadanos y ciudadanas.

Con la creación de las utopías de igualdad y de autonomía individual, se han construido ficciones que nos perjudican, pues se fundan en un ideal que presupone independencia, muy lejano de la realidad.

Es conocida la postura de la Iglesia al respecto, bien clara en la Carta a los obispos sobre la colaboración entre mujeres y hombres del entonces cardenal Ratzinger. Pero es interesante constatar elementos de polémica contra el gender también en muchas feministas que contribuyen a la creación de una opinión pública crítica en cuanto a la introducción de este término en textos públicos y leyes que de ellos se derivan.

Fuente:

L’Osservatore Romano, edición en lengua española, número 7, página 8-9 (domingo 13 de febrero de 2011).

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9 dic 2010

El milagro de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin



El milagro de San Juan Diego

Del Proceso de Beatificación y Canonización de Juan Diego

P. Dr. Eduardo Chávez Sánchez, postulador oficial de la Causa de Juan Diego


Juan Diego Cuauhtlatoatzin (1474-1548) sigue intercediendo por su pueblo. Dentro del proceso para la Canonización de Juan Diego era indispensable constatar un milagro efectuado por intercesión del Beato Juan Diego.

Desde el 20 de noviembre de 1990, en la Curia del Arzobispado de México, se abrió el proceso canónico para recoger las pruebas sobre el milagro realizado por el Beato Juan Diego, concluyendo el 31 de marzo de 1994.

No cabe duda, que Dios aprobaba la canonización de Juan Diego al realizar un milagro por medio de la intercesión de este indio humilde y sencillo, mensajero fiel de Santa María de Guadalupe. El caso en cuestión tuvo lugar en la Ciudad de México el 3 de mayo de 1990, cuando un joven de 20 años de edad, llamado Juan José Barragán Silva, cayó de una altura de 10 metros aproximadamente sobre terreno sólido, con un fuerte impacto valorado en 2,000 kg., con fractura múltiple del hueso craneal, y fuertes hematomas. Según la valoración de los médicos, la mortalidad superaba el 80%. Fue la mamá del muchacho quien le pidió a Juan Diego por la vida de su hijo.

Al llegar al Sanatorio, intervino el Dr. Homero Hernández Illescas y su equipo de médicos, encontrando que las lesiones que presentaba el muchacho eran terribles y se esperaba lo peor; nuevamente aquí la madre del muchacho confirmó su confianza en Juan Diego. Después de dos días, los médicos le tuvieron que dar la mala noticia a la madre, de que su hijo tenía muy pocas esperanzas de vida y que esperaban sólo su fallecimiento. El 6 de mayo de 1990, exactamente cuando el Santo Padre Juan Pablo II estaba celebrando la misa de Beatificación de Juan Diego, en el Sanatorio se operó un verdadero prodigio, el joven que había sido desahuciado se incorporó y, como tenía hambre, comió de lo que encontró en una charola [Bol., Hond., Méx. y Perú. bandeja (pieza para servir)] que se había colocado cerca de él; todo esto ante la admiración de propios y extraños. Los médicos no podían creer lo que estaban contemplando, obviamente los exámenes de todo tipo fueron muy exhaustivos para tratar de dar una respuesta racional a lo que estaban contemplando; el muchacho no tenía ya ni fracturas, ni contusiones, ni sangrado, absolutamente nada... tan admirable fue este prodigio, que a los pocos días salió del hospital por su propio pie. Más de 15 médicos especialistas analizaron este caso, conformando un gran expediente que será de gran importancia para el proceso del milagro.

En primer lugar, se realizó un proceso diocesano para analizar este caso prodigioso y constatar que se podía integrar al proceso de canonización del Beato Juan Diego, todos los testimonios de los especialistas coincidían que no había una explicación racional sobre este caso; además fueron claros los testimonios de quienes supieron que la madre del muchacho había invocado a Juan Diego para que intercediera por la salud de su hijo.

La Congregación para la Causa de los Santos confirmó que el proceso diocesano fue muy bien llevado; el caso disponía de una sólida base probatoria. El decreto de Validez de los actos del proceso es del 11 de noviembre de 1994. En la misma Congregación, el 26 de febrero de 1998, los médicos especialistas nombrados por la Santa Sede para analizar de manera meticulosa este caso, lo aprobaron por unanimidad (cinco sobre cinco), sorprendidos de que en el lapso de pocos días la fractura estuviera totalmente soldada y sin manifestar ningún signo de complicación y con una modalidad de curación rápida, completa y duradera, siendo que la caída que había sufrido el muchacho era de fatales consecuencias; era una inexplicable curación según el conocimiento de la ciencia médica.

Por otro lado, la Congregación para la Causa de los Santos también recibió el resultado del proceso de parte de los teólogos que analizó con minuciosidad si este milagro se había realizado por intercesión del Beato Juan Diego. El 11 de mayo de 2001, en Congressus Peculiaris super Miro, los Consultores Teólogos, presididos por el Promotor de la Fe, aprobaron el milagro hecho por intercesión del Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin, con voto afirmativo por unanimidad (Congregatio de Causis Sanctorum, Canonizationis Beati Ionnis Didaci Cuautlatoatzin, viri laici [1474-1548] Relatio et Vota, Congressus Peculiaris super Miro, 11 de mayo de 2001, Mexicana, P. N. 1408, Tip. Guerra, Roma 2001). Sin duda alguna, el humilde Juan Diego es un ejemplo de santidad y un fuerte intercesor de su pueblo.

Pero todavía faltaban pasos por dar dentro de este proceso de Canonización.

El 21 de septiembre de 2001 se realizó la «Sesión Ordinaria» integrado por Obispos y Cardenales quienes aprobaron todos los resultados. Y el 20 de diciembre del mismo año se Proclamó el Decreto del Milagro realizado bajo la intercesión del Beato Juan Diego ante la presencia del Papa Juan Pablo II. Con ello se dispone a Juan Diego a ser canonizado. Pero todavía el proceso no concluía, ya que el Santo Padre tenía que consultar a todos los cardenales del mundo para que dieran libremente su opinión; disponiendo la celebración de un Consistorio para el día 26 de febrero de 2002 en donde el Papa Juan Pablo II, después de la consulta a los cardenales, proclamaría su resolución.

Por fin, llegó el día tan esperado, el 26 de febrero del 2002, en donde, en una liturgia solemne el Santo Padre Juan Pablo II proclamó que canonizaría al Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin el 30 de julio de este mismo año. Por cuestiones prácticas, el día fue cambiado para el 31 de julio y se confirmó que el lugar en donde se celebraría la Solemne Ceremonia sería en la Insigne y Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, y que el Papa en persona vendría a presidirla.

ORACIÓN IV

¡Oh, Padre Celestial! que concediste a Juan Diego ser el confidente de la Virgen de Guadalupe y asistir al nacimiento de la fe en nuestra Patria, te pedimos, por su intercesión, que socorras a los más necesitados.

Consuela a los enfermos de alma y cuerpo y concede que el Pueblo Mexicano, unido por la fuerza del amor a nuestra Dulce Madre del Tepeyac, haga de cada uno de sus hogares un templo vivo en donde adoremos a Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Pbro. Dr. Eduardo Chávez Sánchez

Postulador Oficial de la Causa de Canonización de Juan Diego


San Juan Diego intercede por nosotros.

Santa María de Guadalupe ruega al Señor Jesús por nosotros.

(3 Credos a Nuestra Señora de Guadalupe en honor y por todas las intenciones de San Juan Diego).

Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, y nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; por quien fueron hechas todas las cosas; quien, por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó de los cielos; Y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de María Virgen; y se hizo hombre. Fue crucificado, también por nosotros; bajo el poder de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado; y resucitó al tercer día, según las Escrituras; y subió a los cielos; está sentado a la diestra del Padre; y ha de venir, segunda vez, con gloria a, juzgar a los vivos y a los muertos; cuyo reino no tendrá fin. Y en el Espíritu Santo, Señor y vivificador, que procede del Padre y del Hijo; el que juntamente con el Padre y el Hijo es adorado y conglorificado; que habló por los profetas. Y en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para remisión de los pecados. Y espero la resurrección de los muertos y la vida perdurable. Amén.

Fuentes:

• Imagen

• Proceso de Beatificación y Canonización de Juan Diego

• Oración